‘Friday night lights’. Texas forever.

“Con determinación, no perderemos”.

“Clear eyes, full hearts, can’t lose”.

Cuando una serie como ‘Friday night lights’ se termina, después de casi cuatro meses con ella, uno siente como si le faltara algo. El grado de empatía que consigue transmitir Peter Berg a través de las vivencias de esos nuestros queridos protagonistas, residentes en Dillon, una población ficticia volcada en el mundo del fútbol americano de instituto, es increíblemente cercana, humana, fraternal.

Un pueblo de vida rural, conservador y creyente. Los chicos y chicas del instituto, a quienes veremos crecer, transitando desde la adolescencia a la edad adulta. Noviazgos, desamores, sueños por cumplir, ilusiones rotas. Alegrías y tristezas que viviremos como si estuviésemos allí, junto a ellos, en Dillon, Texas. No olvidemos a los padres, con sus rutinas y quebraderos de cabeza. Ambiciones satisfechas, objetivos frustrados y problemas inesperados. De todo habrá. Y, por encima de cualquier cosa, el viernes noche. Momento en el que se encienden las luces, y los jugadores saltan al terreno de juego. Rugirán los Panthers, primero, y los Lions, después. Los muchachos gritarán de felicidad, o llorarán de impotencia. Los familiares se entusiasmarán, o se lamentarán. Pero una cosa quedará marcada a fuego en la mirada de todos ellos: “Texas para siempre” (Tim Riggins).

Entrañable, fabulosa y querida serie. Siento nostalgia por ella, y por sus protagonistas, desde ya (día uno sin Friday night). En fin, inolvidable relato proveniente desde lo más profundo del corazón de Texas. Mítica.

10/10

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