‘Ben-Hur’. Épica.

936full-ben--hur-posterPadre, perdónalos porque no saben lo que hacen.”

Ben-Hur es la majestuosidad hecha cine. Es Charlon Heston dignificando la  profesión de actor cuando ríe, ama, sufre, sangra, odia y llora al encarnar a Judá Ben-Hur. Es Mesala, uno de los malvados más perverso que nos ha brindado el séptimo arte. Es la virtud de William Wyler y el arte de Miklós Rózsa. Es una colosal carrera de cuadrigas. Es dolor, odio y venganza. Es perdón y misericordia. Es un buen hombre dando de beber a otro buen hombre. Es la épica servida en todo su esplendor.

9/10

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‘Decálogo’. Parte IX: No desearás a la mujer de tu prójimo.

El noveno mandamiento, ‘No desearás a la mujer de tu prójimo’, incluido en la obra ‘Decálogo’ de Krzysztof Kieslowski, es trasladado, en esta ocasión, a un contexto nada convencional, siguiendo la línea de historias intimistas y muy personales que han marcado la dinámica de esta magna obra.

A través del detonante que supone la impotencia sexual de un reputado cirujano de nombre Roman, asistiremos a una explosión de sentimientos a flor de piel, de esos que tocan la fibra sensible, transportándonos a saborear la amargura de ese hombre carcomido por los celos, incapaz de romper con la mujer a la que ama, a sabiendas de que ya no podrá satisfacerla carnalmente. Importante, también, es el papel de ella. Una mujer que se debate entre la fidelidad y el amor, el que dicta el corazón, hacia su esposo, pero que da cabida, al mismo tiempo, a esos impulsos inherentes a la juventud, olvidándose de la lealtad, dejando correr el deseo entre sus piernas, convirtiéndola, por tanto, en un huracán de sinsabores empujado por ese aflictivo dilema.

El noveno fragmento es, sin duda, uno de los que más nivel posee de toda esta obra. No sólo por su peculiar y preciosa estética visual, sino también por la personalidad que irradia este capítulo gracias a esa historia de amor desoladora. Una historia de amor que se debate entre ciertos valores intangibles (aunque muy explícitos) como la fidelidad, la lealtad, el compañerismo o el propio amor, junto con los celos, la rabia o el dolor moral, y esa terrenal sensación abocada hacia el deseo, hacia el pecado carnal. Una joya.

‘Decálogo’. Parte VIII: No levantarás falsos testimonios ni mentiras.

Una anciana profesora acude, como marca la rutina, a impartir su clase de ética en la universidad. La mención de una joven a la historia del segundo mandamiento del propio decálogo, llevará a la profesora a resaltar que, en cualquier momento y situación, lo más importante siempre es salvar la vida del niño. Esta afirmación servirá como detonante para que una mujer llegada desde los Estados Unidos explote y haga estallar sus sentimientos.

A través de este octavo mandamiento nos sumergimos en una abrasadora denuncia acerca de la barbarie que supuso el holocausto nazi. Aunque Kieslowski no se sirve de metralletas, rudos arios ni nada por el estilo. Le basta la fría Varsovia. Le basta un triste portal. O un modisto que prefiere olvidar antes que vengar, pues la derrota fue tan amarga que casi lo vació en su interior. En definitiva, es una denuncia hacia esa doble moral de la ciudadanía católica polaca. Gente que prefirió mirar hacia otro lado, quizás por miedo, antes que enfrentarse a la locura que tenía ante sí. Por tanto, es un punto de vista muy personal el retratado en esta cinta, pudiendo levantar más de un debate, lo que parece claro es que el terror de las víctimas sigue latente, un terror imperenne.

‘Decálogo’. Parte VII: No robarás.

¿Cómo robar algo que te pertenece? Gracias a este séptimo capítulo, el relativo al mandamiento “no robarás”, Kieslowski nos brinda la historia más intrigante, tensa y asfixiante del decálogo visto hasta el momento. Majka vive atormentada por la peculiar relación entre su madre y su hermana. Sin embargo, pronto descubriremos un submundo oculto dentro de esa aparente vida normal de otra familia más de esos bloques grisáceos varsovianos que ya forman parte de la historia del cine.

‘No robarás’ es la historia de una muchacha de la que se aprovechó su ególatra madre en su juventud. Un robo que trató de guardar las apariencias, de no destrozar vidas futuras y de subsanar complejos irreversibles. Es la historia de un dolor profundo que inundó de aflicción la vida de esa solitaria joven. La soledad y melancolía vuelven a ser las grandes compañeras del dueto polaco (Kieslowski, Piesiewicz), inundando de ellas la pantalla, tocando la fibra sensible. Un drama con mayúsculas, que cala hondo, realizado de manera magistral por nuestro admirado cineasta polaco, con su siempre intachable envoltorio.

‘Decálogo’. Parte VI: No cometerás actos impuros.

Tomek tiene un carácter introvertido. Quizás fue su estancia en el orfanato lo que le hizo así. El caso es que el chaval pasa las horas recluido en su habitación, su mundo. Allí, a través de unos prismáticos y un telescopio, acompañado de una lamparita, pasa las horas observando a su atractiva vecina, Magda, una mujer insensible que en el momento de conocerle comenzará a jugar con el propio muchacho.

Kieslowski, dentro del sexto mandamiento con temática “no cometerás actos impuros”, retrata un peculiar amor, un amor atípico. Casi imposible. La locura de Tomek se desata ante la frialdad (sinónimo de humedad) de Magda acerca de lo que es el amor. En definitiva, es una historia, como la mayoría de este decálogo, muy personal que retrata el sentimiento de ese solitario joven en busca de amor, de felicidad, de llenar su, hasta ahora, desangelada vida. Es inquietante, conmovedora e hiriente.

‘Decálogo’. Parte V: No matarás.

Demoledor alegato en contra de la pena capital realizado por Kieslowski en honor al quinto mandamiento: no matarás. Se aleja un tanto, salvo en contados planos, de los bloques grisáceos regentados hasta ahora por sus personajes, y nos mantiene en vilo todavía el personaje de Artur Barcis.

La primera parte del mediometraje se dedica a resaltar a los tres individuos protagonistas de manera alternada. Un joven que deambula por las calles de Varsovia. Un taxista con sus particulares rutinas. Un abogado que encarna la lucha contra la ejecución. Luego viene el agónico e iracundo detonante del capítulo, y por fin, el cineasta polaco dedica la segunda parte para hacer estallar el sentimiento, la frustración y el desgarro de la ejecución a sangre fría.

Tanto da si es obra de un psicópata o de un simple verdugo en su quehacer diario. O si es fruto de la pasión, o de la venganza. En este caso, Jacek mata por despecho, por desarraigo, por dolor, por locura, con su mente obsesionada con su hermana pequeña. Y la venganza, la justicia del Estado caerá con todo su peso sobre él. Dos muertes deben ser suficientes para que Kieslowski explicite su total repugnancia frente ambas, dejándonos una obra dura, de esas que cuesta engullir por su falta de suavidad y tacto. El tema pedía a gritos un capítulo como este.

‘Decálogo’. Parte IV: Honrarás a tu padre y a tu madre.

Kieslowski hiperboliza lo terrenal de nuestra sociedad a través de esa tormentosa relación entre una hija y un padre separados y, a la vez, ligados por una carta escrita por la madre de ella antes de morir. En este cuarto capítulo, en consonancia con la temática del mismo, se ahonda en esa relación entre padre e hija.

Tomando ese eje por referencia, Kieslowski realiza aquí una historia muy personal en la que, en el fondo, se relata una trágica historia de amor detonada por una misteriosa carta. Un amor que existe entre dos personas que aún queriéndose, deseándose y amándose, en el sentido carnal del término, deciden no romper con los convencionalismos de nuestra sociedad, esos que derivan del cuarto mandamiento, relatado aquí, como no podía ser de otra manera, con gran maestría por parte del cineasta polaco. Es, al tiempo, lasciva, sentimental y tremendamente melancólica.

‘Decálogo’. Parte III: Santificarás las fiestas.

El tercer mandamiento lo traslada Kieslowski a una nochebuena en la fría Varsovia. En ella, Janusz le trae los regalos a sus hijos y esposa. Y acude feligrosamente, como todos los años, a la misa del gallo. Allí, algo hará cambiar el destino de esa noche, pues se topará con Ewa, una mujer especial para él.

Es una historia dolorosa, que se cuece a fuego lento a través del asfalto de la carretera, de los misterios que nos intrigan durante los 60 minutos entre llamadas, hospitales y un marido desaparecido. Se retrata a Ewa como una víbora, como una mujer autodestructiva, mentirosa. Pero a través de esa Nochebuena, se desenmascarará la profunda aflicción en la que vive, esa soledad desgraciada que le lleva a jugársela a suertes con un antiguo amor: Janusz. Una noche de gritos ahogados en la nada, con dos enamorados penitentes que nada pueden hacer ya, pasado el tiempo, más que lamentarse de lo que pudo haber sido y lo que no fue, con el telón de fondo de esa noche fría, nevada y solitaria.

El capítulo en sí es una contradicción real del tercer mandamiento. Pues un hombre que, en lugar de estar con su familia, decide acudir al rescate de esa felina mujer, prometiéndole a su esposa al volver al hogar aquello de “nunca más”. Todo lo retrata Kieslowski con su particular buen hacer y su toque estético tan personal, apoyado en un grandísimo trabajo de fotografía. En definitiva, una sencilla y a la vez profunda historia.

‘Decálogo’. Parte II: No tomarás el nombre de Dios en vano.

Kieslowski retrataba, en esta su segunda parte de la magna obra ‘Decálogo’, de una manera perspicaz e ingeniosa, alejándose de la rotundidad del primer mandamiento, el tema central de este capítulo: ‘No tomarás el nombre de Dios en vano’.

En esta ocasión, dentro del bloque de viviendas de esa grisácea Varsovia que el cineasta quiso plasmar, selecciona a dos individuos: un hombre de edad avanzada, ermitaño, parco en palabras y doctor de profesión; la vecina del mismo, una atractiva mujer con una ansiedad horrible por esclarecer de una vez por todas su futuro.

La agonía de un terminal se relata de la manera misma en que lo dice la palabra. Sudoroso, aquejado, torturado por la enfermedad. Mientras, su mujer, la que le engañó sin que él lo supiera y ahora quedó embarazada de otro hombre, se carcome por dentro debido a un profundo dilema: abortar esperando la recuperación de su marido o tener el hijo y marcharse con su amante a sabiendas de que su esposo es un terminal.

Un juramento, la esencia del segundo mandamiento, será la clave para resolver tal dicotomía. Kieslowski realizaba aquí una historia muy sútil, en la que, casi sin darse cuenta, rendía tributo a la complejidad humana, a esa manera de acogerse a algo superior para salir de nuestros problemas reales. El final, es demoledor.

‘Decálogo’. Parte I: Amarás a Dios sobre todas las cosas.

Krzysztof Kieslowski realizaba en 1989 la obra ‘Dekalog’. Una sensacional compilación estructurada en diez bloques, uno por mandamiento, a partir de la cuál el realizador polaco y su fiel guionista, Krzysztof Piesiewicz, nos mostraban una visión muy personal de los mismos.

La obra se ambienta en una barrio de Varsovia, arquetipo del comunismo polaco, donde los distintos personajes de los capítulos coincidirán, aunque de manera independiente, en el desarrollo de la misma, alternando su presencia por esos parajes grisáceos, alternando el blanquecino de la nieve propia del frío invierno polaco, con la oscuridad y negrura del día a día de aquellos años. Por último, recordar que el film está ambientado en los años 80, casi a finales, una década en la que el pueblo polaco ya se sentía asfixiado por la bestia del comunismo real, desesperanzados por su triste realidad y, en parte, evadiéndose, quizás, en temas como la religión católica (la amplía mayoría de polacos son católicos. Tipo España).

En el primer capítulo de la célebre serie, Kieslowski y Piesiewicz, siguiendo el orden de los diez mandamientos, se centran argumentalmente en un tema muy concreto: amarás a Dios sobre todas las cosas.

Pawel es un chiquillo de un barrio de Varsovia que vive con su padre. Desde el primer momento, ya se nos deja claro que el chiquillo es muy inteligente (la partida de ajedrez o el amor por los problemas matemáticos). Sin embargo, por cosas inherentes a la edad, busca descubrir el porqué de ciertos “problemas” (la muerte del perro le causa un gran impacto), de grandes misterios para él como son la muerte, el alma, la otra vida. Tendrá dos vías de educación: por un lado, está su padre. Un hombre de ciencia. Alguien que cree que todo es cuantificable, medible. No va más allá, simplemente describe, con certeza absoluta, las acciones de los hombres y la naturaleza (la escena en la que le explica lo que es morir al niño es paradigmática de ello), sin ahondar ni comprender las peculariadades, los microuniversos de cada uno, las extrañezas y singularidades. Por otro lado, tiene a su tía. Una mujer de fe, creyente. La vida le es mucho más fácil para comprenderlo todo, simplemente cree en un Dios que le da sentido a su existencia.

El niño, Pawel, alternará tanto los valores inculcados por su padre, con esa devoción por las máquinas, la tecnología (mostrada de una forma un tanto inquietante) y los problemas (aquello de contar y medir), con la vena católica de su tía, la cuál está decidida a que el chaval crezca dentro del seno del catolicismo, recibiendo la catequesis. Sin embargo, Kieslowski hará estallar el dilema ciencia/religión cuando Pawel le pida a su padre que investigue si es posible esquiar en el lago (¿estará congelado?¿qué dicen tus cálculos?) cercano a su casa. El padre, después de su respectiva fórmula, le dará el visto bueno. El drama inundará la pantalla. Con un padre descolocado, tratando de seguir su metódica vida hasta el final (la escena del dilema entre ascensor/escalera), creyendo en la validez absoluta de las máquinas y sus calculos.

Al final, en una lectura personal, el padre, pese a su lucha en no reconocer la existencia de algo superior (como en la escena del lago en la que todos rezan excepto él), acaba, lleno de dolor, amargura y sufrimiento, maldiciendo la imagen de la Virgen María, reconociendo así, a través del simple acto de acudir allí, su existencia, el pago de sus pecados (el título que porta el capítulo). Sensacional obra de Kieslowski, al que en tan sólo 55 minutos, le basta para emocionarnos con esta historia a través de la cual realiza una visión muy personal, preciosa y lírica, con cierto aire a bíblico, del primer mandamiento. Es una joya oculta, con unos diálogos que lo son todo y un poderío visual que no necesita presentación, pues hablamos de Kieslowski.