The howling (1981)

howling_xlgDirección: Joe Dante
Guion:
 John Sayles / Terence H. Winkless (Gary Brandner)

Producción: MGM / UA
Fotografía: John Hora
Montaje: Joe Dante / Mark Goldblatt
Música: Pino Donaggio 
Reparto: Dee Wallace / Patrick Macnee / Dennis Dugan / Christopher Stone 
Duración: 91 min
País: Estados Unidos 

La receta de este film conjuga dos ingredientes muy sabrosos: los años ochenta y el género de terror. Una combinación, además, elaborada por uno de los maestros del cine palomitero, Joe Dante. A este hombre algún día le reconocerán su buen hacer, su gusto por el cine. Dentro de los esquemas puramente comerciales, dentro del reaganismo más feroz, demostró que el cine -como simple entretenimiento- no tiene porqué ir asociado con la mediocridad. El icono de todo ello, para mí, es Robert Zemeckis y su Regreso al futuro (1984), una película maravillosa. Pero hay un buen puñado de cineastas de la época que supieron aunar calidad y negocio: Steven Spielberg, quizá el más completo de todos ellos con películas como En busca del arca perdida (1981) o E.T. (1982); el pelotazo inesperado de Terminator (1984), ideada por otro Rey Midas como es James Cameron; o Richard Donner y sus The Goonies (1985).

En dicha lista encaja perfectamente Joe Dante, un cineasta que tiene dos picos en su extensa filmografía. A un lado, la fabulosa e inolvidable Gremlins (1984); al otro, la película que aquí nos ocupa, AullidosDecir que esta historia representa una de las cumbres del género de terror no es ninguna exageración. Dentro del subgénero de hombres lobo marca, junto con An american werewolf in London (1981), la pauta a seguir. El prólogo con el que abre es aterrador, diez minutos de cine frenético en el que una periodista sufre una experiencia traumática que le obligará, bajo recomendación médica, a refugiarse en un tranquilo paraje. A la tranquilidad y armonía de la naturaleza le sumaremos la afabilidad de las pocas personas que allí viven. Un lujo para descansar y recuperarse. ¿El único problema? Cuando anochece, aparecen los afilados colmillos. Un terrorífico planteamiento ideado, curiosidades del cine, por John Sayles, quien repetía colaboración con Dante después de la mediocre Piranha (1978).

El paso del tiempo deja siempre un tanto descolocadas a cintas como esta. Eso y el hecho de que el género de terror, salvo contadísimas excepciones, siempre ha sido objeto de la crítica burlona y fácil. Sin embargo, situada en su contexto, Aullidos reúne suficientes atractivos como para ser considerada un producto de calidad: un gran prólogo, una atmósfera inquietante y una buena historia. Terror servido al compás de Joe Dante. Es decir, una orgía de sangre, sustos y colmillos. A quien no le guste que no mire. Un clásico del género. 

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L’avventura (1960)

aventuraDirección: Michelangelo Antonioni
Guion: Michelangelo Antonioni / Tonino Guerra / Elio Bartolini
Producción: Cino del Duca P.C 
Fotografía: Aldo Scavarda
Montaje: Eraldo Da Roma
Música: Giovanni Fusco
Reparto: Gabriele Ferzetti/ Monica Vitti / Lea Massari / Dominique Blanchar
Duración: 143 min
País: Italia

Anna y Sandro son dos jóvenes enamorados que deciden pasar, al bordo de una pequeña embarcación y en compañía de unos amigos, unos días de tranquilidad en el mar. Ella, tras una discusión con él, desaparecerá en mitad de una pequeña isla. La tragedia que se adviene, el mar que ruge y el viento que habla. Es la imagen que todo lo muestra y que nada dice: las olas, el mar, el viento, las rocas escarpadas. La metáfora de la soledad de la isla. Qué sensación de frialdad, de inquietud tan bien pincelada. ¿Dónde está Anna? Pronto, Sandro, junto con Claudia, amiga de la desaparecida, recorrerá toda la Sicilia en busca de aquella. Es L’avventura de Michelangelo Antonioni comenzando a andar.

La espléndida fotografía en blanco y negro de Aldo Scavarda engalana una película en la que la atmósfera y el paisaje parecen hablar. Acompañan así a la psicología de los personajes, principalmente la de Claudia y Sandro, quienes representan una contradicción extraña y, hasta cierto punto, enfermiza: se han enamorado. ¿Cómo pueden enamorarse dos personas, el novio y la amiga de la desaparecida, cuando precisamente tratan de averiguar el paradero de esta? A Michelangelo Antonioni le importa poco dónde está Anna. Busca desentrañar el porqué de esa torpeza, de ese sinsentido. Claudia, temerosa en Lisca Bianca ante la ausencia de su amiga, teme ahora, rodeada entre el precioso barroco siciliano de Noto, el retorno de la misma. El guion, escrito por Tonino Guerra, Elio Bartolini y el propio director, tiene un punto de abstracción que Michelangelo Antonioni refleja maravillosamente a través de las imágenes y las situaciones. La tensión que existe entre los dos protagonistas es manifiesta, plasmada esta en un vacío pueblo, o en un acoso lascivo de decenas de hombres hacia Claudia. ¿Es posible el amor sin herida? Todo con la sombre triste de la muchacha desaparecida, esa por la que ya ni siquiera su padre, un tipo que nunca la quiso, pregunta.      

L’avventura supone la primera parte de la trilogía de Antonioni, bautizada esta como “la trilogía de la incomunicación”. También incluye una fuerte crítica a la burguesía, desplegada esta, primero en el yate y luego en la fiesta del hotel, con un punto de ridiculez y vacuidad, notas que caracterizan, por ejemplo, el día a día de Giulia y Corrado. La psicología de los personajes fluye a través de la desaprensión, de la frialdad de los hechos y de lo que cuesta decir un simple “te quiero”. Es el imperio de la negación, la frustración de los sentimientos y la errante búsqueda de cariño y amor. Una contradicción de las relaciones humanas perfectamente hilvanada: la utopía de no hacer daño a quien amas. 

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Blowup (1966)

blow upDirección: Michelangelo Antonioni
Guion: Michelangelo Antonioni / Tonino Guerra (Julio Cortázar) 
Producción: Bridge Films / MGM
Fotografía: Carlo Di Palma 
Montaje: Frank Clarke
Música: Herbert Hancock
Reparto: David Hemmings / Vanessa Redgrave / Sarah Miles / Peter Bowles 
Duración: 111 min
País: Reino Unido 

Un fotógrafo sale a pasear durante una tranquila mañana. Se acerca a un parque y, de repente, ve a una pareja discutir. Él decide inmortalizar el momento. La luz le parece perfecta. Serán unas fotos excepcionales. La mujer, sin embargo, se percata de su presencia, lo persigue, le reclama las fotografías. ¿Por qué lo hará? El detalle y la atención al mundo de la imagen, al poder de la misma, se revelará como la clave de bóveda de esta historia. Pronto, nuestro protagonista creerá tener en sus manos, a través del estudio de sus fotografías, la resolución de un crimen.

Quien diga que esta obra no es deudora de su tiempo, miente como un bellaco. Solo puede entenderse atendiendo al contexto en el que fue gestada, pues Blow-up está ligada a un tiempo y lugar muy concreto: el Londres de finales de los 60. La contracultura, la psicodelia y el rebasamiento de los límites del sistema marcan la nota dominante en las calles de la capital británica. Unos mimos alocados alborotan al personal con sus gritos y brincos; los estudios de fotografía parecen la cuna de todo lo conocido; las guapas modelos se venden al mejor postor con tal de ser inmortalizadas; una mujer se desnuda como medio para alcanzar unas fotografías. “La imagen lo es todo”, parece querer decirnos Michelangelo Antonioni. Y, dentro de esta ola de enfoques y colores, irrumpe nuestro errante héroe, David Hemmings, hastiado ya de la fotografía, de la vacuidad de su existencia, dispuesto así a romper los moldes de una investigación criminal con su espontáneo trabajo.

En la trilogía que lo había catapultado como a uno de los grandes cineastas de la época, compuesta esta por L’avventura (1960), La notte (1961) y L’eclisse (1962), Antonioni desentrañaba las miserias existenciales y los dilemas cotidianos de la sociedad de posguerra. Lo había hecho a través de una clase social muy concreta, la burguesía. Aquí, en Blowup, da un giro inesperado: salta de Italia a Inglaterra. No le importa tanto la burguesía, sino la contracultura londinense. Un joven fotógrafo será la piedra angular del relato. El exhibicionismo y la sensualidad acaparan nuestra atención, pues estamos ante el poder de la sensación, sin más. Las escenas que componen el film así lo indican. Pero, ¿qué sensación? ¿qué sienten los personajes de esta película? Este Deseo de una mañana de verano no es más que eso, un deseo por querer cambiar una trágica realidad: la desesperación, el aislamiento y la incomunicación. Notas todas ellas que, finalmente, se imponen sobre nuestro errante y vacío protagonista.   

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The searchers (1956)

centaurosDirección: John Ford 
Guion: Frank S. Nugent (Alain Le May) 
Producción: Warner Bros Pictures
Fotografía: Winton C. Hoch 
Montaje: Jack Murray 
Música: Max Steiner 
Reparto: John Wayne / Natalie Wood / Jeffrey Hunter / Vera Miles / Dorothy Jordan 
Duración: 119 min
País: Estados Unidos 

What makes a man to wander?
What makes a man to roam?
What makes a man leave bed and board
And turn his back on home?
Ride away, ride away, ride away

Una puerta se abre. A lo lejos se vislumbra la figura de un hombre solitario, cabalgando a lomos de su caballo. Vuelve al hogar, vuelve a casa. Toda la familia le espera en el porche. Vuelve de la guerra, pero la guerra terminó hace años. Él es Ethan Edwards, saludando fríamente a su hermano, besando tiernamente la frente de su cuñada, Martha. ¿Por qué se marchó? ¿Acaso se enamoró de la mujer equivocada? Nunca lo sabremos, pero todos -incluidos sus sobrinos- entran al salón. Comienza así esta hermosa película titulada Centauros del desierto

La escena del ataque comanche es terrorífica. Un retazo de tensión, nervio e inquietud que servirá para explotar la incansable búsqueda de John Wayne en favor de su sobrina, Debbie. Años y años de perseverancia, tratando de encontrarle un sentido a su vida. Esa vida que se refleja en una mirada cansada, llena de odio. La venganza disimula el abatimiento, el desarraigo. Está fuera del sistema, lejos del mundo. Incomprendido quizá, la soledad le reconforta. Su única compañía, el abrigo necesario, la brinda Martin Pawley (¿qué relación tiene con él? ¿es su hijo?), un hombre igual de desamparado, pero que, a diferencia de Ethan, tiene la ilusión, el deseo de luchar por algo. Todavía cree en la vida. Son las dos caras de una misma moneda, aferrándose estoicamente a la esperanza de encontrar a la joven muchacha.     

Qué buena es The searchers. Para mí reúne lo suficiente para ser considerada eso que tanto se dice, una obra maestra. Pero sin arrogancia, sin pretensiones de ningún tipo, sin pedantería. De un modo sutil, tranquilo. Así es como John Ford elabora esta joya del cine. La combinación perfecta de tantas y tantas cosas: el poderosísimo guion de Frank S. Nugent, tan puñetero como contundente; el inolvidable John Wayne y la hermosa Natalie Wood; la espléndida banda sonora de Max Steiner, donde brilla con luz propia la canción que abre esta entrada, The searchers, de Stan Jones y The sons of the pioneers; así como el estupendo trabajo de fotografía de Winton C. Hoch, quien se beneficia de un rodaje realizado plenamente en parajes naturales para enmarcar, de un modo tan bonito, este paisaje sobre el lejano Oeste.

Un paisaje lleno sentimiento, lleno de emoción. La amargura no se difumina, la tristeza lo baña todo, la soledad parece el personaje principal y, sin embargo, aparece la esperanza, casi escondida y de pronto, en un rinconcito de esta poética historia. Una puerta se abrió hace tiempo, y ahora se cierra. En el camino entre un momento y otro hemos disfrutado de esta maravillosa película. La figura de John Wayne, acompañada de la soledad, parece dispuesta a partir de nuevo sin rumbo fijo. Qué bonita es la vida a los ojos del maestro John Ford.    

A man will search his heart and soul
Go searchin’ way out there
His peace of mind he knows he’ll find
But where, oh Lord, Lord where?
Ride away, ride away, ride away

TheSearchersMonumentValley

Small time crooks (2000)

small_time_crooks_xlgDirección: Woody Allen 
Guion: Woody Allen 
Producción: Dreamworks
Fotografía: Fei Zhao
Montaje: Alisa Lepselter
Música: Jill Meyers
Reparto: Tracey Ullman / Woody Allen / Elaine May / Michael Rapaport / Hugh Grant / Tony Darrow / Larry Pine / Jon Lovitz
Duración: 94 min
País: Estados Unidos 

Puede que la primera media hora de Granujas de medio pelo sea, aun a riesgo de caer en la exageración, lo mejor que se hizo en el género cómico durante la pasada década. Pocas veces me he reído tanto con una película. Qué divertido es encontrar una buena comedia. Aunque claro, si miras el nombre de quien la firma, Woody Allen, apuestas sobre seguro. Solo a él se le podía ocurrir un planteamiento tan disparatado partiendo de una premisa tan básica: un ladrón de poca monta idea un plan para atracar un banco. Para ello, tiene pensado alquilar un local que está a pocos metros del banco y excavar un túnel hacia la sala donde están las cajas fuertes. Pero claro, debe haber una tapadera y ha pensado colocar a su mujer, siempre cocinó buenas galletas, en el mostrador con tal de vender unas cuantas de estas.     

Desde que debutó en esto del cine, allá por 1969 con Take the money and run, el nombre de Woody Allen puede asociarse, tranquilamente y para bien del espectador, al estajanovismo más salvaje. Su manera de trabajar sigue un ritmo muy concreto: película por año. De hecho, tan solo hay cuatro excepciones a esta regla, los años 1970, 1974, 1976 y 1981 en los que, peccata minuta, no estrenó ningún film. En el año 2000 le tocaba a la cinta que aquí nos ocupa, interpretada, además, por él mismo. De corta duración y con una Tracey Ullman espectacular -lo mejor que ha hecho esta mujer en su carrera de largo- la película explota las posibilidades, fotografía de Fei Zhao de por medio, que ofrece la casposa vida de unos entrañables ladronzuelos. Los diálogos son muy graciosos y las situaciones creadas te divierten mucho. Es una comedia explosiva, sin frenos, a la que solo le podemos reprochar la abismal diferencia, en cuanto a nivel e ingenio, que existe entre los primeros treinta minutos y el resto de la narración.

El paisaje interclasista que pincela Woody Allen está muy conseguido. La alta clase neoyorquina queda retratada de una manera mordaz, destacando así la figura de Hugh Grant. La burlona caricatura de la cultura empresarial y la charlatanería que acompaña a la jet set está muy bien servida. El cineasta, en el fondo, realiza un homenaje a la figura del bribón, de aquel que sobrevive entre tanto tiburón. Geniales, en este sentido, Woody Allen, Tracey Ullman y una divertidísima Elaine May.   

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Madigan (1968)

madigan_xlgDirección: Don Siegel
Guion: Abraham Polonsky / Henri Simoun (Richard Dougherty)
Producción: Universal Pictures
Fotografía: Russell Metty 
Montaje: Milton Shifman 
Música: Don Costa
Reparto: Richard Widmark / Henry Fonda / Inger Stevens / James Whitmore
Duración: 101 min
País: Estados Unidos 

Un par de policías han cazado un chivatazo. Tienen a un probable criminal cercado en la casa de una de sus amantes. Cuando se disponen a atraparlo, aquel escapa, llevándose consigo, además, las armas reglamentarias de los agentes. El lío ocasionado no es poca cosa. Por un lado, el departamento de policía de la ciudad de Nueva York ha quedado en mal lugar. El comisario principal, un brillante Henry Fonda, busca depurar responsabilidades, “sanear” el cuerpo. Por otro lado, al tipo al que acaban de robar el arma se llama Madigan, y no es un cualquiera. Termina de convertir dicho affaire, para deleite del espectador, en una cuestión de honor. Tienen un plazo de 72 horas para capturar al delincuente.  

Encontramos en esta película la consagración de Don Siegel como uno de los mejores directores del género de acción. Hasta la fecha había demostrado su polivalencia, estrenando obras tan dispares como Invasion of the body snatchers (1956), un referente del género sci-fi; la bélica Hell is for heroes (1962); y el antecedente clave de la obra que aquí nos ocupa: The killers (1964). Cine negro, policíaco, thriller. Géneros entrelazados a los que Don Siegel dotaba de un nuevo aire a través de Madigan: la acción como clave de bóveda de la narración. Así, la trama elaborada y su consiguiente investigación policial quedan en un segundo plano. La acción más pura es la reina del baile en esta ocasión. Ello no quita para que, buen hacer del guion, los personajes queden retratos de una manera espléndida. Tanto Madigan, amante de las causas perdidas e interpretado a las mil maravillas por Richard Widmark, como el Comisario, un Henry Fonda enclaustrado entre sus dilemas morales (trabajo y amistad), son la piedra angular de este relato en el que no faltará de nada: lealtad, compañerismo, amor, sacrificio.      

Un policíaco con nervio al que Don Siegel le saca todo el jugo posible. No es una obra mayor, pero sí un ejemplo claro de cómo hacer buen cine. Entretanto, Brigada homicida realiza un homenaje al cine negro y, en cierta manera, marca las líneas maestras del cine policíaco/justiciero de los 70, iconizado este en otra obra de Siegel, Dirty Harry (1971). Policías, criminales y mucha tensión para una película en la que lucen especialmente Richard Widmark y Henry Fonda. Buen papel, a su vez, de la malograda Inger Stevens. Un clásico. 

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Da hong deng long gao gao gua (1991)

Raise the Red LanternDirección: Zhang Yimou 
Guion: Ni Zhen (Su Tong) 
Producción: ERA International / China Film Co-Production Corporation / Century Communications / Salon Films
Fotografía: Fei Zhao / Lun Yang 
Montaje: Yuan Du 
Música: Zhao Jiping / Naoki Tichikawa
Reparto: Gong Li / He Saifei / Cao Cuifen / Kong Lin / Ma Jingwu
Duración: 125 min
País: China

Si uno recita el título original de esta película, se da cuenta de que el mismo es una animalada para una hablante español. Cambia la cosa cuando decimos La linterna roja, título asociado a la confirmación -si es que acaso requería confirmación- del talento de Zhang Yimou. Estrenada en 1991, la cinta era el tercer escalón en la carrera cinematográfica del cineasta chino. Después de Sorgo rojo (1987), con la que vencía el Oso de Oro, y Ju Dou (1990), la idiosincrasia que caracterizaba al mundo rural chino volvía a ser retratada a través de la figura de Songlian, una joven muchacha que, tras la pérdida de su padre, decidirá casarse con un poderoso y maduro hombre. Enclaustrada en la gran propiedad de este último, una especie de castillo, Songlian deberá compartir el cariño de su marido con el resto de sus tres “hermanas”, es decir, las otra mujeres del adinerado señor. 

El cine asiático, pecando con esta etiqueta de simplista, cuenta con un buen número de grandes cineastas. La retahíla de nombres es tan importante y prolífica como casi casi desconocida. Ahí aparece, ocupando un lugar especial, el nombre de Zhang Yimou. Socializado en la China de Mao, estudiante de cine, hijo de militar y norteño natural de Xi’an. Aspectos todos ellos que, en un sentido u otro, confluyen a la hora de modelar sus relatos. En el que aquí nos ocupa, merece una atención especial la figura de Gong Li, actriz formidable que, cosas del cine, dio sus primeros pasos de la mano de Yimou, dejando así, entre ambos, un legado asombroso: Sorgo rojo (1987), Ju Dou, semilla de crisantemo (1990), La linterna roja (1991), Qiu Yu, una mujer china (1992), ¡Vivir! (1994) y La joya de Shanghai (1995). De hecho, las malas lenguas hablan de que, a pesar del matrimonio del primero, no solo compartieron una relación profesional, sino que también hubo algún que otro secreto de alcoba hasta que la relación se interrumpió en 1995. En todo caso, ha sabido vivir sin él: trabajó con Chen Kaige en Adiós a mi concubina (1993), apareció en la preciosa Chinese box (1997) de Wayne Wang, y estuvo bajo las órdenes del célebre Wong Kar-Wai en 2046 y Eros (2004). La idea, en el fondo, es destacar el precioso trabajo que aquí nos deja al encarnar a Songlian, piedra angular en esta narración. Una narración dotada de armonía, sutilidad y belleza a la que, llámenme loco, no le encuentro ninguna tara. El guion, tan escueto como complejo, abre un vendaval de sensaciones alentado por un ritmo calmo pero agobiante. La fotografía, de igual manera, sirve para engalanar este cuento imposible de encorsetar. 

La lucha entre las cuatro mujeres es feroz y cruel. No hay tregua en una batalla en la que Zhang Yimou perfila, con buen pulso, un retrato espléndido sobre el universo femenino: la primera esposa, un manual andante de supervivencia; la segunda, una víbora; la tercera, volcánica y vitalista; la cuarta, una inocente chica con buen corazón; la sirviente, Yan, víctima de su tiempo. Personajes todos ellos que pueblan un melancólico paisaje sobre la China de los años veinte. Las relaciones establecidas entre ellas, cubiertas simbólicamente por el candor de la linterna roja, definen un juego en el que no solo es difícil elegir a tu jugadora favorita, quizá Meishan, sino que también sirven para reflejar una estupenda contradicción: la autonomía, el coraje y la independencia, aún en el ambiente más reaccionario que uno pueda imaginar, que acompaña a la figura de la mujer. Una historia tan sencilla e íntima como cautivadora. 

raise the red lantern

8½ (1963)

otto e mezzo movie poster 1Dirección: Federico Fellini 
Guion: Federico Fellini / Ennio Flaiano / Tullio Pinelli / Brunello Rondi 
Producción: Cineriz / Francinex
Fotografía: Gianni Di Venanzo 
Montaje: Leo Cattozzo 
Música: Nino Rota 
Reparto: Marcello Mastroianni / Claudia Cardinale / Anouk Aimée / Sandra Milo
Duración: 138 min
País: Italia

Aquí tenemos el placer de hablar sobre una de las mejores películas de todos los tiempos. O eso, al menos, es lo que suele decirse. Todos los cinéfilos de pro guardan en sus listas Otto e mezzo, un depurado trabajo técnico de Federico Fellini en el que la acción principal recae sobre la figura de Guido Anselmi, director y guionista inmerso en un rodaje, pongamos que, complicado. Complicado en el sentido de atravesar no solo una crisis creativa, sino casi casi una crisis existencial. 

Habituales compañeros de fatigas del cineasta de Rimini aparecen en los títulos de crédito de esta cinta. Apenas tres años antes había logrado la Palma de Oro en Cannes, además de encandilar a crítica y público, con la maravillosa La dolce vita, por lo que, sin grandes aspavientos, decidía repetir equipo técnico. La única baja notable es la de Otello Martelli en labores de fotografía, sustituido por Gianni Di Venanzo, habitual director de fotografía de Michelangelo Antonioni. El resto, en gran medida, repiten. Volvemos a tener a uno de los mejores compositores de la historia del cine, Nino Rota, en el cartel. Leo Cattozzo vuelve a dar armonía y sentido a las horas de grabación. Y en el reparto encontramos nuevamente al brillante Marcello Mastroianni, un actor espléndido, un actor de esos al que uno no se cansa nunca de ver. Luego, conviene reconocer el buen gusto de Federico Fellini por las mujeres: la guapísima Claudia Cardinale trabaja por primera vez con él; Anouk Aimée vuelve a estar formidable; y Sandra Milo da rienda suelta a las fantasías del cineasta. Un cartel, en suma, que serviría para marcar uno de los hitos del séptimo arte, del cine italiano y de la historia de los Oscar, venciendo así Fellini, después de La strada (1954) y Le notti di Cabiria (1957), la tercera de sus estatuillas. La guinda a este proyecto, no en vano, la puso en tareas de guion Ennio Flaiano, uno de los grandes, quien se mostró inicialmente escéptico ante la idea propuesta por Fellini: cómo representar las fantasías, sueños y divagaciones de un hombre.

La respuesta a esa cuestión está en el interior de una película que, más allá de sus consideraciones técnicas, aparece como una de las producciones más sobrevaloradas de la historia del cine. Bravo por aquellos que aplauden la filmación de esta crisis existencial como uno de los mejores trabajos de la historia, pero a mí, personalmente, el ego que demuestra Federico Fellini con este relato me repele un poco. De no ser por el talento de Mastroianni, colosal encarnando la deriva de un hombre perdido entre los agitados recuerdos, las fatigas del trabajo y, sobre todo, los encantos de las mujeres, podría decirse que la narración difícilmente se sostendría. Es una película hecha para gustarse a sí misma, pretenciosa y soberbia. 

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Monsters (2010)

monsters1012Dirección: Gareth Edwards 
Guion: Gareth Edwards 
Producción: Vertigo Films
Fotografía: Gareth Edwards 
Montaje: Colin Goudie 
Música: Jon Hopkins  
Reparto: Scoot McNairy / Whitney Able 
Duración: 94 min
País: Reino Unido 

El planteamiento de la película no parece esquivo: una especie alienígena de vida ha llegado a la Tierra. Entre México y Estados Unidos, ocupando territorio de ambos, aparece de esta manera una “zona infectada” con fatales consecuencias para los habitantes de allí. Habitantes como Andrew Kaulder y Samantha Wynden, dos jóvenes que, por casualidades del destino, deberán compartir viaje con tal de llegar desde Costa Rica a los Estados Unidos.  

Película minusvalorada, sin duda. Pasó de puntillas por el 2010, etiquetada como “otra película más” del siempre “peligroso” (para el espectador) género de ciencia-ficción. Lo cierto, en cambio, es que Gareth Edwards se revela como un fabuloso y prometedor cineasta gracias a Monsters, su obra novel. Partiendo de un presupuesto limitado, el director suple las carencias económicas con la creatividad, el ingenio y el buen hacer. No solo dirige la película, sino que también da forma a un guion privilegiado y exhibe una labor de fotografía nada desdeñable. El casting, además, está muy bien hecho, pues la elección de los actores protagonistas no podía ser mejor: la química entre Scoot McNairy y Whitney Able cautiva desde el primer instante en que coinciden. A él ya lo conocía desde hace tiempo, desde que protagonizó la maravillosa In search of a midnight kiss (2007), mientras que a ella, la españolizada Whitney Able, justo la descubrimos aquí, dejándonos así una interpretación que, sin ser nada del otro mundo, al menos sí nos parece creíble. 

No sabría decir con certeza cuáles son los “monstruos” a los que se refiere el título de este film. La conjunción de géneros y temas que aflora en este guion, enraizado en una esplendida síntesis narrativa, provoca que Gareth Edwards no se pierda entre la niebla que, en muchas ocasiones, caracteriza al sci-fi. Los alienígenas no son más que la punta de lanza de esta epopeya moderna, escudada en tintes futuristas, sobre el drama de la inmigración, los temores de la vida occidental y los flagelos, en definitiva, que acompañan al sistema a lo largo de distintos puntos del mapa. El autor se permite el lujo, además, de brindarnos una bonita historia de amor como guinda a una película a considerar.  

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La dolce vita (1960)

La-Dolce-Vita_1Dirección: Federico Fellini 
Guion: Federico Fellini / Ennio Flaiano / Tullio Pinelli / Brunello Rondi 
Producción: Pathé / Riama Film
Fotografía: Otello Martelli 
Montaje: Leo Cattozzo 
Música: Nino Rota 
Reparto: Marcello Mastroianni / Anita Ekberg / Anouk Aimée / Alain Cuny / Yvonne Furneaux / Valeria Ciangottini 
Duración: 174 min
País: Italia

“Non capisco, non si sente”. 

Marcello siempre soñó con ser un gran literato, sin embargo, ocupa su vida como periodista del corazón, moviéndose entre la farándula elitista de la ciudad de Roma en busca de alguna miseria que le sirva para vivir: carnaza para la multitud. Anhela una vida mejor, la dolce vita. Es un extraño varado entre dos mundos: uno, el de la alta sociedad italiana, al que desea acceder con locura, pero que le desespera, le frustra, le rechaza; otro, el suyo, su realidad, esa de la que no logra escapar. Él es Marcello Rubini, dicho de otra manera, Marcello Mastroianni, inmortal después de esta interpretación. El cineasta de Rimini, Federico Fellini, escoge con gracia la figura que quiere representar y con todo el detalle del mundo nos pide atención.

Un helicóptero sobrevuela la ciudad de Roma. Es la Ciudad Eterna vista desde el aire, pronto, sin embargo, Fellini descenderá al mundo terrenal. Lo hará empleando una técnica narrativa -el uso continuado de anécdotas- que mantendrá como enlace común al apuesto y triste Marcello Mastroianni. La afilada crítica del cineasta no solo destripará las miserias de los náufragos que habitan en aquella ciudad, sino que también servirá para desplegar la colosal batalla interior a la que tendrá que hacer frente Marcello, indeciso ante el cariz que debe tomar su vida. A ratos maravillado, a ratos desolado. No encuentra su lugar en el mundo o, mejor dicho, en Roma. Hace el amor con Maddalena, una elegante burguesa, pero lo hace en casa de una prostituta. Queda cautivado por la inocente belleza de Sylvia, bañada por la Fontana di Trevi, idealizada representación de la dolce vita, pero el platónico paseo nocturno termina con una bofetada. Busca consuelo en su referente y amigo Steiner, burgués icónico, pero este no solo lo instruye con magníficas palabras, memorables, sino que también le añade un punto amargo con su trágico desenlace. Habla solo, declarando su amor a Maddalena, pero aquella besa cruelmente a otro hombre mientras lo hace. Trata de ser Alguien en el circense, farandulero y vacuo mundo que acompaña a la aristocracia romana, participando en sus guateques, siendo un mujeriego, luchando contra sombras, pero la figura de su padre, a quien dice no conocer, y la de su novia, a quien dice no amar, le marcan a fuego tanto su pasado como su presente.    

Una inocente adolescente, Paola, le sirve en un pequeño bar. Ella es de Umbría, siente nostalgia por su tierra, desea calmar esta añoranza cuanto antes. Él queda maravillado por su cara angelical, le recuerda a esas caras representadas en las pinturas que adornan las iglesias umbras. Es la pureza, la inocencia, la mejor imagen de la sencillez del mundo. Poco después, Marcello vuelve a ver a la joven en la playa. Está lejos. Ella le llama, le reclama. Él no puede escuchar lo que dice. El agua los separa, separando los dos mundos que destruyen a Marcello. Él elige su destino. Errante, desolado y vacío. Es el adiós de una película maravillosa.  

la dolce vita