‘The crazies’. Un pueblo de locos.

Nuevo remake de una obra de uno de los emblemáticos del género, un tal George A. Romero. En esta ocasión, le toca a ‘The crazies’, una película que nos sumerge en la dinámica de una población agrícola cerca de Iowa. Allí, el sheriff local pronto descubrirá que algo extraño comienza a suceder entre sus convecinos.

La obra de Breck Eisner queda perfectamente pulida, con una potencia visual ciertamente conseguida para lo que suelen ser este tipo de películas y un ritmo argumentativo trepidante que no escatima en tensión, brindándonos, además, alguna que otra escena de gran calibre (también hay alguna que sobra). En definitiva, esta historia de locos es un derroche de calidad, un más que decente producto que se sirve del ejército y sus mamonadas biológicas para regalarnos un gozoso entretenimiento transportándonos a ese apocalíptico futuro cargado de fuego, sangre y locura.

‘Final destination 2’. Digno disfrute.

Cambian los chavales (a excepción de Ali Larter). Cambia el accidente, ya no es de avión, sino de tráfico, algo más terrenal. Y también cambia…. bueno no. Ya no cambia nada más. Ración doble de lo que ya tuvimos en la mítica ‘Destino final’. Eso sí, como suele ocurrir en este tipo de secuelas, ya no posee el punch de su antecesora.

Al igual que en aquélla, el inicio es impactante, de largo lo mejor de la película. Las muertes, quizás, andan un poco más rebuscadas y el final está cogido con alfileres. Pese a todo, y obviando que se tiran media película recordando de qué iba la primera cinta de la saga, el disfrute es digno. Cumple con su cometido. Es decir, los productores y distribuidoras se montan en el dólar gracias a ella, y el público, sin grandes aspiraciones, se entretiene.

‘Decálogo’. Parte VIII: No levantarás falsos testimonios ni mentiras.

Una anciana profesora acude, como marca la rutina, a impartir su clase de ética en la universidad. La mención de una joven a la historia del segundo mandamiento del propio decálogo, llevará a la profesora a resaltar que, en cualquier momento y situación, lo más importante siempre es salvar la vida del niño. Esta afirmación servirá como detonante para que una mujer llegada desde los Estados Unidos explote y haga estallar sus sentimientos.

A través de este octavo mandamiento nos sumergimos en una abrasadora denuncia acerca de la barbarie que supuso el holocausto nazi. Aunque Kieslowski no se sirve de metralletas, rudos arios ni nada por el estilo. Le basta la fría Varsovia. Le basta un triste portal. O un modisto que prefiere olvidar antes que vengar, pues la derrota fue tan amarga que casi lo vació en su interior. En definitiva, es una denuncia hacia esa doble moral de la ciudadanía católica polaca. Gente que prefirió mirar hacia otro lado, quizás por miedo, antes que enfrentarse a la locura que tenía ante sí. Por tanto, es un punto de vista muy personal el retratado en esta cinta, pudiendo levantar más de un debate, lo que parece claro es que el terror de las víctimas sigue latente, un terror imperenne.

‘Final destination’. Clásico básico del teen terror.

Hay noches en las que el cuerpo no te pide gran carga. Es decir, no apetece la profundidad ni la reflexión. Tampoco observar ni comprender cada detalle. Simplemente te llama ver algo plano, de fácil digestión. Son ese tipo de noches cuando ‘Destino final’ se viste de gala, porque ahí ella luce como ninguna, como una reina.

La descubrí de nano, y me emocionó. Quiero decir, me gustó. Supongo que por cosas de la edad, y por la esencia misma del film, pues no es más que un producto de terror en plan slasher que no busca otra cosa que acojonar al mundo teen. Y ahí estaba yo por aquel entonces, en ese mundo. Ahora, pasado el tiempo, ya no es lo de antes, como tampoco lo son las imperennes sagas de ‘Scream’ o ‘Sé lo que hicísteis el último verano’. No son los grandes películones de tu vida, como las considerabas de chaval. O sea que, haciendo el símil alimenticio, no es caviar de alto standing, pero sí que es una señora doble cheeseburguer del burrikin’. Vamos, que las andanzas de ese destino inquietante, mamón y asesino, y esos chavales temerosos porque la muerte les acecha, siguen dando que hablar dentro de mi filmoteca personal.

‘Mighty Aphrodite’. La magia de Taormina impregnando los corazones neoyorquinos.

Woody Allen combinaba, allá por el 95, el siciliano (griego) teatro de Taormina con el imperecedero, dentro de su cine, asfalto de Nueva York. Él mismo interpretaba el papel principal, el de Lenny, un tipo en plena crisis sentimental, esas que tanto le gustan retratar, añorando los viejos tiempos con su mujer, cuando todo era alegría, felicidad, pasión y amor. Hoy, su mujer está más preocupada de su galería que del propio Lenny, aunque todo cambiará cuando decidan adoptar a un niño: Max.

La intriga, después de comprobar el espectacular intelecto del chaval, por saber quién es su madre biológica, llevará al bueno de Lenny a dar más de un tumbo hasta, finalmente, encontrar a la mujer que buscaba: Judy Cum, una mediocre actriz porno. A partir de este momento, la película se centrará en la particular relación entre el cornudo marido y la sensible prostituta, desentrañando, a base de ingenio en los diálogos (no son tan poderosos como en otras cintas de Woody) y grandes escenas, esa vorágine sentimental que surge del dictamen del corazón.

En definitiva, otra comedia más de Woody Allen. Para mí, no está entre lo mejor de su filmografía, aunque, eso sí, tampoco conviene desdeñar a ‘Poderosa Afrodita’. Es una obra que ahonda, nadie mejor que él lo sabe hacer, en los recovecos del corazón (y de la bragueta), y con cierto aire transgresor, echando por la borda más de un convecionalismo social gracias a esa Galería de arte, a ese apartamento con aroma a sexo, a esos niños tan adorables, a ese melancólico Nueva York y, sobre todo, a esa prostituta, ya inmortal, que nos regala uno de los romances más peculiares y personales de la filmografía del cineasta neoyorquino. Acaba con una sonrisa, con una felicidad ciertamente mágica. Mención especial para Mira Sorvino, simplemente sensacional (eso sí, no la vean doblada porque la voz es irritante).

‘Decálogo’. Parte VII: No robarás.

¿Cómo robar algo que te pertenece? Gracias a este séptimo capítulo, el relativo al mandamiento “no robarás”, Kieslowski nos brinda la historia más intrigante, tensa y asfixiante del decálogo visto hasta el momento. Majka vive atormentada por la peculiar relación entre su madre y su hermana. Sin embargo, pronto descubriremos un submundo oculto dentro de esa aparente vida normal de otra familia más de esos bloques grisáceos varsovianos que ya forman parte de la historia del cine.

‘No robarás’ es la historia de una muchacha de la que se aprovechó su ególatra madre en su juventud. Un robo que trató de guardar las apariencias, de no destrozar vidas futuras y de subsanar complejos irreversibles. Es la historia de un dolor profundo que inundó de aflicción la vida de esa solitaria joven. La soledad y melancolía vuelven a ser las grandes compañeras del dueto polaco (Kieslowski, Piesiewicz), inundando de ellas la pantalla, tocando la fibra sensible. Un drama con mayúsculas, que cala hondo, realizado de manera magistral por nuestro admirado cineasta polaco, con su siempre intachable envoltorio.

‘Decálogo’. Parte VI: No cometerás actos impuros.

Tomek tiene un carácter introvertido. Quizás fue su estancia en el orfanato lo que le hizo así. El caso es que el chaval pasa las horas recluido en su habitación, su mundo. Allí, a través de unos prismáticos y un telescopio, acompañado de una lamparita, pasa las horas observando a su atractiva vecina, Magda, una mujer insensible que en el momento de conocerle comenzará a jugar con el propio muchacho.

Kieslowski, dentro del sexto mandamiento con temática “no cometerás actos impuros”, retrata un peculiar amor, un amor atípico. Casi imposible. La locura de Tomek se desata ante la frialdad (sinónimo de humedad) de Magda acerca de lo que es el amor. En definitiva, es una historia, como la mayoría de este decálogo, muy personal que retrata el sentimiento de ese solitario joven en busca de amor, de felicidad, de llenar su, hasta ahora, desangelada vida. Es inquietante, conmovedora e hiriente.

‘Decálogo’. Parte V: No matarás.

Demoledor alegato en contra de la pena capital realizado por Kieslowski en honor al quinto mandamiento: no matarás. Se aleja un tanto, salvo en contados planos, de los bloques grisáceos regentados hasta ahora por sus personajes, y nos mantiene en vilo todavía el personaje de Artur Barcis.

La primera parte del mediometraje se dedica a resaltar a los tres individuos protagonistas de manera alternada. Un joven que deambula por las calles de Varsovia. Un taxista con sus particulares rutinas. Un abogado que encarna la lucha contra la ejecución. Luego viene el agónico e iracundo detonante del capítulo, y por fin, el cineasta polaco dedica la segunda parte para hacer estallar el sentimiento, la frustración y el desgarro de la ejecución a sangre fría.

Tanto da si es obra de un psicópata o de un simple verdugo en su quehacer diario. O si es fruto de la pasión, o de la venganza. En este caso, Jacek mata por despecho, por desarraigo, por dolor, por locura, con su mente obsesionada con su hermana pequeña. Y la venganza, la justicia del Estado caerá con todo su peso sobre él. Dos muertes deben ser suficientes para que Kieslowski explicite su total repugnancia frente ambas, dejándonos una obra dura, de esas que cuesta engullir por su falta de suavidad y tacto. El tema pedía a gritos un capítulo como este.

‘Decálogo’. Parte IV: Honrarás a tu padre y a tu madre.

Kieslowski hiperboliza lo terrenal de nuestra sociedad a través de esa tormentosa relación entre una hija y un padre separados y, a la vez, ligados por una carta escrita por la madre de ella antes de morir. En este cuarto capítulo, en consonancia con la temática del mismo, se ahonda en esa relación entre padre e hija.

Tomando ese eje por referencia, Kieslowski realiza aquí una historia muy personal en la que, en el fondo, se relata una trágica historia de amor detonada por una misteriosa carta. Un amor que existe entre dos personas que aún queriéndose, deseándose y amándose, en el sentido carnal del término, deciden no romper con los convencionalismos de nuestra sociedad, esos que derivan del cuarto mandamiento, relatado aquí, como no podía ser de otra manera, con gran maestría por parte del cineasta polaco. Es, al tiempo, lasciva, sentimental y tremendamente melancólica.

‘Decálogo’. Parte III: Santificarás las fiestas.

El tercer mandamiento lo traslada Kieslowski a una nochebuena en la fría Varsovia. En ella, Janusz le trae los regalos a sus hijos y esposa. Y acude feligrosamente, como todos los años, a la misa del gallo. Allí, algo hará cambiar el destino de esa noche, pues se topará con Ewa, una mujer especial para él.

Es una historia dolorosa, que se cuece a fuego lento a través del asfalto de la carretera, de los misterios que nos intrigan durante los 60 minutos entre llamadas, hospitales y un marido desaparecido. Se retrata a Ewa como una víbora, como una mujer autodestructiva, mentirosa. Pero a través de esa Nochebuena, se desenmascarará la profunda aflicción en la que vive, esa soledad desgraciada que le lleva a jugársela a suertes con un antiguo amor: Janusz. Una noche de gritos ahogados en la nada, con dos enamorados penitentes que nada pueden hacer ya, pasado el tiempo, más que lamentarse de lo que pudo haber sido y lo que no fue, con el telón de fondo de esa noche fría, nevada y solitaria.

El capítulo en sí es una contradicción real del tercer mandamiento. Pues un hombre que, en lugar de estar con su familia, decide acudir al rescate de esa felina mujer, prometiéndole a su esposa al volver al hogar aquello de “nunca más”. Todo lo retrata Kieslowski con su particular buen hacer y su toque estético tan personal, apoyado en un grandísimo trabajo de fotografía. En definitiva, una sencilla y a la vez profunda historia.