‘Brazil’. Empacho distópico.

Estamos en un futuro donde un gobierno totalmente autoritario, cargado de tecnócratas, ha radicalizado el discurso de la jaula de hierro de Max Weber. La burocracia autoritaria se nos presenta de una manera hiper realista. Todo parece verídico. Me lo creo. La ambientación es genial. El mundo del futuro, tan distópico, está recreado a las mil maravillas. Las minuciosidades del guión, los pequeños detalles, describen a la perfección la oscuridad de ese universo. El contexto, es el “soñado”.

Ahora, falta la historia. Una mosca cojonera cambia una B por una P en una máquina de escribir del departamento de investigación del gobierno, creando un informe equivocado y atrapando la policía represora al pringado que no era. A partir de aquí, el burócrata que se percata del error, se topará por casualidad con la mujer de sus sueños, unos sueños que supuestamente le llevan a escapar imaginariamente de ese mundo tan atroz. La mujer en cuestión era la vecina del pringado liquidado. Y ahora, él la ha conocido. Romántico.

La historia de amor vendrá alternada con monstruosidades autoritarias, “terrorismo” libertario y mil guiños a la comedia negra tremendamente ingeniosos y mordaces acerca de la sociedad futura. ‘Brazil’ cuanto más cerca está del centro argumental, más aburre. Acabo empachado de amor y obsesión futurista. Gana, en cambio, cuando se dirige hacia los márgenes del argumento. Qué paisaje tan demoledor ha visualizado Gilliam. Lástima que la historia no convenza.

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