‘Pa negre’. Tortuosa infancia.

Agustí Villaronga conseguía alcanzar, de modo inesperado, la cima de su irregular filmografía con esta cinta, ‘Pa negre’ (2010). Lo hacía a través de las vivencias de Andreu, un sensacional Francesc Colomer, quién vive junto a su familia en una zona cercana a Vic, Cataluña, en tiempos de posguerra. Recordando un tanto al cine de Erice, el cineasta mallorquín focaliza su atención, y la del espectador, en la mirada inocente del crío, en sus pensamientos fantasiosos, puros y cándidos, alejados éstos de la cruda realidad que, sin él darse cuenta, le estaba tocando vivir.

Un misterioso crímen encenderá la llama que avive esta exasperante historia. Su centro gravitatorio será la mutación que experimente nuestro protagonista, un chaval que pronto tendrá que dar la bienvenida, casi a la fuerza, a esa cosa llamada adultez, olvidando sus fantasías, sus juegos de niños y sus ansias de volar hacia otro mundo a semejanza de los pajaros. Paradigma de todo ello será el papel sobrecogedor de Marina Comas, una muchacha que ya hace mucho tiempo que olvido lo que era la niñez. El trasfondo de esta mutación, se nos presenta por la vía de una factura técnica intachable, destacando una ambientación veraz, muy lograda, que nos depara imágenes de un poderío visual asombroso. El director se preocupa, además, de atar cabos sueltos en su narración, quedando todo bien hilado, mostrándonos así un amplio repertorio de secundarios (nombres ilustres como Sergi López, Eduard Fernández, Roger Casamajor o Laia Marull, pero hay muchos más), del todo integrados y conectados con el personaje protagonista,  que acaban por enriquecer la historia central del film.   

‘Pa negre’ es una representación fidedigna y rigurosa de la inocencia perturbada. Son tiempos de posguerra, y el cuerpo, del lado de los vencidos, no está para alegrías. Cuando uno no recibe otra cosa que no sea “pa negre i sucre roig”, su vida puede definirse como calamitosa. El cineasta lo trata todo de un modo indirecto, sutil. Hurga en la herida y hace sangre, casi sin que nos demos cuenta. La cinta no busca, en ningún momento, simplificar su discurso, etiquetando a unos de “buenos” y a otros como “malos”. Nada de eso, hay aquí. Los “buenos” de tan míseros, parecen malos. Y los “malos”, de tan caritativos, se disfrazan de bondadosos.

Pero tanto unos, como otros, acaban desorientados en un período de difícil digestión, dónde ideales, represión, hambre, cobardía y el mundano instinto de supervivencia , se daban de la mano, para acabar humillando la dignidad, por unas cosas u otras, de todos. Andreu, incapaz de entenderlo, sólo quiere olvidarlo.

8.5/10  

‘El año de las luces’. Amor juvenil en tiempos de miseria.

Estamos en la España de posguerra. Una España inundada por fascistas, curas, monjas y beatos. Una España represiva, asfixiante, autoritaria. Son malos tiempos a boca del que no sea “español”, o “nacional”. Son fechas, las de 1940, en la que la tuberculosis hace estragos. Dos hijos de caído en el frente, Jorge Sanz y su hermano pequeño, Manolo y Jesús, son enviados por su hermano mayor a un preventorio. Un lugar en el que Manolo, un chaval ya en pubertad acelerada, aprenderá una de las lecciones más importantes de su vida.

Durante su estancia en el preventorio, en la primera parte del film, eclosionará en Manolo el deseo sexual propio de su edad. Coqueteará, aunque sólo sea visualmente, con la estricta Vicenta. Todo bajo la atenta mirada de Irene, una Verónica Forqué excepcional, falangista y directora del centro, y de Tránsito, la maestra rancia, prototipo del franquismo español. También contará, frente a ellas, con un aliado magistral, el bueno y sabio de Emilio, un anciano, interpretado por Manuel Alexandre a las mil maravilllas, que le dará consejos, acudiendo a su memoria literaria y parisenca, acerca del amor y de la vida.

Todo se radicalizará, durante la segunda parte del film, con la llegada de una nueva enfermera, María Jesús, una joven Maribel Verdú. Ella hará nacer en el interior de Manolo la llama del amor, al tiempo que también lo hará en su interior. Un amor presentado de manera fresca, simpática e inocente, cosas de la edad, pero que pronto se tornará totalmente mísero. Un amor que debía luchar frente a muchos obstáculos.  Obstáculos representados en el “tío” de la chica, un cura muy cabrón, y en las punzantes miradas de las enfermeras,  con especial atención de la pura y recta Irene, muerta de celos en el fondo.

‘El año de las luces’ es una película emotiva, bonita y, a la vez, triste. Es ligera, pero también profunda. Es el despertar en la vida real de un chaval, Jorge Sanz, que pronto descubrirá que los palos no se olvidan fácilmente. Un amor, el suyo con la Verdú, que se ahogará entre curas y falangistas, entre castidad simulada y mezquindad irritante. Fernado Trueba nos regala una joya del cine español a través de esa historia de amores juveniles en un contexto muy poco propicio. Un contexto representado a las mil maravillas gracias a los buenos diálogos y a las magistrales interpretaciones de los secundarios, especial mención al gran Manuel Alexandre. Gran película.