‘No country for old men’. Así (de violenta) es la vida.

‘No country for old men’ gravita su historia en torno a la desorientada mente del Sheriff Ed Tom Bell (Tommy Lee Jones). Un tipo anclado en el pasado, al que le gusta evocar con nostalgia los viejos tiempos. Tiempos en los que ni siquiera el representante de la justicia y la ley necesitaba llevar arma para ejercer su trabajo. Ahora, todo ha cambiado. Lo sabe cuando lee las crónicas de sucesos de los periódicos. Violencia y más violencia. Sin atisbo de racionalidad en élla. Pero todavía se hunde más en su profunda melancolía cuando se pone el traje de servicio, y presencia casos como el de Llewelyn Moss, un tipo que por avatares del destino acabó en el lugar más inadecuado, haciendo lo más inoportuno: robar dos millones de dólares en mitad de una auténtica carnicería humana. ¿Quién hay detrás de este ensangrentado dinero? Banqueros, gente bien, narcotraficantes. Quién sabe. El caso es que han puesto precio a su cabeza, con tal de recuperar el botín perdido. Y el encargado de liquidarlo es Anton Chigurh, un psicópata encauzado a sicario.

Todo ello da firmeza a un thriller poderoso en el que tanto el narcotráfico, los sicarios y la ley, interactúan y mueven sus piezas conforme a las andanzas y desventuras del pobre Josh Brolin. La factura técnica presentada es intachable, destacando la excelsa labor de Roger Deakins en la fotografía. El guión no tiene fisuras, siendo narrado de modo magistral por parte de los hermanos, quiénes exponen la barbarie de un modo tan armonioso como hiriente, tan plácido como sanguinario.

El país retratado por los hermanos Coen no está hecho para los viejos. Pero tampoco es de la medida de los jóvenes. Es un mundo desolador, cruel y violento, sacado de los pensamientos oscuros de Cormac McCarthy, y plasmado en los inhóspitos parajes que proporciona el desierto de Texas. La violencia se apodera de la pantalla en todo momento (paradigmático el papel de Javier Bardem), deparándonos un paisaje desgarrador, claustrofóbico y asfixiante en el que no hay ninguna pausa para coger aire, ni para los protagonistas ni para el espectador, pues la agonía es crónica. En fin, cinta densa, angosta y perturbadora, que difícilmente dejará indiferente a nadie una vez haya presenciado el aterrador recital de los Coen.

8/10

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