‘Dexter’. Recuerdos de niñez.

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Dexter no es un tipo corriente que digamos. Siempre ha vivido a la sombra. A la sombra de su realidad. Jamás ha sentido nada. No le conmueve la fraternidad de su hermana. Tampoco el cariño de Rita. Ni siquiera encuentra un gramo de sentimiento en toda Miami. Sólo recuerda con aprecio a Harry, su padre adoptivo. Aquél que le enseñó un código. Un código con el que vivir y con el que esquivar su gran pasatiempo: asesinar indiscriminadamente.

Harry le enseño a canalizar su amor por el homicidio. Asesinar a quien se lo merezca. Metódicamente, con frialdad. Al anochecer. Mientras, durante el día, se pone su máscara de forense. Ayudante intachable de la policía. Pasa su tiempo en su laboratorio y en las escenas del crimen. Rodeado de sangre. Rodeado de gente por la que no siente ningún apego, pero ante la que debe fingir humanidad. 

Ahora, hay algo que le inquieta: un asesino en serie. Conocido como ‘el asesino del hielo’, sus asesinatos le conducirán hacia un juego peligroso. Un juego que le hará recordar su niñez. Un trauma que le marcó de por vida, y al que ahora deberá enfrentarse.

Brutal, nunca mejor dicho, serie de TV producida por Showtime y basada en las novelas de Jeff Lindsay. La voz en off de ese psicópata con vocación de justiciero es impagable. Michael C. Hall realiza una interpretación espectacular. Su cara angelical. Su mirada penetrante. Su sonrisa encantadora. Las andanzas de este pobre imitador calan muy hondo.

Spoiler

Desgarrador final. Uno de los mejores finales que yo haya visto. Su corazón le pedía marcharse con su hermano, sin embargo, debía sobrevivir. Ley de supervivencia.

Sólo un pero, si Rudy retuvo a Tucci y lo torturó cruelmente, ¿cómo es que aquél no sospecho ni siquiera de su voz mientras estuvo en el hospital?

‘Troya’. Homero made in USA.

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La paz entre Troya y Grecia es frágil. Bien lo sabe Héctor, príncipe de Troya, quién debe ir con sumo cuidado en lo que concierne a sus actos para no ofender a sus “aliados”. Y bien lo sabe, para su desgracia, Agamenón, rey de reyes de Grecia. Su tiranía y ambición buscan conquistar un punto clave en el Mar Egeo, Troya.

Cuando la actitud pasional del hermano menor de Héctor, y también príncipe de Troya, Paris, le conduzca a fugarse  con su amada Helena, reina de Esparta, rumbo a Troya, la guerra habrá comenzado. Una guerra marcada por el amor y el honor en lo superficial, por los intereses comerciales e imperiales de Agamenón en el trafondo.

La guerra será dura. Un ejército impresionante de griegos llegará a Troya. Entre ellos Aquiles, el mejor de todos los griegos, pero un hombre cruel y sangriento. Un hombre guiado por la gloria y capaz de retar al temido Agamenón. Sin él en batalla y subestimando a su rival, los griegos pese a su superioridad numérica, caerán a las puertas de Troya. Los troyanos, obviando lo terrenal y refugiándose en los dioses, también decidirán plantar un contraataque en la costa a los griegos, siendo ellos, esta vez, los que subestimaban al enemigo. El primo del temido Aquiles, Patroclo, morirá en combate a manos de Héctor en dicha batalla.

A partir de ahí, se desencadenarán los sentimientos y emociones. Viviremos un combate noble y por el honor entre los dos mejores guerreros, Héctor y Aquiles. La guerra habrá cambiado su destino, y ya no habrá vuelta atrás para los troyanos.

‘Troya’ nos regala dos horas y media de efectos especiales, acción, grandeza y un montón de caras conocidas. Una historia épica en manos de Hollywood que no acaba de agradar. Se queda a medias, superficial. Las historias de amor y pasión no son profundas. No se siente el dolor de Aquiles tras la muerte de Patroclo. Ni se me caen las lágrimas con su trágico final entre Paris y Aquiles. De hecho, los dos personajes más pasionales, Paris y Aquiles, no me los creo. Son un lastre. A los únicos que me creo son a Bana en el papel de Héctor y a Toole encarnando a Príamo. También Diane Kruger como Helena de Troya. Sus rostros y figuras indican la caída de su pueblo, indican el horror de la guerra, la pérdida del honor.

Nobleza, amor, honor y ambición marcan el trasfondo de la película, su esencia. Batallas, acción, sangre y adrenalina ocupan, sin embargo, la primera plana, sin profundizar en la esencia. Una lástima. Buena, sin más.

‘El sol del membrillo’. Una forma de vida.

En otoño, el membrillero comienza a madurar sus frutos. Bien lo sabe Antonio López, pintor de profesión, pues tiene uno en su huerto. En ese otoño, el de 1990, Antonio se propone intentar nuevamente pintar el membrillo. Pero no en cualquier momento. Debe captar el instante exacto en el que el sol calienta al frutal en su plenitud. Una estampa preciosa, muy bonita.

Sin embargo, el otoño va pasando. El sol cada día es menos feroz. Las nubes tormentosas se asoman al cielo de Madrid. Y Antonio ve como su misión parece muy complicada. Octubre ha sido borrado del calendario, y ya estamos en Noviembre. Las lluvias y el viento no persisten. Así que Antonio olvida su ilusión, no podrá ser. Su inacabada pintura acabará en un sótano, olvidada. No valdrá para el año próximo, pues el frutal, como muchas cosas, cambia de año en año. Sin embargo, a él le ha quedado ese punto de insatisfacción. Si el óleo no puede ser, probemos con el dibujo, acompañando así la vida del membrillero hasta su decadencia allá por diciembre. Si tampoco da resultado, si no ha habido tiempo, habrá que esperar a que la fruta vuelva a salir allá por la primavera, hasta que transcurrido el verano, madure nuevamente durante el otoño.

Le dicen, extrañados, que por qué no hace una fotografía. Más fácil, sencillo y rápido. Sin tener que esperar a ese momento en el que luzca el sol diariamente. ¿La respuesta? Más que el fin, lo que cuentan son los medios. Y para él, el simple día a día acompañando al frutal, ya merece la pena, independientemente del resultado final.

Antonio prefiere vivir con naturaleza. Ajustando sus cálculos. Sus marcas. Sus clavos. Las varas. El invernadero. Las finas cuerdas. Todo calculado milímetro a milímetro. Observándolo día a día, siendo un compañero fiel. Y así transcurre su vida. Una vida plácida y tranquila inundada de momentos de alegría (desprendida de sus canturreos), de soledad (con sus pitillos), de regocijo (explicándole a dos amigos chinos su modo de pintar), de nostalgia (recordando con su buen amigo su juventud), de tristeza (bajo una lluvia persistente), de amor (acompañado de su mujer), de convencionalidades (con sus amigos), de familia (con sus hijos). Una vida marcada por una pasión, la pintura. Y por una forma de vivir, esa que añora a los membrilleros con los que creció en su niñez y con los que aún sueña cuando la muerte le acecha.

Cine, poesía y pintura se dan de la mano en esta cinta para aliarse contra la televisión, un instrumento de control de masas, un emblema de nuestras sociedades. Una crítica centrada en esa imponente Torrespaña que se nos muestra iluminada al centro de la imagen, expandiendo su señal a toda la ciudad, inundando todo el paisaje urbano con su luz azul. Una torre que aleja a la urbe de la forma de vivir de Antonio, tan sencilla, como bonita. Erice contrapone lo urbano frente a lo rural, lo combina, y da como resultado una preciosa película que cala hondo.

“Estoy en Tomelloso, delante de la casa donde nací. Al otro lado de la plaza, hay unos árboles que nunca crecieron allí. En la distancia, reconozco las hojas obscuras y los frutos dorados de los membrilleros. Me veo entre esos árboles junto a mis padres. Acompañado por otras personas cuyos rasgos no logro identificar. Hasta mí llega el rumor de nuestras voces. Charlamos apaciblemente. Nuestros pies están hundidos en la tierra embarrada. A nuestro alrededor, prendidos de sus ramas, unos frutos rugosos cuelgan cada vez más blandos. Grandes manchas van invadiendo su piel y en el aire inmóvil percibo la fermentación de su carne. En el lugar donde observo la escena, no puedo saber si los demás ven lo que yo veo. Nadie parece advertir que todos los membrillos se están pudriendo bajo una luz que no sé cómo describir: nítida y, a la vez, sombría, que todo lo convierte en metal y ceniza. No es la luz de la noche. Tampoco es la del crepúsculo ni la de la aurora.” (Antonio López)

‘Titanes, hicieron historia’. El deporte no entiende de barreras.

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Son los años 70 en un Estado, Virginia, en el que la tensión racial está en plena ebullición. Los blancos no aceptan la integración en sociedad de los negros. Se les considera subordinados. Un desperdicio de talento divino en su creación. El racismo, la violencia y la intolerancia se apoderan de las calles. 

En ese contexto, encontramos un lugar sagrado, un santuario donde no se permite dichas insensateces: el campo de fútbol. Sin embargo, ahora han asignado a un entrenador negro para dirigir a su equipo. Además, será el primer equipo mestizo del Estado. Blancos con negros. ¿Cómo se tomará esta decisión el pueblo?

‘Titanes’ habla de la solidaridad entre razas. Deja de lado el odio y la aversión. Hace llegar al gran público de que no es tan difícil que unos y otros se lleven bien. Y lo hace a través del deporte, en este caso, del fútbol americano. Es una piedra más en la construcción de esa utopía que es la paz. Al menos, la paz entre razas en la América profunda. Película bienintencionada y dulzona. Buena.

‘In the mood for love’. Quizás, quizás, quizás.

Historia sencilla que habla sobre infidelidades y soledad. Dolor y resentimiento. Habla sobre el auxilio en forma de amor de sus dos protagonistas. Dos jóvenes desamparados, temerosos, malheridos. “Nosotros no somos como ellos” se dicen a sí mismos buscándole explicación al por qué del desplante mutuo de sus respectivos cónyuges, al mismo tiempo que frenan con ello su amor. Una historia de amor sin besos ni abrazos. Sólo miradas. Una historia de amor dolorosa y triste, fugitiva, pero bonita. Un deseo, el de Chow. Un lamento, el de la fiel Li-zhen. Un amor frustrado que nadie jamás conoció. Un amor que jamás pudo ser. Siempre inoportuno, sin encontrar su espacio ni tiempo. Un amor lento y silencioso que se fraguó bajo la lluvia, o en la habitación 2046, o en la parte de atrás de un taxi, y que acabó sepultado en los templos de Camboya.

Inolvidable música de Michael Galasso. Conmovedores los imperecederos boleros ‘Quizás, quizás, quizás’, ‘Aquellos ojos verdes’ o ‘Te quiero dijiste’. Buen hacer en el guión y en la dirección de Kar-Wai. Sublime la fotografía de Doyle. Impresionantes interpretaciones de Tony Leung y Maggie Cheung. Preciosa película. Una obra maestra.

‘District 9’. Acción con alienígenas.

A pesar de que, en un principio, la cosa se pone interesante con el asunto de alienígenas marginados por la sociedad, la película finalmente no ataca por ahí. No era difícil imaginar una situación real que se asemejara a la de los aliens en la película. Se les llama bichos. Son despreciados. Recluidos. Aislados por la sociedad. Y, ahora, molestan más que nunca. Hay que quitárselos de encima, según la opinión pública.

Entre tanta problemática social, aparece resolviéndose el misterio de por qué ese realojo. La MNU, encargada del realojo, es una multinacional armamentística que quiere explotar el desarrollo de las armas alienígenas. El problema radica en que sólo funcionan con ADN alien. Por tanto, a captar aliens por la fuerza y a experimentar con ellos.

Con esas, aparece el protagonista de la película. Un capullo de mucho cuidado que dirige la operación del realojo y que paradójicamente acaba viéndose en la peor situación de todas. En mitad de ninguna parte. Un producto creado por dos aliens revolucionarios con el que tenían pensado huir a su planeta, le convierte a él en un mutante. Despreciado por todos, sólo le quedará aliarse con dicho alien revolucionario para salvar su propia vida, y de paso ayudar a los aliens a huir de este hostil planeta.

Mucho ruido y pocas nueces. La película no ahonda en la problemática social. Se mete de lleno en el tema de las armas y se deja llevar por la adrenalina. Disparos, persecuciones, helicópteros, delincuencia. Está todo listo. El espectáculo ha comenzado. No le busquen la moraleja, la disfrutarán más. Buena.

‘El espíritu de la colmena’. Fantasía.

En una familia de la Castilla profunda de los años 40, habitan Fernando, padre, Teresa, madre, Ana e Isabel, hijas. La Guerra no ha pasado en balde para la familia. Del mismo modo que las niñas han ido creciendo y despertando, los padres se han ido apagando, durmiéndose.

Fernando se pone sus auriculares por las noches. Espera noticias. Mientras vigila el trabajo fatigoso de las abejas en su colmena, escribe unas palabras que se pierden en mitad de la noche. Él mismo se encuentra igual de enjaulado que sus abejas.

Teresa tampoco es feliz. Dijéramos que ha perdido a su marido. Su único refugio es el ferrocarril, esa vía de contacto con el mundo exterior. En él deposita todas sus esperanzas en forma de carta. Unas cartas dirigidas a Niza, pero sin un remitente claro. Quién sabe. Quizás un amigo, un familiar, un amante. 

Las niñas, Isabel y Ana, crecen en medio de este desolador ambiente. Sin embargo, ellas con poco se ilusionan. Ahora proyectan en el pueblo ‘El doctor Frankenstein’. Esta película calará muy hondo en la mente de la pequeña Ana. Intrigada por la muerte de la niña a manos de Frankenstein, y la posterior muerte de éste, le preguntará a su hermana el por qué. Aquélla responderá que todo es mentira, que el espíritu de Frankenstein habita en una casa abandonada a las afueras del pueblo.

Isabel, es mayor que Ana. Frankenstein no le ha impactado tanto. La muerte es algo frívolo para ella. Se permite el lujo de fingirla ante Ana. O de intentar asesinar al gato con sus propias manos. Es la mujercita viva de la casa.

Ana, sin embargo, todavía es una niña en todos los sentidos, y ha creído a su hermana en el tema del espíritu y la casa abandonada. Por eso, cuando un maqui se refugie en ella, la niña creerá que él es Frankenstein. Pero la muerte llegará a su vida, esta vez, de manera real. El maqui morirá y sus ilusiones se esfumarán. Creerá que lo ha hecho su padre, y huirá al bosque. A ese bosque exterior, a la noche. Un lugar en el que fantasear alejada de la cruda realidad de su hogar. Ana tendrá que recurrir a la fantasía para vivir. Su hermana le dijo un día que sólo tenía que decir su nombre para hablar con el espíritu. Por eso, ella, por la noche, se dirige hacia su ventana, con un ruido de fondo de un ferrocarril, diciendo “soy Ana”. Porque es una niña. Una inocente en medio de un infierno. Alguien que no quiere alejarse de ese otro mundo en el que todos vivimos cuando fuímos pequeños. Se aferra a él, alejándose del mundo real.

Son infinitas las palabras dedicadas a esta película. Ha sido obra de estudio y análisis de muchas personas. Que decir que no se haya dicho ya. Es más, cuánto falta por decir aún! ‘El espíritu de la colmena’ es de esas películas de las que se aprende más y más viéndola una y otra vez. No hay un sólo plano gratuito, hueco o carente de significado. Yo, particularmente, me quedo con la escena en la que Fernando sale al balcón, partiéndose la imagen en dos. A la izquierda, los tejados del pueblo. A la derecha, la silueta de Fernando acompañada del amarillo y los hexágonos de la colmena que decoran sus ventanales. Un hombre encerrado en su mundo, sin poder entender al otro. Obra maestra. Atención a las miradas de los personajes, importantes para entenderlos.

“Alguien a quien yo enseñaba últimamente en mi colmena de cristal el movimiento de esa rueda tan visible como la rueda principal de un reloj. Alguien que veía a las claras la agitación innumerable de los panales, el zarandeo perpetuo, enigmático y loco de las nodrizas sobre las cunas de la mirada, los puentes y escaleras animados que forman las cereras, las espirales invasoras de la reina, la actividad diversa e incesante de la multitud, el esfuerzo despiadado e inútil, las idas y venidas con un ardor febril, el sueño ignorado fuera de las cunas que ya acecha el trabajo de mañana, el reposo mismo de la muerte alejado de una residencia que no admite enfermos ni tumbas. Alguien que miraba esas cosas, una vez pasado el asombro, no tardó en apartar la vista en la que se veía no sé que triste espanto.”

‘Changing lanes’. A remar.

Dos hombres conducen sus coches en la misma dirección en una carretera de Nueva York. De pronto, llega el accidente. El rigor y la honradez de Jackson enfrentados a la ambición y la insolidaridad de Affleck. El acto le costará muy caro a Affleck, pues olvidará en manos de Jackson algo muy valioso para él. A partir de aquí, se instaurará el caos en la pantalla, y paralelamente el mensaje de la película: la redención progresiva de ese miserable personaje al que interpreta Affleck; la conversión en dócil de Jackson.

Metáfora sobre lo bueno que puede llegar a ser el Estado de Derecho si todos ponemos de nuestra parte. Jackson, pese a las mil perrerías que el sistema realice contra él, acabará como un hombre desgraciado pero fiel, un pobre obediente, un hombre que no debe responder con ira frente a la injusticia, simplemente debe ser manso y acatar las decisiones. Affleck, a su vez, acabará como un tiburón financiero redimido que ya no quiere burlar la ley ni reírse del sistema (¿y la carpeta qué?), ahora quiere ser un chico obediente también.

Aquí nos cuentan que todos tenemos que remar para que esto salga adelante. Los pobres, además de desgraciados, suelen ser honrados. Es decir, reman. Pero, ¿y los ricos? De 100 mamones como Affleck, 99 seguirían su vida ambiciosa y despótica sin importarle lo más mínimo el lado ético y moral del mundo. La realidad no es tan feliz como el final de esta película, la ley es de los poderosos. Y si no que se lo pregunten al personaje interpretado por Sidney Pollack. Película utópica donde las haya.

5.5/10

‘Alice doesn’t live here anymore’. Grandiosa.

¿Dónde está el sueño americano en la América profunda? ¿Y su parte del pastel? Alice no veía el momento de encontrase con él. No lo vio en toda su vida. Ni cuando soñaba con ser una gran cantante en la cálida Monterrey. Sueño frustrado. Ni cuando se casó con su marido y quedó subordinada a él en la árida Socorro. Tampoco cuando quedo viuda y tuvo que subastar la casa para poner rumbo a ningún lugar con su hijo. No lo encontró tampoco mientras le bajaba la bragueta a Harvey Keitel en cualquier descampado de Phoenix. Ni en ese ruinoso motel en el que su hijo pasaba interminables horas en soledad suplicándole a su madre una vida mejor. En Tucson la vida tampoco le regaló nada. Bueno, quizás algo sí con el cowboy de Kris Kristofferson y un empleo como camarera. Una segunda oportunidad dirían algunos. Puede que ahí estuviera su parte del pastel. O puede que sólo fuera algo pasajero, una ilusión que se esfumaría con el tiempo (póster de Kennedy decorando la casa de Kristofferson, mal indicativo… me suena a sueño perdido). Un tumbo más en su salteada vida. Pobre Alice.

7.5/10

‘En la ciudad de Sylvia’. No funciona.

Primer dia. El chaval protagonista sale de su hotel y va a una cafetería. Segundo día. El chaval vuelve a acudir a la misma cafetería. Allí se pasa media hora de reloj echándole un vistazo a todas las chicas del local y dibujando en su cuaderno, al que ha titulado ‘En la ciudad de Sylvia’. Después de todo, queda prendado de Pilar López de Ayala, la supuesta Sylvia, y se da un paseo, larguísimo, por la ciudad de Estrasburgo tras ella. Al final, se topan. Hablan. Confirmado, no es Sylvia. Se despiden. El se va de fiesta y conoce a otra muchacha, se acuestan. Tercer dia. Vuelve a ver a “Sylvia” y se despide nuevamente de ella. Fin.

Contado así, puede parecer hasta entretenida. Pero, creánme, no lo es. Sus escasos ochenta minutos, se hacen eternos. Cámaras fijas y planos duraderos se suceden. El tedio alcanza su máxima expresión en la cafetería. La persecución de Sylvia es un tostón. Su intento de mostrar el amor a primera vista, el amor de ese voyeur de cafetería en busca de su dama, de la belleza personificada, se hace eterno.