‘I am legend’. Will Smith.

La historia te cautiva desde el primer momento. Te paraliza y asombra el horror que supone el día a día para el bueno de Will. Lo que antaño era una ciudad global, en palabras de Saskia Sassen, ahora no es más que una megalópolis fantasmagórica. Empatizas casi sin darte cuenta con el héroe y su can. Eso sí, conforme avanza el transcurrir del film, las palomitas van haciéndose su hueco. Entretienen esos “buscadores de sombras” y el juego de toma y daca que establecen con nuestro intrépido protagonista. El final es tan caramelizante como épico, pues no podía ser de otra forma.

Lograda adaptación del distópico mundo ideado por Richard Matheson. Tenemos como escenario a Nueva York. Asumiendo el papel protagonista a un omnipresente Will Smith. Y como tema principal: el apocalipsis en forma de trampa científica. Ingredientes idóneos con los que Francis Lawrence supo presentarnos un buen plato. No defrauda.

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‘The shield’. Brutalidad.

Brutal serie creada por Shawn Ryan en colaboración con Kurt Sutter, habitual guionista de la serie y eventual actor en la misma (encarna a Dezerian). Enclavada en el tema policíaco, ‘The shield’ se inmiscuye en el día a día de “La Cuadra”, la comisaría de Fargminton, en Los Angeles. Las andanzas de los agentes de patrulla, los detectives o el equipo de asalto, sobre todo este último, en territorio enemigo, las calles de uno de los peores distritos de la segunda ciudad más grande de los Estados Unidos, nos recordarán a través de su explícita violencia y terrible salvajismo que dónde antes eran maidús, modocs, mohaves y despóticos colonos, ahora son Byz Lats, Torucos, One-Niners, Spook Street, los 12 de Fartown, la Horda, la mafia Armenia, la mafia Rusa, el Cártel Mexicano y tantas otras que deberán toparse con el sanguinario equipo de asalto.

Mítica serie que va cogiendo ritmo poco a poco, con temporadas que rozan la brillantez y con una despedida tan humana y justa como descorazonadora. Forman parte del imaginario personal nombres y personajes como el de Vic Mackey (Michael Chiklis), Shane Vendrell (Walton Goggins), Ronnie Gardocki (David Rees Snell), Curtis Lemansky (Kenny Johnson), Claudette Wyms (CCH Pounder), “Dutch” Wagenbach (Jay Karnes), Julien Lowe (Michael Jace), Danni Soffer (Catherine Dent), David Aceveda (Benito Martínez), Corrine Mackey (Cathy Cahlin Ryan), Tina Hanlon (Paula Garcés), Mara Sewell (Michele Hicks), Monica Rawling (Glenn Close) o John Kavanaugh (Forest Whitaker). A todo sellos, incluyendo a guionistas y creadores, les debemos las gracias por estos imperecederos 89 episodios, por esta desbocada obra maestra.

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Curtis Lemansky o “Lem” como le llamaban sus amigos. De origen polaco, encarnaba la ética del grupo. Se podría decir que era el justiciero, el azote moral de sus compañeros. No le redime, no obstante, de sus fechorías en complicidad. Con un apego descomunal por la lealtad, jamás dejó de lado a sus amigos, jamás los traicionó cuando Kavanaugh le ofreció el cebo. Tan fuerte  de mente como de físico. Murió sólo, asesinado por su amigo Shane.

Ronnie Gardocki. El tipo misterioso, silencioso del equipo. La sombra oculta de Vic. Experto en temas de electrónica e informática. Era inteligente como ninguno, perspicaz para captar cualquier atisbo de trampa, de cepo. Se guardaba mejor que nadie de los trapos sucios, aunque, sin duda, le gustaba el juego duro (insistió en la causa armenia con férrea perseverancia). Pese a todo, se podría decir que era la discreción del equipo. Ello no le bastó para evitar la cárcel. Enchironado posiblemente de por vida y traicionado por su mejor amigo, Vic Mackey.

Shane Vendrell. Le gustaba seguir las pautas de Vic, era su mano derecha y mejor amigo. Sus enemigos se referían a él como el paleto del equipo. Déspota, duro y con oficio. Carecía, sin embargo, de pillería, haciendo honor a su mote. Hombre de familia declarado, no supo encontrar el equilibrio en su vida. Su falta de cabeza y su agitada vida profesional fueron su cruz. Asesino de Lem, enfrentado a Gardocki, enemigo público de Mackey y buscado por toda la policía del estado, encarnó mejor que nadie la caída a los infiernos. Se suicidó. No sin antes quitarle la vida a su hijo, Jackson, y a su mujer embarazada, Mara.

Victor Mackey. El centro del equipo, el señor absoluto del mismo. Cabeza pensante, juez sanguinario y soldado ejecutor. Encarnaba todos los poderes del equipo en él. Las exigencias políticas y policiales de obtener resultados, le llevaron a tomar atajos en su vida profesional. Jugó de tú a tú con todo tipo de bandas, mafias y cárteles. No temía a nadie ni a nada. Enfrentado con el mundo, sólo tenía refugio en su equipo, en sus sumisos soldados. Sin duda, él fue el padre de la criatura. El monstruo. Pese a todo, tuvo el mejor final de todos. Su inteligencia jamás dejaría atraparse. Acabó con total inmunidad, asalariado del FBI. Eso sí, encerrado en una oficina, haciendo papeleo, sin pisar la calle ni empuñar un arma. Tan duro, tan de hielo, que quizás su conciencia no podría con él. Sobre él pesaba la muerte de Lem, la muerte de Shane y el encarcelamiento de Ronnie, a quien había traicionado. Además, jamás volvería a ver a sus hijos, pues su ex mujer huyó del tirano. No fue suficiente tener un historial criminal capaz de aterrar al mismísimo diablo, pues Mackey acabó libre.

 

 

 

‘Scott Pilgrim vs. the world’. Sólo para frikis.

Típica película que coges con excesiva ilusión y desmedidas expectativas para acabar dándote un buen chasco a los quince minutos de empezar. Ni el británico Edwar Wright que venía de dos parodias absolutamente disparatadas (en el buen sentido de la palabra) y se volcó en labores de todo tipo para que esto saliera de la mejor manera posible. Ni Michael Cera, quien volvía a encasillarse dentro del papel de adolescente rebelde. Ni siquiera Mary Elizabeth Winstead que acababa de romper la pantalla con un papel tan explosivo bajo las órdenes de Tarantino en ‘Death Proof’ (2007). Nada pudo salvar de la quema a este petardazo de película.

No se salva porque no conecto con ella. Es decir, tiene una puesta en escena en la que se combinan con demasiada facilidad el caos y la algarabía. El autor recurre en demasía a la gilipollez pretenciosa añadiéndole ciertos toques personales que me ponen de los nervios. El reparto trata de no naufragar aplastándole la cara a Edwar Wright en busca de oxígeno pero ni por esas rozan la decencia (exceptuando a Ellen Wong). Ah! se me olvidaba: la historia… qué decir de la historia! De lo más suicida, aburrido y, palabra mágica, friki que me hayan tirado a la cara en mucho tiempo. Si la consiguen acabar querrá decir que su paciencia puede alcanzar límites insospechados.

 

‘Misfits’. Los pichoncitos de Margaret.

Somos jóvenes. Se supone que bebemos demasiado. Se supone que tenemos malas actitudes y nos hacemos polvo el cerebro mutuamente. Estamos diseñados para la fiesta. Es así. Sí, unos pocos tendremos sobredosis o nos volveremos locos. Pero Charles Darwin dijo que no puedes hacer una tortilla sin romper algunos huevos. Y de eso se trata todo esto: ¡romper huevos! Y por huevos, quiero decir, conseguir coños en un cóctel de clase.

¡Si tan sólo pudiérais veros! Me parte el corazón. ¡Lleváis chaquetas! Lo teníamos todo. La cagamos más y mejor que cualquier generación anterior. ¡Éramos tan hermosos! Somos unos capullos. Soy un jodido y planeo ser jodido hasta terminar los 20 y tantos, quizás hasta los primero 30 y tantos“.

La esencia de esta serie británica se encuentra en ese memorable y célebre discurso dado por Nathan, uno de los protagonistas de esta serie, ante un conglomerado de fieles servidores de una Revolución por la Virginidad. Y es que ‘Misfits’ ser sirve de un desparpajo impropio en este tipo de productos, de un lenguaje soez, de una violencia explícita y de un alto contenido sexual para envolver una historia centrada en torno a cinco chavales que deberán cumplir servicio comunitario como reparo de sus males.

Nathan, Alisha, Kelly, Simon y Curtis. Cinco jóvenes. Cinco muchachos cuyas vidas vienen marcadas por las drogas, el sexo, la delincuencia, la soledad, los trapicheos, los problemas de socialización y demás cosas. La derrota de esas nuevas generaciones crecidas en el seno del neoliberalismo thatcheriano será caricaturizada por una tormenta y unos superteenagers un tanto peculiares. Barra libre de cinismo, acidez y humor negro para deleitarnos la velada brindándonos más de una profunda carcajada mientras observamos como ponen el dedo en la llaga. Conseguida.

‘Grave danger’. Curiosite.

Grissom y sus chicos no tardarán en ponerse manos a la obra en cuanto se enteren del secuestro de Nick Stokes, uno de los suyos. A partir de entonces, el secuestrador les desvelará que su compañero está enterrado vivo con un oxígeno bastante limitado para poder vivir.

Doble capítulo que está en la línea de la entretenida serie CSI Las Vegas. No soy un forofo de la misma, aunque sí he visto bastantes episodios aislados. Me da con ello para pensar dos cosas: Uno, el bueno y tarado de Quentin debe ser un fanático del producto para haberse metido en tal jueguecito. Dos, Tarantino patina un tanto atreviéndose a sumergirse en la ola de CSI. Es cierto que el capítulo tiene ritmo, es frenético y bastante agobiante, además el cineasta de Knoxville nos depara ciertos guiños propios. Pero, en conclusión, la serie se ha comido al director, el cuál no ha podido soltarse plenamente en su estilo por la sumisión obligada y coherente a los cánones de la misma. Pese a todo, una curiosidad dentro de su carrera.

‘A nightmare on Elm Street’. De vuelta al origen de todo.

Casi tres décadas después de que Wes Craven nos aterrara a todos los que éramos críos con la mítica ‘Pesadilla en Elm Street’ (1984), Michael Bay, príncipe de Hollywood, se dispuso a hacer lo propio pero con los chavales del nuevo siglo. La receta no tenía misterio: se trataba de volver a hacer lo mismo de una manera más moderna, contratando a un director novel, un par de guionistas con oficio y un plantel de actores mayoritariamente juvenil, guapos y con ganas de darse a conocer.

El resultado de todo ello es aceptable. Me ha gustado la revisada propuesta de Elm Street. Como es lógico, al tratarse de un remake, muchas cosas suenan a déjà vu. No quita ello para que sea una película vigorosa, metiéndole un ritmo frenético a la acción para que no decaiga jamás el interés del espectador (uno de los peligros del remake en este tipo de cintas). Tiene ciertas escenas realmente conseguidas, a lo que contribuye una atmósfera bien elaborada, con una puesta en escena tan kruegeriana como actualizada a los tiempos modernos. Le añade como novedad el escalericimiento de cuál era el origen de ese mal, de esa pesadilla, indagando en las entrañas del terrible villano.

Cabe destacar también la excelente elección del reparto para los personajes principales de la historia: Freddy Krueger y Nancy Holbrook (aquí no es Thompson). Los encargados de meterse en tan espinosa tarea fueron ni más ni menos que un actorazo de la talla de Jackie Earle Haley y una emergente estrella hollywoodense como es Rooney Mara. Resalta más el nuevo Freddy Krueger, quien se come la pantalla cada vez que sale en ella. El bueno de Earle Haley era la elección idónea para reencarnar nuevamente al personaje que dió vida Wes Craven. Ha salido victorioso en tan difícil compromiso. Entre los secundarios, mencionar la genial interpretación de Katie Cassidy. Los chavales, eso sí, chirrían un tanto.

En fin, después de todo, me quedo con el año 1984,  con el VHS, con Wes Craven, Robert Englund, Langenkamp y Johnny Depp. Pero lo dicho, esta revisión cumple con creces. Un buen guiño a los admiradores de la saga.

6.5/10

‘Nóz W. Wodzie’. Maestría.

‘Knife in the water’ (1962), conviene destacarlo, fue la primera película en la filmografía de un mito del cine: Roman Polanski. También andaba en labores de guión un tal Jerzy Skolimowski, quién comenzaba a labrarse su buena fama contribuyendo y formando dúo con Polanski en este film.

Es una película pequeña, sencilla. Oculta en su interior, sin embargo, una mayor complejidad de  lo que aparentemente resalta a la vista. Detrás de ese día de navegación a bordo de un pequeño velero, Polanski y Skolimowski son capaces de expresar con sutileza la lucha entre el maduro burgués y el joven estudiante, siendo ésta la clave de bóveda de la historia. La fémina, espectadora del espectáculo servido por el patrón y el marinero, ejercerá de arbitro del mismo, siendo a su vez utilizada por el gran Polanski para introducir una morbosidad crónica al metraje, haciendo que la tensión sexual sea un aditivo más en tan áspera batalla entre los dos hombres. Film detallista e inteligente que no se separa del cuchillo como elemento de violencia latente y rodado con maestría a partir de un bajo presupuesto. Tiene un final cargado de ambiguedad reflejada por ese coche parado en mitad del cruce de caminos.

Spoiler

Como ya se ha dicho, desde mi lectura, la mujer es la juez de la historia. Decantarse entre la vida acomodada, burguesa y carente de afecto que le da su marido, u optar por la vida abierta, trangresora, ilusionante y soñadora reflejada por el joven chico.

A pesar del desliz con el muchacho, opino que la mujer, en medio de esa encrucijada y habiendo confesado ante su marido, optará por mentirle y reconocerle que todo lo dicho es falso. Una vida acomodaticia será su destino, de la que ella misma, en el fondo, siente cierto desprecio, reprochándole al joven que por mucho que él no lo crea, acabará siendo con el paso de los años como su marido, un burgués más. Eso no lo sabremos nunca. Pero ella parece tener claro cual será su final.

‘Youth in revolt’. Rebelde con causa: poner fin a mi virginidad.

Michael Cera, uno de los ídolos teen más emergente de los últimos años en el mundo del celuloide, encarnaba en esta cinta dirigida por Miguel Arteta a un chaval llamado Nick Twisp. Veámos: es un pajillero, sus padres le aburren, sus amigos aún son más lastimeros que él y, cómo no, sigue siendo virgen. Todo cambiará cuando se marche a una destartalada caravana, lugar en el que conocerá a la chica de sus sueños: Sheeni, una plausible Portia Doubleday. Sin embargo, no será fácil ganarse el corazón de la misma.

Esa lucha (encarnada junto al otro Cera: François), las andanzas por conseguir el amor (a esas edades…), serán la clave de bóveda de una historia tan alocada y gamberra como divertida.  Se complementa con una serie de secundarios (los familiares) que se unen a la esencia del film debido a la caricaturización de los mismos. Unos diálogos frescos e ingeniosos que conducen a más de una carcajada sana. Comedia juvenil que parte de un sueño, el sueño de cualquier quinceañero cargado de hormonas. Una joya que pasa a formar parte del club.

‘The fog’. Una vieja historia de marineros.

Dos años después de encandilar al público con su excepcional ‘Halloween’ (1978), Debra Hill y John Carpenter volvían a formar dúo con el fin de llevar a cabo un nuevo proyecto: ‘The fog’ (1980). Un clásico del género en la década de los ochenta que centraba su historia en torno a un pequeño cuento, mitad fantasía, mitad terror, que nos mantenía pegados al sofá durante lo corto de su metraje.

Película realmente conseguida con una atmósfera que influye y mucho en que te creas la historia (la inmersión en el pueblo pesquero es total), con una banda sonora sutil y ajustada, muy a juego con el ritmo del film y, cómo no, con una gran historia. La historia del Elizabeth Dane, un velero que cien años atrás desapareció en la niebla engañado por el calor de una hoguera. Ahora, en la conmemoración de aquel suceso, la niebla incandescente ha vuelto… y oculta algo en su interior. Terror inteligente, puro y sin excesos (nada de hemoglobina o sustos baratos), creado a partir de una gran ambientacion, una sutil banda sonora, un buen reparto y un excepcional prólogo: un grupo de niños reunidos en torno a una hoguera esperando a que un viejo lobo de mar les cuente una historia, una historia de terror. La historia de Antonio Bay, pueblo maldito.

‘Halloween’. Michael Myers.

En la víspera de todos los santos, por razones inherentes a la mcdonalización cultural, nos da por celebrar (aún no está del todo propagado) la noche de Halloween. Disfrazarse, pedir caramelos, hacer farolillos de calabaza y, cómo no, ¡ver una peli de terror! En fecha tan señalada (nótese la ironía) la cinta más conveniente pudiera ser la imperecedera ‘Halloween’ (1978) (mal traducida aquí, casi siempre sucede, como ‘La noche de Halloween’), segunda cinta (seria) en la filmografía de un ilustre del género como es John Carpenter, quién se zambullía en labores de dirección, guión (juntamente con Debra Hill) y música, como habitualmente ha sido en su carrera cinematográfica.

Un presupuesto austero era suplantado por la brillantez del susodicho cineasta, regalándonos uno de los inicios más inquietantes, escalofriantes y terroríficos que yo haya visto dentro del género, con esa cámara al hombro que nos mete casi en primera persona en el pellejo del asesino, una música tan truculenta como nostálgica e inolvidable acompañándonos en tan macabro asunto, y una revelación, la de la identidad del asesino, tan sobrecogedora como punzante: un niño llamado Michael Myers, la maldad hecha persona. Peculiar e ingeniosa era la forma de plasmar en pantalla el mundo que Carpenter tenía idealizado, brindándonos una película de terror en la que, váya, casi todo era luz del sol, juegos de apariciones (introduciendo lo paranormal) y una ausencia (casi) absoluta de hemoglobina. La atmósfera paranoica y aterradora se cernía sobre un residencial barrio a plena luz del día. La pulcritud del killer nos asombraba.

Nacía así una de los asesinos en serie más populares en la historia del cine. Acompañábamos a Jamie Lee Curtis y sus amigas en una noche de Halloween verdaderamente taquicárdica para nosotros, una noche que pasaría a los anales del cine convirtiéndose en una película de culto imposible de olvidar. Cierto es que tampoco se olvidaron de ella los productores (sí lo hizo al menos John Carpenter), quiénes se cebaron en explotar a la gallina de los huevos de oro brindándonos la friolera de nueve (han leído bien, nueve) secuelas. Algo así no es fruto del azar. Todo surgió de la mente de John Carpenter y Debra Hill (volvieron a formar dúo en ‘La niebla’). Lo dicho, un clásico.