‘Stoker’.

stoker_ver3Stoker tiene un par de curiosidades a considerar. Una, la más llamativa, la encontramos en el guión, pues viene firmado por Wentworth Miller, sí el carismático Michael Scoofield de la serie ‘Prison break’. Otra, también relevante, la marca el desembarco en territorio estadounidense por parte de Park Chan-wook, uno de los colosos del cine surcoreano y, por ende, del mercado asiático.

El talento visual de Park Chan-wook, apoyado en la potente fotografía de Chung-hoon Chung, sirve como lanzadera idónea de esta inquietante y turbadora historia. Además, tanto Mia Wasikowska como Matthew Goode y Nicole Kidman están espléndidos al encarnar a ese grupo de tarados que rinden pleitesía al universo de la psicopatía, al morbo brindado por la violencia y al detalle por la excentricidad.

Quizás el guión sea más simplón de lo que pudiera parecer inicialmente. Ahí reside la mayor flaqueza de ‘Stoker’. Pero, aún con todo, la estética de Chan-wook consigue darle vigor, tensión y un toque poético a esta peculiar historia familiar.

7.5/10   

‘A history of violence’. Cautivadora.

Dos hombres salen de un motel. Uno le dice al otro que está harto de carreteras secundarias y pueblos enclavados en mitad de la nada, que eso no es vida. El espectador no tarda en cerciorarse de la que le viene encima. Es la chispa que enciende la mecha de esa obra titulada como ‘Una historia de violencia’.¿Su protagonista? Tom Stall, quien vive y trabaja en Millbrook, un pequeño pueblo del Estado de Indiana. Allí, regenta una cafetería, y deja pasar los días, plácidamente, en compañía de su sensual mujer, una explosiva Maria Bello, y de sus dos hijos. Todo va bien, la rutina es pausada y cálida para ellos. ¿El otro protagonista? Joey Cusack. Un matón de la costa este de los Estados Unidos, conocido en Philadelphia por sus atrocidades sanguinarias. Perseguido ahora, que ha sido cazado in fraganti por las cámaras de televisión, por Carl Fogarty, un inquietante Ed Harris, y Richie Cusack, su hermano, dos de los capos del crimen de la costa este.

David Cronenberg consigue plasmar, de un modo tan natural como cruento, esa tormenta (violenta) que azota a un pueblo tan tranquilo y calmado como Millbrook. Allá donde había quietud y sosiego, encontramos ahora inseguridad y angustia. Donde había juegos seductores entre tortolitos, ahora hay una atracción enfermiza (cierto aire a ‘Crash’). Donde había un buen hijo, educado y correcto, ahora hay un buen hijo, duro y expeditivo. Donde encontrábamos un sheriff cordial y bondadoso, ahora vemos a un inquisidor y amenazante guardián de la ley. En definitiva, donde convivían granjeros y trabajadores, aparecen los matones y las pistolas. Todo, a raíz de un exasperante interrogante no zanjado: ¿un error mortal?, o ¿un destino que une el pasado con el futuro de modo irremediable?

Quién haya visto esta cinta, ya sabrá cuál es la respuesta oportuna. Como también sabrá que ‘Una historia de violencia’ posee la virtud de cautivarte, y perturbarte, como pocas películas antes lo han hecho. El combustible básico de la narración es la sangre a borbotones, el fuego cruzado y los salpicones. Pero también las tranquilas calles de pueblo, las solitarias carreteras y el café caliente. Todo es tan quieto y pulcro, como traumático y bruto, en esta historia de violencia, esencia básica del film, expuesta por Cronenberg. 

8.5/10

‘The perfect host’. Un juego arriesgado y fallido.

Imagínate que acabas de atracar un banco. La policía conoce tu cara, te busca y, lo peor de todo, sabe, aproximadamente, dónde encontrarte. ¿Qué hacer? Malherido, desesperado y sin pocas opciones entre las que elegir, la salida parece sólo una: esconderte entre los urbanitas que habitan el residencial barrio en el que agonizas durante tu fuga.

Nick Tomnay debutaba en el mundo del largo de la mano de un anfitrión muy peculiar, el tal Warwick. Para quién haya visto la violenta y exasperante ‘Funny games’ (1997), de Michael Haneke, encontrará que ‘The perfect host’ le resulta familiar, aún con un planteamiento del todo opuesto. La fórmula, de todos modos, acaba fatigándonos la vista. El cineasta no consigue trasmitir el punto aflictivo, en toda su dimensión, por el que está pasando su protagonista. Además, su originalidad se requebraja a partir del momento en que Tomnay decide sacar la acción del claustrófobico y delirante universo en el que ha metido al pobre desgraciado para introducirse ya en una senda más estándar como es la del botín, la trampa y el policía ¿alocado?.

Todo termina en caída libre. Lo que parecía una cosa, resultó ser otra. El condimento del amor fallido, sumado al de policía con doble personalidad, acaba por estropear la transgresora y arriesgada propuesta inicial. Con todo, no molesta perder noventa minutos de tu vida viendo ‘The perfect host’.

6.5/10

‘Rolling thunder’. El sucio aroma de la venganza.

Paul Schrader, en compañía de Heywood Gould, daba vida, en ‘Rolling thunder’ (nefastamente traducida aquí como “El expreso de Corea”, cuando, en realidad, el tipo vuelve de Vietnam), al Major Charles Rane, una suerte de Travis Bickle, que después de volver como un héroe de Vietnam, vivirá únicamente oculto bajo unas gafas de sol.  El regreso al hogar, en la texana San Antonio, no será el más idóneo. Con una esposa que le engañó con uno de los policías del pueblo, su único ápice sentimental va dirigido a su hijo, ese al que casi no conoce. Todo empeorará cuando unos mexicanos asalten su casa en busca de dólares de plata… y liquiden a su bien amado hijo.   

Frío y duro como el hierro, el Major, en compañía de una explosiva rubia y un antiguo compañero de combate, un jovencísimo Tommy Lee Jones, no tendrá otro remedio que vengar esta muerte, borrar del mapa a todos esos tipos que hundieron la vida de su familia. Dice Paul Schrader que la historia no debía ser así, pues se trataba de enfatizar una crítica al racismo profundo, acentuado además en Vietnam, que pudiese existir en una zona fronteriza como Texas. Sin embargo, poco de eso hay aquí. La crítica no se capta por ningún lado. El simple y conciso mensaje conservador (venganza, venganza, venganza) se apodera de la pantalla, viendo como los mexicanos, sucios y miserables, deben morir a manos de esos cowboys texanos. La violencia de ‘Rolling thunder’ impresionó a Quentin Tarantino, cómo algo de impresionados parecían estar, del mismo modo, Schrader y Heywood Gould con Peckinpah, pues hay aquí ciertas reminiscencias hacia su cine.

Con todo, cabía exigirle algo más a esta cinta. La reflexión y la crítica desaparecen en manos de Jonathan Flynn, perdiendo la esencia primigenia de la historia, sustituyéndose esa especie de violencia moral que ataba a Bickle por un garfio y un par de rifles que sólo buscan matar, con la coartada ya mentada de la venganza. Aceptándola tal como es, la película es más que digna, deparándonos varias escenas (el asalto a la casa, la conversación sobre violencia con la rubia, el garfio, y el mítico final) de altos vuelos. Destaca un extraordinario, seco y plenamente perturbado, Tommy Lee Jones. Curiosa.

7/10

‘A clockwork orange’. Excéntrica, genial, distópica.

Stanley Kubrick conseguía meter una nueva pieza clave en la historia del cine, se trataba de ‘La naranja mecánica’. Presentada con una factura moderna y ciertamente psicodélica, entroncaba su argumento en torno a las aventuras nocturnas de Alex y sus “drugos”, una tribu urbana peculiar a la que le gusta disfrutar de una ración doble de ultraviolencia, violaciones y agitada verborrea.

Es la hipérbole con la que trabaja Kubrick, ensimismándose en un mundo del todo pesimista y desasosegante, contextualizando, en clave distópica, a una juventud británica que parece haber alcanzado el culmen de la degradación, perdiéndose entre el fasto, el lujo y el bienestar de un sistema, el capitalista, que parece haber dado con la tecla adecuada del beneficio, pero sin tener en cuenta las nefastas consecuencias sociales para sus ciudadanos. De cualquier manera, Kubrick tampoco parece alcanzar excesiva coherencia en esta línea argumental, pues los jóvenes urbanitas representados no son inmorales ricachones perdidos en el fasto (al estilo ‘American psycho’), sino más bien los descarriados de una clase trabajadora (a juego con la ambientación que le da el cineasta) que viven entre pobreza, delincuencia y marginalidad.

Presentada la escoria del sistema, la marginalidad y violencia exagerada, Kubrick da un paso más para criticar al sistema penal británico, ahondando aquí en un distopía acerca del Estado Totalitario en el que la sociedad no es más que un cuerpo activo al servicio del poder último, dejando sin posibilidad de opción, de alternativa o de pensamiento, a sus súbditos. Es Alex, la nueva víctima del sistema. Un malévolo delincuente convertido a bonachón autómata.

Ya estamos en el tercer escalón: la reinserción social del amorfo. Sin mucha coherencia, el aspecto totalitario es descuidado para de nuevo sumergirse en la periferia degradada y violenta. ¿Cómo adecuar su conducta frente a los demás hijos del pecado? No hay perdón, ni olvido. Sólo rencor y más violencia (genial guiño el del delincuente juvenil reconvertido a agente de la ley, ¿quién no ha conocido un caso así en su localidad?).

Al final, Kubrick decide dar pie al colofón de esta extensa obra: la crítica al mercadeo político, al juego electoral y el mundo de las apariencias de los hombres trajeados. Alex pasó de delincuente a víctima a través de una serie de calamidades. Víctima con honores públicos, a la que todos se arriman para hacerse la foto y ganar un par de puntos en las encuestas de orientación del voto. Pero, ¿qué hay detrás de todo esto? El cineasta no se aleja del mundo desasosegante y distópico formulado por el Estado liberal/capitalista británico, pues deja como imagen final a un Alex de nuevo natural, con la mirada criminal e intenciones diabólicas, volviendo así al punto de partida (cayendo en la espiral cíclica de la que no hay salida).

Con todo, ‘A clockwork orange’ ha pasado, como decíamos, a la historia del cine. Más, diría yo, por la carta de presentación exhibida que por la trama argumental en sí misma. Película transgresora, con halo moderno, de violencia explícita pero acompasada por música clásica del maestro Beethoven. Un popurrí experimental, fácil de vender por el marketing, al que el público aplaudió y alabó. Una factura técnica de diez daba pie a una pose de película moderna pero también maldita, ocultando tras esta máscara (¿alguien diferente a Kubrick poseería la genialidad y excentricidad para hacer algo así de bien?) una historia que por querer abarcar en demasía se ancla entre el fango y el lodo que nos quiere explicitar con todos los honores cinematográficos.

8.5/10