‘Hollow man’. Violencia, morbo y futuro: ¿El último recital de Verhoeven?

Hace ya 12 años que se estrenó en las grandes salas de cine la última película manufacturada por el holandés Paul Verhoeven en tierras estadounidenses. Hablamos de ‘El hombre sin sombra’ (2000), una interesante película cimentada en torno a unos colosales efectos especiales, una historia extrañamente adictiva y un reparto de alto nivel, destacando en él gente como Kevin Bacon, Elisabeth Sue o Josh Brolin. 

La película tiene tres grandes partes, claramente diferenciadas. Una, la primera, se encarga de introducirnos en la novedosa investigación científica. Entretiene más que otra cosa. Luego, Paul Verhoeven entra en su terreno favorito, el del morbo y el erotismo, del cual ya había dado pinceladas desde el primer minuto. ¿Qué hacer siendo un tipo invisible? ¿Ser el agente de la ley más infiltrado de la historia? ¿Facilitar la labor a Julian Assange colándote en las reuniones de la Casa Blanca? ¿Hacer de Robin Hood robando a los ricos para dárselo a los pobres? Por favor, menudeces. Lo mejor es aprovechar tus nuevas cualidades para hacer el golfo (o el sádico) por la ciudad. Sí, y Kevin Bacon lo disfruta. Está en su salsa. Para terminar, en el tercer bloque, la película entra en su resolución. Es la parte de mayor chabacanería y peor gestionada del film. Pretende camelarse al público con el factor “terror”, pero todo suena a rutinario, bobo y mediocre.

Irregular producto al que nadie podrá achacarle su poder de entretenimiento. A ratos, consigue mostrar el talento del mejor Verhoeven (lo cual no es poco), combinando la tensión sexual, en la que se mueve como pez en el agua, con el futurismo que tanto le gusta. Además, la película posee una factura técnica envidiable, destacando unos efectos especiales de altísimo nivel. En fin, injustamente denostada, puede que por su chirriante tramo final. Aconsejable.

7/10 

‘Ultimo tango a Parigi’. Brando y París.

Invierno, frío. El Metro. Un hombre anda desesperado. Una muchacha corretea, con abrigo y sombrero de flores. La casualidad. Una habitación en París. Dos extraños. La decadencia, el crescendo. Sin nombres. Verdades a medias. Sólo pasión, deseo carnal. Sin amor. Sin ternura.  Sin destino. Sólo sexo. La autodestrucción de uno, el capricho por el buen amante de ella. La adicción, el peligro de la monotonía. El vacío. No es posible.

Marlon Brando. Maria Schneider. Marlon Brando. París sinónimo de tristeza. Bernardo Bertolucci. Marlon Brando. Náufragos urbanos. Marlon Brando. Varados en un mugriento piso. Marlon Brando. Vulgaridad y mediocridad exterior. Marlon Brando. Una fotografía excepcional de Vittorio Storaro. Marlon Brando. La angustia, la desesperación, la caída a los infiernos, la muerte a fuego lento que nos regala con su interpretación Marlon Brando. El cuerpo de Maria Schneider, su arriesgada aventura sexual. La derrota de ambos en esa Gran Ciudad. Una historia tan triste como hermosa.

Spoiler

Oda al amor puro de Bertolucci. Rosa, la esposa de Paul (Brando), se suicidad por no llevar un vida amorosa satisfactoria (requería de amante). Paul se vuelve loco, se evade de su miserable realidad con el entretenimiento de Jeanne. Ésta no es más que una jovencita atada a un prometedor cineasta que busca, en cambio, una aventura sexual, un capricho, algo arriesgado, un buen amante. Pero lo suyo no es amor, del puro. Autodestrucción. Están condenados a morir. Paul le propondrá Amor a Jeanne. Pero, ¿qué Amor? No es más que un americano enclavado en la mediocridad. Ella, pragmática en su decisión, se decidirá por su novio. Uno morirá en cuerpo, la otra en alma. Sin amor, todo se vuelve vacío, la existencia se torna triste y decadente.

Bertolucci viene a decir algo así como que el amor lo hace todo más fácil, vuelve la tristeza en felicidad, la mediocridad en optimismo, aligerando la mochila de este largo viaje. Para explicarlo nos presenta la pena de estos dos náufragos por no haber encontrado el amor verdadero en ese París tan melancólico y desasosegante.

‘Crash’. Coches, colisiones y sexo.

Estaba ilusionado en los momentos previos a la acción de pulsar el play. No sabía exactamente la que se me venía encima, pues las referencias eran dispares, pero tenía esa sensación de que posiblemente tenía ante mí una de esas joyas cinematográficas que uno siempre anda buscando. Desde los primeros planos ya se nos explicita la lujuria, el deseo carnal, el placer sexual retorcido, lo que da pie a un erotismo ciertamente conseguido que se impregna en cada uno de los personajes de esta singular historia. Pronto, uno se anonada ante lo contemplado, ante ese fresco de zumbados, románticos de la gasolina, la velocidad, las colisiones y el sexo, todo junto y revuelto. Se supone que de ahí emana una reflexión sobre la penumbra existente en nuestra sociedad y demás.

El esquema narrativo/simbólico sería: 1º monotonía (estandarización reflejada en los automóviles), 2º rotura (colisión o escape de esa monotonía), 3º placer (derivado de ese atípico híbrido entre mecánica-tecnología y carne-sexo). Es decir, el punto zen en esta universo cronenbergiano sería, por ejemplo, cepillarse a un tío con el pene repleto de cicatrices y la cara hecha un mapa de tanta hostia, o poner a cuatro patas a una explosiva rubia que mueve sus sensuales curvas gracias a las prótesis que invaden todo su cuerpo.

Veo la reflexión a la que trata de incitar el cineasta mediante ese grupo de enfermos excitados ante la idea de partirse la pierna en tres, o de practicar el acto sexual envueltos de sangre, cráneos abiertos y magulladuras. La incómoda ambientación está veritablemente conseguida gracias a esa estética metalizada a la par que carnal, llena de morbo, cautivando mi atención y perturbándome esas ovejas descarriadas filmadas por la cámara de Cronenberg. Sin embargo, esa perfección visual no logra maquillar los defectos de una historia tan singular como pretenciosa. Tengo sensaciones extrañas tras haberla visualizado. La atmósfera retratada me apasiona, pero no acabo de encontrarle el sentido al film, pues el medio utilizado para escapar de la uniformización me parece tan enfermizo, tan irreal, tan violento, tan fetiche, que no me lo acabo de creer. Es un absurdo. Mi mente, por el momento, no está tan enferma como la de Cronenberg.

‘Killing me softly’. Heather, luce tu cuerpo serrano.

Película ramplona en la que una joven estadounidense afincada en Londres se enamora de una manera loca de un extraño al que conoce en la calle. La pasión desatada inundará su relación, una relación basada en el sexo duro, en el sometimiento, en cuerpo y alma, de la joven ante el hombre. Un hombre del que, cada vez más, ella sospechará, hugando en un pasado turbio.

‘Suavemente me mata’ es un thriller pasional que cojea por los cuatro costados. Desde un inicio ya compruebas que la pasión (y sus correspondientes escenas) está cargada de presuntuosidad.  El guión es tramposo e incongruente, aún así, uno puede captar por donde se va a encaminar la trama argumentativa sin ningún tipo de problema. De los diálogos y las actuaciones  sería mejor no hablar, pues son tan horteras, cargantes, cursis y, por momentos, irrisorios, que parecen fuera de lugar, pues serían más propias de una película porno que de una cinta con cierta dignidad hollywoodense.

En esencia, el film parece entregado, más allá de pasión, intriga y demás, a la causa del lucimiento físico, que no artístico, de Heather Graham. Sus tetas, captadas sin tapujo alguno en repetidas ocasiones por ese gran cineasta llamado Ken Chaige, son el punto fuerte del film. Al pobre Fiennes, en cambio, el guión no le deparó ningún tipo de lucimiento más allá del de poner cara de chico atractivo e interesante durante toda la santa película. Mala.

‘Cruel intentions’. Unos teens muy lascivos.

Sebastian es un chaval guapo y rico, con un futuro prometedor, pero cuya vida social se basa, exclusivamente, en las relaciones sexuales. Es un obseso de las mujeres. No muy lejos de él, pero en materia de hombres, anda su hermanastra Kathryn, una golfa muy avispada, que apostará con Sebastian acerca del desvirgamiento de una casta muchachita, Annette, mientras lleva a cabo, al mismo tiempo, una nueva jugarreta para joder a su anterior novio, convirtiendo en una auténtica furcia a Cecile, la nueva amante de aquél.

En fin, igual resulta un tanto liosa la historia. Pero no está del todo mal. Ciertamente, es original (la adaptación de la novela digo), pero no llega a ser ninguna gran película. Es un producto realizado por y para el mundo teen (y sus respectivos bolsillos). En su esencia, no son más que adolescentes cachondos y lascivos, que en medio de tanto lujo y pomposidad de la alta clase neoyorquina, no tienen otra cosa que hacer que no sea pensar en sexo, en sus oscuros y pasionales juegos, repletos éstos de traiciones y engaños.

Un correcto guión repleto de un vocabulario rico sexualmente, pues hay cunnilingus, mamadas, orgasmos y un sinfín de recordatorios a la palabra “follar”, en el que Roger Kumble también deja espacio, en medio de tanto presuntuoso erotismo, para un amor cursi y repipi. En definitiva, un producto para que las emergentes estrellas juveniles (Ryan Phillippe, Sarah Michelle Gellar, Reese Witherspoon, Selma Blair) de aquel entonces se lucieran de lo lindo (con sus cuerpos, su sensualidad, sus palacetes, sus cochazos, sus vestidos y sus caras bonitas) encandilando a su fiel público, el mundo teen. Dentro de ese marco, es una película correcta. Si no estás en la edad, salvo que tengas mucha morriña, cógela con reservas. Lo digo por experiencia, no la ví en su momento (sino, igual sería de mis favoritas).

‘Las edades de Lulú’. No funciona.

Lulú es una jovencita muchacha prendada por Pablo, un profesor universitario amigo de su hermano. Además de un vicioso en temas de sexo, claro está. La relación entre ambos a lo largo del tiempo nos será presentada con contínuas escenas eróticas, una tras otra, con poca historia de por medio. Aquí la historia es el erotismo. Cómo la desvirga. Cómo se montan un ménage à trois con un transexual. La escena del incesto, muy buena, lo mejor de la película. Luego, Lulú por libre haciendo sexo con maricones, juegos peligrosos, sadomasoquismo. No hay más, esa es la esencia del film, su historia.

Que Bigas Luna era un cachondo, eso lo sabíamos todos. Pero aquí se ha pasado de listo. El descenso a los infiernos a través del sexo y los oscuros deseos por parte de la desgraciada Lulú no cautiva. Y no cautiva simplemente porque no hay historia. No hay ningún avance en las “edades” de la chica. Un guión flojísimo.  Sería más un encadenado de sueños eróticos y fantasiosos de un salido como Bigas Luna que jamás encuentra un punto argumentativo al que agarrarse. No le busquen la moraleja o la reflexión, porque no la hay. Cocktail de sexo y erotismo, sin más, pasado de rosca. Mala.