‘Black mirror’. Pesadilla tecnológica.

Black-Mirror-posterOriginal serie británica que pone el acento en una cuestión de candente actualidad: las nuevas tecnologías de la información. Mejor dicho, en cómo estas pueden llegar a afectar a la sociedad en su conjunto. Da cierto escalofrío el hecho de pensar hasta qué punto somos vulnerables frente a las mismas. El creador de la serie, Charlie Brooker, nos ha dejado un distópico paisaje digno de ser observado.  

Seis episodios de distinta calidad conforman las dos temporadas que aquí nos ocupan. Tres de ellos (15 millones de méritos, Ahora mismo vuelvo y El momento Waldo) tienen un nivel correcto. La consecución del universo orwelliano, la despersonalización de las relaciones sociales y los tejemanejes políticos son los temas que tratan, todo bajo el paraguas de las nuevas tecnologías. Los otros tres capítulos, se comentan a continuación.   

The national anthem (8.5/10)

El mejor episodio de la serie. El secuestro de la Princesa británica pondrá en un aprieto al Primer Ministro, dado que la exigencia para liberar (y no asesinar) a aquella es, ni más ni menos, que el político en cuestión practique sexo con un cerdo en horario de prime time televisivo.

¿Lo hará? Una ingeniosa trama que escupe ácido al por mayor. El mundo de la política queda destrozado por el mordaz punto de vista de Charlie Brooker. El sometimiento a las encuestas, el poder de la televisión y la anarquía de las nuevas redes sociales. Todo ello servido con un punto inquietante y, a la vez, paródico sobre la estupidez que envuelve al triángulo política-medios de comunicación-ciudadanía.

 The entire history of you (8/10)

¿Se imaginan tener una memoria artificial inserta detrás de la oreja derecha? Una memoria que te permite rebobinar toda tu vida, todas las historias que conforman el relato de tu existir.

Es la premisa del segundo mejor capítulo de la serie. Un joven acude a una fiesta. Allí le espera su esposa, y él pronto detecta que esta anda coqueteando con otro hombre. A partir de aquí, el espectáculo. Los celos y las nuevas tecnologías. Un tándem al que Charlie Brooker le exprime todo el jugo posible. Un contundente relato sobre cómo toda la parafernalia tecnológica influye en las relaciones de pareja.

White bear (8/10)

El mundo penalista salpicado por el de los reality show. Una extraña combinación que nos sumerge en una claustrofóbica paranoia. Despertar amnésico, salir a la calle y, de repente, notar que un extraño anda detrás tuya, escopeta en mano, con la intención de asesinarte. Mientras, tú pides auxilio. Las personas, en cambio, desoyen tus suplicas, grabándote con sus smartphone mientras sonríen y disfrutan del espectáculo. La resolución del misterio es del todo perturbadora.     

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‘Breaking bad’. Live free or die.

c8864822-0568-4c2a-bcc0-ce8b67f2f833Cuando comencé a ver Breaking bad, jamás sospeché que me iba a gustar tanto. Todos hablaban muy bien de ella, sí. Pero yo no terminaba de hacerme a la idea de cómo un aburrido profesor de química de enseñanza secundaria conseguiría amenizarme la velada a través de una serie de andanzas gangsteriles. ¿En serio? Sobre el papel, Walter White no se parecía en nada a nombres clásicos como Tony Montana, Santino Corleone o Al Capone, ni siquiera a los protagonistas de productos más recientes como The Sopranos (1999), The wire (2002) o Boardwalk empire (2010), por nombrar tan solo a algunos de ellos. Pero ahí estaba la AMC, dispuesta a revolucionar el género.   

Por tanto, a Vince Gilligan, creador de la serie, le debemos mucho. Su transgresora idea se ha plasmado maravillosamente en la pequeña pantalla a lo largo de cinco temporada de ensueño. Creo que estos primeros años del siglo XXI se recordarán, en lo que respecta al cine, por ser la época de esplendor de las series televisivas. Y, desde luego, Breaking bad ocupará un lugar privilegiado en la historia de las mismas.

Se despide con el final perfecto. Un punto liberal y gamberro derivado del lema live free or die. Esto es el negocio del narcotráfico mostrado de una inusual manera. Un título que ha permitido que nombres como Bryan Cranston (Walter White), Anna Gunn (Skyler White), Dean Norris (Hank Schrader) o Bob Odenkirk (Saul Goodman) se luzcan de lo lindo. Pero, manías personales, me quedo con Aaron Paul y su penitente Jesse Pinkman. En definitiva, una obra maestra. 

9.5/10

‘The newsroom’. La trastienda de la televisión.

newsroom_xxlgTodavía no he terminado de ver la primera temporada de ‘The newsroom’, pues apenas llevo siete episodios de la misma, y ya sé que estoy frente a una obra maestra. Es Aaron Sorkin de nuevo, demostrando una y otra vez a todos que su mordaz escritura sigue en plena forma.

HBO tuvo un ojo clínico cuando decidió apostar por este proyecto. El día a día en la trastienda de un informativo televisivo de noticias estadounidenses es la clave de bóveda de una serie, ‘The newsroom’, que derrocha calidad, estilo y personalidad. Sin duda, el reputado guionista (y creador) de la misma tiene la forma más astuta, brillante y elocuente de retratar a la actual sociedad estadounidense, empapando al relato con el punto crítico que siempre debe acompañar a temas de actualidad política, económica y social. 

La inteligencia de Sorkin, escudada por su marcado espíritu liberal, despliega una mordaz crítica que no deja títere con cabeza, encontrando, además, en Jeff Daniels al socio perfecto para humanizar toda su genialidad. Los dilemas personales y enredos sentimentales tampoco faltarán, pues son el complemento indispensable en toda historia digna de ser contada.

Una combinación magistral, en definitiva. Un relato veraz, actual y endiablado sobre el universo que rodea a las televisiones de primer nivel. Es decir, el cuarto poder puesto a disposición de Sorkin. Cada episodio es una obra de arte. Una nueva joya, y ya van unas cuantas, de la cadena HBO.

9/10 

‘The black Donnellys’. Hell’s kitchen y el mundo teen.

Tommy, Jimmy, Sean y Kevin. Son los Donnelly, cuatro hermanos que viven en Hell’s kitchen, criados en mitad del crimen organizado, el negocio ensangrentado y la pugna entre irlandeses e italianos. Un contexto nada halagüeño para poder mantener a flote ese vínculo familiar que les une, ese amor fraternal que nada puede romper y que contra todo lucha.

Paul Haggis se pasaba al formato televisivo, en compañía de Bobby Moresco, para entreternos la velada con un producto decente, efectivo y de calidad. Brindaba acción, intriga (no muy rebuscada) y cierto humor negro que era de agradecer. Sin embargo, también recurría, en exceso, al topicazo en cuanto a perfil de personajes (el listo, el tonto, el bravucón y el pequeñín inocente) y escenas varias (palizas y demás, de no gran calado), además de buscar descaradamente la conquista del público juvenil (pastelona historia de amor entre Tommy y Jenny).

‘The black Donnellys’ no es ninguna obra maestra. Se han hecho, dentro del género, ciertas obras de una calidad sideralmente superior al retrato que aquí se nos ha dado del mundo gangsteril de Hell’s kitchen. Tiene la peculiaridad y originalidad de ser un producto que rezuma aroma a mafias y crimen organizado en su interior, pero que se reviste de un modo excesivamente teen, con la efervescencia y simpleza que ello comporta. No casa muy bien, de ahí que su peculiaridad (guiño teen) sea su gran lastre. Con todo, una serie digna que sin ser de lo mejor del género, sí te mantiene pegado al sofá, disfrutando de las andanzas de estos chicos, los Donnelly.

Aviso para navegantes: salvo sorpresa, es un producto inconcluso que depara un incierto final (en la primera temporada), puesto que la resolución del mismo no se dio al cancelarse la emisión de la segunda temporada.

7/10

‘Sherlock’. Elemental.

London. Pleno siglo XXI. Los pisos son caros. Existe la telefonía móvil. También Internet y el mundo blogger. Ya no hay carruajes ni caballos. Hay asfalto, y las humeantes industrias parecen haber dado paso a imponentes rascacielos modernistas de alma financiera. Tampoco está Jack ‘El Destripador’. Pero sí otras almas depravadas. Sin embargo, una cosa parece no cambiar, hablo, cómo no, del perspicaz, excéntrico y sociópata, entre otros muchos calificativos, Sherlock Holmes, y de su fiel y sagaz ayudante, John Watson.

‘Estudio en rosa’, ‘El banquero ciego’ y ‘El gran juego’, son la excusa perfecta para que la BBC, entre otras, decidiera amenizar nuestros ratos libres con esta cautivadora, cómica y adictiva reinvención del popular detective asesor. Un lujo.

‘Prison break’. Mike Scofield.

Un tipo con una mirada enigmática y medio cuerpo tatuado, decide atracar un banco. Se llama Michael Scofield, y busca justicia. O más bien salvarle el pellejo a su hermano, Lincoln Burrows, un reo condenado a muerte que agota su últimas horas en el corredor clamando su inocencia. Sea como sea, los Hermanos (interpretados excepcionalmente por Wentworth Miller y Dominic Purcell) todavía no saben que nos van amenizar la velada por un buen tiempo.

Son infinidad de trampas, trucos y giros baratos los que posee ‘Prison break’. El guión va dando saltos contínuos, enrevesando y forzando la trama. Todo suena a déjà vu a los pocos capítulos de comenzar. Además, sientes como te aboca constantemente al borde del precipio, pero nunca, nunca, acaba por soltarte. Parece tener, en cambio, un aura envolvente, creando en nosotros una adicción que pide más acción. Nos dejamos engatusar por la mente brillante de Mike Scofield y la bravura de Lincoln Burrows. Aceptamos con gusto las situaciones que rodean al resto de personajes (T-Bag, Mahone, Sucre, Tancredi y una larga lista de secundarios). Nos mordemos las uñas en infinidad de ocasiones a sabiendas de que hay gato por liebre, a sabiendas que vamos a presenciar un tutiplén de situaciones inverosímiles y atropellos a la coherencia. Pero, a pesar de todo, me gusta. Es así, es la mística breakiana.

 

Spoiler

Michael J. Scofield
September 8, 1974 – November 4, 2005
Husband, Father, Brother, Uncle, Friend
“Be the change you want to see in the world.”

‘Criminal minds’. McCrimen.

Estructurada de manera muy simple, todo comienza con el crimen. Luego llega nuestro equipo de análisis del comportamiento del FBI. Aquí, véamos, lección magistral dada de forma muy sintética, alternada ésta con los toques justos de terror, intriga, angustia, claustrofobia, tensión o misterio. Esta parte va a gusto del capítulo. Para terminar, pasamos el nudo para llegar a la conclusión del mismo, siempre explícita y terminantemente resolutiva.

Hay capítulos mejores y peores. Los hay buenos, decentes, malos y aburridos. Pero, en líneas generales, la criminología de cafetería propuesta por Jeff Davis me gusta. Me gusta el momento en el que dan el perfil. Me cae bien la pose enigmática de Gideon. También la cita periódica de cada capítulo. Las conversaciones en el lujoso avión. El sex-appeal de Lola Glaudini. Reid con su manual de sabelotodo. En fin, que ‘Criminal minds’ supone un chute de entretenimiento metido en vena de manera directa. Una píldora perfecta para ocupar los tiempos muertos.

‘The walking dead’. Agua caliente.

El excelso Frank Darabont, padre de dos obras de impecable factura como son ‘Cadena perpetua’ (1994) y ‘La milla verde’ (1999), se adentraba, en pleno boom de las series de TV, en dicho formato, en compañía de otros cineastas, a través de una original propuesta titulada ‘The walking dead’.

Parte de un episodio piloto excepcional. En él vemos a un policía norteamericano que se detiene en una gasolinera. El terror se apodera de nosotros en el caminar de este solitario hombre. El paraje es devastador. Los coches vacíos y oxidados se amontonan en el desamparado asfalto. De pronto, ve la figura de una joven chiquilla, de espaldas a él. Le reclama su atención dulcemente. Ella se gira, tiene el rostro desfigurado, sangriento. Hace mención de morderle. No tiene más remedio que meterle una bala directa al cerebro. Esto es ‘The walking dead’, ya estamos avisados desde el primer plano.

El apocalípitico futuro lo conocemos a través de los ojos de Rick Grimes. Nos concienciamos de la terrorífica realidad al mismo tiempo que él. Su oficio como policía (curioso que en esa escena no sepamos, de no ser por la conversación de crisis personal con su compañero, si estamos en el pasado o presente) le llevará al hospital. El despertar es caótico. El tiempo se detuvo en un determinado momento. La civilización pareció extinguirse justo ahí. Un hospital cochambroso,  sanguinoliento, oscuro y maloliente. El descenso a oscuras por la escalera da miedo de verdad. Fuera hay un cementerio improvisado. Todo se ha venido abajo. El golpe con la realidad es tan duro que duele hasta el propio espectador. Solo y malherido camina hasta su casa en busca de su mujer e hijo No queda nadie, pero no hay fotos (buena señal, signo de vida). Un chaval se topa con él, también el padre.

La estancia en esa apagada casa rezuma la esencia de esta serie. El toque Darabont se percibe a través de la lugubridad que transmiten las paredes de ese antaño hogar. Esconderse en la noche, refugiados, sin luz. No disparar, no alertar de su presencia. Evitar a los “caminantes”. A la luz del día salir con cautela. Parece que la esperanza reside en Atlanta, en un campamento de refugiados. Cada uno seguirá su camino. Rick tratando de llegar a la susodicha ciudad, con la esperanza de encontrar a su familia. Los otros dos escondidos, practicando tiro. La escena del padre intentado matar a su mujer, una caminante más, es expresiva de todo el dolor que un ser humano pueda soportar en esa situación.

La entrada en Atlanta es brutal. Ningún coche quiso entrar. Todos salían, despavoridos. Dentro, no hay esperanza. Una trampa mortal. Un auténtico ejército de caminantes. El Sheriff caerá. Sin embargo, podrá refugiarse en un tanque militar, donde una esperanzadora voz le reclamará.

Terminaba así el episodio piloto. Una verdadera joya parida por Darabont. Una lección de cómo se puede hacer buen cine con zombies de por medio. Con sólo un episodio se colaba en la cima del cine de terror. Un caos fantasmagórico, un silencio aterrador, una mañana sangrante, una noche sombría, un gigante de ciudad convertido en monstruo. Sentimientos a flor de piel. El dolor, el miedo, la esperanza, la tristeza. Soledad. No cabe la alegría en tan apocalíptica realidad. Estamos jodidos, parece que el oxígeno no llega a nuestros pulmones. Gracias Frank.

Los cinco episodios restantes desarrollan (tímidamente) el prólogo Darabont. La salida de Atlanta en compañía de nuevos naúfragos, el refugio en las montañas. La convivencia en situaciones extremas. La sombra de los caminantes. Los problemas personales (tensión latente entre los dos compañeros de cuerpo). El regreso a Atlanta por el peso de la conciencia, por el  tremendo valor de una bolsa de armas en tan fúnebre contexto. La búsqueda de la luz, la solución. El fin de la pesadilla. Una simple ducha, con agua caliente.

Estos seis episodios nos han abierto el apetito. Un inicio terrible, un desarrollo notable en el que se van perfilando las historias de cada personaje al tiempo que se dan tímidos pasos en torno al problema central de la trama: el virus y su contagio. ¿Qué fue? ¿Hay solución? ¿Dónde está? Huyendo de la muerte, del infierno, de los caminantes. Así nos toparemos con la segunda temporada.

‘The shield’. Brutalidad.

Brutal serie creada por Shawn Ryan en colaboración con Kurt Sutter, habitual guionista de la serie y eventual actor en la misma (encarna a Dezerian). Enclavada en el tema policíaco, ‘The shield’ se inmiscuye en el día a día de “La Cuadra”, la comisaría de Fargminton, en Los Angeles. Las andanzas de los agentes de patrulla, los detectives o el equipo de asalto, sobre todo este último, en territorio enemigo, las calles de uno de los peores distritos de la segunda ciudad más grande de los Estados Unidos, nos recordarán a través de su explícita violencia y terrible salvajismo que dónde antes eran maidús, modocs, mohaves y despóticos colonos, ahora son Byz Lats, Torucos, One-Niners, Spook Street, los 12 de Fartown, la Horda, la mafia Armenia, la mafia Rusa, el Cártel Mexicano y tantas otras que deberán toparse con el sanguinario equipo de asalto.

Mítica serie que va cogiendo ritmo poco a poco, con temporadas que rozan la brillantez y con una despedida tan humana y justa como descorazonadora. Forman parte del imaginario personal nombres y personajes como el de Vic Mackey (Michael Chiklis), Shane Vendrell (Walton Goggins), Ronnie Gardocki (David Rees Snell), Curtis Lemansky (Kenny Johnson), Claudette Wyms (CCH Pounder), “Dutch” Wagenbach (Jay Karnes), Julien Lowe (Michael Jace), Danni Soffer (Catherine Dent), David Aceveda (Benito Martínez), Corrine Mackey (Cathy Cahlin Ryan), Tina Hanlon (Paula Garcés), Mara Sewell (Michele Hicks), Monica Rawling (Glenn Close) o John Kavanaugh (Forest Whitaker). A todo sellos, incluyendo a guionistas y creadores, les debemos las gracias por estos imperecederos 89 episodios, por esta desbocada obra maestra.

Spoiler

Curtis Lemansky o “Lem” como le llamaban sus amigos. De origen polaco, encarnaba la ética del grupo. Se podría decir que era el justiciero, el azote moral de sus compañeros. No le redime, no obstante, de sus fechorías en complicidad. Con un apego descomunal por la lealtad, jamás dejó de lado a sus amigos, jamás los traicionó cuando Kavanaugh le ofreció el cebo. Tan fuerte  de mente como de físico. Murió sólo, asesinado por su amigo Shane.

Ronnie Gardocki. El tipo misterioso, silencioso del equipo. La sombra oculta de Vic. Experto en temas de electrónica e informática. Era inteligente como ninguno, perspicaz para captar cualquier atisbo de trampa, de cepo. Se guardaba mejor que nadie de los trapos sucios, aunque, sin duda, le gustaba el juego duro (insistió en la causa armenia con férrea perseverancia). Pese a todo, se podría decir que era la discreción del equipo. Ello no le bastó para evitar la cárcel. Enchironado posiblemente de por vida y traicionado por su mejor amigo, Vic Mackey.

Shane Vendrell. Le gustaba seguir las pautas de Vic, era su mano derecha y mejor amigo. Sus enemigos se referían a él como el paleto del equipo. Déspota, duro y con oficio. Carecía, sin embargo, de pillería, haciendo honor a su mote. Hombre de familia declarado, no supo encontrar el equilibrio en su vida. Su falta de cabeza y su agitada vida profesional fueron su cruz. Asesino de Lem, enfrentado a Gardocki, enemigo público de Mackey y buscado por toda la policía del estado, encarnó mejor que nadie la caída a los infiernos. Se suicidó. No sin antes quitarle la vida a su hijo, Jackson, y a su mujer embarazada, Mara.

Victor Mackey. El centro del equipo, el señor absoluto del mismo. Cabeza pensante, juez sanguinario y soldado ejecutor. Encarnaba todos los poderes del equipo en él. Las exigencias políticas y policiales de obtener resultados, le llevaron a tomar atajos en su vida profesional. Jugó de tú a tú con todo tipo de bandas, mafias y cárteles. No temía a nadie ni a nada. Enfrentado con el mundo, sólo tenía refugio en su equipo, en sus sumisos soldados. Sin duda, él fue el padre de la criatura. El monstruo. Pese a todo, tuvo el mejor final de todos. Su inteligencia jamás dejaría atraparse. Acabó con total inmunidad, asalariado del FBI. Eso sí, encerrado en una oficina, haciendo papeleo, sin pisar la calle ni empuñar un arma. Tan duro, tan de hielo, que quizás su conciencia no podría con él. Sobre él pesaba la muerte de Lem, la muerte de Shane y el encarcelamiento de Ronnie, a quien había traicionado. Además, jamás volvería a ver a sus hijos, pues su ex mujer huyó del tirano. No fue suficiente tener un historial criminal capaz de aterrar al mismísimo diablo, pues Mackey acabó libre.

 

 

 

‘Grave danger’. Curiosite.

Grissom y sus chicos no tardarán en ponerse manos a la obra en cuanto se enteren del secuestro de Nick Stokes, uno de los suyos. A partir de entonces, el secuestrador les desvelará que su compañero está enterrado vivo con un oxígeno bastante limitado para poder vivir.

Doble capítulo que está en la línea de la entretenida serie CSI Las Vegas. No soy un forofo de la misma, aunque sí he visto bastantes episodios aislados. Me da con ello para pensar dos cosas: Uno, el bueno y tarado de Quentin debe ser un fanático del producto para haberse metido en tal jueguecito. Dos, Tarantino patina un tanto atreviéndose a sumergirse en la ola de CSI. Es cierto que el capítulo tiene ritmo, es frenético y bastante agobiante, además el cineasta de Knoxville nos depara ciertos guiños propios. Pero, en conclusión, la serie se ha comido al director, el cuál no ha podido soltarse plenamente en su estilo por la sumisión obligada y coherente a los cánones de la misma. Pese a todo, una curiosidad dentro de su carrera.