‘Cidade de Deus’. Fotografiando el horror.

Buscapé creció en los 60 viendo como su hermano, Marreco, y dos chavales más, Cabeleira y Alicate, conformaban el trío ternura, un trío de delincuentes de poca monta, admirados por los niños de la favela, sobre todo por Bené y Dadinho, y temidos por los mayores. Su vida no estaba hecha para el trabajo, ellos querían vivir a costa de los demás. Su aventura acabó como acaban todas las de este palo: mal. Lo único positivo para Buscapé fue la llegada a la zona de los sensacionalistas periodistas con sus cámaras y flashes inmortalizando a la difunta esposa de Paraíba. Entre robos, atracos, fugas y disparos se socializaba un chaval de no más de cinco años de edad. Sin embargo, algo lo sacó de aquella espiral: las cámaras fotográficas.

En los 70 la cosa no había cambiado mucho. Buscapé, por fortuna para él, se había dado cuenta de que no tenía madera de criminal. Se juntaba con chavales decentes, alternando su tiempo libre entre las espectaculares playas de Rio, la hierba y las inquietudes sexuales propias de la adolescencia. Con la cámara más barata del mercado perpetuaba sus livianas andanzas. No muy lejos de allí había crecido Dadinho junto con Bené. Uno era sanguinario y atroz. El otro era tranquilo y pacífico. Uno se siguió llamando Bené. El otro dejó de ser Dadinho para hacerse llamar Zé Pequeño. Ambos ambicionaron controlar el mundo de las drogas en Cidade de Deus, y lo consiguieron. Lo consiguieron a base de sembrar el terror, a base de disparos a sangre fría. No obstante, Bené encontró refugio, para desgracia de la virginidad de Buscapé, entre las piernas de Angelica, también dentro de su corazón. Bondadoso como ninguno chocaba con la tiranía de Zé Pequeño. No lo soportó, quiso salir de ese mundo, pero el Mundo pudo con él en mitad de una fiesta. Dejó como legado una cámara para Buscapé.

Los años posteriores, los 80, siguieron con la misma línea en Cidade de Deus. Sin embargo, el despotismo de Zé Pequeño acabó por volverse en su contra cuando Mané Galinha, un honrado trabajador de la línea de autobuses de Rio, presenció como aquél violaba a su novia y asesinaba a su tío y hermano. No pudo con ello, se juntó con Zenoura, el único rival dentro del negocio de Zé Pequeño, y se llenó de sed de venganza. Dos asesinos creados por un contexto nada halagüeño. Dos bandos armados hasta los dientes. Una guerra por disputar. Un camino de sangre y cuerpos muertos que abrir. Algo imposible de presenciar, de inmortalizar. Salvo para Buscapé, un tranquilo chaval de la favela que soñaba con ser fotógrafo, el fotógrafo de la favela. El tipo que inmortalizó el horror a lo largo de su vida.

‘Cidade de Deus’ es la historia de Buscapé, un chaval nacido y criado en una favela de Rio de Janeiro portadora del mismo nombre. Una zona marginal hasta el extremo, cargada de pobreza y delincuencia, un lugar para los oprimidos y donde los ricos no se atrevían a entrar más que para reprimir mediante la violencia de una corrupta policía. Es una historia dura, impactante, dolorosa pero necesaria. Es una realidad, no es ficción. Los ojos de Buscapé se acostumbraron desde pequeño a todo ese mundo desesperanzador. Él sobrevivió y lo superó, pudo con todo. Pero muchos otros, no. Gente como Zé Pequeño, Marreco o Cabeleira no pudieron salir de esa bolsa de marginalidad. Da horror pensar en esos llamados raterillos, niños desamparados que sólo encuentran refugio en las armas y la violencia. Es una historia jodida y veraz. Una historia que arde como ninguna. Una película para reflexionar sobre lo que hemos sido capaces de engendrar.

‘Shooting dogs’. Ecos de la barbarie.

Las imágenes son duras, impactantes, horribles. A uno se le enerva la sangre al ver todo ese panorama de locura, el dolor de un pueblo, el tutsi, que sabe que está en minoría. Una minoría maltratada hasta el extremo. Por allí, andan Joe y Christopher, dos hombres occidentales (blancos), bondadosos, encargados de enseñar a los niños, dentro del marco del catolicismo. También la barbarie les sorprenderá a ellos.

Michael Caton-Jones además de describir la brutalidad de todo ello, pone en el ojo del huracán a las Naciones Unidas y, por ende, al mundo occidental. Un mundo que miró hacia otro lado mientras se gestaba la matanza. Un mundo que, desde ya hace mucho tiempo, dio a África, con todo lo que eso conlleva, por perdida (una vez fue expoliada, saqueada y destrozada), salvo en determinados intereses por los que todavía comporta beneficios (diamantes y demás). Si tuviera que explicar la mayor sensación que da ver esto, sería la de la impotencia, la frustración. Algo que se visualiza en Joe y Christopher, incapaces de hacer nada, y, sobre todo, en esas pobres almas encerradas entre cuatro vallas a la espera de su terrible ejecución. 

Películas como ‘Shooting dogs’ son necesarias. Es de esas que denuncia abiertamente, al tiempo que hace justicia, barbaries de tal calibre como el genocidio a manos hutus del pueblo tutsi, en el que unos 800.000 tutsis, se dice pronto, perdieron la vida en aquellos fatídicos meses de 1994 que fueron de abril a julio.