‘Kill Bill: Volume 2’. Venganza (II).

La pedantería se descubrió de nuevo ante Tarantino. Todos aquéllos que lo habían degollado por su Volumen Primero, caían rendidos a sus pies ahora, hipnotizados por una palabra que no podían quitarse de la mente: diaaálogos, diaaálogos, diaaálogos. Estaban perplejos, ellos que ya habían perdido la fe después de todo, babeando con vocablos tales como profundidad, riqueza, complejidad o diaaálogos. “Este sí es nuestro Tarantino”, exclamaban enloquecidos, con los ojos desencajados, mientras prendían fuego a la caja que contenía el dvd del primer volumen y, ya de paso, al póster de regalo que incluía. Quizás sea un tanto necio, pero a mí el personaje de Black Mamba me parecía lo suficientemente profundo en el primer volumen. Al menos, si eres capaz de desatar tu estrechez de miras y lo analizas dentro de la profundidad que cabe exigirle a una historia ¡atención señores! de acción.

Nuevamente la cinta vuelve a estructurarse en torno a cinco capítulos: la masacre en Two Pines; la solitaria tumba de Paula Schultz; el cruel tutelaje de Pai Mei; Elle y yo; cara a cara. Sin embargo, en este segundo volumen, Tarantino se torna mucho más moderado. La violencia irracional, desmedida y explícita de la primera entrega (básicamente, de su capítulo quinto), desaparece ahora. El final es cercano, y a Bill todavía no le conocemos. Es su momento, y de hecho tendrá dos capítulos que le rendirán pleitesía (primero y último). Luego, habrá uno destinado al aprendizaje en las artes marciales de la Novia, más uno para cada nombre de la lista (Elle y Budd).

En líneas generales, la cinta vuelve a ser de sobresaliente. Si en la primera había una focalización desequilibrada en torno al personaje de O-Ren (con un último capítulo un tanto largo en su metraje), aquí la hay con Bill. Pero, en cualquier caso, me quedo con el episodio de Budd, ese pobre y desgraciado con final tan infeliz al que da vida el siempre bravo Michael Madsen.

La esencia de la primera película sigue intacta. Artes marciales y venganza. No obstante, ya no hay tanta violencia irracional (salvo el capítulo de Elle), y sí más peso a los diálogos. El primero sí es una pieza maestra, y el tercero vuelve a rendir total homenaje a las artes marciales por la vía del aprendizaje. Al contrario de lo que muchos piensan, el último capítulo, pese a todo, no me cautiva. Tarantino se preocupa en demasía de “aclarárselo” todo al espectador a través del suero “de la verdad”, fórmula, como ya ven, del todo ingeniosa y profunda. Esto es, el genial cineasta falla en lo que el nunca falla: chispa en los diálogos. ¡Me importaban tres bledos y un pepino los motivos que tuviese Bill para hacer lo que hizo! De hecho, el propio personaje afirma ser un “natural born killer”. Pero es que señores, ¡eso ya lo sabíamos! ¡Ay con los diálogos! ¡Vaya que profundidad le han dado a Bill los malditos diálogos del último capítulo! En fin, no critico los diálogos de Tarantino. Ni mucho menos. Lo que critico es la pedantería de muchos que se enfurecen cuando aparecen katanas, pero saltan de alegría cuando se enteran de que Bill era un niño caprichoso de 70 tacos que tuvo un arrebato de celos cuando la Mamba lo dejó, y por eso fue a por ella. Qué fuerte, tía. Ah, se siente, había un diálogo de por medio.

A lo que vamos, genial historia que cabe enjuiciarla en compañía de su primer volumen. Atendiendo al conjunto, encontramos un prólogo  magistral (capítulo 2 y 6), una galería de personajes variada, pero que sólo gana en riqueza cuando le interesa al maestro (capítulo 3 para O-Ren, parte del 6 y 7 para Budd, y destellos para muchos), un contexto atractivo como el de las artes marciales (grandes capítulos el 4 y el 8), la venganza, pura y dura, como leit motiv (capítulo 1, 5 y 9) y la lucha de titanes, del todo sentimental, al final (capítulo 10). En fin, atractiva, compleja y maestra combinación entre tres de las pasiones declaradas del cineasta de Knoxville: artes marciales, violencia y Uma Thurman.

9/10

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‘Kill Bill: Volume 1’. Venganza.

“Cuando la fortuna te sonríe al llevar a cabo a algo tan violento y feo como la venganza, es una prueba irrefutable no sólo de que Dios existe, sino de que estás cumpliendo su voluntad” (Black Mamba).  

“La venganza es un plato que se sirve mejor frío” (Viejo Proverbio Klingon).  

Beatriz Kiddo, Black Mamba o la Novia. La pueden llamar como más les plazca. El caso es que los tres nombres designan a un mismo personaje, pieza capital de la sanguinolenta obra de Quentin Tarantino, ‘Kill Bill’, el cual es interpretado por la sensacional Uma Thurman, actriz fetiche del excéntrico autor cinematográfico.

Estamos en El Paso, Texas. Una mujer, suponemos, es feliz, pues ni más ni menos que celebra su boda en una capilla polvorienta perdida en mitad del árido desierto que tanto le gusta retratar al bueno de Quentin. De pronto, aparece el “Escuadrón Asesino Víbora Letal”, antaño compañeros de fechorías de Black Mamba, integrado por Vernita Green (Vivica A. Fox), O-Ren Isii (Lucy Liu), Elle Driver (Daryl Hannah), y Budd (Michael Madsen), y dirigido por Bill (David Carradine). Le han traído su particular regalo de boda: la muerte por la vía del linchamiento y el disparo a quemarropa. La Novia susurra, como pidiendo clemencia, y exhala… “es tuyo, Bill”.

Decía el rudo sheriff, “fíjate: cabello color heno, bonitos ojos, es como un ángel ensangrentado“. Tenía razón en lo de ensangrentado, pero erraba, al igual que Bill y su escuadrón, al suponer que esa sangre iba asociada con la muerte. La Novia vivía. Aguantaría cuatro años y medio en estado de coma, y despertaría con una terrible imagen clavada a fuego en su mente: Bill metiéndole un disparo en el cráneo. Lo tenía bastante claro: una lista, cinco nombres y venganza.

La cinta queda estructurada en cinco capítulos: 2; la Novia ensangrentada; el origen de O-Ren; el hombre de Okinawa; ajuste de cuentas en la casa de las hojas azules. De éstos, el primero contendrá la primera venganza mostrada (que realmente será la segunda) contra Vernita Green, el segundo nos mostrará el prólogo necesario para situar al espectador, y los tres últimos, con un peso central en la película, muestran la esencia de esta primera cinta de la saga,  alimentada por katanas, tradición japonesa y combates. 

Los feligreses del moderno autor no acababan de ponerse de acuerdo en torno a ‘Kill Bill’. Unos la admiraban, otros la repudiaban, y los últimos no la comprendían (¿qué pinta esto en su carrera?). Sólo por la adictiva y extraña banda sonora, o por la singularidad del tercer capítulo (anime japonés), yo ya estoy en el primer saco. Aunque hay más, pues Quentin Tarantino se servía de algo tan placentero, cuando eres un amante de la violencia explícita y la sangre a borbotones (cinematográficamente hablando), como la venganza, para rendir un auténtico homenaje a las artes marciales. El cineasta combina dos de sus pasiones (¿acaso pueden ir separadas?), violencia y artes marciales, para conjugar una obra mítica, talentosa y genial.

9/10 


‘Ong Bak: El guerrero Muay Thai’. Una fuente llamada Bruce Lee.

Bruce Lee fue el precursor en el campo de las artes marciales llevadas al mundo del cine. Obras como ‘Kárate a muerte en Bangkok’ (1971), ‘Furia oriental’ (1972), ‘El furor del dragón’ (1972) y ‘Operación Dragón’ (1973) fueron pioneras en este tipo de cine. Ha habido, después de él, distintos aspirantes al trono de esa máquina de hacer dinero que son este tipo de cintas. Ellos son gente como Jackie Chan, Jet Li o una versión no asiática como Steven Seagal. Todos bebían de la misma fuente: las artes marciales.

En esta ocasión, una cabeza robada de Buda a manos de un maleante hará que los pueblerinos de un lugar de las montañas de Thailandia envíen a su mejor luchador a la gran ciudad en busca de recuperar el honor perdido. Ese luchador no es otro que Tony Jaa, el nuevo rey de las artes marciales. Película sin misterio alguno que cuenta con un rutinario y previsible guión puesto al servicio de las artes de nuestro protagonista. Es decir, las patadas, hostias y acrobacias inundan la pantalla brindando un potente y gozoso despliegue de violencia explícita que hará las delicias de más de uno, recordándonos por momentos al célebre y mimetizado Bruce Lee. Quien se lanza a ver ‘Ong Bak’ ya sabe a lo que va. Únicamente para admiradores del género.