‘The pursuit of happyness’. Con trampa y cartón.

Will Smith vive en la mierda. Esto es, tiene un curro deplorable (vender unos aparatos “invendibles”) con el que casi no llega a fin de mes. Pues nada, añádanle un poco más de mierda (divorcio) y un espíritu irrisorio de paternidad (“el hijo es mío, me la suda que tú seas la madre. Se queda conmigo”, algo así dice) para acabar de hundir al pobre de Will en el pozo, es decir, sin trabajo, sin dinero, sin hogar, y con un hijo al que sólo puedes darle una noche en un albergue o en un baño público. Pero tranquilos, no se me vayan a desesperar. Recuerden que uno de los derechos consagrados por los yanquis es aquel que dice que tienes derecho “a buscar la felicidad”. En eso está Will, en buscarla y encontrarla en forma de empleo como bróker.

Típica historia de superación personal, sesgada por un descarado acento liberal, que parece el sueño húmedo del mismísimo Adam Smith. El caso es que esta historia de edulcorada movilidad interclasista irradia un tufillo a trampa, engaño y cinismo que la hace insoportable de ver. Se salva la interpretación de Will Smith.

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