‘Easy rider’. Un pasote de primera.

El Capitán América lanzó el reloj. Ya no quería ataduras, ni prisas. Estamos en las proximerías del 68. Se marchaba, juntamente con Billy, camino hacia la libertad. Y lo hacían en sus dos choppers, cargadas de gasolina y dinero manchado de farlopa. Por delante tenían un camino de asfalto en el que saborear el aire que colisiona en tu cara, disfrutando del paisaje, durmiendo en los desiertos del medio oeste estadounidense, soñando con el martes de carnaval de New Orleans y el retiro en las playas de Florida.

Un ranchero católico, un hippie y su utópica comuna, una cárcel compartida con Jack Nicholson, una taberna cargada de pueblerinos conservadores, New Orleans, el cementerio y las dos putas. Dos cuerpos ensangrentado en el asfalto. Todo a golpe de una BSO sensacional, rock sesentero del bueno, y de una fotografía cautivadora. No olviden el alcohol, la maría y el LSD. Tampoco el destino final de todos esos pecadores, el de “si Dios no existiera habría que crearlo”.

Retazos, todos ellos, de una obra plenamente lírica. Dennis Hopper y Peter Fonda nos han regalado una visión muy poética del pasote general que se pegaron por aquellos años los niños de papá de medio mundo occidental. De sueños y grandes acciones que se ahogaron entre drogas y esloganes bienintencionados.

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