‘127 hours’. Vivir.

Siguiendo un poco la estela de ‘Into the wild’, Danny Boyle ofrecía aquí un fresco centrado en la figura de un arriesgado aventurero, interpretado de muy buena gana por James Franco. Se trata de Aaron Ralston, nuestro protagonista, quien es despojado aquí, a diferencia de la obra de Sean Penn, de los tintes políticos y sociales que perfilaban al idealista Christopher McCandless.

La historia de ‘127 hours’ es tan sencilla como humana. Una dura prueba del destino que servirá no ya sólo para probar el afán de supervivencia de la especie humana, sino también como punto de inflexión en el existir de nuestra propia vida. ¿Quiénes somos? y ¿adónde vamos?, son preguntas que parecen azotar, junto a todas las inclemencias propias de su situación, a Ralston. Una historia emocionante y llena de calidez que aprovecha una angustiosa situación para ponerle buena cara al mal tiempo. Vitalista como pocas. Recomendada.

‘The kids are all right’. Collage sentimental.

Vale, partimos de que la idea inicial del film está cogida un tanto con alfileres. Es decir, no juzgo la idea del hogar homosexual, pues faltaría más. Pero sí que un par de jovenzuelos decidan conocer, atención, al pringao que donó esperma en su día y gracias al cual sus mamás pudieron concebirlos. También juzgo que el pringao en cuestión diga “si” con una sonrisa de oreja a oreja a la fría pregunta de la clínica (“¿Le gustaría conocer a lo que salió de su esperma?”, no es textual). Lo dicho, cogidito con alfileres.

Bien. Exceptuando que busca la transgresión descarada desde el primer momento, lo cierto es que ‘The kids are all right’ es una película gustosa de ver. No quita eso de que, pese a todo, rebose irregularidad por los cuatro costados. El matrimonio, interpretado por unas excepcionales Julianne Moore y Annette Bening, es perfilado con gran habilidad, haciéndonos partícipes del desplome de la estabilidad cartesiana buscada y lograda por Nic, así como de la crisis emocional que ocasionará entre nuestras protagonistas la entrada en su vida de Paul, el padre esperman, a quien da vida un sensacional Mark Ruffalo. A éste, Lisa Cholodenko, también lo trazará con esmero, relatando su grisácea existencia, el colorido de su nuevo rol y lo arriesgado de su affaire (Jules), apostándolo todo en ello, aún a riesgo de perder.

El fresco de historias personales, con luchas y batallas continuas en el interior de cada uno de los personajes, se complementará con los dos hijos, interpretados por Mia Wasikowska y Josh Hutcherson. Es el punto más flojo del film, pues cuesta conectar con la personalidad del chaval, no causando gran empatía tampoco élla. Con todo se nos queda un buen collage de sentimientos y emociones urbanas, pintado sobre un singular caso (matrimonio lésbico+padre solitario), que nos deja un regusto agridulce, aunque sintiendo esa pizca necesaria de humanidad.

‘Black swan’. Entre el bien y el mal.

El cisne blanco, inocente y hermoso. A la medida de Nina, un monstruo de la perfección, con una vida dependiente del ballet, minuciosa y calculada. Títere de su madre, a quién rinde plena sumisión, fiel a sus directivas, entregando su vida por ella. El cisne negro, en cambio, es carnal y lujurioso, obsceno y pecador. No conoce de límites, es libertino y sexual. Está en las antípodas para Nina, casi imposible de alcanzar, a pesar de las instrucciones tentadoras de ese diablo llamado Thomas Leroy.

Será Lily, su principal competencia para el papel, la que haga mover la historia, volcándonos en esa enferma lucha moral entre el bien y el mal. Entre la sumisión y el desenfreno. Entre la alcoba vacía y el sexo lésbico. Entre la inocencia y los pensamientos impuros. Entre la perfección y lo terrenal.

Darren Aronofsky vuelve a sumergirse en la debilidad humana, como ya hiciera en ‘Requiem for a dream’ (2000) o ‘The wrestler’ (2008), para brindarnos una hermosa historia que gira en torno a una inocente alma encerrada en una vida que no es la suya, esperando a su príncipe azul, en busca de libertad, sin saber que pronto caerá sobre ella el engaño del lujurioso cisne negro, alcanzando con el fin de su existir la propia libertad que tanto anhelaba. Gran interpretación de Natalie Portman, poética historia, excelente fotografía e inolvidable escena la del cisne negro.

‘Los ojos de Julia’. Divertida.

Guillermo Del Toro volvía a meter mano en el mercado español (también europeo), repitiendo, con el toque de business suficiente, la fórmula del éxito. Es decir, recaudar más por menos. Vuelve al género del terror y cuenta con Belén Rueda de nuevo, y no sé si este film habrá recaudado más que ‘El orfanato’, su predecesora, lo que sí tengo por cierto es que ‘Los ojos de Julia’ carece del talento de aquélla.

¡Ojo! No quiero decir con ello que esta obra sea un petardo. Ni mucho menos, pues yo me lo pasé pipa mientras la veía. Eso sí, me faltaron las palomitas. La primera parte tiene un aire a telefilm que no puede con él. Paradigma de ello es el papel del desaprovechado Lluís Homar (“cariño voy a… mover el coche/pedir la cuenta/echar una meada”). Sin embargo, a medida que la intriga avanza, a medida que la oscuridad vence a la luz en los ojos de Julia, yo gozo de satisfacción. Tiene varias escenas realmente conseguidas, alcanzando su máximo apogeo en una páred cargada de fotos y unas pupilas esquivas. Ese juego psicológico me aterra de verdad, me inquieta. El giro final, aunque no esperado, tampoco me vuelve loco. Y la despedida, pues eso, de telefilm total.

Sin embargo, Guillem Morales puede estar orgulloso de su obra. ¡A lo hecho, pecho! Sí señor. A mí me ha gustado “Los ojos de Julia”.

‘Fair game’. Material desaprovechado.

Reconozco que me sentí mal mientras visionaba ‘Fair game’. La angustia y el mareo podían conmigo. Quizás fue que estaba flojo de fuerzas. O que no había comido prácticamente nada ese día. Puede que fuera el calor que hacía en la sala, o estar sentado en cuarta fila. Aunque si tuviera que decantarme por algo, diría, casi señalaría, que el gran culpable es un tal Doug Liman, un mediocre cineasta que nos congoja la velada con su aparatosa y agitada dirección.

La historia, muy interesante (aunque tampoco sea para ganar un Oscar), le viene grande a un director tan mediocre como el susodicho. En manos de cualquier otro, la cosa daba para pulir un thriller político, crítico y con nervio. Sin embargo, las medias verdades de la cínica Administración Bush en torno a su vergonzosa actuación en el tema de las armas en Irak (pretexto de negocio petrolífero), así como el David contra Goliath pretendido en esta historia (Penn&Watts vs The white house), no consiguen cautivarme.

He pensado, sinceramente, que el tal Doug Liman está en la nómina de los Bush, agente infiltrado de éstos en ese farandulero movimiento de artistas hollywoodenses contrarios a la política de aquéllos y con marcados tintes pro-demócratas. Irritante.

‘The killer inside me’. Luces y tinieblas.

La historia diseñada por Michael Winterbottom se zambulle en un tema tan espinoso como atractivo: el retrato de un perturbado mental. El escenario elegido para ambientar el tema no podía ser mejor, pues se opta aquí por enclavarse en los años 50 del pasado siglo, rodeados de un halo sureño que transmite ese pequeño pueblo, Central City, perdido en medio de Texas. Uno de esos lugares donde todavía habitan señoras y caballeros, con marcada jerarquía social en la que ser prostituta no significa estar en la cúspide de la misma. Bien lo sabe el sheriff local, Bob, quién encargará a su ayudante, el afable Lou Ford (Affleck), la tarea de invitar a la atrevida mujer a abandonar la localidad.

Es la introducción. Pronto se atormentará la trama con la aparición en escena de Jessica Alba, quien borda el papel, pues le viene como anillo al dedo, incendiando la corrompida mente de Lou Ford. La serenidad del retrógrado pueblo se tornará tempestad. La historia comenzará a impregnarse de un pasado turbio marcado por rencillas no olvidadas, con crímenes sin esclarecer y asuntos personales por resolver. Además, la presencia de una figura símil al cacique español en la localidad y el affaire sexual del hijo de éste con la prostituta, agitarán más si cabe el cocktail de intriga y suspense, esperando a que el bueno de Affleck ponga la guinda al pastel.

La mecha ya está encendida cuando Michael Winterbottom decide echar más gasolina al asunto, perfilando al personaje principal, interpretado de manera acertadísima, como casi siempre, por Cassey Affleck. El retroceso macabro a los tiempos pasados del protagonista se alternará con un presente escabroso y sanguinario, concretándose éste en un sucedáneo de asesinatos, el punto álgido del cual se concretará en la figura de Kate Hudson.

‘The killer inside me’, en definitiva, es una cinta irregular en su desarrollo. Tiene como lastre principal un final de historia que menoscaba un tanto al conjunto. Pese a todo, la interpretación de Cassey Affleck, así como de secundarios de auténtico lujo (Alba, Hudson, Koteas), dan vigor y viveza a una narración que trata de ahondar en los recovecos de un enfermo mental, entre las luces y tinieblas que acompañan a la figura de un asesino. A mí gusto, lo consigue. Además la película tiene un toque refinado, de una pulcritud adecuada derivada de una ambientación más que lograda. Lástima un final así.

‘Prison break’. Mike Scofield.

Un tipo con una mirada enigmática y medio cuerpo tatuado, decide atracar un banco. Se llama Michael Scofield, y busca justicia. O más bien salvarle el pellejo a su hermano, Lincoln Burrows, un reo condenado a muerte que agota su últimas horas en el corredor clamando su inocencia. Sea como sea, los Hermanos (interpretados excepcionalmente por Wentworth Miller y Dominic Purcell) todavía no saben que nos van amenizar la velada por un buen tiempo.

Son infinidad de trampas, trucos y giros baratos los que posee ‘Prison break’. El guión va dando saltos contínuos, enrevesando y forzando la trama. Todo suena a déjà vu a los pocos capítulos de comenzar. Además, sientes como te aboca constantemente al borde del precipio, pero nunca, nunca, acaba por soltarte. Parece tener, en cambio, un aura envolvente, creando en nosotros una adicción que pide más acción. Nos dejamos engatusar por la mente brillante de Mike Scofield y la bravura de Lincoln Burrows. Aceptamos con gusto las situaciones que rodean al resto de personajes (T-Bag, Mahone, Sucre, Tancredi y una larga lista de secundarios). Nos mordemos las uñas en infinidad de ocasiones a sabiendas de que hay gato por liebre, a sabiendas que vamos a presenciar un tutiplén de situaciones inverosímiles y atropellos a la coherencia. Pero, a pesar de todo, me gusta. Es así, es la mística breakiana.

 

Spoiler

Michael J. Scofield
September 8, 1974 – November 4, 2005
Husband, Father, Brother, Uncle, Friend
“Be the change you want to see in the world.”

‘Please give’. Sencillo y mundano fresco.

Antes de nada conviene aclarar un aspecto primordial de esta cinta: Catherine Keener, Rebecca Hall y, en menor medida, Amanda Peet y un siempre acertado Oliver Platt, reunidos todos en el mismo cartel, son la excusa ideal para que pagues una entrada de cine (por desorbitadas que estén) o, al menos, le dediques un mínima parte del interés de tu vida (creo que son 94 minutos) a su visionado.

Ése es el anzuelo. Defraudar, no defraudan. Es una película de actrices, rallando lo excelso, como casi siempre, Keener y destacando por encima del resto una pujante Rebecca Hall, quien ya ha roto las salas de cine esta temporada con la magnífica ‘The town’ (2010). El derroche artístico del reparto acaba siendo, para su desgracia, eso, un derroche. Todo está puesto al servicio de una historia, entrelazada por Nicole Holofcener (también directora), demasiado sencilla. Aspectos tan mundanos como la soledad, la hipocresía, la solidaridad, el resentimiento, el desasosiego, la infidelidad y demás cosas son retratadas a través de la variedad de personajes. Es un fresco en el que se interconectan una parte de las múltiples y complejas variantes a las que da lugar la vida humana, teniendo como eje rotor de todo ello el simple corazón, con sus latidos, con sus impulsos y con los movimientos en los que, al fin y al cabo, desemboca.

‘Winter’s bone’. Gélida, dura, humana.

Jessup fue un desgraciado. Probablemente el sistema simplemente lo engulló, sin darle muchas opciones, pocas salidas para el éxito, abocado al peligroso mundo del crack. Su vida, rodeada de malhechores, arrestos y trapicheos, acabó por explotarle en la cara a su hija mayor, Ree Dolly. Ésta se hizo cargo de su familia tras la marcha de la figura paterna. Una madre que ha perdido la cabeza y dos hermanos que todavía no pueden valerse por sí solos no son un panorama alentador, más todavía si apenas tienes algo que llevarte a la boca al final del día. El gris terminará por volverse negro cuando reciba la noticia del inminente desahucio y la expropiación de su bosque, pues su padre los puso de fianza ante la ley en su última jugada.

La presión, la agonía diaria, será lo que moverá a Ree para enclavarse en las entrañas de lo turbio, en los asuntos sucios de su entorno, entre chivatos y agentes de la ley, entre drogas y venganzas, entre Teardrop, su tío, y Thump Milton, el capo local. Un pasado lleno de mierda al que plantarle cara con tal de salir hacia adelante, con tal de no decaer, alcanzando el crescendo en un río donde ahogar una vida que es tuya, aunque no la quieras.

Duro, durísimo relato social emprendido aquí por Debra Granik centrado en la figura de una muchacha a la que la vida ha castigado sobremanera. La gélida existencia de ese pueblo perdido en medio de Ozark hill se nos impregnará por completo, astillando nuestras conciencias al presenciar esa radiografía de lo que es vivir en el filo del sistema, a punto de cruzar esa línea, simbolizada ésta en una casa de madera, una chimenea y algo de comida, anhelando estrangular al impostor que etiquetó aquello del sueño americano.

La labor de Jennifer Lawrence en el papel de esa hija coraje es tan plausible, tan excelente, tan creíble, que admite comparación con cualquier titán de la interpretación. No obstante, todo nace de una historia excelente que contagia esa desasogante existencia, esa moribunda forma de (mal)vivir, desde el primer momento, simbolizada ésta en la figura de Teardrop, a quien da forma un excepcional John Hawkes, quien nos brinda, de largo, una de las mejores interpretaciones del año. Muy buena historia, muy buena película.

‘Somewhere’. Nadería.

Estamos en algún lugar de Los Ángeles. Stephen Dorff reside en un hotel impersonal y frío. Asiste a fiestas, borracho perdido. Conduce un Ferrari. Dos putas de lujo bailan para él. Tiene una hija, aunque no sabe muy bien lo que es ser padre. El marketing lo lleva directo a ruedas de prensa, promoción de películas. Satisface sus necesidades fisiológicas con más fulanas. Tiene viajes a Italia, con premios y filomatic. Juega a ser padre. Finalmente, Stephen Dorff se da cuenta de que su vida es una mierda. Y sigue en algún lugar de Los Ángeles.

Supongo que si te apellidas Coppola, artísticamente hablando, eres capaz de hacer algo mejor que ‘Somewhere’, una obra totalmente carente de sentimiento, de afecto, de vida. Todo es agravado por la historia misma, la cual debería producir las sensaciones contrarias, irradiar calidez, empatía con ese náufrago moribundo.

Ah, los tics y guiños de Sofia con la cámara siguen ahí, con su particular estética, puesta al servicio de la nada.