‘White material’. Lenta, aséptica y aburrida.

Cuando me acerqué al cine con la ilusión de ver ‘White material’, la verdad, me esperaba otra cosa distinta a lo presenciado. El tema de África da mucho juego para hacer un cine reivindicativo que denuncie y saque a la luz las vergüenzas de Occidente. Es el caso de las maravillosas, y recientes, ‘Hotel Rwanda’ (2004), ‘The constant gardener’ (2005), ‘Shooting dogs’ (2005), ‘Tsotsi’ (2005), ‘The last king of Scotland’ (2006) o ‘The blood diamond’ (2006), entre otras. Todas ellas, de un modo u otro, han puesto el dedo en llaga y han apretado con fuerza para hacer daño a las conciencias del público occidental.

Eso era lo que yo aquí esperaba. Sin embargo, nada de eso ocurre. El tema de la guerra civil únicamente sirve para contextualizar la historia, pues ni siquiera sabemos, con certeza, de qué país se trata (intuímos, debido al personaje principal, que es uno colonializado por los franceses). No hay denuncia por ningún lado (de refilón, quizás, se trata el tema de los niños soldado). Aquí, Claire Denis, autora del film, sólo ha buscado colarnos un plomazo de historia acerca de una mujer, del todo ridícula y absurda, que luchó hasta la desesperación para que su rutina en tierras africanas (básicamente, producir café) no fuese alterada por un conflicto político interno que venía desbocado.

Desgraciadamente, como ya se ha dicho, la denuncia social está excesivamente difuminada. A ello se le suma que el drama narrado en ningún momento cala hondo en nuestras pupilas. Me aburre la historia de esa mujer, por no hablar del desquiciado de su hijo. Además de tener un enfoque del tema errático, todo es tratado de un modo demasiado aséptico. En fin, fallida historia. Daba para mucho más.

4/10   

‘The ghost and the darkness’. Leónes y cazadores.

William Goldman, reputado guionista (aquí en su vertiente más comercial), nos traslada a la África de finales del siglo XIX, a través del personaje de John Patterson (Val Kilmer), un ingeniero puesto al servicio de la Corona británica y encargado de la construcción de un puente que cruce el río Tsavo, en tierras africanas. El objetivo último de ese capitalismo voraz y desenfrenado que representa a la perfección Tom Wilkinson no es otro que mantener la cabeza en la carrera por colonizar los territorios de un continente castigado por las fechorías del hombre blanco desde siglos atrás. Y ahí le va el oficio y el honor al pobre de Val Kilmer.

¿Cuál es el problema? Esto es África, muchachos. Es decir, la cinta descansa en el topicazo (increíble el safari inicial a lomos del ferrocarril) para elaborar una historia que gravite en torno a la peligrosidad que tiene para los hombres un animal tan salvaje como el león. No se trata aquí de retratar al león de a pie, no. Aquí son mega-leones, auténticos monstruos de la naturaleza que matan y comen por placer, no por hambre. Ello provocará el terror entre los habitantes del poblado, con la consiguiente demora en el trabajo del ingeniero, teniendo que encargarse éste, escopeta en mano, de resolver los problemas de seguridad de sus trabajadores.

En fin, historia a medio camino entre el terror y la aventura que ostenta como carta de presentación una factura técnica más que decente. Promete bastante al inicio, creando una atmósfera creíble a partir de la cual poder explicitar la acción (o el terror). No obstante, falla precisamente ahí. Una vez entra en escena el productor ejecutivo de la cinta, sí Michael Douglas, todo se viene abajo. La tensión existente al inicio comienza a esfumarse, la rutina de la que les imposible evadirse a Stephen Hopkins se apodera de la pantalla, y la caza acaba por convertirse en monotonía.

Irregular cinta que entretiene a ratos y que no acaba por definirse dentro del género de terror con animales (o derivados) de por medio. Esto es, no es una joya como ‘Jaws’ (1974) o ‘Jurassic park’ (1993), pero tampoco es tan cutre como ‘Anaconda’ (1997) o ‘Mandíbulas’ (1999). Un año después de su estreno, apareció un producto similar pero con un punto más de nivel: ‘The edge’ (1997).

5.5/10 

‘Shooting dogs’. Ecos de la barbarie.

Las imágenes son duras, impactantes, horribles. A uno se le enerva la sangre al ver todo ese panorama de locura, el dolor de un pueblo, el tutsi, que sabe que está en minoría. Una minoría maltratada hasta el extremo. Por allí, andan Joe y Christopher, dos hombres occidentales (blancos), bondadosos, encargados de enseñar a los niños, dentro del marco del catolicismo. También la barbarie les sorprenderá a ellos.

Michael Caton-Jones además de describir la brutalidad de todo ello, pone en el ojo del huracán a las Naciones Unidas y, por ende, al mundo occidental. Un mundo que miró hacia otro lado mientras se gestaba la matanza. Un mundo que, desde ya hace mucho tiempo, dio a África, con todo lo que eso conlleva, por perdida (una vez fue expoliada, saqueada y destrozada), salvo en determinados intereses por los que todavía comporta beneficios (diamantes y demás). Si tuviera que explicar la mayor sensación que da ver esto, sería la de la impotencia, la frustración. Algo que se visualiza en Joe y Christopher, incapaces de hacer nada, y, sobre todo, en esas pobres almas encerradas entre cuatro vallas a la espera de su terrible ejecución. 

Películas como ‘Shooting dogs’ son necesarias. Es de esas que denuncia abiertamente, al tiempo que hace justicia, barbaries de tal calibre como el genocidio a manos hutus del pueblo tutsi, en el que unos 800.000 tutsis, se dice pronto, perdieron la vida en aquellos fatídicos meses de 1994 que fueron de abril a julio.