‘Animal factory’. Sobrevivir en el infierno.

Steve Buscemi tiene una buena carrera como director en el mundo del cine independiente. Esta película, ‘Animal factory’, supuso su segunda incursión detrás de las cámaras, decantándose por una temática arriesgada: un drama carcelario.

El título ya nos indica cuál es el objeto de crítica de esta película. Buscemi trata de realizar una denuncia social acerca de todo aquello que rodea a las prisiones. ¿Qué vida hay allí dentro? ¿Son animales inmundos los que habitan en ellas? ¿Sirven verdaderamente para la reinserción del reo en la sociedad? El cineasta se preocupa de mostrarnos detalladamente las entrañas de tan penitente existencia. Desde el juicio que acompaña al crimen y que acaba con un chaval de clase media, casi sin saberlo, detrás de los barrotes de un penal, hasta los peligrosos automatismos existentes entre los presos. Siempre acompañado de un trasfondo explícito: evitar la primera línea, no ser carne de cañón allí dentro. Es la prioridad a la que uno, recién llegado, debe atender. Esto es la jungla, repleta de animales feroces, y conviene sobrevivir.

El cineasta pone el contrapunto a tan degradante y tenebrosa atmósfera con la relación establecida entre el joven carcelario, Edward Furlong, y el veterano, Willem Dafoe. Una relación humana, sentida y bondadosa. Hay cabida para la solidaridad y la ayuda mutua. Sin embargo, éste no es lugar para un chico como tú, Furlong, parece querer decirle Buscemi. Joven y con toda una vida por delante, no sería conveniente entrar a formar parte de esa factoría de animales. Ésa de la que ya no puede escapar Willem Dafoe, quién ya ha interiorizado que mejor “ser rey del infierno que siervo en el cielo”.

7/10

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‘The Shawshank redemption’. Vitalista, estoica y humana.

Sensacional película a la que le sobra cualquier tipo de comentario, halago o palabra.

Sólo decir que la joya que Frank Darabont sacó de un pequeño relato de Stephen King acerca del cambio radical en la vida de un hombre cualquiera, como Dufrasne, que entra de golpe y pozarro, a modo perpetuo, a vivir entre muros y rejas, supone un canto a la esperanza, a la creencia en la lucha por vivir y no por morir, aún a sabiendas que estás metido en un pozo (agujeros negros del sistema), posiblemente, sin fondo. Vitalista, estoica y humana, como pocas. Obra maestra que forma parte de la excelsa cosecha del 94 (junto con Forrest Gump y Pulp Fiction). Un lujo.

9/10

‘Prison break’. Mike Scofield.

Un tipo con una mirada enigmática y medio cuerpo tatuado, decide atracar un banco. Se llama Michael Scofield, y busca justicia. O más bien salvarle el pellejo a su hermano, Lincoln Burrows, un reo condenado a muerte que agota su últimas horas en el corredor clamando su inocencia. Sea como sea, los Hermanos (interpretados excepcionalmente por Wentworth Miller y Dominic Purcell) todavía no saben que nos van amenizar la velada por un buen tiempo.

Son infinidad de trampas, trucos y giros baratos los que posee ‘Prison break’. El guión va dando saltos contínuos, enrevesando y forzando la trama. Todo suena a déjà vu a los pocos capítulos de comenzar. Además, sientes como te aboca constantemente al borde del precipio, pero nunca, nunca, acaba por soltarte. Parece tener, en cambio, un aura envolvente, creando en nosotros una adicción que pide más acción. Nos dejamos engatusar por la mente brillante de Mike Scofield y la bravura de Lincoln Burrows. Aceptamos con gusto las situaciones que rodean al resto de personajes (T-Bag, Mahone, Sucre, Tancredi y una larga lista de secundarios). Nos mordemos las uñas en infinidad de ocasiones a sabiendas de que hay gato por liebre, a sabiendas que vamos a presenciar un tutiplén de situaciones inverosímiles y atropellos a la coherencia. Pero, a pesar de todo, me gusta. Es así, es la mística breakiana.

 

Spoiler

Michael J. Scofield
September 8, 1974 – November 4, 2005
Husband, Father, Brother, Uncle, Friend
“Be the change you want to see in the world.”

‘La gran evasión’. Atípica, densa, mítica.

Una película anclada en el pasado, de donde ella viene. Tiene otro ritmo, algo más clásico. Para gente como yo, de generaciones posteriores, su visionado puede resultar ciertamente tedioso (evadiéndose más de uno). Debo reconocer que por momentos se atranca. Mi mente, mis ojos, mi cuerpo, piden algo más de ritmo, acostumbrado como estoy a los vertiginosos volantazos del cine comercial de nuestros días. No obstante, me entra la morriña por ese cine, paradójicamente, que no conocí. Un tipo de cine en el que lo que realmente importaba era la historia que contar. Una historia sencilla pero cautivadora.

Un campo de concentración nazi. Oficiales de aviación británicos y estadounidenses recluidos. El relato de una fuga. La obstinación de McQueen. El mando del Coronel. La claustrofobia de Bronson. La asfixia del escocés. El dolor del falsificador por sus ojos. La solidaridad del proveedor. Y tantas otras situaciones. Un magistral retrato de cada personaje. Con pasos parsimoniosos y minuciosos va avanzando el film. Lentamente, sí. Pero, pese a ello, uno no pierde jamás el interés por lo que está viendo, acogiéndose a ese ritmo que va de menos a más, implicándonos poco a poco en esa evasión que va gestándose en las mentes de esos soldados tan ilusionados por la palabra libertad. Varias escenas para la posteridad, una BSO tan mítica como la de Elmer Bernstein, una fotografía encandiladora, una comicidad tan cómplice para el espectador, un guión sumamente elaborado, una dirección de categoría clásica como es la de John Sturges y un final (los últimos 50 minutos) majestuoso. En pocas palabras, un film imborrable.

‘Un profeta’. Barrotes pesados.

Jacques Audiard nos presenta, de manera contundente y nada eufemística, a Malik, un veinteañero que por inercia de la marginalidad social acaba de bruces en la cárcel. Sólo y con varias manadas de lobos acechándole, deberá buscarse la vida como “buenamente” pueda. Es decir, su salvoconducto será la violencia, una violencia hiperrealista que se apoderará de la pantalla, acojonándote ante tal panorama, deseando no verte jamás en una de esas.

Sin embargo, el film va minando progresivamente su poder de atracción. Cuando la iniciación sangrienta del muchacho da paso a la rutina carcelaria, al mafioseo, a los quehaceres diarios de chirona, uno acaba fatigado de todo ello. Poco cautivan las andanzas de esta versión descafeinada y árabe de Tony Montana. No llegas a sumergirte profundamente (salvo al inicio) en sus dinámicas de violencia, de supervivencia en ambiente hóstil. Tampoco conectas con la variedad de mafias con las que “juega” el protagonista. Te pierdes entre tanto corso, árabe, gitano, italiano y demás gentuza que mancha de sangre sus negocios.

‘Un profeta’ es una incursión en las cárceles francesas. Un retrato, a mi gusto, bastante distante y frío, por momentos lento, que deja como sensación final la de la pesadez. No está, ni de lejos, cerca del nivel que el marketing y la corriente inflacionista de críticos y premios le ha atribuido.  No es, ni mucho menos, ‘The Wire’, ‘Scarface’ o ‘El Padrino’ como se nos ha querido hacer ver. En definitiva, pasada la primera media hora, no es nada del otro mundo.

‘Celda 211’. Sobrevivir.

Juan es el perfecto “ciudadano medio”. Tiene novia, es feliz con ella, y ambos esperan un hijo al que dar el mejor de los hogares. Por eso, ha encontrado empleo como funcionario. Malamadre, en cambio, es la compañía ideal para el peor de tus enemigos. Él recuerda la vida en base a sus anécdotas entre juzgados, fugas, asesinatos y prisiones. Ambos se toparán frente a frente en la prisión. Juan, nuevo en el trabajo, quedará encerrado en medio de un motín liderado por Malamadre. Ahora, deberá tratar de fingir que es uno más. Deberá tratar de sobrevivir en medio de tanta escoria.

De sobrevivir. De eso nos habla, a fin de cuentas, Daniel Monzón con este drama carcelario. La supervivencia de un chico que está en un mundo totalmente opuesto al suyo. La supervivencia de Malamadre y su séquito. Porque como a Juán, el espectador los coge con recelo. Con miedo y cautela. Pero a medida que avanza el film, la solidaridad y la camaradería aparece. La bondad y la maldad comienzan a ser muy relativas. Uno se pregunta hasta que punto lo merecen. Uno deja de llamarse Juan y lo cambia por Calzones. Hasta que punto merecen esa vida llena de vejaciones, intimidaciones y maltratos. Esa vida de la que tratan de sobrevivir, de escapar, de ajusticiar a través de motínes, cuando no de tajarse las venas o de traicionar al compañero.

‘Celda 211’ se da un paseo doloroso por los más bajos fondos del sistema. Nos retrata la derrota y el fracaso. Y, principalmente, el olvido que ello conlleva. Porque seamos sinceros, ¿quién movería un dedo por aumentar el bienestar de un asesino? ¿a quién le importa lo que en su mundo, el de las prisiones, ocurra? Monzón remueve conciencias. Y esto no es Guantánamo. Es Zamora, aquí al lado.

8/10