‘Ride the high country’. Nostálgica, crepuscular, lírica

Randolph Scott y Joel McCrea son los protagonistas de este memorable western que suponía la consolidación dentro del género de un tal Sam Peckinpah. La historia gravitaba en torno a los personajes a quienes ellos daban vida: Gil Westrum y Steve Judd, dos hombres contratados para un trabajo especialmente peligroso, pues deberán transportar oro desde unas lejanas y temerosas minas. Un viaje largo en el que inevitablemente acabarán por verse las intenciones de uno y otro hacia este cometido.

Western crepuscular, sello e impronta de Peckinpah. Dos hombres antaño esplendorosos y satisfechos. Eran los viejos tiempos, aquel lejano oeste en el que la ley imperaba gloriosa a través de una placa y un fusil, y valores como la amistad, el respeto y la dignidad alcanzaban su máxima expresión al trazar las fronteras entre el bien y el mal. Sin embargo, ahora todo ha cambiado. Los banqueros y los negocios marcan el nuevo orden, y nuestros melancólicos y errantes protagonistas parecen desubicados, desorientados.

La tensión latente entre los dos protagonistas se palpa ininterrumpidamente durante el viaje de ida hacia las minas. De un lado, Gil Westrum, un tipo sin ángel, de existencia calamitosa y corazón herido. Busca una recompensa por tanto dolor en forma de oro. Del otro lado Steve Judd, un hombre tan errante como su compañero, pero que jamás ha perdido el rumbo a seguir: dignidad, responsabilidad y respeto con uno mismo. Dos maneras distintas de anclarse a un nuevo mundo, a un tiempo extraño para ellos.

El contexto lo marcará un viaje que deparará ciertas peripecias que terminarán por detonar la acción principal. Así, nos toparemos con un hombre de fe que es todo rectitud y su enclaustrada hija, una muchacha ingenua e inocente que verá a nuestros protagonistas, incluido el apuesto y charlatán vaquero que acompaña a los veteranos, como su vía de escape hacia la libertad, materializada ésta en una ruin tienda de campaña y un rudo minero. La fotografía deparada por Lucien Ballard será un auténtico gozo y un inestimable punto fuerte que Peckinpah sabrá aprovechar en tal caminar, como el complemento ideal para mostrarnos un regreso en el que la tensión se volverá manifiesta, y en el que la acción secundaria (con los despreciables mineros y su “caza” particular) servirá para acelerar el pulso al argumento principal.

Un final épico, impregnado de un lirismo que Peckinpah manejaba como ningún otro cineasta. La perversión que había desunido a nuestros protagonistas desaparecerá, dando paso a una nostálgica amistad, idealizada en esta cinta, que aflorará en forma de auxilio, fuego cruzado y trotes acelerados. Los tiempos han cambiado. Las arrugas y canas inundan el físico de nuestros náufragos. La pulcritud de antaño se pierde en una camisa con mangas sucias y descosidas. Sin embargo, nada de eso importan. Ambos saben que su último recital todavía está por llegar con tal de despedirse de esta errante vida con la cabeza alta, las botas bien calzadas y una merecida paz interior, consecuencia todo ello de un último trabajo bien hecho.   

8.5/10

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