‘El baile de la Victoria’. Mugre.

El querubín es Ángel Santiago (Abel Ayala), un pequeño hombre que acaba de salir del penal pensando ya en cómo volver a entrar. La chica es Victoria (Miranda Bodenhofer),  a quien la atrocidad de la sombra de Pinochet dejó sin habla, muda, pudiendo expresarse únicamente mediante el baile, el ballet. El viejo es Nicolás Vergara Grey (Ricardo Darín), un tipo que anhelaba, como nada en el mundo, a su mujer y su hijo durante el tiempo que pasó a la sombra. Sin embargo, alguien como él siempre necesita de un último golpe, adrenalina no encontrada en la placidez de la familia.

El gris parece teñir la realidad de los tres personajes de ‘El baile de la Victoria’. La soledad les hará sentir algo en común.  Nicolás se la ganó (la soledad) a pulso por su empecinamiento con las cajas fuertes. Ángel simplemente no entendió este mundo, se perdió entre refinados bigotes señoriales, nobles caballos y desvergonzadas prisiones. Victoria no tuvo la oportunidad siquiera de entenderlo, aterrada por recuerdos de inimaginable dolor. El caso es que ahora tienen la oportunidad de volver a empezar, gracias a un formidable plan.

Historia tejida en los bajos fondos del Chile de los noventa. Fernando Trueba nos ilumina con una llama, la llama de la esperanza. Ilusión por olvidar. Sin embargo, los fantasmas del pasado buscan sembrar la oscuridad mediante la venganza, el dolor. Todo acaba por acompasarnos la velada, haciéndonos cómplices con las penurias de estas almas errantes que tan sólo buscan una vida mejor.

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‘Chico & Rita’. Jazz, amor y Cuba.

La Habana, final de los cuarenta. El es Chico, ella Rita. Unas imágenes fabulosas captan nuestra atención. Una música sensacional marca el ritmo. Todo al servicio de una bonita historia de amor.  Un amor situado entre la calma y la tempestad. Entre Cuba, New York y Las Vegas. Un amor  fraguado entre pianos, mojitos y bambalinas. Añorado por la partitura de una canción. Escondido entre el dólar americano, fiestas de la jet set y conciertos en París. Un amor perdido en el tiempo, obstinado en perecer.

El binomio Trueba-Mariscal no decepciona. El gozo visual ya vale por si mismo el precio de la entrada. Pero súmenle una banda sonora repleta de jazz cubano del bueno y una historia que es puro sentimiento.

‘Treme’. Segunda línea.

No me gusta extenderme en asuntos como este. Me refiero a que series de televisión como ‘The wire’ (2002) o ‘Treme’ (2009), ambas paridas por el genial David Simon, no requieren de presentación alguna. No hay más que sentarse delante de la pantalla, darle al play y disfrutar. Disfrutar de verdad.

New Orleans. Poco tiempo después del Katrina. Barrio de Tremé. Buena música. Tristezas y alegrías. Una ciudad degradada. Caer y levantarse, luchar. Una copa. Mardi Grass. Un garito humeante. Indios y policías. Trompetas, pianos y saxos. La cuna del jazz. Pequeñas historias personales, íntimas, sufridas. Músicos callejeros. Batallas de cada uno que acaban por formar parte del tablero de esa entrañable ciudad. Y un azote en la conciencia, poner el dedo en la llaga. Subirse a un ferry y escapar. O estar en la segunda línea y aguantar. Entre la melancolía y la felicidad. Entre el jolgorio y el desasosiego. Entre la desesperación y el desenfreno.

Lo dicho, esto es ‘Treme’, sobran las palabras. Simplemente, hay que verla.

’18 comidas’. Tragicomedia cercana.

Película que percibo como propia, pues es difícil no sentirse identificado en algún momento del film con esas almas errantes que se excusan en las comidas y sus batallas para desatar todos sus sentimientos.

Rezuma humanidad en cada plano, en cada segundo de metraje, en cada imagen y palabra. Muy atinada me parece, aún por inusual, la improvisación con la que se dota a los diálogos, reforzando esa idea de empatía que busca transmitirnos Jorge Coira. Hay fragmentos buenos, mejores y muy buenos. Merece la pena verla.

‘Carne de neón’. De mal gusto.

Mario Casas quiere montarse un negociete en el que colocar a su mami cuando esta salga de chirona. Más o menos, ya lo tiene decidido: el regalo será un puticlub.

Lamentable historia la ingeniada por Paco Cabezas, uno de los mayores petardos que ha dado el cine nacional en mucho tiempo. Frivoliza con un tema tan serio y delicado como es la trata de blancas. No se corta ni un pelo en buscarle el humor y el chiste al asunto, sin embago es difícil encontrarlo allá donde no hay más que angustia y dolor. Hay, y lo digo de verdad, escenas indignantes, carentes de cuaquier atisbo de moral, siendo de una falta de humanidad terribles. Pero bien, parece que es la nueva fórmula, pues con tal de lucrarse todo vale.

El mal gusto del cineasta se extiende a todos y cada uno de los ámbitos del film. Los personajes no pueden ser más planos. La estrella fugaz de Casas no para de sobreactuar. El montaje es de risa. Ah, y el guión! Brillante idea la de perfilar a ese bondadoso chuloputas para el lucimiento del susodicho aspirante a actor.

El Ministerio de Sanidad debería desde ya prohibir el visionado de esta cinta, pues tiene unas consecuencias terriblemente nefastas para tu coco. Podrían ayudarles desde Cultura, pues Sinde tiene donde meter mano: censurar esta bazofia de película.

‘Ju Dou’. Amor furtivo.

Ambientada en la China rural de los años veinte, Zhang Yimou prestará especial atención al retrato de esa sociedad tradicional y de marcado sesgo patriarcal, esencializada en la figura de “El tío”, aunque también palpable en todos los aspectos del film.

Una sociedad en la que irrumpirá un amor. Un amor furtivo, destinado a perecer. La rebelión sentimental se llevará a cabo en la oscuridad, sembrando secretos de alcoba que más tarde terminarán por aflorar, dando pie así a un conflicto emocional que terminará resuelto por el peso de la tradición.

Historia sencilla, pero intensa. Aporta pequeños momentos de grandeza que transmiten puro sentimiento. Nos contagia el dolor al contemplar lo natural de la tortura; la atracción reflejada en ese pequeño agujero; la osadía de buscarse y encontrarse; la felicidad por esos pequeños e inolvidables instantes; la pena de no saber olvidarse del entorno; la pesadumbre de vivir con el tío; la amargura por ese hijo que te odia, por ese amor furtivo.

‘Azuloscurocasinegro’. Extravagancia convertida en sentimiento.

Drama urbano que centra su historia en torno a Jorge, un muchacho arrepentido de ser quien es, un simple portero de finca. Enjaulado por su padre y con una novia frente a la que se siente en desventaja, su vida tomará un cambio radical cuando su hermano, encerrado en chirona, le proponga una plan un tanto peculiar: dejar preñada a su novia (cuñada). Todo se complementa con el personaje secundario de Raúl Arévalo, quién da más jugo a la historia con su personal tambaleo por los entresijos de la sexualidad.

‘Azuloscurocasinegro’ es un viaje muy especial. Un viaje personal, de toma de conciencia, de saber dónde estás y dónde puedes llegar. Una viaje en el que soltar lastre, olvidarte de prejuicios, y creer en tí. La óptica interclasista adoptada por Sánchez Arévalo da mayor vigor a la historia, haciéndote partícipe de esa rabia oculta debajo de un sucio uniforme, de esa lucha por superar un terrible complejo de inferioridad. Por cambiar, en definitiva, el color de tu vida.

‘Tenderness’. Aburrida, hueca, sinsentido.

Es aburrida porque, básicamente, casi me duermo mientras la veía. También porque pesa a lo que pueda aparentar su argumento, el devenir de los acontecimientos deja en ridículo a aquél. Esencia de ello es el papel de Russel Crowe (desperdicio total).  Lo de hueca deriva de que no siento nada contemplando un panorama que a priori debería ser desolador. A nota final, puede que todo sea consecuencia del sinsentido de esta historia. Veámos, el rol de psicópata lo entiendo. Llegó a comprender también la testarudez en su empeño en detenerlo por parte del policía. Pero, ¿lo de la chica? ¿en qué momento de tu vida decides enamorarte de un psicópata que acaba de obtener la libertad y al que conociste, precisamente, cepillándose a una jovencita? Ah bueno, el leitmotiv ya es asunto aparte, eso del asesino romántico, tierno y demás, supone el colofón a tan desvariada historia.

‘Hereafter’. Vida y muerte.

‘Hereafter’ es una experiencia que conviene vivir. Ni ciencia ni religión han conseguido desvelar el misterio de lo que nos viene después de la muerte. La nada, la otra vida, quién sabe. Clint Eastwood tampoco consigue resolver tan enigmático misterio (faltaría más), no obstante, se deja atraer por la luz para contar una historia llena de sentimiento, de emoción, de afecto. Satirizando por momentos la simple farsa de los impostores, el cineasta camina con cautela en un tema tan espinoso como es el del más allá, sabedor de que nos está contando una historia a la que conviene arrimarse sin prejuicio alguno, pero alejándose, a la vez, de imposturas y pedanterías. Simplemente, con su maestría y buen hacer, nos hace sentir como propia una experiencia tan extrañamente humana. Gracias Clint.

Spoiler

Las tres historias, inconexas en un principio, que conforman esta cinta, destellan distintos niveles de virtuosismo, englobándose, eso sí, todas ellas, dentro de una calidad difícil de conseguir en una trama argumentativa de este tipo. El caso francés, con Marie Lelay a la cabeza (Cécile de France), es de largo el más fatigoso de los tres. No obstante, a él le debemos uno de los mejores y más escalofriante/inquietante/espeluznante/aterrador inicios de los últimos años. La historia que gira en torno a Matt Damon es de buena calidad, identificándonos con esa alma en pena que busca vivir la vida y no la muerte, huir de ese don (maldición) que la naturaleza le ha asignado. Alcanza su máxima expresión con la entrada de Bryce Dallas Howard en su cotidaneidad. La última, la del chiquillo, al que dan vida por igual George y Frankie McLaren, es de largo la mejor historia de las tres. La pena, la tristeza y la soledad que rodean a ese muchacho se nos impregna profundamente, siendo ésta la vertiente más emocional de la historia, esa que busca un clavo ardiendo al que aferrarse en forma de esperanza.

‘Yo, también’. La complejidad de tenerlo todo.

Alegato necesario en pro de una minoría, que como todas, reclama su parte del pastel. Enfoca a los enfermos con síndrome de down desde otra perspectiva a la habitual, desde el lado de las personas. Todo se focaliza en torno a una relación amorosa entre Daniel, un meritorio Pablo Pineda, y Laura, a quien da vida Lola Dueñas en el papel de chica fácil.

El afán por vivir, por vivir con todas sus consecuencias, que mueve a Daniel, nos mantiene pegados a la pantalla. Irradia veracidad, irradia empatía, con ese pobre muchacho que tan sólo quiere una cosa tan sencilla como es tenerlo “todo”, entendiendo por ésto, amar y sentirse amado.

Spoiler

Llámenme retrógrado, llámenme conservador, pero ¿qué sucedería si Silvio Berlusconi en lugar de haber mantenido relaciones sexuales con una chica de 17 años, las hubiese tenido con una chica de 18 años con síndrome de down?

Hay ciertas convenciones sociales que merecería la pena no alterar. Puede que Pablo Pineda sea la excepción a la norma, pero Álvaro Pastor y Antonio Naharro entran en una senda demasiado peligrosa con el desenlace de la dolorosa historia de amor que mueve a ‘Yo, también’.