‘X-Men: First class’. Paso atrás, en todos los sentidos.

Después de los orígenes de Lobezno, la Fox y la Marvel siguen brindándonos la oportunidad (a cambio de unos seis euros) de disfrutar con las andanzas y desventuras mutantes de nuestros intrépidos protagonistas.

En esta ocasión, es el turno de dos de los célebres, los dos líderes de las distintas corrientes: el Dr. Xavier y Magneto. Se ahonda en perfilar las personalidades y rasgos característicos de estos personajes, los actos y acontecimientos que han marcado sus vidas y cómo eso ha influido en lo que luego hemos visto en la gran pantalla en anteriores cintas. Se une, de modo complementario, la génesis de Mística, conformándo así una tríada de personalidades carismáticas a diseccionar. A vueltas con ello, en la raíz de la historia, se encuentra la escisión primigenia entre esos dos grandes amigos, y el nexo cambiante que supone Mística. Uno, frente a lo humano, busca el imperio, el otro la reconciliación. Maneras distintas de defender un mismo objetivo: el respeto al mutante.

El motor de combustión, antes que la batalla con los humanos, será el personaje al que da vida Kevin Bacon (warning: hace de malo, qué raro), un nazi de nombre Sebastian Shaw, convertido, con el paso de los años, en señor de la guerra. Aquí la cosa va acerca de la crisis de los misiles cubanos y tal (a esta parte tampoco le presten excesiva atención). El caso es que el susodicho personaje marcará, a fuego lento, la ira en el carácter de un jovenzuelo Magneto, al que influirá decisivamente en sus temperamentales concepciones acerca de la sociedad.

Es la historia más floja (con diferencia) de toda la saga. Diálogos pobres y simples, interpretaciones mediocres (excepción hecha de Michael Fassbender), dirección flojísima (sobre todo en las escenas de acción, de risa son las acciones voladoras del final), contexto horroroso (una Guerra fría de andar por casa) y un toque teen de efervescencia hormonal (bastante niñato y niñata jugando a ser monos o guais, por no hablar del cameo entre la Mística adolescente con el madurito Magneto) que no viene a cuento con la línea de lo que era X-Men. A todo ello, súmenle un más de lo mismo desde que  Bryan Singer abandonó la saga: acción por encima de la historia, o lo que es lo mismo: profundidad supeditada al efectismo.

6.5/10

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