‘Alice in Wonderland’. Fascinante aventura onírica.

Era vox populi que al friki gótico de Burton lo echaron a patadas de la Disney ya hace un tiempo. No acababa de entrar dentro del esquema de los jefazos de la productora. Sin embargo, aquel chaval con un talento descomunal acabó abriéndose un camino dentro del mundo del cine, y qué camino! Suyas son algunas obras que están entre mis favoritas (véase Eduardo Manostijeras). Su universo es suyo, es decir, tiene algo de propio, de peculiar. En pocas palabras, es un genio. Hasta tal punto lo será, que hoy vuelve por la puerta grande (y al parecer con sus condiciones, puesto que esta Alicia no es, en ciertos puntos, la típica Disney) a aquella productora que, en su día, lo puso de patitas en la calle.

Tim Burton nos deleita a través de su recreación de ese fascinante País de las maravillas. Un submundo totalmente onírico, en el que Alicia soñará con un imposible, con ser una salvadora, con acabar cortando la cabeza del Galimatazo empuñando una espada muy especial, trayendo el día Gloricioso con ello y permitiendo a todos sus amigos vivir en paz, armonía y amor, liberados de la malvada Reina Roja. De todo ello, de todo ese derroche visual con el que Burton ha acompañado a esta historia, queda uno prendado desde el primer plano. Visualmente es muy poderosa, te sumerges en la magia del sueño al mismo tiempo que Alicia, porque aunque la historia no está mal, es el envoltorio con el que se nos presenta ésta, con el peculiar toque burtoniano, lo que acaba deslumbrando y encadilando a uno.

Como complemento de todo, y dentro de la temática Disney, Tim Burton (o la guionista del film, o los jefazos de la productora) incluyen el mensaje propio de estas cintas. Un mensaje que, en esta ocasión, glorifica la majadería, pero la sana. Ésa que se plasma en el “seamos realistas, pidamos lo imposible”. Y lo hace, sin embargo, a través de un ingrato alegato en pro de la colonización, eufemísticamente llamada, desde Occidente, apertura del comercio. Salvando este desvergonzado final, seamos realistas y quedémonos con el mundo onírico, el de verdad, el del sombrerero y la Reina Roja, el que atormentaba los sueños de Alicia.

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