‘Mad Max 2: The road warrior’. Emblemática.

168hKewCAqiz5ZFUvLUXbCEtoGEl distópico mundo ingeniado por George Miller en Mad Max (1979) emergía ahora con mayor fuerza en esta secuela en la que el petróleo, uno de los pilares de la economía del sistema-mundo, era un bien tan preciado como para que a los humanos no les importase arrebatar las vidas de sus prójimos a cambio de unos cuantos litros de gasolina.

“El hombre es un lobo para el hombre”, decía Thomas Hobbes. Así se nos muestra en este lúgubre paisaje en el que la ley se ha esfumado. Tribus nómadas, unas más violentas que otras, organizadas con el único fin de sobrevivir en este infierno terrenal. Y, por supuesto, Max, el guerrero de la carretera, aquel tipo al que el salvajismo le había arrebatado todo cuanto quería. Un solitario e introvertido Mel Gibson será el encargado, nuevamente, de darle vida en una de las interpretaciones más carismáticas de su carrera.

Una de las mejores películas que se ha hecho nunca en el mundo de la ciencia-ficción, y una de las obras cumbres del cine de los ochenta. El terror servido en forma de western, un futurista y apocalíptico western que termina por convertirse en un fascinante y cautivador espectáculo. Obra maestra. 

9/10

‘Hollow man’. Violencia, morbo y futuro: ¿El último recital de Verhoeven?

Hace ya 12 años que se estrenó en las grandes salas de cine la última película manufacturada por el holandés Paul Verhoeven en tierras estadounidenses. Hablamos de ‘El hombre sin sombra’ (2000), una interesante película cimentada en torno a unos colosales efectos especiales, una historia extrañamente adictiva y un reparto de alto nivel, destacando en él gente como Kevin Bacon, Elisabeth Sue o Josh Brolin. 

La película tiene tres grandes partes, claramente diferenciadas. Una, la primera, se encarga de introducirnos en la novedosa investigación científica. Entretiene más que otra cosa. Luego, Paul Verhoeven entra en su terreno favorito, el del morbo y el erotismo, del cual ya había dado pinceladas desde el primer minuto. ¿Qué hacer siendo un tipo invisible? ¿Ser el agente de la ley más infiltrado de la historia? ¿Facilitar la labor a Julian Assange colándote en las reuniones de la Casa Blanca? ¿Hacer de Robin Hood robando a los ricos para dárselo a los pobres? Por favor, menudeces. Lo mejor es aprovechar tus nuevas cualidades para hacer el golfo (o el sádico) por la ciudad. Sí, y Kevin Bacon lo disfruta. Está en su salsa. Para terminar, en el tercer bloque, la película entra en su resolución. Es la parte de mayor chabacanería y peor gestionada del film. Pretende camelarse al público con el factor “terror”, pero todo suena a rutinario, bobo y mediocre.

Irregular producto al que nadie podrá achacarle su poder de entretenimiento. A ratos, consigue mostrar el talento del mejor Verhoeven (lo cual no es poco), combinando la tensión sexual, en la que se mueve como pez en el agua, con el futurismo que tanto le gusta. Además, la película posee una factura técnica envidiable, destacando unos efectos especiales de altísimo nivel. En fin, injustamente denostada, puede que por su chirriante tramo final. Aconsejable.

7/10 

‘Soldado universal’. Espectacular, idolatrada, desilusionante.

Vamos a ver. Estamos en el año 1992, se estrena ‘Soldado universal’. Un nano como yo, por aquel entonces, quedaba boquiabierto ante la trepidante e impactante historia en clave futurista que nos narraba el bueno de Roland Emmerich. Habían soldados mecanizados bien vestidos con la indumentaria militar, con sus armas chulas y sus movidas futuristas por todo el cuerpo. Además, estaba un tal Jean-Claude Van Damme como “tío” bueno de la peli. Y de malo el también malo de Rocky IV, Dolph Lundgren. Y qué patadas daban! Y vaya músculos! Y qué tiros, qué explosiones! Qué trailer más guapo! Qué hostias soltaban! Y… pasaron los años. Llegó el siglo XXI. Uno creció y no se sabe muy bien por qué, decidió revisar aquella cinta que tanto le molaba de nano. Craso error, ya nada era lo mismo. Los bostezos salían a borbotones mientras presenciaba ese chute rebosante de hormonas a mil por hora y “ciclos” intravenosos. Mi rostro se convertía todo él en una mueca contemplando el recital interpretativo (nótese la ironía) del tal Lundgren y su compañero de juergas Jean-Claude Van Damme. Me asaltaba la risa observando lo profundo que resultaba el guión. En fin, qué chula estaba ‘Soldado universal’ cuando la ví de chaval. Me quedo mejor con aquella imagen de ella.

‘La isla’. Filósofo Bay.

Michael Bay. Él es el tipo que anda detrás de esta megamacroproducción hollywoodense. Ésas que tanto le gustan realizar al cineasta (aficionado a inflar los bolsillos de los productores y, ya de paso, los suyos). Debo reconocer que en su trabajo es muy bueno. Es decir, los peñazos que tiene como filmografía sabe envolverlos muy bien para que el gran público acuda en masa a ver sus cintas. Algo tendrá si consigue estar dentro de la realeza del planeta Hollywood, príncipe él dentro del cine puramente comercial.

El caso es que ‘La isla’ hay que cogerla con muchas reservas. Hay que cogerla como una película manufacturada por el susodicho cineasta. Por tanto, y dentro de esa estricta premisa, se la debe valorar como tal. Y como tal, el veredicto es el del puro entretenimiento. Un entretenimiento que, al menos, no ofende ni a los ojos ni al coco de los espectadores (como sí ofendían algunas de sus obras, p.ej. la infame Pearl Harbor). Es obvio que con esta cinta ha querido jugar a filósofo. Ha acudido a clásicos futuristas como ‘Blade runner’, ‘Matrix’ o ‘Gattaca’ para tratar de buscar la reflexión en el espectador, sacudir su conciencia. Pero eso en su cine es imposible. Se le fue la mano otra vez. Que si explosiones. Que si tiros. Que si persecuciones trepidantes. Que si Scarlett Johansson con la misma cara de rubia tonta durante todo el fim (que desaprovechada está). Que si un guión que va de más a muchísimo menos. Que si un papel vergonzoso e incoherente para Djimon Hounsou. Que si happy end. Que sí, que es una castaña de película. Al menos, entretiene.