‘Nadie conoce a nadie’. Sevilla, Noriega y los frikis.

Sevilla. Estamos en Semana Santa. Un tío ha aparecido con una cruz latina clavada en el corazón en medio de la Maestranza. Mientras, Simón y el Sapo siguen con su mediocre vida. Uno haciendo crucigramas e intentando sacar adelante una relación amorosa sin futuro con Paz Vega. El otro trabaja como profesor de inglés e intenta refugiarse de la hipócrita festividad hispalense. Todo ese mundo se vendrá abajo cuando Simón reciba una llamada telefónica muy inquietante, refugiándose en los brazos de Natalia Verbeke.

‘Nadie conoce a nadie’ es una intriga bien elaborada que se sirve de la geografía sevillana, de sus Iglesias, de sus procesiones y cofradías, de las Vírgenes, de la festividad en sí (todo con un punto irónico hacia lo católico), para levantar una trama de asesinatos que servirán de hilo conductor para que Simón descubra el porqué de ellos, al tiempo que enganchará al espectador esperando el esclarecimiento.

Cinta meritoria, a la que, sin embargo, se le puede achacar la decepcionante resolución del misterio, mezcla, éste, de original y cutre. Es correcta en todo, pero me esperaba algo más (igual no tan rebuscado) de un tío de contrastada reputación en este oficio como Mateo Gil. Parece que sin Amenábar se le nublan las ideas (o escoge malamente las novelas). No es ninguna gran película, pero como entretenimiento no decepciona a nadie. Digna.

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