‘Avatar’. Mediocridad disfrazada de perfección.

Jake Sully es un marine retirado postrado en silla de ruedas que decide tomar el lugar de su hermano fallecido y enrolarse como científico a Pandora, uno de los nuevos planetas descubiertos por la especie humana en un futuro que se sitúa en torno al 2150.

Pandora dicen que es salvaje, un lugar situado más abajo del infierno. Sin embargo, cuando Jake se meta en la piel de su avatar descubrirá que la imagen transmitida no es la real. Descubrirá el poder de la selva, el valor de la amistad y la solidaridad en la tribu de los Na’vi, los lazos con la naturaleza, su cultura y, sobre todo, el amor en la figura de Neytiri.

La vida con los Na’vi, rodeados de naturaleza, y con todo lo descrito arriba, es el punto fuerte del film. Sin embargo, al final todo se resuelve de una manera chabacanera, con aborígenes pacífistas y naturalistas apoyados en ecologistas humanos que buscan defender lo suyo frente a militares rudos y mercenarios apoyados por el capital del planeta Tierra que busca lucrarse gracias a los minerales existentes en territorio Na’vi.

Hay en ‘Avatar’ una estética perfecta con una grandeza visual enorme, fantasiosa, espectacular. Detrás de ello se esconde una historia mediocre que flojea en el discurso “aborígenes muy buenos” contra “humanos muy malos”, pero que levanta el vuelo de manera notable cuando la acción se sitúa en plena selva, alejados de armas y fuego cruzado y viviendo el proceso de aprendizaje de Jake con la tribu, con su amada Neytiri.  

 

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