‘Karigurashi no Arrietty’. Bondadosa, melancólica y emotiva.

Hiroyamasha Yonabayashi se iniciaba en el mundo del largometraje de animación infantil con el apadrinamiento de uno de los míticos del género: Hayao Miyazaki, en labores de guión aquí. La historia, eso sí, parte del material literario de Mary Norton.

El personaje de Arrietty, una jovencita tan diminuta como intrépida, será el centro gravitatorio de la historia. Élla, convive con sus padres, a escondidas bajo el suelo de una casa en la que son felices, pero precavidos. Precavidos de no ser vistos por ningun ser humano. Temerosos por su posesiva conducta, los evitan. Todo cambiará, para los diminutos, cuando la muchacha sea sorprendida por Shô, un niño recluido en la casa por motivos de salud.

Bondadosa y amable cinta la aquí brindada por el mítico Studio Ghibli. Las preciosistas imágenes se sirven de una técnica artística muy depurada y de indudable calidad, que unidas a una emotiva BSO, nos acaban por brindar, en bandeja de plata, una historia tan triste y melancólica como cálida y vitalista, dentro de la cuál se esconde una sabia lección para los más pequeños: observar al desconocido, y comprenderlo.

7.5/10 

‘La cara oculta’. Tan inquietante como asfixiante.

Adrián es un brillante director de orquesta. Belén es una joven enamorada dispuesta a todo por él. Fabiana, en cambio, es una camarera que todavía busca a su príncipe azul. Tres peónes con los que jugar. Y un As guardado bajo la manga.

Planteamiento nada formal el ofrecido aquí por Andrés Baiz, quien juega con el tiempo, brindando un salteado que confunde, pero que no desorienta, enseñándonos, poco a poco, el póker de ases que guardaba tan sutilmente. Ahí debe estar la gracia del film, pues aunque ‘La cara oculta’ no sea una obra de ingeniería refinada, tampoco cae en el remendo facilón, dado que el guión se apresura en atar todos los cabos sueltos, quedando todo bien compacto, ordenado y en su sitio.

Baiz nos ha regalado aquí una de las historias de amor más tortuosas, hirientes y asfixiantes de la historia del cine. Ha sabido mover las piezas de las que disponía de un modo tan preciso y sutil, como impactante. La correcta factura técnica acaba por engalanar a un thriller del todo inquietante, con un punch descomunal que te dejará, después del golpe de asfixia sufrido, con pocas ganas de planear un ataque de celos contra tu pareja. A destacar una Clara Lago brillante.

7.5/10

‘No habrá paz para los malvados’. Sabor amargo.

El prólogo brindado por Enrique Urbizu es de una calidad asombrosa. Uno se frota las manos con lo que le puede acontecer a ese personaje tan castigado, decrépito y errante como es Santos Trinidad, a quien da vida un excepcional José Coronado (va para Goya).

Sin embargo, el film va perdiendo fuelle conforme vuelan los minutos. El cineasta vuelve a sumergir su cámara en los bajos fondos madrileños, en un terreno que él conoce a la perfección. Las dos investigaciones, tanto la oficial como la de Santos, por desgracia, no terminan de cautivarnos. Nos emborrachamos con tanto colombiano narcotraficante, y tanto tunecino yihadista. A Urbizu se le va la mano, en esta ocasión, subiéndose al carro (aunque no lo parecía inicialmente) del terrorismo islamista. No consigue combinar los elementos de un modo preciso, esquivando, por tanto, la manufactura de un thriller de textura lograda.

De hecho, la película nada en la mediocridad. Quién salva del (casi) seguro ahogo al cineasta no es otro que José Coronado. O Santos Trinidad. Un tipo con un poder de hipnosis especial cada vez que sale en pantalla, invitándonos con su magnífica interpretación a no decaer en su moribunda investigación. Con todo, irregular cinta que me deja un regusto amargo, quizás porque la esperaba con excesiva devoción.

6.5/10 

‘The final destination (Final destination 4)’. Hasta que la muerte te encuentre.

Dentro de lo redundante que pueda parecer la industria cultural estadounidense, embotellando productos en serie, sin ningún tipo de originalidad, para las masas, creo que la franquicia ‘Final destination’ es una de las que más puja por llevarse la palma del entretenimiento mediocre, hueco y desvergonzado.

Hay poco que comentar de la cinta. En el fondo, reconozco la contradicción: si le das al “play”, por mucha repulsa que irradie la historia y todo lo que hay detrás de ella, es porque, en el fondo, entretiene. No obstante, aquí encontramos, si cabe aún, un punto de calidad menor que en las anteriores cintas de la saga.

James Wong, Devon Sawa, Ali Larter. Son nombres que te traen al recuerdo, a la nostalgia, el año 2000 y el pelotazo que supuso en taquilla la mítica ‘Destino Final’. Poco, o nada, queda de aquéllo. Un menos de lo mismo en mayúsculas. En fin, que entetiene por los pelos.

3.5/10 

‘The tree of life’. Malick y su vida.

Un melancólico, nostálgico y pesaroso Sean Penn, es el pretexto fundamental para que Malick se lance a mostrarnos su impetuosa, hermosa y lograda catarsis, no sólo visual, sino también espiritual que supone este tree of life. La vida que conocemos, desde el origen más remoto del universo hasta la época de los dinosaurios, pasando incluso por el big bang, es el tema sobre el que se pone a pensar un oficinista deprimido, autómata y desolado que se mueve entre grandes rascacielos, ascensores, trajes y corbatas en una ciudad estadounidense cualquiera en pleno siglo XXI.

La cascada de poderosas imágenes, tan cósmicas como espirituales, tan terrenales como naturales, marcan la pauta del film. Desde volcanes en erupción hasta campos de girasoles. Siempre con esa llama abstracta, espiritual, que parece resumir la reflexión acerca de nuestro existir. El cineasta se detiene, con todo, en un punto en concreto de esta interminable vida: aquella desdichada infancia que uno no sabe si recordar con alegría o tristeza, con añoranza o pesar. Un traumático suceso familiar, nos pondrá en sobreaviso. Luego vendrá el amor, el embarazo y el nacimiento. Ya estarán los niños y los padres. La familia de Malick. Años 50, ciudad de Wako, Texas. La religión como referente. La autoritaria figura del padre, preocupado por hacer de sus hijos hombres fuertes y duros. O la cálida estampa maternal, tierna y sedosa. Todo irrumpirá en la cocotera de ese malherido, espiritualmente hablando, penitente. Él sólo piensa en encontrarse con los suyos, en el paraíso celestial, universal o lo que quiera que ello sea.

En fin, el cine de Malick no lo vamos a descubrir ahora. La simbología crónica, la impregnada metáfora, el detallismo preciosista y, sobre todo, el poderoso y fascinante universo visual en el que se mueve el atípico cineasta al que todos recordarán como un poeta que no escribía versos, sino que filmaba imágenes. 

9.5/10 

‘The perfect host’. Un juego arriesgado y fallido.

Imagínate que acabas de atracar un banco. La policía conoce tu cara, te busca y, lo peor de todo, sabe, aproximadamente, dónde encontrarte. ¿Qué hacer? Malherido, desesperado y sin pocas opciones entre las que elegir, la salida parece sólo una: esconderte entre los urbanitas que habitan el residencial barrio en el que agonizas durante tu fuga.

Nick Tomnay debutaba en el mundo del largo de la mano de un anfitrión muy peculiar, el tal Warwick. Para quién haya visto la violenta y exasperante ‘Funny games’ (1997), de Michael Haneke, encontrará que ‘The perfect host’ le resulta familiar, aún con un planteamiento del todo opuesto. La fórmula, de todos modos, acaba fatigándonos la vista. El cineasta no consigue trasmitir el punto aflictivo, en toda su dimensión, por el que está pasando su protagonista. Además, su originalidad se requebraja a partir del momento en que Tomnay decide sacar la acción del claustrófobico y delirante universo en el que ha metido al pobre desgraciado para introducirse ya en una senda más estándar como es la del botín, la trampa y el policía ¿alocado?.

Todo termina en caída libre. Lo que parecía una cosa, resultó ser otra. El condimento del amor fallido, sumado al de policía con doble personalidad, acaba por estropear la transgresora y arriesgada propuesta inicial. Con todo, no molesta perder noventa minutos de tu vida viendo ‘The perfect host’.

6.5/10

‘La piel que habito’. Almodóvar en estado puro.

Por una extraña causa que todavía no llego a entender, el cine del vilipendiado Pedro Almodóvar me resulta grato de ver. Tiene un halo envolviéndolo (no en todas sus obras) que me mantiene hipnotizado de frente a la pantalla, cautivado. ‘La piel que habito’, no ha sido una excepción.

Estrambótica como pocas, nuestros ojos requieren de un mínimo lapso de tiempo para adaptarse a lo que están viendo. A uno le cuesta aferrarse a la idea gravitatoria del film. Notas cierta sobreactuación en el reparto, además de unos hiperbolizados diálogos y desmadradas escenas. Es un pequeño lastre inicial que, no obstante, conforme avanza la acción, a uno no le cuesta nada soltar. Un guión indescriptible, o más bien almodovariano (se ha ganado a pulso esta estiqueta), en el que lo desternillante jalea al drama, y éste al terror de lo presenciado, provocando, al tiempo, sensaciones tan dispares como son la repulsión y la atracción.

Moderno, soez, nostálgico, trangresor, pero siempre brillante. Así es el pretencioso y barroco cine de Almodóvar, cuidando hasta el más ínfimo detalle. Su narrativa se sirve del salteado, temporalmente hablando, guión para mantenernos a la espera de ver cómo se resuelve tan horripilante, escabroso y terrorífico drama. La forzada lección de anatomía termina de un modo tan caricaturesco, tan paródico, tan rebuscado, tan de ciencia-ficción (y eso que no hay extraterrestres) que uno no sabe si echarse a reír, o llorar. Cuando finaliza el recital, no hay más opción que aplaudir o vomitar. Sin duda, ‘La piel que habito’ es Almodóvar en estado puro.

7.5/10

‘A perfect getaway’. Luna de miel en Hawai.

Una pareja de tortolitos amanece en Hawai. Una luna de miel de ensueño. ¿Problema? A otra pareja, esta más extraña, le ha dado por aterrar al personal con una liquidación de turistas románticos. Diversión y pánico, todo juntito y revuelto.

David Twohy, un cineasta tan irregular como notable, se sacaba de la manga un entretenido thriller, con tintes de cinta slasher (nunca llega a serlo), en el que el peso principal recaía en Steve Zahn (sí, el plasta de Treme) y, en una muy venida a menos, Milla Jovovich (le queda, para fortuna de su cuenta bancaria, la franquicia Resident evil). A éllos, se les unían cuatro jóvenes más que completaban el cocktail de misterio, terror e inquietud servido aquí mediante una intachable factura técnica.

La historia no daba para mucho más. Esto es, se ha explotado al máximo. Todo es rutinario, genérico y blandito durante la primera parte del film. Sin embargo, a partir del giro explosivo en el guión, y  con el facilón trasfondo de paraíso aislado, todo cambia para mejor, tornándose así una narrativa del todo frenética y gozosa. Recomendada para tiempos muertos.

6/10

‘Un cuento chino’. Darín de cómico.

Sebastián Borenzstein nos ameniza la velada gracias al personaje de Roberto, un tipo que todavía no parece haberle cogido el gusto a esa cosa llamada vida. Solitario por convicción, sus días pasan metódicamente entre la ferretería de la que él se ocupa (depara grandes escenas) y su peculiar hobbie: coleccionar recortes de sucesos impactantes (también da juego esto). Todo cambiará cuando, de pronto, aparezca en su vida un chino que no sabe ni papa de castellano.

Graciosa película en la que Darín tiene la oportunidad de divertirse, divirtiéndonos, ya de paso, a nosotros. Por cierto, esto último lo hace genial. Destacar que el televisivo y rocambolesco guión, cuyo estandarte es aquello de “un argentino y un chino unidos por una vaca que cayó del cielo”, no permite muchas florituras (chirría un tanto el aspecto de la guerra de las Malvinas), sin embago, cumple con su cometido principal: entretener al personal, permitiéndose el lujo, incluso, de hacernos soltar más de una carcajada.

6/10  

‘White material’. Lenta, aséptica y aburrida.

Cuando me acerqué al cine con la ilusión de ver ‘White material’, la verdad, me esperaba otra cosa distinta a lo presenciado. El tema de África da mucho juego para hacer un cine reivindicativo que denuncie y saque a la luz las vergüenzas de Occidente. Es el caso de las maravillosas, y recientes, ‘Hotel Rwanda’ (2004), ‘The constant gardener’ (2005), ‘Shooting dogs’ (2005), ‘Tsotsi’ (2005), ‘The last king of Scotland’ (2006) o ‘The blood diamond’ (2006), entre otras. Todas ellas, de un modo u otro, han puesto el dedo en llaga y han apretado con fuerza para hacer daño a las conciencias del público occidental.

Eso era lo que yo aquí esperaba. Sin embargo, nada de eso ocurre. El tema de la guerra civil únicamente sirve para contextualizar la historia, pues ni siquiera sabemos, con certeza, de qué país se trata (intuímos, debido al personaje principal, que es uno colonializado por los franceses). No hay denuncia por ningún lado (de refilón, quizás, se trata el tema de los niños soldado). Aquí, Claire Denis, autora del film, sólo ha buscado colarnos un plomazo de historia acerca de una mujer, del todo ridícula y absurda, que luchó hasta la desesperación para que su rutina en tierras africanas (básicamente, producir café) no fuese alterada por un conflicto político interno que venía desbocado.

Desgraciadamente, como ya se ha dicho, la denuncia social está excesivamente difuminada. A ello se le suma que el drama narrado en ningún momento cala hondo en nuestras pupilas. Me aburre la historia de esa mujer, por no hablar del desquiciado de su hijo. Además de tener un enfoque del tema errático, todo es tratado de un modo demasiado aséptico. En fin, fallida historia. Daba para mucho más.

4/10