‘A clockwork orange’. Excéntrica, genial, distópica.

Stanley Kubrick conseguía meter una nueva pieza clave en la historia del cine, se trataba de ‘La naranja mecánica’. Presentada con una factura moderna y ciertamente psicodélica, entroncaba su argumento en torno a las aventuras nocturnas de Alex y sus “drugos”, una tribu urbana peculiar a la que le gusta disfrutar de una ración doble de ultraviolencia, violaciones y agitada verborrea.

Es la hipérbole con la que trabaja Kubrick, ensimismándose en un mundo del todo pesimista y desasosegante, contextualizando, en clave distópica, a una juventud británica que parece haber alcanzado el culmen de la degradación, perdiéndose entre el fasto, el lujo y el bienestar de un sistema, el capitalista, que parece haber dado con la tecla adecuada del beneficio, pero sin tener en cuenta las nefastas consecuencias sociales para sus ciudadanos. De cualquier manera, Kubrick tampoco parece alcanzar excesiva coherencia en esta línea argumental, pues los jóvenes urbanitas representados no son inmorales ricachones perdidos en el fasto (al estilo ‘American psycho’), sino más bien los descarriados de una clase trabajadora (a juego con la ambientación que le da el cineasta) que viven entre pobreza, delincuencia y marginalidad.

Presentada la escoria del sistema, la marginalidad y violencia exagerada, Kubrick da un paso más para criticar al sistema penal británico, ahondando aquí en un distopía acerca del Estado Totalitario en el que la sociedad no es más que un cuerpo activo al servicio del poder último, dejando sin posibilidad de opción, de alternativa o de pensamiento, a sus súbditos. Es Alex, la nueva víctima del sistema. Un malévolo delincuente convertido a bonachón autómata.

Ya estamos en el tercer escalón: la reinserción social del amorfo. Sin mucha coherencia, el aspecto totalitario es descuidado para de nuevo sumergirse en la periferia degradada y violenta. ¿Cómo adecuar su conducta frente a los demás hijos del pecado? No hay perdón, ni olvido. Sólo rencor y más violencia (genial guiño el del delincuente juvenil reconvertido a agente de la ley, ¿quién no ha conocido un caso así en su localidad?).

Al final, Kubrick decide dar pie al colofón de esta extensa obra: la crítica al mercadeo político, al juego electoral y el mundo de las apariencias de los hombres trajeados. Alex pasó de delincuente a víctima a través de una serie de calamidades. Víctima con honores públicos, a la que todos se arriman para hacerse la foto y ganar un par de puntos en las encuestas de orientación del voto. Pero, ¿qué hay detrás de todo esto? El cineasta no se aleja del mundo desasosegante y distópico formulado por el Estado liberal/capitalista británico, pues deja como imagen final a un Alex de nuevo natural, con la mirada criminal e intenciones diabólicas, volviendo así al punto de partida (cayendo en la espiral cíclica de la que no hay salida).

Con todo, ‘A clockwork orange’ ha pasado, como decíamos, a la historia del cine. Más, diría yo, por la carta de presentación exhibida que por la trama argumental en sí misma. Película transgresora, con halo moderno, de violencia explícita pero acompasada por música clásica del maestro Beethoven. Un popurrí experimental, fácil de vender por el marketing, al que el público aplaudió y alabó. Una factura técnica de diez daba pie a una pose de película moderna pero también maldita, ocultando tras esta máscara (¿alguien diferente a Kubrick poseería la genialidad y excentricidad para hacer algo así de bien?) una historia que por querer abarcar en demasía se ancla entre el fango y el lodo que nos quiere explicitar con todos los honores cinematográficos.

8.5/10

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