‘Adventureland’. Retrato generacional.

Cuando a James, recién graduado en el Insituto, con novia, aunque virgen, con un verano por delante en el que recorrer Europa, y una próxima carrera de Periodismo en Columbia, le digan sus padres que debe cambiar sus prometedores planes  y darse de frente con la realidad, olvidarse del viaje, olvidarse de su novia que le dejó y ponerse a currar en un parque de atracciones tan cochambroso como ruinoso, comenzará a sumergirse, para su desgracia, en la espiral de la derrota.

Entre atracciones, niños farragosos y adultos capullos, conocerá a un sinfín de personajes, de emergentes derrotados como él, entre los que aparecerá el amor de su vida, Em.

‘Adventureland’ habla del incipiente amor entre un chaval, James, que desea abalanzarse sobre los brazos de una chica, Em, a la que la vida había desorientado pero que, al fin, le ha puesto en su camino. Son historias comunes las de todos los chavales. Aventuras, como las de Em con Connell, noches de fiesta de verano en la piscina, inquietudes culturales y sexuales, que resolver con Joel o LisaP, borracheras y trastadas, todo con lo que finiquitar el paso por la adolescencia y encaminarse hacia la adultez, donde esperan otro tipo de menesteres, ya no encaminados a encontrar el camino, sino más bien a sobrevivir en él. Pero eso corresponde a otras películas. Ésta nos ha retratado la primera parte, y lo ha hecho a lo grande. Peliculón.

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‘500 days of Summer’. Poca cosa.

Tom es chico pero hace de chica. Summer es chica y aquí hace de chico. Él espera que llegue el amor de su vida. Ella, simplemente, disfruta el momento sin pensar en el futuro. A él le gusta la arquitectura pero trabaja dibujando postales. A ella el beatle que más le gusta es Ringo.

Con esas se conocen un día en el trabajo, entablando una amistad que acabará con cama de por medio. Tom cree que Summer es la chica de sus sueños, el amor de su vida. Ella, en cambio, no se atreve a dar el paso de etiquetar su affaire. Y así pasan 500 días, de arriba abajo y de abajo arriba, hasta que Tom finalmente se da cuenta de que el amor no es como la arquitectura, no es algo que se puede construir de una manera estructurada y lógica. El edificio central que pintaba en sus cuadernos desde que conoció a Summer acabó por desmoronarse. Summer, la que no quería ningún tipo de atadura, se casó con el primero que pasó después de Tom. El amor es así, simplemente surge. No hay ni príncipes ni princesas azules.

Película que retrata el desamor, el amor no correspondido, pero que a pesar de ese punto de vista tan derrotista, acaba con un mensaje feliz, alegre y optimista. El amor llega cuando menos te lo esperas. Típica.

‘Si la cosa funciona’. La vida según un sexagenario hipocondríaco.

En su retorno a Nueva York, después de cinco años alejados de los “mamones de Hollywood” como él mismo dice, Woody Allen, en plan estajanovista, malacostumbrándonos a película por año, se saca de debajo de la manga a Boris Yellnikoff, un físico de mecánica cuántica, profesor en Columbia, cuasi aspirante al premio Nobel, casado y acomodado en la clase media-alta neoyorquina, que decide hacer borrón sin más y tirarse por la ventana. La cosa no irá demasiado bien, atendiendo al fin que buscaba, claro está. Caerá sobre un toldo, por lo que evitará la muerte y ganará un divorcio y una cojera de por vida.

En su nueva vida, trasladándose a un cochambroso piso, conocerá por casualidad a una inocente chica del sur que ha huído de su familia tradicional y conservadora para hacer una nueva vida en Nueva York. Qué vida le espera. Un lío sentimental junto al hipocondríaco de Boris, un tipo que es un manual en vida que trata de qué mal está el mundo, qué jodida está nuestra civilización y demás teorías acerca del amor, la esclavitud, África, las enfermedades, etcétera.

En medio de tal absurdez, físico inteligente de 60 años liado con niña necia de unos 18, la bola de nieve se hace más grande cuando les da por aparecer a los padres de la criatura. Dos beatos reconvertidos del día a la mañana en gay y puta. Una puta que apartará  a Boris de Melodie, quien acabará liada con un guaperas de tres al cuarto que se atribuye como mayor virtud el ser “muy romántico“. Ante tal comprobación empírica de su teoría acerca del amor, Boris decide lanzarse por segundo intento por la ventana. Tampoco resultará. Esta vez caerá sobre una mujer a la que destrozará en dos, pero que acabará saliendo con vida y liándose con él.

En fin, todo un cúmulo de líos sentimentales y familiares, propios del genio de la comedia Woody Allen, que una vez más nos regala un guión desternillante que da como resultado unas cuantas carcajadas y multitud de situaciones cómicas. Con un claro mensaje desde el lado del perdedor: la vida está tan jodida, que si la cosa funciona, por breve y accidental que sea, aprovéchala. A pesar de todo, “Whatever works” no perdura, no cala hondo. Buena, sin más.

‘The wire’. La escucha dio resultados.

El detective con el ego más grande del planeta, McNulty, sale escocido de un juicio. Tan escocido que acaba por chivarle al juez de turno cómo está el mercado de la droga en el este de Baltimore. El juez, anodadado, monta un berenjenal de miedo a los respectivos comandantes de la policía. El problema todos sabían que estaba latente, ahora ya se ha manifestado.

Narcóticos y homicidios se ven envueltos de lleno en la encrucijada personal del detective McNulty contra Avon Barksdale, el mafioso de la barriada. A partir de ahí, el día a día de la investigación policial. El sufrimiento que se lleva. La lucha. Los pisotones entre ellos. Las zancadillas. Ah! Y la lucha contra el narcotráfico. Comienzas pillando a un par de trapicheras, luego caes con un soldado. Tiras un poco más y te sale un hombre cercano al jefe. Una camarera. Un camello. Un matón con sed de venganza. Y así hasta llegar a los mismísimos políticos y jueces. Esto es The Wire. Un retrato cargado de realismo sobre el mercadeo de la droga, sobre las consecuencias de estirar la cuerda, sobre títeres y marionetas. Es decir, sobre mamones corruptos y desgraciados. Esto es Baltimore, pero no cuesta mucho imaginarse la misma situación no muy lejos de aquí. A ver hasta donde llega McNulty.

‘Perdidos’. El destino que inquieta.

Un matrimonio coreano con un pasado familiar lleno de tradición y violencia (Jin y Sun). Un cirujano en búsqueda de un sentido para su vida (Jack). Una mujer fugitiva (Kate). Un tipo que respira con el único fin de asesinar al tipo que mató a sus padres (Sawyer). Un cantante drogadicto (Charlie). Un obeso gafado (Hurley). Una pija sin escrúpulos (Shannon). Un mimado enamorado de ella (Boone). Un guardia republicano del ejército iraquí (Sayid). Un hombre que no sabía nada de su hijo en años (Michael), el cual parece tener poderes sobrenaturales (Walt). Una embarazada que estaba dispuesta a dar a su bebé en adopción (Claire). Y un paralítico que ha vuelto a andar (Locke).

Todos ellos, por cosas del destino, acaban aislados en una isla perdida en mitad del pacífico al haberse estrellado el avión en el que viajaban de Sydney a Los Angeles. Una isla perdida en mitad de la nada. Y tiempo, mucho tiempo para pensar en el por qué les ha tocado a ellos (¿un castigo del destino?), tratar de encontrar una conexión entre todos los supervivientes, ahondar en sus pasados cargados de errores y dolor, saber qué hacían en Sydney, al tiempo que deberán organizarse para sobrevivir en su nuevo mundo: la isla.

Una isla que ya desde los primeros episodios nos mostrará que no es una isla cualquiera. Algo esconde, hay algo tenebroso e inquietante en ella. Asesinatos, osos polares, mecanismos de seguridad, señales de socorro, secuestros de niños, susurros. Y ahora, se ha abierto una escotilla que puede conducir a un mundo demasiado oscuro, y la ha abierto un personaje envuelto de suspense y dudas: John Locke. No se cómo se desarrollará la trama, pero la primera temporada es espectacular, rozando la perfección. El preámbulo ideal. Es original, adictiva y, sobre todo, inquietante.

‘Celda 211’. Sobrevivir.

Juan es el perfecto “ciudadano medio”. Tiene novia, es feliz con ella, y ambos esperan un hijo al que dar el mejor de los hogares. Por eso, ha encontrado empleo como funcionario. Malamadre, en cambio, es la compañía ideal para el peor de tus enemigos. Él recuerda la vida en base a sus anécdotas entre juzgados, fugas, asesinatos y prisiones. Ambos se toparán frente a frente en la prisión. Juan, nuevo en el trabajo, quedará encerrado en medio de un motín liderado por Malamadre. Ahora, deberá tratar de fingir que es uno más. Deberá tratar de sobrevivir en medio de tanta escoria.

De sobrevivir. De eso nos habla, a fin de cuentas, Daniel Monzón con este drama carcelario. La supervivencia de un chico que está en un mundo totalmente opuesto al suyo. La supervivencia de Malamadre y su séquito. Porque como a Juán, el espectador los coge con recelo. Con miedo y cautela. Pero a medida que avanza el film, la solidaridad y la camaradería aparece. La bondad y la maldad comienzan a ser muy relativas. Uno se pregunta hasta que punto lo merecen. Uno deja de llamarse Juan y lo cambia por Calzones. Hasta que punto merecen esa vida llena de vejaciones, intimidaciones y maltratos. Esa vida de la que tratan de sobrevivir, de escapar, de ajusticiar a través de motínes, cuando no de tajarse las venas o de traicionar al compañero.

‘Celda 211’ se da un paseo doloroso por los más bajos fondos del sistema. Nos retrata la derrota y el fracaso. Y, principalmente, el olvido que ello conlleva. Porque seamos sinceros, ¿quién movería un dedo por aumentar el bienestar de un asesino? ¿a quién le importa lo que en su mundo, el de las prisiones, ocurra? Monzón remueve conciencias. Y esto no es Guantánamo. Es Zamora, aquí al lado.

8/10

‘Män som hatar kvinnor’. Oscuros secretos familiares.

 Un popular periodista, Mikael Blomkvist, conocido por su manía de meter las narices en los asuntos sucios de los peces gordos, se encuentra, cómo no, a las puertas de la cárcel. En seis meses sus huesos estarán encerrados entre los barrotes.

A la espera de ello, un multimillonario capitalista le ofrecerá un trabajo: averiguar qué fue de su sobrina  Harriet Vanger, una chica desaparecida 16 años atrás. En tan ardua tarea se encontrará con la colaboración de una hacker, Lisbeth Salander. Una muchacha que oculta un pasado tan oscuro como doloroso mientras se refugía en la investigación.

Juntos se meterán de lleno en la familia Vanger, una familia siniestra y con un pasado cargado de nazismo. Se adentrarán en aquel otoño de 1966, buscando el qué y el por qué de todo. No les faltará la compañía de peligrosos riesgos y de sombras acechándoles la espalda durante todo el film.

Stieg Larsson después de destrozar las previsiones de las librerías del mundo con su trilogía ‘Millennium’ (las cuáles no he leído), se subía, postmortem, al carro del cine. Aquí no ha arrasado con tanta contundencia. Sin embargo, en esta primera parte, nos ha dejado una gran cinta de intriga, con su dosis de tensión, con la virtud de mantener despierto al espectador, y con unos momentos ásperos y duros que derivan del tema principal: la violencia brutal de los hombres a las mujeres. Unas mujeres, las que nos ha retratado, castigadas por la vida a base de puñetazos, tajos y violaciones.

2º Visionado (Posible Spoiler)

Matices:

1. Blomkvist es desterrado por la opinión pública.

2. Henrich Vanger decide contratarlo para que averigue en la desaparición de Harriett Vanger, su sobrina y ojito derecho, allá por la década de los 60.

3. Lisbeth Salander, la mujer que escudriñó (a sueldo de Henrich) la vida de Blomkvist con el fin de ver si era de fiar o no, decidirá, por cuenta propia, unirse a la fiesta.

4. Aparece una peculiar relación (de las más curiosas que yo he visto) entre el periodista rojo y la azotada muchacha que parece se extenderá a lo largo de la saga.

5. La mirada de Lisbeth en los momentos finales. Pura demencia, gozo con el fuego y ese olor a carne chamuscada. Impresionante magnetismo para con el espectador, muy buen trabajo de Noomi Rapace.

6. En fin, que después de tanta violación y maltrato por parte de su padre y hermano, Harriett decidió huir de Suecia y refugiarse en Australia con la ayuda de su prima Anita Vanger. Ella sabia de los asesinatos y la demencia de su padre y hermano, de cómo violaban y asesinaban a muchachas judías (y a ella misma). Pone fin a la vida de su padre y huye de la figura de su hermano, un loco total.

Nuestros intrépidos protagonistas darán caza al asesino, y reencontrarán (a modo de happy end) a Henrich con Harriet.

‘Crepúsculo’. Marketing puro y duro.

‘Crepúsculo’, por encima de todo, es aburrida. De hecho, creo que no ocurre nada durante los primeros ochenta minutos en los que Catherine Hardwicke se dedica únicamante a relatarnos el nacimiento y la consagración de un amor lleno de impostura, cursileces y caras bonitas, con alma de videoclip, entre un vampiro bonachón y una jovencita un poco peculiar, que tiene un objetivo muy claro: encandilar a las quinceañeras del mundo mundial para que se dejen sus seis dólares/euros de sus correspondientes bolsillos en una entrada más unos cuantos dólares de más en toda la gama de productos que sigue a la peli.

En los últimos minutos, sabedores de qué la cosa había quedado un tanto hueca, decidieron darle un poco de acción sin sentido, un poco de garra, insuficiente. Los que esperen un film tradicional de vampiros, que se vayan olvidando de ello. Es más, he dicho ¿vampiros? A lo sumo verán a cuatro modelos sacados de la revista de moda del Corte Inglés jugando al béisbol. Ah, se me olvidaba. Aquí los vampiros no se abrasan al ver el sol, si no que les sale purpurina y están hasta más guapos. Mala, mala y mala. Me quedo con True Blood. Exlcusivamente para teens enamorados o con ganas de enamorarse. El resto, abstenerse. 

‘Un lugar donde quedarse’. A vueltas con el hogar.

away-we-go

Una pareja de treintañeros se ve sorprendida por el embarazo en mitad de un cunnilingus. A partir de aquí, los dos protagonistas, deberán decidir qué hacer con sus vidas. Formar el mejor hogar posible. Una familia. Para ello, rebuscarán en su pasado e improvisarán en su futuro a través del presente.

Un presente materializado en un viaje por la geografía estadoudinense, un viaje  en busca de su hogar. Un viaje por Phoenix, Tucson, Madison, Montreal y Miami. Un viaje en el que contemplar diversos tipos de hogar. En Phoenix, una familia destrozada por la depresión crónica del padre, y la desfachatez sonrojante de la madre. En Tucson, una hermana a la que consolar por un pasado muy nostálgico y un presente triste. En Madison, una prima y su novio que viven en continuum con sus hijos, es decir, en plan hippie pedante. En Montreal unos antiguos compañeros de facultad ahogados en la tristeza de no poder tener hijos propios. Y en Miami, un hermano destrozado por el abandono de su esposa y el futuro incierto de la hija de ambos.

De todo ello, los dos protagonistas aprenderán. Comprenderán que lo importante por encima de todo es el amor. Da igual si la ventana de la casa es del mejor material del mundo o de cartón. Un hogar no se cimenta en lo material, sino en lo sentimental. El amor, la añoranza por el pasado y el deseo de un futuro mejor se darán de la mano en esta cinta otoñal que habla acerca de la vida, acerca de la familia, acerca de las parejas. Bonita película de Sam Mendes que, una vez más, vuelve a romper el mito del sueño americano.