‘The full monty’. Una sonrisa en medio del drama.

Peter Cattaneo, juntamente con Simon Beaufoy, sorprendía a propios y extraños allá por el 97 con esta joya cómica que rezumaba ingenio y sarcasmo en grandes dosis para construir una crítica muy peculiar acerca del paro laboral vivido en la década de los 90 en Inglaterra, particularmente en la ciudad de Sheffield, cuna del acero en la época dorada de la industrialización.

Seis parados, todos hombres y antiguos trabajadores del acero, decidirán, con el fin de esquivar el drama social que se les sobreviene (pérdida de tutela sobre hijos, embargos, divorcios y demás), montar un show de striptease (Hot metal) para sacar algunas libras que les salven de los apuros económicos y sociales en los que han quedado anclados.

La comicidad es natural. A uno le parece graciosa la idea, porque lo es. Pero hay maneras y maneras de plasmar tan sencillo despropósito en la pequeña pantalla, y lo cierto es que Cattaneo, en compañía de unas memorables interpretaciones (mención especial para Carlyle y Wilkinson), lo borda, brindándonos más de una, y de dos, escenas imperecederas (la cola de espera en la oficina de empleo como paradigma), así como ciertos tambaleos personales de tinte cómico (por ejemplo, la barriga cervecera de Mark Addy), al perfilar a los distintos personajes, ante tan rocambolesca propuesta.

Con todo, ‘Full Monty’ es una bonita manera de ponerle una sonrisa amable al drama en el que vive la clase obrera británica ante la desorientación provocada por el advenimiento de esa cosa llamada “sociedad postindustrial”. Sutil y sarcástica forma de poner el dedo en la llaga. Un clásico.

8/10

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‘Goodfellas’. Gángsters.

‘Uno de los nuestros’ supone la obra cúlmen de Martin Scorsese dentro de la temática del costumbrismo gangsteril que tanto le gustaba tratar. Aquí, el cineasta disecciona al completo el mundo que envuelve al crimen organizado, y lo hace comenzando desde la niñez, desde los orígenes en el barrio.

A los cinco minutos de comenzar, uno ya ha entrado en el mundo de Scorsese. Ése en el que se relata la fascinación por el hampa, representada por Henry Hill, un muchacho criado en Brooklyn socializado en un contexto bastante directo: el éxito, amigo, viene dado por el crimen organizado. Él no quería ser un mediocre más, uno de esos que se pasa la vida trabajando y trabajando para malvivir. Su ilusión era ser gángster. Y lo consiguió, pasando de ser el chico de los recados de Poli Cicero, el capo local, a un auténtico soldado, ya adulto, puesto al servicio de la familia.

El inicio de ‘Goodfellas’ es demoledor, brava exposición de cómo en la periferia (cargada de inmigrantes), allá por los 70, el sistema democrático (con una oferta de bienestar de corte liberal) era derrotado por un sistema alternativo, el de la mafia, en el que la protección (previo pago obligatorio) la daba el capo (untando a policías y jueces) y el negocio venía dado por la extorsión y el robo a gran escala, principalmente. Nunca daban duro por peseta (genial la historieta del dueño del restaurante desplumado). Ése era el negocio. Y bien que lo sabían Henry Hill (un correcto Ray Liotta), Jimmy Conway (simplemente, Robert De Niro) y Tommy DeVito (magno Joes Pesci).

Eran los buenos chicos, aquellos que sabían cómo estaba montado el tinglado y qué reglas de juego existían, lucrándose y levantado su personal imperio gangsteril, rodeados de dinero sucio, buenos coches, pulcros trajes, vicios por doquier y chicas fáciles a su servicio. Pero también, casi siempre, de una formal y modosa esposa. Aquí ese papel lo ejerce Karen, una fabulosa Lorraine Bracco. A través de su mirada logramos empatizar con el mundo desconocido pero atractivo que nos presenta el cineasta. Un mundo de lujos fáciles, pero con una turbiedad manifiesta envolviéndolos. Es el auge del gángster. Un auge que puede acompañarse de prisión, riesgo inherente. Pero qué prisión, siendo amos y señores del correccional. Scorsese los escenifica a la perfección, con su peculiar ritmo narrativo, tan sutil como directo, trazando su obra sin olvidar las dinámicas internas y las interacciones que pueden darse al vivir rodeado de maleantes como Jimmy, genial ladrón, o Tommy, un sanguinario enano (le va que ni pintado el papel). Brutales son las andanzas diarias de ambos dos, acompañados siempre por Henry, rallando la perfección, como paradigma de todo, el atraco a Lufthansa ideado por Jimmy.

La caída viene dada por la droga. Un negocio mal visto por los hombres tradicionales. Extorsiona, roba, asesina, pero no trafiques con droga. Es una de las premisas básicas de la familia. Una directriz no respetada por nuestros chicos, quiénes ven en este mundo una vía de hacer dinero fácil a espaldas de la familia (y el consiguiente tributo). A ello se le suma el pago de cuentas del pasado todavía pendientes, señalizadas, casi siempre, por la violencia desmedida con la que actuaba la camarilla, a iniciativa siempre de Tommy. Mucho hándicaps en contra del trío protagonista, logrando Scorsese, en su narración, un desplome veraz y angustioso. Porque caer en el mundo del hampa, no es como caer en cualquier otro lado. Aquí, el tipo que te liquida no discute, ni empuja ni bravucona. Simplemente te sonríe, y antes de que te des cuenta, ya te ha liquidado. Es la paranoia que azota al coco de Henry, siempre exagerada por la sombra alargada y latente de la ley. Gran escena, como ejemplo de esta parte, la escena entre Karen y Jimmy.

Con todo, Martin Scorsese nos brindaba en 1990 un placer desmedido gracia a ‘Uno de los nuestros’. Es una obra impagable, hecha con pasión y esmero, siempre partiendo de la fascinación del cineasta por ese mundo de hombres trajeados, puros caros, violencia a tutiplén, dinero fácil y fuego cruzado. Posee todas las grandes cualidades que caracterizan al costumbrismo gangsteril de Scorsese, combinando el detallismo con la algarabía, y el caos con la armonía.  Como ya hemos dicho, ‘Goodfellas’ supone la madurez narrativa y argumental del cineasta para con este tipo de cine. Obra maestra.

9.5/10

‘Taxi driver’. El sueño americano en los bajos fondos neoyorquinos.

Martin Scorsese se alejaba nuevamente de la línea gangsteril establecida en ‘Mean streets’ (1973), para profundizar su crítica al sueño americano, esa que ya había cogido forma con la sensacional ‘Alice doesn’t liver here anymore’ (1974), y que ahora venía pulida y perfeccionada. El alma errante escogida para el recital era Travis Bickle, a quien daba vida un sensacional Robert De Niro, quien lograba una de las mejores interpretaciones de su carrera cinematográfica, sosteniendo, casi en su totalidad, el peso completo del film.

‘Taxi driver’ es un auténtico lujo. El cineasta, a partir del guión de Paul Schrader, trata de desenmascarar la jungla urbana neoyorquina. Lo hace a través de la mirada y reflexión de Travis Bickle, un perturbado mental, víctima de los estragos de Vietnam, que alivia su insomnio al aceptar un empleo como taxista nocturno. Cuando cae la noche, Travis, coge su taxi y trabaja. Él lo ve todo, a todos presencia. El mundo, su mundo, está lleno de pordioseros, miserables, proxenetas, traficantes. Son inmundicia que hay que limpiar, rezando a Dios para que una gran tormenta se lleve a toda esa gentuza.

Excelente radiografía de la marginación social. El sistema no es perfecto, existen deficiencias. Y ahí está Scorsese para meterse de lleno en los bajos fondos de una gran ciudad como es New York, paradigma del sistema, reventando el idílico ideal del sueño americano, caricaturizado este en las cartas que Travis envía a sus padres (casa, buen trabajo para el Gobierno y novia formal), mofándose del mercado político y sus políticas sociales que parecen únicamente parchear y no subsanar los problemas (prostitución, tráfico de drogas, atracos, asesinatos, adulterio) que inquietan a nuestro protagonista, complementándose todo con esa omnipresente y alargada figura de Vietnam, esa llama que provoca la catarsis, materializándose esta en un esplendoroso y sanguinario final, detonado por una jovenzuela Jodie Foster, en el que la solución a los graves problemas sociales viene dictada por el cañón de un Magnum 44.

9.5/10

‘Casino’. Las Vegas.

Corría el año 1995 cuando Martin Scorsese decidía realizar la mejor película que se ha hecho (y probablemente se hará) acerca de lo que es (o lo que fue) Las Vegas, esa ciudad levantada en medio del desierto de Nevada con un único fin: ganar dinero.

Para ello, el tinglado está montado así: los octogenarios capos mafiosos del Medio Oeste estadounidense invierten en los casinos de la ciudad, en pocas palabras, son los dueños de los mismos. Colocan a gente de su confianza en los altos cargos y demás puestos, aunque la clave principal radica en que mensualmente les llegue a un garito perdido en medio de diossabedonde el maletín con los fajos de dólares. Aún no siendo de la familia, Sam Rotsthein es el mejor en lo suyo, esto es, controla al detalle el mundo de las apuestas. Nunca pierde, siempre gana. Es el tío perfecto para dirigir el Tangiers, y lo hará en compañía de la mano férrea de Nicky Santoro, un gángster directo que se comunica a través de la violencia. Juntos se adueñarán de la ciudad. Uno, Rothstein, lo hará por la vía de lo legal. Es decir, untando de dinero a toda la ciudad (incluidos políticos y jueces) para amansar a las fieras y poder sacar provecho del sistema allí montado. Santoro, en cambio, visiona Las Vegas como un territorio virgen, una especie de anarquía monetaria en la que los prestamistas, traficantes o jugadores campan a sus anchas, sin estar sometidos a extorsión alguna. Ahí está su negocio, ser el capo mafioso del lugar, exportar la idea de la mafia a esta ciudad. En medio de este sueño hecho realidad, se sitúa la femme fatale de Ginger, una sensacional Sharon Stone, de la que quedará prendado Rothstein y que acabará por ser un volcan en erupción imposible de maniatar.

Scorsese te deja descolocado al inicio del film. Hay una auténtica avalancha de datos e imágenes acerca de cómo funciona la ciudad y el negocio. Uno queda anodadado con todo ello. Sin embargo, después de este brusco arranque, el cineasta entra en faena a través del trío protagonista: Sam Rothstein, Ginger y Nicky Santoro. Los dos mafiosos y la puta de lujo serán el centro gravitatorio del film, centrándose el cineasta en relatar la caída y ascensión de los dos gangsters, siendo la femme fatale el termómetro que nos irá indicando y guiando acerca del devenir de los acontecimientos. Todo, enmarcado dentro del contexto del momento: los viejos capos mafiosos, el gobierno local y las dinámicas internas del negocio. Presentada la acción, el cineasta nos vuelve a avasallar con la explosión final, en la que el FBI acaba por desmontar este putrefacto tinglado establecido, sometiendo a juicio a todos los que dirigían el cotarro, con la consiguiente limpieza generalizada que los capos ordenaran con tal de que nadie se vaya de la lengua más de la cuenta, abriéndose así la puerta que liquidará a los viejos tiempos, permitiendo la entrada del capital de las multinacionales en tan rentable negocio.

‘Casino’ es otro más de los excelsos frescos que posee el cineasta en su selecta filmografía, tratando una vez más el tema del costumbrismo gangsteril, con la peculiaridad, en esta ocasión, de trasladar la acción de Nueva York a Las Vegas. Es un retrato de los viejos tiempos en la ciudad del pecado, más en concreto, de los pecadores que levantaron aquélla. No se busca aquí empatizar con las almas errantes que dejaron allí sus vidas, dinero y salud, ni de aquellos tramposos y fulleros que lograban vaciar, de tanto en tanto, las arcas del casino. Es el turno de marcar con una cruz a los que lo movían todo, no dejando escapar a ninguno de los peónes que formaban parte de esta partida, la partida de hacer dinero en la ciudad del pecado y además, en su edad de oro, los viejos tiempos. El ritmo que acompasa la historia es tan pausado como efectivo. Uno se entera de todos los asuntos sucios como si estuviera allí mismo, con esa peculiar armonía narrativa de quién parece estar pintando un simple paisaje, aunque con pulso y vigor. No era fácil resolver con éxito un proyecto tan ambicioso como ‘Casino’, sin embargo, la algarabía y el caos se nos muestran de un modo tan sutil como enérgico, resultando de tal mezcla una brillante narración.

La fascinación por el mundo del hampa, la pasión con la este es descrito, con un detallismo milimétrico, se nos imprega en nuestras retinas, en nuestro coco, acabando presos de esa ensoñación gangsteril que padece un tipo como Martin Scorsese. El éxito, en la vida de los protagonistas de gran parte de sus cintas, nacidos y criados en Little Italy, sólo puede llegar a través de dos vías: la religión o el crimen organizado. La primera se esfuma en ‘Casino’. La segunda se nos marca con fuego. La mafia como sinónimo de triunfo, extrapolada aquí a la ciudad de Las Vegas y al negocio millonario que allí existía, siendo relatada con maestría por el genio Scorsese a través de tres personajes desoladores y errantes, nacidos para la fatalidad, a quienes dan vida unos excepcionales y veraces Robert De Niro, Sharon Stone y Joe Pesci (se ha ganado el Paraíso en la Tierra, por actorazo que es).

8.5/10

‘Mean streets’. Costumbrismo gangsteril.

“Domenica in chiesa, lunedi all’inferno”.

Martin Scorsese había hecho algún trabajo que otro anteriormente. No obstante, a efectos prácticos, esta cinta suponía el nacimiento de su cine, el bautizo de uno de los clásicos del séptimo arte. Y todo gracias a Charlie, un náufrago cualquiera, habitante de esos inhóspitos parajes pulidos con pulso de genio y maestro por el cineasta neoyorquino. Esto es ‘Mean streets’, un clásico del cine, puesto que supone el origen del costumbrismo gangsteril como tema principal en las obras cinematográficas del gran Martin Scorsese.

La historia gravita en torno a Charlie, interpretado por un jovenzuelo Harvey Keitel. Él se ha criado en Little Italy, New York. Hombre de fe, ha interiorizado aquello que dice “amar al prójimo”, alejándose del egoísmo y, por ende, debiendo sacar de más de un apuro a su buen amigo Johnny Boy, sensacional Robert De Niro, un chico que siempre anda en problemas financieros (le debe dinero a medio barrio) y de juego. Es una lacra para Charlie, al igual que Teresa, la prima de Johnny y amada de él mismo, aunque ésta por motivos distintos (sufre de epilepsia, sinónimo de enferma mental para el retrogrado y tradicional pensamiento del barrio).

Ambos permanecen ocultos de cara a Mario, tío suyo y capo del barrio, que tiene en buena estima y nómina a Charlie, augurándole una prometedora carrera en el mundo del hampa, siempre y cuando mantenga las formas (la presencia, es lo importante). Por tanto, Charlie vive entre la espada y la pared, contraponiendo su vida verdadera, sus amistades y novia frente a la vida del pulcro gángster italiano. Es decir, su mundo comienza a resquebrajarse. El tambaleo emocional alcanza una proporciones desorbitadas. ¿Qué ha hecho él para merecer esto? Es un hombre de corazón bondadoso, de alma débil y caritativa que, sin embargo, se mueve entre aguas turbias y agitadas que le arrastran hacia la fatalidad del destino, ese del que tantas veces ha tratado de evadirse. ¿Qué culpa tiene él de haber nacido y crecido en Little Italy?

Scorse entraba en el barrio, en Little Italy. Lo hacía al ritmo de la premonitoria y melancólica canción “Be my baby”, de The Ronettes. Enmarcándolo todo al amparo de esa frase inicial narrada con voz en off, “los pecados no se redimen en la iglesia, se redimen en las calles“. Comenzaba con ‘Mean streets’ un impagable y majestuoso ciclo cinematográfico en el que retrataba a las almas errantes que se apilaban entre el asfalto, bares y callejones de uno de los barrios de esa Gran Ciudad. Pese a ser su ópera prima, el cineasta lograba una ambientación creíble y desoladora, radiografiando, con ritmo pausado y comedido, mediante el cual nos acercamos de modo natural, casi como el hombre que pasea por las calles del barrio contemplando el ambiente tal cual es (veraz y puro), las mugrosas interacciones que se daban entre los lugareños, construyendo, casi sin querer, un universo claustrofóbico, fatalista y lúgubre del que Charlie difícilmente conseguirá escapar.

8/10

Spoiler

Memorable escena final. Dos coches que simbolizan los dos mundos de Charlie. Uno le trae a su mente el mundo gangsteril, egoísta y violento, marcado por préstamos, cobros, convencionalismos y fuego cruzado. El otro representa su verdadero mundo, la esencia de ese hombre de fe que es todo bondad, irradiando calidez y sentimiento.

Dos mundos contrapuestos que tenían necesariamente que chocar, y en el que el Fuerte (el contexto, las normas y valores sociales) se comía al Débil (la bondad de ese hombre nacido en un lugar equivocado). Todo acabó de forma dramática, entre sangre y cristales. 

‘Insidious’. Terror con encanto.

Hay que reconocer que James Wan es uno de los mayores talentos en el panorama actual del género de terror. A él le debemos la franquicia ‘Saw’ (2004), un inicio prometedor de una carrera cinematográfica, al amparo del ilimitado crédito que da manufacturar una cinta tan rentable como aquélla, con altibajos pero que avanza a buen ritmo, dejándonos cintas meritorias como ‘Insidious’.

En esta ocasión, engloba su historia dentro de la manida temática de las casas encantadas. No obstante, Wan introduce matices de singularidad a su producto, desmitificando y emblandeciendo la dimensión terrorífica de las casas, centrándose más, por tanto, en los inquilinos de la misma como epicentro del terror, aunque manteniéndose, de todos modos, dentro de la línea del tenebrismo espiritual que marca la esencia de esta cinta.

El resultado es más que digno. Terror comercial del bueno, una cinta de esas que engulles con gusto, dada su correcta factura técnica (Wan al cargo), el buen reparto con el que cuenta (Rose Byrne y Patrick Wilson) y la inquietante historia presentada. A pesar de un inicio pausado y convencional, la historia va cogiendo vigor conforme pasan los minutos, impregnándonos un ritmo in crescendo que alcanza su punto álgido en un último cuarto de hora en el que se confunden terror, caricatura y nostalgia, sometiendo, con todo, a nuestro cuerpo y coco a una placentera sesión de sado adrenalínico. Cumple su función con creces. Recomendada.

6.5/10

‘The black Donnellys’. Hell’s kitchen y el mundo teen.

Tommy, Jimmy, Sean y Kevin. Son los Donnelly, cuatro hermanos que viven en Hell’s kitchen, criados en mitad del crimen organizado, el negocio ensangrentado y la pugna entre irlandeses e italianos. Un contexto nada halagüeño para poder mantener a flote ese vínculo familiar que les une, ese amor fraternal que nada puede romper y que contra todo lucha.

Paul Haggis se pasaba al formato televisivo, en compañía de Bobby Moresco, para entreternos la velada con un producto decente, efectivo y de calidad. Brindaba acción, intriga (no muy rebuscada) y cierto humor negro que era de agradecer. Sin embargo, también recurría, en exceso, al topicazo en cuanto a perfil de personajes (el listo, el tonto, el bravucón y el pequeñín inocente) y escenas varias (palizas y demás, de no gran calado), además de buscar descaradamente la conquista del público juvenil (pastelona historia de amor entre Tommy y Jenny).

‘The black Donnellys’ no es ninguna obra maestra. Se han hecho, dentro del género, ciertas obras de una calidad sideralmente superior al retrato que aquí se nos ha dado del mundo gangsteril de Hell’s kitchen. Tiene la peculiaridad y originalidad de ser un producto que rezuma aroma a mafias y crimen organizado en su interior, pero que se reviste de un modo excesivamente teen, con la efervescencia y simpleza que ello comporta. No casa muy bien, de ahí que su peculiaridad (guiño teen) sea su gran lastre. Con todo, una serie digna que sin ser de lo mejor del género, sí te mantiene pegado al sofá, disfrutando de las andanzas de estos chicos, los Donnelly.

Aviso para navegantes: salvo sorpresa, es un producto inconcluso que depara un incierto final (en la primera temporada), puesto que la resolución del mismo no se dio al cancelarse la emisión de la segunda temporada.

7/10

‘The wrestler’. Juguetes rotos.

El sempiterno retrato de la derrota coge forma, en esta ocasión, con “The Ram”, un luchador de wrestling profesional que lejos de haber dado un paso adelante en su vida, quedó estancado en aquella época dorada del Madison, los focos y los millones de espectadores, época de oro para él. Sin embargo, el tiempo ha pasado. Ya hace 20 años que dejó de ser una estrella objeto de atención del marketing. Ahora no es más que un luchador acabado que evoca nostalgia entre los más fans. Su vida personal es para echarse a llorar: vive en una caravana de la que ni siquiere consigue pagar el alquiler; su hija lo ignora, hastíada ya de tanto dolor; trabaja en un supermercado aguantando al pajillero de su jefe; está enamorado (si se le puede llamar así) de una bailarina de striptease; y se mete toda la mierda posible para poder mantener un físico digno con el que seguir arrastrándose por los cuadriláteros y castigar a un ya mermado corazón. En fin, es la derrota hecha persona.

Darren Aronofsky se alejaba de sus estridentes narraciones cinematográficas (marca de la casa) para inmiscuirse en un proyecto más sencillo, singular y humano. El drama personal de Randy, sin embargo, no alza el vuelo en ningún momento. Tampoco diremos que provoca el tedio, pero sí que es una radiografía del fracaso excesivamente densa y lentita, expuesta de un modo un tanto gélido y distante, no logrando empatizar, en líneas generales, con esta alma errante. Ello, a pesar del buen hacer de un Mickey Rourke al que le venía de perlas el papel por aquello de ser un juguete roto en la vida real, y las logradas interpretaciones de Marisa Tomei y Evan Rachel Wood. Con todo, digna.

6.5/10 

‘También la lluvia’. Pedagógico drama social.

Cine dentro del cine. Es la premisa seguida por Icíar Bollaín y Paul Laverty, quienes nos trasladan a la geografía boliviana con el pretexto del rodaje de un film con el fin de presentarnos una misma historia, la denuncia al colonialismo, a través de dos vertientes distintas: la conquista del nuevo mundo por parte de los españoles se yuxtapone con el imperialismo de las multinacionales de hoy en día. Aquél se hacía en nombre de Dios. Éste en nombre del capital, la productividad y el beneficio.

Y todo se nos presenta al compás de una serie de personajes que forman parte del equipo técnico y artístico de la película en marcha (la del nuevo mundo), quienes a través de sus interacciones en el rodaje (y fuera de él) con los autóctonos, acabarán por tomar posiciones y concienciarse de la calamitosa existencia inflingida por el capital sobre la población indígena de Cochabamba.

‘También la lluvia’ es una película bienintencionada que, como hemos dicho, se hace eco del pasado para moralizar en aquello que dice que hay que aprender, en el presente, de los errores pasados para no caer de nuevo en ellos. Trata de abrir los ojos al espectador, buscando mostrar una realidad más humana y cualitativa del conflicto indígena de Bolivia, a fin de levantar la empatía del espectador, alejándose de números y análisis de coste/beneficio. Bollaín hurga en la herida abierta de un modo pedagógico y sencillo, pues alecciona a los urbanitas occidentales gracias al efectismo que produce la presencia de los ya mencionados artistas y técnicos en aquel escenario.

El resultado final es el de una película descompasada que no acaba de cuajar. Busca abarcar demasiado, quedando su mensaje un tanto hueco en todas las dimensiones en las que se nos ha intentado mostrar. La película alza el vuelo cuando tira por la vía del conflicto del agua, sin embargo cojea con el rodaje reminiscente del genocidio cristiano de siglos pasados, así como por los supuestos dilemas morales del equipo técnico y artístico allí desplazado, volviéndose paradigmática de estas flaquezas narrativas la mutación de Tosar, que por precipitada, innecesaria y mal presentada, ni conmueve ni es creíble.

El mensaje es claro, sincero y necesario. La forma de transmitirlo, sin embargo, no ha sido la apropiada (a años luz, por ejemplo, del mejor Costa-Gavras). Irregular.

7/10

‘The trigger effect’. Jungla residencial.

David Koepp, sensacional guionista y notable director, rompía mano con la cámara gracias a ‘The trigger effect’ (1996). En ella, se nos presentaba, gracias al pretexto de un apagón eléctrico, un inquietante fin de semana en mitad de una zona residencial, icono del sueño americano, convertida ahora en una auténtica jungla urbana.

Un buen viernes, decides ir al cine a ver una película. Soportas las palomitas y al típico plasta que no tiene un lugar mejor en el que charlar. Te vas de vuelta a casa y, a mitad noche, descubres que se ha ido la luz. Es la caída de uno de los cimientos del actual sistema, la energía eléctrica, lo que provoca un caos absoluto. Las american express de nada valen, hay poco dinero líquido y la ofimática se ha resquebrajado por los cuatro costados. Cosas tan sencillas como comprar un simple medicamento para el cuidado de tu bebé, se convierte en una auténtica cruzada, despojándote de tu lado más civilizado cayendo en el hurto a la desesperada.

Poco a poco, la inquietud va mutando en pesadilla. Los vándalos aprovechan para el saqueo sistemático. Un paradigmático barrio residencial, de esos con jardincito y banderita, se convierte en una perita en dulce para el crimen. Robar, asesinar. ¿Qué tipo de civilización hemos creado? Cae la luz y te adentras, de golpe y porrazo, en las tinieblas. La solidaridad, ayuda al prójimo y cooperación se pierden, sutituyéndose por el egoísmo, la maldad y la competencia por la ¿supervivencia?

Película que incita a la reflexión, sobre todo, en clave estadounidense, acerca del sistema sobre el que vertebran sus vidas. Koepp pone el dedo en la llaga y se divierte (o encabrona) de lo lindo a través del supuesto ficticio del que parte y sus nefastas consecuencias. Tensa película que únicamente cojea un tanto cuando trata de herir con ese triángulo sentimental alimentado por unos egos, fraternales o no, contrapuestos. Con todo, lograda.

7/10

Spoiler

¿Acabaríamos así, pegándonos balazos por un simple automóvil?