‘El año de las luces’. Amor juvenil en tiempos de miseria.

Estamos en la España de posguerra. Una España inundada por fascistas, curas, monjas y beatos. Una España represiva, asfixiante, autoritaria. Son malos tiempos a boca del que no sea “español”, o “nacional”. Son fechas, las de 1940, en la que la tuberculosis hace estragos. Dos hijos de caído en el frente, Jorge Sanz y su hermano pequeño, Manolo y Jesús, son enviados por su hermano mayor a un preventorio. Un lugar en el que Manolo, un chaval ya en pubertad acelerada, aprenderá una de las lecciones más importantes de su vida.

Durante su estancia en el preventorio, en la primera parte del film, eclosionará en Manolo el deseo sexual propio de su edad. Coqueteará, aunque sólo sea visualmente, con la estricta Vicenta. Todo bajo la atenta mirada de Irene, una Verónica Forqué excepcional, falangista y directora del centro, y de Tránsito, la maestra rancia, prototipo del franquismo español. También contará, frente a ellas, con un aliado magistral, el bueno y sabio de Emilio, un anciano, interpretado por Manuel Alexandre a las mil maravilllas, que le dará consejos, acudiendo a su memoria literaria y parisenca, acerca del amor y de la vida.

Todo se radicalizará, durante la segunda parte del film, con la llegada de una nueva enfermera, María Jesús, una joven Maribel Verdú. Ella hará nacer en el interior de Manolo la llama del amor, al tiempo que también lo hará en su interior. Un amor presentado de manera fresca, simpática e inocente, cosas de la edad, pero que pronto se tornará totalmente mísero. Un amor que debía luchar frente a muchos obstáculos.  Obstáculos representados en el “tío” de la chica, un cura muy cabrón, y en las punzantes miradas de las enfermeras,  con especial atención de la pura y recta Irene, muerta de celos en el fondo.

‘El año de las luces’ es una película emotiva, bonita y, a la vez, triste. Es ligera, pero también profunda. Es el despertar en la vida real de un chaval, Jorge Sanz, que pronto descubrirá que los palos no se olvidan fácilmente. Un amor, el suyo con la Verdú, que se ahogará entre curas y falangistas, entre castidad simulada y mezquindad irritante. Fernado Trueba nos regala una joya del cine español a través de esa historia de amores juveniles en un contexto muy poco propicio. Un contexto representado a las mil maravillas gracias a los buenos diálogos y a las magistrales interpretaciones de los secundarios, especial mención al gran Manuel Alexandre. Gran película.

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