‘La cruda realidad’. Otra más.

Una cadena de televisión. Una productora con unas audiencias bajas. y un ejecutivo que busca rendimiento en la figura de un capullo que tiene un programa telebasura sobre el sexo en una cadena local. Ahí están los ingredientes, ahora sólo falta combinarlos en los pasillos de la cadena, y ya tenemos el cocktail servido: amor, sexo, tópicos, happy end.

La historia  es un refrito del género, de la comedia reciente estadounidense, en el que él hace de hombre troglodita que únicamente piensa en el sexo, y ella de mujer sensible que busca algo más allá de lo que hay entre las piernas. Estereotipos que se vendrán abajo cuando, poco a poco, entre ellos, vaya surgiendo el amor, un amor desmitificador, a la par que cursi. Tópica y floja. No aporta nada, a los diez segundos de finalizar ya ni te acuerdas de lo que acabas de ver.

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‘El padrastro’. La piscina, el guaperas y la rubia cachonda.

Hay un tío muy malo, el padrastro. Es un asesino en serie que busca familias rotas, las cuales encuentra de ligoteo en el super, para “recomponerlas” y acabar cepillándose a todo dios.  Luego se marcha y ya no lo vuelven a ver, pues nunca deja rastro. Esa es la historia. Lo malo, que no hay terror, ni tensión. Un poco más, y se les olvida hasta matar a alguien. La peli no tiene chicha. Bueno, hay que decir en su honor, que los dos primeros minutos del film cumplen.

En sí, se podría resumir como un producto que únicamente busca que se luzca la rubia cachonda de turno y el cachas guaperas correspondiente en la piscinita de la casa. Es de lo único que te acuerdas.  Película mala, rozando la bazofia. Un insulso remake con el que más de uno habrá destrozado su potencial carrera artística. En definitiva, 100 minutos de penitencia. Podrían, al menos, haberse ahorrado unos veinte, así hubieran evitado la somnolencia. No la vean.

‘From hell’. En busca de Jack el Destripador.

Whitechapel, Londres. Finales del XIX. Barrio degradado por la llegada masiva de inmigrantes, especialmente de judíos. Con la degradación llegan las prostitutas, cientos de ellas. Es el escenario ideal para que un serial asesino comience sus rituales, con su peculiar modus operandi. Degollar, desentrañar. Siempre a prostitutas, of course. Siempre en mitad de la noche, con el anonimato que concede la niebla y la penumbra. Y una culpabilidad que siempre recae sobre los judíos en toda investigación. Les hablo, por supuesto, de Jack el Destripador, uno de los asesinos en serie más célebres de la historia. Y, a todo esto, un misterio todavía por esclarecer. ¿Quieren saber quién es? (Spoiler)

‘Desde el infierno’ es una cinta dirigida de una manera original, por los hermanos Hughes, con una ambientación muy tenebrosa que oculta a Londres bajo la niebla y oscuridad, al tiempo que la tiñe de un peculiar tono bermellón, sanguinoliento. Hay tripas, es obvio. Pero no abusa de ello, pues no se decanta por el terror.  Es más una historia de intriga, de saber quién será, mezclada con el toque justo de amor y pasión, el de Depp, el personaje principal, quien sigue la huella al asesino, por Heather Graham. En definitiva, entretenimiento total. Cinta realmente conseguida. Buena.

Spoiler

Los guionistas se han decantado, echándole imaginación, de entre las cientos de teorías que hay, por afirmar que Jack no era otro que un cirujano, médico personal de la familia real inglesa, que se encargaba de arreglar, desentrañando a prostitutas, las farras que se pegaba el principito inglés. Todo con un toque masónico, de servidor leal. El argumento para que todo esto no saliera a la luz, era evidente: la realeza inglesa debía quitar del mapa a cualquier testigo (las cinco prostitutas) de la boda del Príncipe con una fulana, un total descrédito para el futuro de la Corona. Y el pobre Ian Holm, acabará en un psiquiátrico. A fin de cuentas, era un loco.

‘[•REC] 2’. La niña Medeiros ha vuelto.

Cuando salí del cine, hará ya unos dos años, tenía una sensación de mareo brutal. Estaba destrozado. Fue la combinación explosiva del tipo de cámara utilizada, con los bruscos movimientos, y el miedo y los sustos  que nos habían regalado dos clásicos del terror nacional, Jaume Balagueró y Paco Plaza, gracias a su original fórmula mágica, estoy hablando de la asfixiante ‘Rec’.

Sin embargo, en esta secuela, ‘Rec 2’, el dúo del terror español ha perdido el punch de su antecesora. No posee la atracción de la primera. Ahora ya sabemos lo que hay. Se desvela el misterio de la niña Medeiros a base de gore, gritos y zombies a mansalva. Hay más sangre, más efectos y más técnica (demasiadas cámaras para mi gusto). Ya no da el miedo de la anterior, e incluso tiene guiños cómicos por momentos. Alza el vuelo cuando aparece nuevamenta la susodicha niña, y rematan la obra con un final demoledor, en claro homenaje a Manuela Velasco. Ya no es lo mismo, pero sigue entreteniendo.

6/10

‘Legends of the fall’. Los Ludlow y la joven Susannah.

En las tierras de Montana ha encontrado refugio el Coronel. Ha decidido aislarse de la vida “civilizada”, pues ya no le encuentra el sentido. Quiere criar a sus hijos, Alfred, Tristan y Samuel, en paz y libertad, en compañía de indios indígenas a los que respestar. Serán buenos tiempos para la familia Ludlow, pero todo cambiará cuando la prometida de Samuel llegue al rancho familiar, al tiempo que estalle el detonante de la I GM.

La pasión y el amor que sentirán los tres hermanos por Susannah serán el hilo conductor de esta melodramática historia, donde se darán de la mano el carácter “salvaje” de Tristan, la bondad de Samuel y el civismo de Alfred, en pugna todos por hacerse con el corazón de la joven. ‘Leyendas de pasión’ es una cinta vista, gracias al paso del tiempo, con mucha nostalgia por mi parte, como un recuerdo de juventud. Posee una fotografía sublime, que aprovecha al máximo los paisajes, y una BSO conmovedora. En definitiva, tierna película que puede hacerle caer la lagrimita a más de uno. Memorable.

‘The french connection’. The Wire en los 70.

Popeye Doyle y Buddy, unos excepcionales Hackman (sobre todo, éste) y Scheider, se patean las calles de Brooklyn en busca de joder el negocio de las drogas. Patean a camellos y trapicheantes, buscando algo a lo que aferrarse. “Algo” que encontrarán en una noche de copas, cuando Popeye, siguiendo su corazonada, se fije en un capullo que suelta los billetes como si fueran caramelos. El caso habrá comenzado.

En sus primeros 50 minutos parece preceder en fondo y forma a ‘The Wire’. Hay escucha, hay seguimiento. Van dando pasos importantes, apareciendo la conexión francesa con el Barbas, un gran Fernando Rey. Los siguientes 50 minutos son de una acción pura y dura, de calidad, con persecuciones y redadas, con un nivel de tensión impresionante alcanzado sobre todo en el cara a cara de Hackman con Rey en el vagón, o en la persecución en coche de Popeye al metro del sicario que concluye en esa memorable escena de la escalera.

William Friedkin nos regala un thriller policíaco, con su elaborada investigación y sus dosis de acción (de gran tensión) correspondientes. Se ha servido de Marsella y Brooklyn. Del mar de la costa azul y del metropolitano neoyorquino. Y, sobre todo, de un gran Gene Hackman, un rudo policía, Popeye Doyle, empecinado en desmantelar el negocio de la droga, manteniéndote con su particular carácter la adrenalina por las nubes. Un papelón que pasará a los anales de la historia del cine. Por lo demás, buena película. Recomendada. Como curiosidad, ¿era tan buena como para arrasar en los Oscar del 71?

‘Shutter Island’. Lección de cine del gran Martin Scorsese.

Hablar de Martin Scorsese, es hablar de un clásico del cine. Uno de los pocos septuagenarios que por suerte para nosotros sigue en su profesión, regalándonos auténticas obras maestras. Tiene en su filmografía un poco de todo, con buen gusto por las del género de mafias. Lo que no le recuerdo, es que hubiera hecho hasta la fecha algo similar a esto, a Shutter Island (quizás El cabo del miedo).

Desde el primer plano ya se nota la asfixia y el agobio, con un DiCaprio que echa la papilla en alta mar, y con esa portentosa imagen de la truculenta isla acompañada por una BSO estremecedora. No es más que el aperitivo de lo que viene a continuación, una auténtica joya del thriller psicológico, del misterio y la intriga. El detonante de buscar a una enferma mental servirá para que el bueno de Martin Scorsese nos meta de lleno en la cabeza de DiCaprio, en sus entresijos. En su pasado, en sus preocupaciones e indagaciones. Todo a ritmo de una ambientación brutal, recreando una isla fantasmagórica que sirve como escenario ideal, y de un guión inteligentísimo, sin trampas ni cartón, que va allanando el camino para un final muy lógico.

Los detractores de esta cinta tal vez no se hayan tragado gran parte de la bazofia que Hollywood nos ha concedido en estos últimos años dentro del género. Esto es una lección para todos esos directores de tres al cuarto que pretenden ser algún día un cineasta de cierta reputación. No es una obra maestra, tampoco lo busca. Tiene alma de entretener, pero aún así rebasa sus límites, para acabar siendo una notable película que incluso te trastroca con la reflexión final (¿Qué es mejor vivir como un monstruo o morir como un hombre bueno?). Déjense llevar por la paranoia de esa siniestra isla.

‘Boogie nights’. 33 centímetros, patines y un PT Anderson en estado de gracia.

Eddie trabaja de camarero en una disco de Los Angeles. Rápidamente le echa el ojo Jack Horner, director de cine porno, quien le propondrá un papel en una de sus películas, una incursión en el mundo del cine pornográfico que valdrá, a su vez, para que el espectador contemple el fresco de sexo, cine, drogas y amargura, pintado (con un toque colorido al final), de manera magistral, por Paul Thomas Anderson.

‘Boogie nights’ es Rollergirl (Heather Graham), es Amber Weaves (Julianne Moore), es Buck (Don Cheadle), es Jack Horner (Burt Reynolds), es Maurice (Luis Guzmán), es Reed (John C. Reilly),  es Scotty (Seymour Hoffman), es Little Bill (William H. Macy) o Becky (Nicole Ari Parker). También es el Coronel, Jack o Dirk Diggler. Todos ellos, los personajes, encajan dentro de un guión brutal. Una maravilla que nos regala una historia cargada de alegría, tristeza, amargura, locura, derrota, nostalgia y qué se yo de más sensaciones. Todo de una manera fluida (sin indirectas). El remate de la película es Mark Wahlberg, pero PT Anderson no se olvida de los secundarios, brindando una historia “coral” que, en su conjunto, es completa. Es cine puro, auténtico. Dos horas y media para dejarse llevar por los rincones de una industria cinematográfica que da mucho juego, al calor del sol californiano. Obra maestra.

‘Los hombres que miraban fijamente a las cabras’. ¿Qué?

Absurda (en el sentido peyorativo de la palabra). Es el mayor desperdicio de talento que he visto en mucho tiempo. Me explico, disponer de tres actorazos como, por orden, Kevin Spacey, Jeff Bridges y George Clooney, además de un casi siempre correcto Ewan McGregor, para hacer esta bazofia, es, como mínimo, un alarde de incompentecia total por parte del duo Grant Heslov (director) y Peter Straughan (guión), con vocación ambos de intentar dar el pego haciéndose pasar por los hermanos Coen. Las distancias, entre ambos, son abismales. Una peli correcta de aquéllos (p.ej. Quemar después de leer) es una OBRA MAESTRA al lado de esto.

Aún no sé muy bien de qué iba la peli. Se supone que había un ejército, creo que era el ejército de los jedis, al estilo Star Wars, que se basaba en el amor y en la paz, propugnado por Bridges y que tenía por alumno prodigio a Clooney. Todo se desmontó cuando llegó Spacey, el capullo de turno. Y ahora, aparece McGregor huyendo de su infiel esposa, en busca de alguna noticia en Irak. Ah, hay una misión encomendada a éste último, cabras que mueren con la mente y demás chorradas. Se supone que detrás de todo esto se esconde una comedia negra acerca de los ejércitos y las guerras, parodiando todo lo que rodea a éstos,  debiéndote hacer gracia su ingenio. Huelga decir que no le pillas el humor en ningún momento. Al menos, sí que te mantiene en hipnosis, como a las pobres cabras, pero de lo mala que es. Se salvan un par de gags y los actores ya citados. Nada más.

‘Nadie conoce a nadie’. Sevilla, Noriega y los frikis.

Sevilla. Estamos en Semana Santa. Un tío ha aparecido con una cruz latina clavada en el corazón en medio de la Maestranza. Mientras, Simón y el Sapo siguen con su mediocre vida. Uno haciendo crucigramas e intentando sacar adelante una relación amorosa sin futuro con Paz Vega. El otro trabaja como profesor de inglés e intenta refugiarse de la hipócrita festividad hispalense. Todo ese mundo se vendrá abajo cuando Simón reciba una llamada telefónica muy inquietante, refugiándose en los brazos de Natalia Verbeke.

‘Nadie conoce a nadie’ es una intriga bien elaborada que se sirve de la geografía sevillana, de sus Iglesias, de sus procesiones y cofradías, de las Vírgenes, de la festividad en sí (todo con un punto irónico hacia lo católico), para levantar una trama de asesinatos que servirán de hilo conductor para que Simón descubra el porqué de ellos, al tiempo que enganchará al espectador esperando el esclarecimiento.

Cinta meritoria, a la que, sin embargo, se le puede achacar la decepcionante resolución del misterio, mezcla, éste, de original y cutre. Es correcta en todo, pero me esperaba algo más (igual no tan rebuscado) de un tío de contrastada reputación en este oficio como Mateo Gil. Parece que sin Amenábar se le nublan las ideas (o escoge malamente las novelas). No es ninguna gran película, pero como entretenimiento no decepciona a nadie. Digna.