‘Friday night lights’. Texas forever.

“Con determinación, no perderemos”.

“Clear eyes, full hearts, can’t lose”.

Cuando una serie como ‘Friday night lights’ se termina, después de casi cuatro meses con ella, uno siente como si le faltara algo. El grado de empatía que consigue transmitir Peter Berg a través de las vivencias de esos nuestros queridos protagonistas, residentes en Dillon, una población ficticia volcada en el mundo del fútbol americano de instituto, es increíblemente cercana, humana, fraternal.

Un pueblo de vida rural, conservador y creyente. Los chicos y chicas del instituto, a quienes veremos crecer, transitando desde la adolescencia a la edad adulta. Noviazgos, desamores, sueños por cumplir, ilusiones rotas. Alegrías y tristezas que viviremos como si estuviésemos allí, junto a ellos, en Dillon, Texas. No olvidemos a los padres, con sus rutinas y quebraderos de cabeza. Ambiciones satisfechas, objetivos frustrados y problemas inesperados. De todo habrá. Y, por encima de cualquier cosa, el viernes noche. Momento en el que se encienden las luces, y los jugadores saltan al terreno de juego. Rugirán los Panthers, primero, y los Lions, después. Los muchachos gritarán de felicidad, o llorarán de impotencia. Los familiares se entusiasmarán, o se lamentarán. Pero una cosa quedará marcada a fuego en la mirada de todos ellos: “Texas para siempre” (Tim Riggins).

Entrañable, fabulosa y querida serie. Siento nostalgia por ella, y por sus protagonistas, desde ya (día uno sin Friday night). En fin, inolvidable relato proveniente desde lo más profundo del corazón de Texas. Mítica.

10/10

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‘A history of violence’. Cautivadora.

Dos hombres salen de un motel. Uno le dice al otro que está harto de carreteras secundarias y pueblos enclavados en mitad de la nada, que eso no es vida. El espectador no tarda en cerciorarse de la que le viene encima. Es la chispa que enciende la mecha de esa obra titulada como ‘Una historia de violencia’.¿Su protagonista? Tom Stall, quien vive y trabaja en Millbrook, un pequeño pueblo del Estado de Indiana. Allí, regenta una cafetería, y deja pasar los días, plácidamente, en compañía de su sensual mujer, una explosiva Maria Bello, y de sus dos hijos. Todo va bien, la rutina es pausada y cálida para ellos. ¿El otro protagonista? Joey Cusack. Un matón de la costa este de los Estados Unidos, conocido en Philadelphia por sus atrocidades sanguinarias. Perseguido ahora, que ha sido cazado in fraganti por las cámaras de televisión, por Carl Fogarty, un inquietante Ed Harris, y Richie Cusack, su hermano, dos de los capos del crimen de la costa este.

David Cronenberg consigue plasmar, de un modo tan natural como cruento, esa tormenta (violenta) que azota a un pueblo tan tranquilo y calmado como Millbrook. Allá donde había quietud y sosiego, encontramos ahora inseguridad y angustia. Donde había juegos seductores entre tortolitos, ahora hay una atracción enfermiza (cierto aire a ‘Crash’). Donde había un buen hijo, educado y correcto, ahora hay un buen hijo, duro y expeditivo. Donde encontrábamos un sheriff cordial y bondadoso, ahora vemos a un inquisidor y amenazante guardián de la ley. En definitiva, donde convivían granjeros y trabajadores, aparecen los matones y las pistolas. Todo, a raíz de un exasperante interrogante no zanjado: ¿un error mortal?, o ¿un destino que une el pasado con el futuro de modo irremediable?

Quién haya visto esta cinta, ya sabrá cuál es la respuesta oportuna. Como también sabrá que ‘Una historia de violencia’ posee la virtud de cautivarte, y perturbarte, como pocas películas antes lo han hecho. El combustible básico de la narración es la sangre a borbotones, el fuego cruzado y los salpicones. Pero también las tranquilas calles de pueblo, las solitarias carreteras y el café caliente. Todo es tan quieto y pulcro, como traumático y bruto, en esta historia de violencia, esencia básica del film, expuesta por Cronenberg. 

8.5/10

‘How green was my valley’. Tiempos nostálgicos.

Desde la nostalgia del adulto que recuerda su juventud, así comienza ‘How green was my valley’. Evocando los tiempos dorados de la mina, cuando ésta todavía no había devorado el fresco paisaje, cuando comían felizmente en familia siguiendo los dictados de fe de su padre,  cuando el muchacho podía corretear en armonía y tranquilidad por las calles del valle, cuando, en definitiva, el dinero llegaba puntualmente y en su justa medida al hogar de los Morgan.  Fueron tiempos felices, difuminados en el tiempo.

John Ford pone el dedo en la llaga, mostrándonos la genésis de la explotación laboral, los inicios del movimiento obrero y los sindicatos, inmiscuyéndonos en la dialéctica de la lucha de clases. Las penurias propias del obrero son retratadas minuciosamente, pues presenciamos huelgas, días sin trabajo, salarios malpagados, despidos injustificados, el germen del malvivir, la huida en busca de un mañana mejor a la tierra de las libertades, o los estudios como vía de escape a todo ello. También el papel de la mujer es retratado, desde su función como ama de casa, pasando por el matrimonio de conveniencia interclasista o la soledad de la viuda. Sin olvidar la importancia de la religión en aquel contexto, más centrada en desvirtualizar la voluntad de Dios que en hacer justicia en el poblado, constreñiendo el vocablo socialismo y todo lo que ello deriva. Especial énfasis en el párroco local y su idilio sentimental con la hija de los Morgan, el cual nos sirve para comprobar desde las habladurías de la gente hasta las reminiscencias de los tiempos inquisidores.

Película histórica en la que John Ford enclavaba su cámara en los valles galeses , en el verde de su paisaje y en sus gentes. Todo lo vivimos desde la óptica de la familia de los Morgan, especialmente del más pequeño de ellos, Huw Morgan. A partir de las vivencias de este muchacho, Ford teje una radiografía del contexto social de la época, aunque éste no se nos acaba de especificar claramente, no es difícil insertar el relato en el tiempo. Apenas hay felicidad. Sólo miseria y dureza. Condiciones de vida paupérrimas, conflictos y lucha diaria por subsistir en medio de la lógica capitalista de aquel entonces. Es un buen retrato de aquellos tiempos en los que la felicidad sólo podía ser evocada mediante los recuerdos, mediante esa mirada nostálgica hacia tu infancia.

‘El bosque’. Magistral.

 Las naciones se modernizaban siglos atrás a pasos agigantados. Los hombres y mujeres huían del campo camino a la ciudad, en busca de un porvenir mejor. Llegaron las grandes masificaciones, las grandes urbes. También llegó la degradación, la vida precaria. Los analfabetos campesinos vagabundeaban entre masas de hormigón. Con la modernización vinieron los burgueses y los proleterios, también llegó Marx y el ‘Manifiesto comunista’. La educación avanzó, también otros derechos sociales en previsión de una revolución dañina para el capital. La lucha de clases, se extinguió (quiero decir, se perpetuó). Lo disimularon bien a través de esa cosa llamada “clase media” propiciada por el Estado del Bienestar. Sin embargo, seguía habiendo bolsas de marginalidad que incitaban a la delincuencia, o ritmos endiablados derivados de esa obsesión por el reloj, por la jornada laboral. Las ciudades eran adrenalínicas, peligrosas, violentas. Las aldeas y pequeños pueblos eran silenciosos, miserables y fantasmagóricos.

La aldea, el bosque y la ciudad. En la aldea viven los aldeaños, gente que vive del campo, en consonancia con la naturaleza. Están cargados de bondad, aprensivos ante lo superfluo de nuestra civilización. Son inmunes al materialismo, se refugían en su vida en comunidad, con sus pequeñas normas y valores. Viven en calma, sin saber lo que es un reloj, disfrutando del placer en sí del aire, de la tierra, del agua, de la noche, de la niebla. Con ello, son felices. Además, como el resto de mortales, utilizan el amor como motor de combustión para el día a día, iluminando éste sus rostros con una plácida sonrisa. Sin embargo, los aldeaños tienen un temor, un miedo. Oyen ruidos provenientes del bosque, son truculentos. Temen al color rojo y se refugian en el amarillo. Para protegerse de los malvados horrores del bosque, hicieron un pacto con las bestias de allá. Si aquéllos no entraban en la aldea, ellos no lo harían en el bosque. Por si acaso, establecieron torres de vigía. Las miras de éstas no alcanzaban más allá del bosque, donde los aldeaños suponían a la ciudad. Una ciudad que jamás habían visto, tan sólo era un constructo, una imagen transmitida de boca en boca, de mente en mente. En este mundo y para esta cultura, la ciudad era lo más parecido al infierno.

En fin, que con todo llegó M. Night Shyamalan, un dios en el olimpo del cine que quiso elaborar una historia de esta pequeña pincelada que he dado. Una historia de renegados del sistema, de exiliados, de gente con esperanza de encontrar un sitio mejor. Pusilánimes que huyeron de una civilización que no creyeron suya. Se refugiaron tras los bosques. Vivieron en calma, se enamoraron y tuvieron hijos. Formaron un consejo e impusieron unas reglas. Unas reglas que respetar a lo largo del tiempo. Unas reglas que marcaban su existencia, retratada ésta de una magistral manera por un cineasta que realizaba un ejercicio tan inteligente como esquivo. Disfrazada por el marketing como una película de terror, ‘El bosque’ no encontró a su público, siendo dilapidada por la multitud. La esperanza que buscaban esas pobres almas entre tanta tiniebla no consiguió el reconocimiento justo. A mí me parece una obra maestra, un intelectual ejercicio de jugar con el espectador, de engañarnos como a chiquillos. La banda sonora y la personalidad visual (más caravaggiana que nunca) están a la altura de las circunstancias. Y la historia es narrada de una manera magistral, cátedra. Tanto de tan poco (qué importancia el personaje de Adrien Brody, y el amor). Combinando, cómo no, lo terrenal con lo fantástico, quedando todo ello tan (sobre) natural.

‘El sol del membrillo’. Una forma de vida.

En otoño, el membrillero comienza a madurar sus frutos. Bien lo sabe Antonio López, pintor de profesión, pues tiene uno en su huerto. En ese otoño, el de 1990, Antonio se propone intentar nuevamente pintar el membrillo. Pero no en cualquier momento. Debe captar el instante exacto en el que el sol calienta al frutal en su plenitud. Una estampa preciosa, muy bonita.

Sin embargo, el otoño va pasando. El sol cada día es menos feroz. Las nubes tormentosas se asoman al cielo de Madrid. Y Antonio ve como su misión parece muy complicada. Octubre ha sido borrado del calendario, y ya estamos en Noviembre. Las lluvias y el viento no persisten. Así que Antonio olvida su ilusión, no podrá ser. Su inacabada pintura acabará en un sótano, olvidada. No valdrá para el año próximo, pues el frutal, como muchas cosas, cambia de año en año. Sin embargo, a él le ha quedado ese punto de insatisfacción. Si el óleo no puede ser, probemos con el dibujo, acompañando así la vida del membrillero hasta su decadencia allá por diciembre. Si tampoco da resultado, si no ha habido tiempo, habrá que esperar a que la fruta vuelva a salir allá por la primavera, hasta que transcurrido el verano, madure nuevamente durante el otoño.

Le dicen, extrañados, que por qué no hace una fotografía. Más fácil, sencillo y rápido. Sin tener que esperar a ese momento en el que luzca el sol diariamente. ¿La respuesta? Más que el fin, lo que cuentan son los medios. Y para él, el simple día a día acompañando al frutal, ya merece la pena, independientemente del resultado final.

Antonio prefiere vivir con naturaleza. Ajustando sus cálculos. Sus marcas. Sus clavos. Las varas. El invernadero. Las finas cuerdas. Todo calculado milímetro a milímetro. Observándolo día a día, siendo un compañero fiel. Y así transcurre su vida. Una vida plácida y tranquila inundada de momentos de alegría (desprendida de sus canturreos), de soledad (con sus pitillos), de regocijo (explicándole a dos amigos chinos su modo de pintar), de nostalgia (recordando con su buen amigo su juventud), de tristeza (bajo una lluvia persistente), de amor (acompañado de su mujer), de convencionalidades (con sus amigos), de familia (con sus hijos). Una vida marcada por una pasión, la pintura. Y por una forma de vivir, esa que añora a los membrilleros con los que creció en su niñez y con los que aún sueña cuando la muerte le acecha.

Cine, poesía y pintura se dan de la mano en esta cinta para aliarse contra la televisión, un instrumento de control de masas, un emblema de nuestras sociedades. Una crítica centrada en esa imponente Torrespaña que se nos muestra iluminada al centro de la imagen, expandiendo su señal a toda la ciudad, inundando todo el paisaje urbano con su luz azul. Una torre que aleja a la urbe de la forma de vivir de Antonio, tan sencilla, como bonita. Erice contrapone lo urbano frente a lo rural, lo combina, y da como resultado una preciosa película que cala hondo.

“Estoy en Tomelloso, delante de la casa donde nací. Al otro lado de la plaza, hay unos árboles que nunca crecieron allí. En la distancia, reconozco las hojas obscuras y los frutos dorados de los membrilleros. Me veo entre esos árboles junto a mis padres. Acompañado por otras personas cuyos rasgos no logro identificar. Hasta mí llega el rumor de nuestras voces. Charlamos apaciblemente. Nuestros pies están hundidos en la tierra embarrada. A nuestro alrededor, prendidos de sus ramas, unos frutos rugosos cuelgan cada vez más blandos. Grandes manchas van invadiendo su piel y en el aire inmóvil percibo la fermentación de su carne. En el lugar donde observo la escena, no puedo saber si los demás ven lo que yo veo. Nadie parece advertir que todos los membrillos se están pudriendo bajo una luz que no sé cómo describir: nítida y, a la vez, sombría, que todo lo convierte en metal y ceniza. No es la luz de la noche. Tampoco es la del crepúsculo ni la de la aurora.” (Antonio López)

‘Vacas’. Érase una vez en Gipuzkoa.

La película narra la historia de tres generaciones de dos familias distintas a través de cuatro episodios correlativos: I) El aizkolari cobarde, II) Las hachas, III) El agujero perdido y IV) Guerra en el bosque, los cuatro episodios tienen un elemento en común: las VACAS.

Medem (uno de mis directores preferidos) ya nos da muestras en esta su primera película de la gran y exitosa carrera cinematográfica que se le avecinaba, demostrando que es tanto un gran fantasioso a la hora de contar sus historias como un gran director a la hora de rodarlas.
Un pecado sería no mencionar la gran BSO de uno de los inseparables de Medem: Alberto Iglesias.

Entrando en la lectura personal de la película, remarcar seis puntos:

1. La ambientación del film, tanto por su situación en los caseríos y montes del País Vasco como por el reflejo del modo de vida que se llevaba entonces en está zona.

2. La manera en que Medem nos muestra el estado de ánimo de los personajes que rodean a Manuel Ilgibar, así como a el mismo, a través de las pinturas de las vacas que el propio Manuel realiza.

3. Destacar el gran nivel que nos muestra el reparto de este film, todos ellos (Carmelo Gomez, Ana Torrent, Emma Suarez, Txema Blasco, Pilar Bardem, Karra Elejalde) están a la altura, aunque personalmente me quedo con la actuación de Emma Suarez y con la de un recién conocido para mí: Txema Blasco.
Mención especial también para Pilar Bardem, a pesar de su breve papel, no deja de deslumbrar en sus apariciones.

4. El guión, la manera en que Medem va atando los cabos a pesar de lo enrevesada que este la situación para que no quede nada suelto.

5. Las escenas del abuelo con su nieto Peru y su nieta (interpretada por Emma Suarez).

6. Por último, la historia de amor que surge mediada la película entre Peru y su hermana (Emma Suarez) y en la que destacan los cinco últimos minutos del film, dónde Medem nos muestra el gran maestro que és a la hora de contárnoslas (las historias de amor, claro).

Lo mejor: El final de la película.
Lo peor: El breve papel de Pilar Bardem, siempre sabe a poco.