‘American history X’. El odio.

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Estamos en 1998, David McKenna tiene un buen guión entre manos y, pronto, consigue socio que lo sepa plasmar en la gran pantalla: Tony Kaye. El estilo narrativo de éste va fraguando de un modo inteligente esta historia sobre la sociedad americana contemporánea. Una historia cualquiera sobre uno de los muchos males que azotan a nuestras sociedades, la lacra de la intolerancia. 

Tony Kaye mete en el escaparate el tema de la raza. Lo hace enfocando hacia un grupo de neo nazis, y, concretamente, hacia Derek, un joven de clase media estadounidense que por caprichos del destino verá su cerebro absorbido por las influencias de la extrema derecha. Cómo afecta esta aventura a su familia, a su entorno y a sí mismo. “¿En qué te ha ayudado todo esto? ¿Has sentido que se marchaba esa rabia de tu interior?“, le espeta un buen hombre. Una reflexión necesaria. A todo esto, un Edward Norton inmenso, colosal. La mutación que sufre es veraz, creíble.

Las imágenes mostradas a lo largo del metraje son impactantes, mientras que el final deja anonadado a más de uno. ‘American history X’ es un puñetazo en el estómago que nos deja un dolor desgarrador. Un alegato, en definitiva, contra el odio. Una película didáctica, de importante mensaje, que debería ser de visionado obligatorio para los muchachos que campan en todas las aulas del planeta.

9/10 

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‘Die welle’. Curso de autocracia.

Aquí es imposible que vuelva a existir una dictadura como la del III Reich“, se aventuró a soltar uno de los alumnos de Rainer Wanger, profesor del curso de Autocracia en un instituto alemán. El profesor, ávido por experimentar con una nueva pedagogía, tratará, desde ese momento, de comprobar cuan acertada es la afirmación del chaval.

Cómo explicar el totalitarismo vivido en la Alemani nazi. Parece ser la idea que anda detrás de la cinta de Dennis Gansel. Nos irá mostrando la génesis del virus, y su propagación, día a día. Uniformes, saludos, símbolos y férrea disciplina. Todo irá encaminado hacia la activación, en pro del movimiento olista, por parte del sector estudiantil. Lo cierto es que las causas por las que se aupó al poder a Adolf Hitler parecen, ahora ya, bastante conocidas y precisas. ¿Y aquí? Quién sabe, hay cierto curso de repaso respecto aquéllo, aunque se acentúa bastante, por parte del cineasta, la motivación que sienten aquellos chicos más marginales, aislados y solitarios, siendo paradigmática la escena final de hasta qué punto puede uno llegar a fanatizarse con este tipo de movimientos.

Con todo, desde un punto de vista sociopolítico, ‘Die welle’ es una cinta interesante. Su punto fuerte radica en mostrar, a grosso modo, cómo se va gestando la máquina totalitaria, y los perjudiciales efectos que éllo puede tener sobre aquéllos que deciden no formar parte del colectivo. En fin, este profesor jamás debió encender tal mecha. Ahora, con su cara de pasmado, ha podido responder, después de tan macabro experimento, a su alumno: sí, todavía es posible vivir bajo el yugo de la tiranía.

7.5/10

‘Marathon man’. Señora Intriga.

Buena intriga servida a fuego lento por John Schlesinger. De inicio, puede descolocar a uno. No obstante, el poder de atracción que irradia te mantiene pegado a la pantalla durante sus dos horas de metraje. ¿Qué sucede? ¿Por qué? No sudamos como Hoffman, mítico hombre maratón. Pero sí se nos descompasa el corazón, rozando la taquicardia, cuando vemos la que se le viene, de modo repentino, encima.

Un excelente guión, compacto y sin fisura alguna, escrito por William Goldman a partir de su propio material literario, que nos zambulle en una historia irascible como pocas, radiografiando a uno de los mayores canallas del siglo XX (se basa en Josef Mengele): un nazi refugiado en la hospitalidad de los tiranos latinoamericanos de los años 70. ¿Pagó por sus pecados cometidos? Lacerante escena la brindada por Schlesinger cuando el “Ángel Blanco” es reconocido en pleno asfalto neoyorquino. Aunque no es sólo eso. No sólo salió impune de aquella barbarie llamada Auschwitz, sino que también se lucró, y se lucra, (diamantes y oro) de la raza que él, y los suyos, consideraban degenerada. Todo esto salpicará, de refilón, a un incoformista chaval que únicamente soñaba con correr una maratón.

La factura técnica es intachable. Grandes nombres en nómina: Schlesinger (dirección), Conrad Hall (fotografía), William Goldman (guión) o Laurence Olivier, Dustin Hoffman y Roy Schreider en el reparto. Casi nada. Todo puesto, como ya se ha dicho, al servicio de una obra que nos contagia su frenético pulso. Su montaje, aún con apariencia aparatosa y caótica, tan sólo busca esconder una sencilla y simple historia que arrancará, de modo desbocado, a partir de la segunda mitad del film: la historia de un canalla, un sinvergüenza sin escrupulos que arrasó, y arrasa, con todo lo que le obstruía su necio camino. Allí, sin quererlo, estaba Babe Levy. Estudiante brillante de Columbia y ferviente atleta.

8/10

Spoiler

Un viejo alemán sale del banco. De vuelta a casa, se topa con un grosero conductor. Se enzarzan en una discusión que termina de modo fatal: muertos en accidente de coche.

Todo cambia a partir de ahí. ¿Por qué? Porque resulta ser el hermano de un nazi de cuidado. Un tipo que amasa una auténtica fortuna en forma de diamantes, la cuál descansa en las cuidadosas manos (o en la llave) de su hermano, el ahora fallecido. Temeroso por una conspiración de sus empleados, el Jefazo Nazi, escondido en Uruguay, saldrá de su guarida para alzarse con su ansiado botín. Y señalará con el dedo a un claro sospechoso de la muerte de su hermano: Doc, una especie de policía que trabaja para él como correo. 

El resto, ya es bien conocido. Un inocente hermano que se verá, sin quererlo ni beberlo, en la boca del lobo. 

‘Amen’. Un relato de la sinrazón.

El film fue estrenado en el año 2002, siendo una de las últimas obras del realizador Constantin Costa-Gavras.  Una vez más, Gavras deja patente en otra de sus películas su labor de denuncia social e histórica.

En ésta película, Gavras nos introduce en el contexto histórico del nazismo. Más en concreto, relata la relación existente entre la Iglesia católica y el régimen nazi. Los dos personajes de los que se sirve el realizador para introducirnos en la situación son Kurt Gerstein, un oficial de la SS encargado de suministrar el gas letal a los campos de exterminio nazi, y Ricardo Fontana, un joven jesuita hijo de uno de los más fieles ayudantes del Papa.

A través de ellos dos, Gavras nos muestra dos procesos distintos. Por un lado, mediante el personaje de Gerstein, el realizador nos transmite el horror de la barbarie nazi. Es difícil imaginar un miembro de la SS con tan gran solidaridad como Gerstein, sin embargo su actuación nos parece real y nos hace sentir. A pesar de que Amén no sea un film que destaque por sus escenas explícitas en lo referente al aniquilamiento de millones de humanos en éstos campos de exterminio, si es cierto que el rostro perplejo e impregnado de dolor que se le queda a Gerstein cuando mira a través de la mirilla, es el mismo rostro que se me queda a mí. No es necesario nada más para reflejar el grado de locura y extremismo al que llegaron los nazis. La simple cara de conmoción de un oficial de la SS como Gerstein tras haber visto dicha atrocidad es suficiente. Un químico como él, que en ningún momento pensaba destinar su gas a dicho fin, llega incluso a arriesgar su vida y su rango a lo largo de la película para luchar por aplazar el aniquilamiento de numerosos judíos, lanzándose a una búsqueda por la salvación de millones de personas a los que el régimen nazi había puesto en su punto de mira.

Gerstein cree que la humanidad debe conocer dicha crimen, y encuentra el apoyo fundamental para la búsqueda de dicha salvación en el otro personaje principal, Ricardo Fontana. Fontana se lanza a una cruzada, junto con Gerstein, para hacer llegar al Papa los hechos acaecidos en los campos de exterminio nazis. Sin embargo, su lucha es en vano. Incluso cuando consigue acercarse al Papa y le explica la situación, sus plegarias caen en saco roto.

De nada puede servir que un joven como él se ponga la estrella de David en solidaridad con el pueblo judío en medio del Vaticano. La Iglesia católica, debía pensar el Papa, tenía que mirar por sus propios intereses y no centrarse tanto en los crímenes y castigos que los nazis estaban imponiendo a la humanidad a no muchos kilómetros de distancia del Vaticano.

La historia así lo refleja, puesto que exceptuando pequeñas y esporádicas acciones contrarias a los horrores infligidos por los nacionalsocialistas, vemos como la Iglesia católica simplemente buscó salvaguardar sus intereses y entabló una complicidad con el régimen hitleriano.

Las denuncias por parte de católicos en contra de las detenciones y persecuciones nazis, en contra de la eutanasia y el asesinato de inválidos y enfermos incurables, como nos refleja el film, no fueron hechos que se puedan englobar en el colectivo de la Iglesia católica. Además, sus actuaciones en la mayoría de las ocasiones fueron encaminadas hacia el plano espiritual, nunca hacia la iniciativa política contrario al régimen del terror establecido por Hitler en Europa durante aquellos grises años.

El objetivo primordial católico siempre se basó en salvaguardar su status y la autonomía de sus iglesias. Es más, dicho objetivo se intentó consagrar a través del Concordato de 1933, en el que ambas partes se comprometieron a un acuerdo. Un acuerdo centrado en que el régimen nazi se encargaría de respetar la conservación de las estructuras eclesiásticas y su influencia en el contexto social de la época a cambio de que la Iglesia católica aportara su autoridad moral a dicho régimen. Tampoco hay que olvidar que tanto la Iglesia católica como el NSDAP compartían a su vez un objetivo común, el cual no era otro que la manutención de su cruzada frente al antibolchevismo imperante en aquel entonces.

Por todos éstos motivos, Gavras nos muestra en las escenas finales el sentimiento de impotencia y dolor que sienten tanto Gerstein como Fontana, pues mientras ellos están consternados como sabedores que son de la gravedad y brutalidad de la situación, los representantes de la Iglesia católica simplemente disfrutan encerrados entre sus lujos y manjares en sus palacetes del Vaticano a sabiendas de lo que ocurre en la vieja Europa y a sabiendas incluso de lo que ocurre en la propia Roma, la cual es perseguida por la sinrazón y la locura nazi.

Ante estos hechos, la magnitud de la sensación de impotencia provocada por la actitud puramente pasiva de la Iglesia es tal que Gerstein y Fontana ya no pueden hacer otra cosa que entregar su vida. Una vida que, para ellos, ha dejado de tener sentido.

8.5 /10