‘Nunca me han besado’. Pastel Drew Barrymore.

Jossie es una correctora de un importante periódico de la ciudad de Chicago. Su sueño de ser reportera se verá satisfecho cuando el jefazo de la empresa le comunique que ella será la encargada de escribir un reportaje acerca del mundo de los institutos. Con el pretexto ya expuesto, la acción del film comenzará a desarrollarse, dando pie a una historia bastante cursi, pastelona y, por momentos, aburrida.

Es un film que habla sobre el mundo de la adolescencia y los institutos. Se centra en una friki que, en su época de insti, no tuvo fiestas, ni baile, ni chico guapo, ni amor, ni beso. Ahora le ha llegado una segunda oportunidad. Debe aprovecharla, ser popular, recuperar la adolescencia soñada que ella nunca tuvo y buscar ese beso romántico que tanto anhelaba. Habrá de todo, será la hostia. Tendrá colegas a tutiplén, amará a los frikis, a los güais, a las golfas. Todos tendrán cabida en su nueva vida. Cómo no, también habrá amor de por medio. ¡Ni más ni menos que un profesor guaperas que quedará prendado de ella! Vamos, adolescencia a golpe de sirope. A cualquiera que haya visto un film de John Hughes, esto le parece un sacrilegio.

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‘Little children’. Historias íntimas, interpretaciones grandiosas.

Sarah es infeliz. Vive con un hombre, Pierce, al que ya no ama. Más bien, lo repudia. Su vida no escapa de la mediocridad (no en sentido material ni económico), se siente enclaustrada en ese residencial barrio donde habita, incómoda entre las inquisidoras charlas de las mamás en el parque, fuera de lugar entre las mujeres que realizan tertulia conservadora en el círculo de lectores, asqueada por la hipocresía de un marido de vocación onanista. Un buen día,  en cambio, paseando a su hija Lucy entre los columpios, conocerá a Brad. Él, a diferencia de ella, sí es feliz. O eso aparenta. Quizás se siente un tanto frustrado por ser el ama de casa dentro de su hogar. Es su mujer, Kathy, quien trabaja, quien trae el sueldo a casa. Mientras él, espera a un fantasmagórico examen que de respiro a su vida (el sistema así lo exige). Entre tanto, el bueno de Brad alterna las noches de biblioteca con los paseos a su hijo Aaron, también con los partidos de fútbol con los amigos y la pasión (exterior) que siente por el mundo del skate. Conocer a Sarah, de la forma en que se desarrollará la relación, será una distracción, una agradable y satisfactoria distracción que hará tambalear los cimientos morales de su vida, dando paso a un profundo dilema interno en el que decidirse por una mujer u otra (con las consecuencias que eso conlleva en su cotidaniedad).

Uno vivirá feliz, en armonía con su enamorada esposa y su tierno hijo.  Se dejó llevar por la corriente. La otra, probablemente, se sumergirá en la vorágine del fracaso, rondando la depresión, enjaulada en una vida que no quería para sí misma. Nadó contra la corriente, pero ésta le venció.

No lejos de allí, también conviven Larry y Ronnie. Uno fue policía, de vocación. Es de esos tipos que lleva lo de la seguridad ciudadana en la sangre. Propio de su naturaleza, no tardará en enfrentarse con Ronnie, un tipo estigmatizado por su enfermedad mental, el diablo del barrio.

Por lo visto, al marketing nacional no le gustó la idea de titular (en el doblaje) a esta película como ‘Niños pequeños’, fiel traducción del título original. Se equivocó, anteponiendo los intereses comerciales por encima del resto. Porque, al fin y al cabo, ‘Juegos secretos’ es un título un tanto engañoso, infiel a su homólogo anglosajón. La historia de Todd Field y Tom Perrotta se mueve en el mundo de los niños, de la infancia. Sin embargo, no es un retrato de ellos en sí mismo. Más bien, se centra en lo que rodea a éstos. Se centra en los papás que llevan a pasear a los niños. En los juegos secretos que éstos llevan consigo. Se centra en un enfermo, un pedófilo obsesionado con la niñez. También en un tipo que arrebató la vida a un muchacho, marcando su existencia con un toque de amargura crónica.

Es una historia lenta, cocida a fuego lento. Resaltar de ella la aventura amorosa entre Kate Winslet y Patrick Wilson, pues ésta desprende credibilidad, sensualidad, morbosidad. Magnífica, como siempre, la interpretación de Winslet en el papel de esa mujer que recuerda a Madame Bovary. No menos brillante está Jennifer Connelly en el papel de esa leona agazapada que controla, dentro de los riegos, la situación matrimonial. Magistral, también, la interpretación brindada por Jackie Earle Haley (de lo mejor del film), quien rezuma realismo cada vez que se pone el disfraz de pedófilo. En definitiva, ‘Little Children’ es una película íntima, poseedora de unas historias entrelazadas muy particulares que permiten exhibirse en su faceta interpretativa a gran parte del reparto, atrayendo consigo la atención del espectador, quien se embarga entre la lujuria, el amor, la desesperación, el desgarro, la melancolía o el sentimentalismo que marca el sentir de este film. Más que buena.

‘La última estación’. Agradable pincelada de una célebre vida.

Leo Tolstói era el objeto de esta historia de tintes biográficos narrada por Charles Horman con muy buen gusto y agilidad en el ritmo (aunque el montaje chirría un tanto). Centrándose en el último año de su vida, nos sumergimos en la dinámica diaria del personaje, en los entresijos de la finca de Yasnaya Polyana, lugar en el que tantas horas le gustaba pasar al escritor. Allí, pronto comprobamos, que nada fácil resulta ser un hombre de tal peso. La vida campestre y rural, alejada de materialismos, y dogmatizada con mano férrea por el movimiento tolstoiano (gran interpretación de Paul Giamatti), choca de frente con las avaricias y anhelos personales de la Condesa, la esposa del susodicho escritor.

Egoísmos, avaricias, pomposidades y dogmatismos. Todo se retrata aquí, junto y revuelto. Sirve el personaje de Valentin Bulgakov (otra gran interpretación) como excusa ideal para adentrarnos en la vida de ese célebre escritor, relatando brillantemente el dilema de quién trata de finalizar su existencia encontrando el equilibrio entre el dogma, los asuntos mundanos y, principalmente, el amor. Porque, para mí, ‘La última estación’ no es más que una historia de amor. Un amor crepuscular, el de Tólstoi y la Condesa, que deja paso a un amor naciente, el que sienten los jóvenes Bulgakov y Masha  (una excelente Kerry Condon).

El resultado es una agradable película que se ve con gusto (se añade, además, algún toque de comicidad al asunto), que se digiere fácil, pues posee agilidad, frescura y mucha “naturalidad” en su retrato. No roza, eso sí, salvando quizás las interpretaciones, la grandiosidad. Con todo, buena película.

‘Mother and child’. Fría, cálida.

Rodrigo García, hijo del célebre escritor Gabriel García Márquez, dirigía y escribía esta obra esbozada desde la producción ejecutiva por el (casi) siempre virtuoso cineasta de nombre Alejandro García Iñarritu. De un tema, tan delicado y sensible, tan emocionante y sentimental, tan plácido y pedregoso, tan triste y feliz, como es el de la maternidad y el mundo de las adopciones, extraía el susodicho autor una historia coral que recorría distintos pasajes de la vida de una serie, como bien dice el título del film, de madres e hijas.

Las angustias y agonías, los pesares y tormentos, de tal tema, son retratados de una creíble manera a través de tres mujeres distintas. Dos de ellas, diría yo, son las que portan el peso principal de la película. Hablo de Karen y Nora, interpretadas excepcionalmente por Annette Bening y Naomi Watts (especialmente ésta última). Son mujeres a las que el acto de dar vida les marcó. Una por madre, la otra por hija. Ambas se volvieron frías y distantes, calculadoras y metódicas con sus sentimientos, sin perder, en ambas, el trasfondo de amargura, dolor y tristeza sobre el que se asentaba su existencia. La tercera mujer, Lucy, era interpretada por una desconocida para mí como era Kerry Washington. Su belleza y sensualidad eran enturbiadas por la imposibilidad natural de dar a luz, lanzándose a la búsqueda de un bebé mediante la vía de la adopción, sirviendo este personaje como modelo, más secundario, con el que recordar el proceso que atormentaría, de por vida, a nuestras protagonistas, a la vez que servía para cerrar el círculo de madres e hijas, adoptivas o no, que había marcado la pauta de este film.

‘Madres e hijas’ es una obra sentida y sincera, lanzada desde lo profundo del corazón. Se adentra por los recovecos de la maternidad, por una de sus vertientes más amargas como es la de la adopción. Es un fresco tan esperanzador como desesperanzador, tan frío como cálido. Ambas sensaciones uno las siente de verdad, y eso en este tipo de cinta, un dramón que no veas, es una virtud que no conviene desdeñar. Buena película.

‘Reservation road’. Ideal para la sobremesa.

Terry George se adentraba mediante esta obra en un tema muy espinoso, pues se trataba, ni más ni menos, de remover las conciencias de los espectadores a través de una historia que ponía el dedo en llaga en torno al tema de la seguridad vial, los accidentes de tráfico y el deber como ciudadano de cada uno de nosotros.

Como tema serio, impactante y duro, cogemos la película con ciertas expectativas de agrado. No obstante, ‘Reservation road’ se lanza indiscriminadamente a la sensiblería barata, envolviendo a la obra con un aroma a historia de sucesos de un programa cualquiera de TV de media tarde. Nunca te cautiva. Más bien al contrario, irrita contemplar el histrionismo crónico con el que Jennifer Connelly da vida a su personaje. Tampoco es de buen gusto que el guión enlace a los distintos personajes de manera “casual”, asentando pues los cimientos para presenciar una obra hueca de ingenio y virtud, contagiándote rápido de su mediocridad y dejando de tomártela en serio a las primeras de cambio. Se salva por los pelos Joaquin Phoenix, y es que ‘Reservation road’ es un manual sobre como saber desaprovechar el talento artístico (Sorvino, Phoenix, Connelly) que otros cineastas jamás podrán tener para sí.

Además, la reflexión a la que conduce es la socialmente aceptada. Es decir, “habla por hablar”. Te conduce por los laberintos oscuros de la ética, esas actitudes vergonzosas derivadas del miedo, el nerviosismo o la ira. Todo acaba, en cambio, con un mensaje tan frío y lógico como socialmente aceptado: el imperio de la ley.

Spoiler

Veámos:

1. Un tipo, Mark Ruffalo, atropella mortalmente al hijo de Joaquin Phoenix y Connelly.

2. El matrimonio de aquéllos entra en crisis como consecuencia de ello.

3. Casualmente, la exmujer de Ruffalo, Mira Sorvino, es la profesora de piano de la hija de éstos (vía de investigación para el bueno de Phoenix).

4. Qué casualidad! A Phoenix le da por contratar a Ruffalo como abogado para encauzar la investigación que la policía ya da por perdida.

En fin, barata y rutinaria.

‘Resident evil’. Umbrella, Raccoon City, la Jovovich y el inicio de una saga.

Si comparásemos, en términos cafeísticos, la apocalíptica ‘Resident evil’ con la magistral ‘Blade Runner’ (sí, ya sé que comparar lo terrenal con la deidad con café de trasfondo es un bobez, pero lo hago), diríamos que ésta última es un coqueto café italiano servido en una soleada y agradable terraza bajo el caótico cielo de Roma, y que aquélla no es más que un café descafeinado de sobre con leche descremada endulzado a golpe de sacarina y servido en el “Bar Manolo”, ubicado éste, en la esquina de la calle más mugrosa del barrio.

Es decir, ambas tienen algo en común. Ambas se centran en los peligros de las multinacionales, en las grandes ramificaciones que éstas pueden auspiciar a base de salvajes desbocadas del capital. No obstante, una se convierte en una película seria, académica y meticulosa. Acompaña a la lúgubre imagen de la Tyrrel Corporation, recursos técnicos aparte, con un brutal discurso que incita a la reflexión necesariamente. La otra, se centra en la Umbrella Corporation. Y también podría haber acompañado los oscuros entresijos de esta multinacional con un discurso serio y mínimamente filosófico. No lo hizo, decidió apostar por zombies y disparos a tutiplén. Quizás el problema estaba en su esencia misma, pues hay que recordar que venía de un material original (mi hermano mayor y yo mismo le dimos un tute que no véas a la PS) proveniente del mundo de los videojuegos (con un público que pedía a gritos la sangre a borbotones).

Lo siento, he vuelo a caer en el error de tratar de comparar una absurdez como ‘Resident evil’ con la mismísima ‘Blade runner’. No me hago a la idea de que el género de ciencia-ficción/fantástico/futurista/distópico nunca superará la calidad de aquélla. Sin más, les recomiendo el visionado de esta obra que aquí nos atañe. Probablemente, si su paladar no es muy exigente, les gustará. Ya saben la receta: acción con toques de terror y thriller. No está mal.

‘Soldado universal’. Espectacular, idolatrada, desilusionante.

Vamos a ver. Estamos en el año 1992, se estrena ‘Soldado universal’. Un nano como yo, por aquel entonces, quedaba boquiabierto ante la trepidante e impactante historia en clave futurista que nos narraba el bueno de Roland Emmerich. Habían soldados mecanizados bien vestidos con la indumentaria militar, con sus armas chulas y sus movidas futuristas por todo el cuerpo. Además, estaba un tal Jean-Claude Van Damme como “tío” bueno de la peli. Y de malo el también malo de Rocky IV, Dolph Lundgren. Y qué patadas daban! Y vaya músculos! Y qué tiros, qué explosiones! Qué trailer más guapo! Qué hostias soltaban! Y… pasaron los años. Llegó el siglo XXI. Uno creció y no se sabe muy bien por qué, decidió revisar aquella cinta que tanto le molaba de nano. Craso error, ya nada era lo mismo. Los bostezos salían a borbotones mientras presenciaba ese chute rebosante de hormonas a mil por hora y “ciclos” intravenosos. Mi rostro se convertía todo él en una mueca contemplando el recital interpretativo (nótese la ironía) del tal Lundgren y su compañero de juergas Jean-Claude Van Damme. Me asaltaba la risa observando lo profundo que resultaba el guión. En fin, qué chula estaba ‘Soldado universal’ cuando la ví de chaval. Me quedo mejor con aquella imagen de ella.

‘Piraña II: Los vampiros del mar’. Más por menos.

Tres años después del estreno de ‘Piraña’ (1978), la saga volvía a las grandes salas con esta secuela de nombre esperpéntico, tanto en la versión original (“the spawning”: algo así como “el engendro”, ¿no?) como en la doblada (aquí mucho peor: “los vampiros del mar”). Es curioso que estas historias de pirañas supusieran el desvirgamiento de tan lustrosos realizadores en el mundo del cine. Si en la original fueron Joe Dante y John Sayles, en esta ocasión le tocaba a James Cameron su turno. Entraba en acción con una historia bastante pobre, ambientada ésta en una lujosa playa caribeña en la cual una serie de personajes varios (nativos, guiris con hambre de fiesta, chicas guapas, etc.) deberán sufrir las temibles inclemencias de unas voraces y horrendas criaturas: pirañas voladoras.

Huelga decir que ni por asomo, a no ser que estés atento a los títulos de crédito, te podrías creer que tal obra está manufacturada por uno de los príncipes de Hollywood. Queda perdonado por ser quien es, pero seguro que no anda el bueno de Cameron nada orgulloso de portar en su filmografía esta cinta. También juega a su favor, en el momento de la disculpa, que fue la primera vez. Vale, aceptamos barco. Suerte que en los tres años siguientes su ingenio, su talento, su estilo visual y su poder narrativo mejoraron sideralmente para regalarnos la imperecedera ‘Terminator’ (1984).

En fin, cinta con remarcado espíritu cutre que buscaba el tan ansiado “más por menos”. Es decir, más recaudación a cambio de menos chicha. Queda lejos de su predecesora. Tan sólo se mantiene en la memoria del espectador como efeméride por ser la primera cinta de un tal James Cameron.

‘Piraña’. No metas tus carnes en las aguas del río.

Este film no tiene como punto fuerte la originalidad de su propuesta. Me explico, ‘Piraña’ fue estrenada en 1978, justo el mismo año en que ‘Tiburon II’ irrumpía en las salas de cine, lo cual quiere decir que tres años antes Steven Spielberg había roto el género con la mítica, nostálgica e inolvidable ‘Tiburón’ (1975). Es decir, algún productor avispado (creo que andaba un tal Roger Corman por ahí) vió la oportunidad de hacer caja aterrando al personal al más puro estilo spielbergiano.

Conviene advertir que ‘Piraña’ suponía el desembarco en el mundo del cine de dos grandes autores: Joe Dante y John Sayles. El primero, un apreciado director que guarda en su filmografía dos esplendorosos tesoros (véase Gremlins o Aullidos). El segundo, no necesita carta de presentación. Cineasta capaz de combinar en su filmografía películas tan maduras como por ejemplo ‘Lone Star’ (1996) con otras tan distintas como la propia ‘Piraña’, la magistral ‘Aullidos’ (donde volvió a formar tándem con Dante) o ‘La bestia bajo el asfalto’. Cierto es que en éstas últimas tan sólo intervino en labores de guión, fogueándose así en el mundo del cine en tan jugoso género.

Añadir que, obviamente, su historia bebe de una fuente tan magna como ‘Jaws’ (1975), a la que dedica un guiño complaciente en uno de sus planos (la máquina recreativa). Huelga decir que no llega al nivel de aquélla. Eso sí, a diferencia de la misma,  le echa un puntito de acidez al asunto con unos personajes y unos diálogos que buscan, además del terror, la corrosión (hostiazo al ejército y sus experimentos, crítica a los pelotazos inmobiliarios y al tejemaneje de “los peces gordos”). 

También conviene recordar que ‘Piraña’ es una película con una dirección novel. Se nota, en exceso, el ritmo rutinario y comercial (le falta un tanto de personalidad a la cinta). A pesar de ello, es una obra prometedora en cuanto al cineasta que se desenvuelve detrás de la cámara, capaz él de crear una atmósfera conseguida y poderosa. Tiene unos efectos especiales, comparados con hoy en día, obsoletos (las pirañas son la risa). Una BSO cumplidora (no es la magistral partitura de John Williams). El guión, en cambio, posee los ingredientes justos para que el festín pirañil, los chillidos y los chapoteos acaben aterrando al personal. Además, tiene ciertas peculiaridades (p.ej. los bichitos deformados del laboratorio del científico, o el alegato ecologista que esconde en su interior) que hacen de ella una obra un tanto atípica dentro del género, dando como resultado un híbrido gustoso de ver y satisfactorio en sus resultados. Le falta, quizás, un poquito de picante (alguna tetilla se ve por ahí, pero poca cosa). En fin, película de terror ochentera, pero ciertamente peculiar. Un clásico.