‘Man’s favorite sport’. Pescador pescado.

Él, Rock Hudson, es uno de los tipos más influyentes en el mundo de la pesca de San Francisco. Escribe libros, da sabios consejos a quien se los reclama, sus artículos son una cátedra de la pesca y trabaja en unos almacenes de buena reputación especializados en ello.

Un día, ya desde el comienzo de la mañana, se topará con una muchacha un tanto impertinente, Paula Prentiss, que resultará ser la persona que le pida a su jefe que él participe en un torneo de pesca. ¿La sorpresa? El experto no sabe pescar.

A partir de ahí, comenzará la aventura en el parador donde se celebra el torneo. El ingenio y la gracia saltarán a la vista a través de muchas escenas. Él se verá envuelto, sin quererlo ni beberlo, en líos de cremallera con sus dos amables acompañantes, los osos le amargaran la existencia, el simple hecho de lanzar la caña al lago ya será toda una odisea, su prometida lo abandonará, por poco no morirá ahogado en el lago, el indio resultará no ser tan indio, más bien espía, montar una tienda de campaña será lo más parecido a subir el Everest, el Mayor se sentirá orgulloso por ese muchacho que saluda al estilo militar, y el peluquín del jefe no se mantendrá en su sitio en ningún momento. Son sólo algunas escenas graciosas del film, hay unas cuantas más.

Es decir, el pobre Rock vivirá una auténtica pesadilla en el Lago Guacapuchi. Todo ello, se podría pensar, por ser un auténtico farsante. Un experto que no tenía ni idea de pesca. Un teórico que no practicaba. Un tipo al que dos mujeres metieron en ese embrollo. Un embrollo que le ha salido caro. Su honradez al destapar la verdad (de las diversas situaciones) le dejará sin novia, ni trabajo, ni reputación. Es el precio de la honestidad, el precio de decir la verdad. ¿A cambio que encontrará? El amor de una chica un tanto peculiar. Una chica que personifica el nervio en estado puro. Una de esas chicas que hoy te dice que le gusta como besas y mañana no. Que hoy te hablo, y mañana no. Una “enredante”, siendo originales con el diccionario. Una chica que lo llevó al lago teniéndolo todo, y lo dejó sin nada. Bueno, se quedó con ella. Al pobre Rock lo acabaron pescando.

‘High sierra’. Corriendo hacia la muerte.

Roy Earle es un tipo de pocas palabras. Se diría que hasta seco, incluso bruto en el trato. Hay pocos como él, pues noble sí lo es. Ahora acaba de salir de prisión tras muchos años y ya tiene en mente volver a la acción.

A Earle le gustaría dar un último golpe, un golpe con el que retirarse. Mientras estaba encerrado en los barrotes de la celda, él soñaba con escapar, escapar hacia una nueva vida. Ahora que está fuera sueña con encontrar a una buena chica y comprar una granja en su Indiana natal. Le gustaría desintoxicarse de su mala vida.

Sin embargo, no lo tendrá fácil desde el momento en que dos mujeres entren en escena. Su corazón estará dividido entre las dos. Una, es todo bondad y formalidad, la chica con la que sueña para comenzar una nueva vida. La otra, es una superviviente, una fugitiva crónica, una mujer como él.

Claro está, a los tipos como él, a esos que viven al margen de la ley, la vida no le suele deparar grandes alegrías. La chica formal lo despreciará, será como un insulto, como decirle que esta vida no es para él. Deja de soñar con ser un tipo decente Roy, parece transmitirle la escena. El pobre desgraciado sufrirá un importante revés. Por mucho que lo intentara, esa vida no era para él. Su pasado de balas, fuego cruzado y asaltos lo había atrapado. Ya no había marcha atrás.

El hombre no tendrá otra salida. Dar el golpe al hotel de verano que le han propuesto. El problema es que lo tendrá que hacer con tres patanes, a cada cual más imbécil, pues ya queda poca gente como él o como Dilinger. Una vez realizado, vivirá con su chica alejado del plomo de las balas.

El golpe, como no podía ser de otra manera, saldrá mal. Se verá perseguido, acorralado en la montaña. Sabrá que su carrera hacia la muerte, esa que ha disputado toda su vida, está llegando a su fin. Pero es una carrera que también conduce hacia la libertad, su libertad. El descanso para un hombre que no encontró un mundo a su medida.

‘Flightplan’. Hollywood y el 11-S.

No sólo en los aeropuertos hemos notado la psicosis post 11-S. Ahora ya no sólo tienes que aguantar que te traten como a un delincuente en la vida real cada vez que pisas la terminal de cualquier medio de transporte. Ya no sólo les basta con tener que darles nuestros datos hasta en la sopa por prevención contra el terrorismo. No es suficiente castigo caminar tranquilamente con tu mochila por el metro y que te alteren la mañana poniéndote el cartel de presunto terrorista con la consiguiente apertura de la “mochila-bomba” y el típico olfateo de los perros policía. Ahora, además de todo eso y unas cuantas cosas más, la psicosis ha llegado al cine. La industria, Hollywood, vio el filón y lo aprovechó. El verde del dólar es lo importante. Ahora, en ese pequeño refugio del mundo que es nuestra televisión y nuestras películas, Hollywood también nos castiga con esto, con la psicosis aérea.

En esta ocasión es Jodie Foster quien se viste con el traje de “víctima-héroe” del film. Ella y su hija pequeña viajan en avión para trasladar y dar sepultura a su recién fallecido marido. El pobre resbaló de un tejado, econtrando una muerte accidental. La desgracia se agrandará para la Foster cuando, dentro del avión, su hija desaparezca. Es el momento decente del film, momento en el que hay tensión narrativa, en el que la película parece que puede cumplir con las expectativas (no muy exigentes, por cierto).

Madre desesperada. Hija desaparecida. Tripulación antipática. Unos pasajeros árabes a los que cargar el muerto (qué original!). Y un policía muy bueno que se encargará de la seguridad mientras el avión esté en el aire. Con esos ingredientes, como era de esperar, todo se resolverá de una manera desastrosa, casi cómica. Resulta que el policía no es ya el bueno, sino el malo. Ha secuestrado a la niña, ha puesto material explosivo en el ataúd del padre de la niña, al que, por cierto, asesinó, es decir, aquél no resbaló de un tejado como la pobre Jodie creía (esta escena es muy dolorosa, sí. Una interpretación excelente), además tiene un cómplice en la tripulación. El tío es tan listo que ceden a todas sus pretensiones y sin saber que él es el malo. Que pido 50 kilos, pues ahí van los 50 kilos. Que digo que aterricen el avión y desalojen a todos los pasajeros y tripulación, pues hecho.

A modo de resumen, digamos que nos tenemos que creer que un tío escogió a Jodie como víctima del secuestro porque ella conocía el avión. Ahora, ¿cómo hacer que ella suba al avión? Pues me cargo al marido y meto dentro del ataúd de éste un saco de explosivos. Soy tan listo que debo tener una funeraria para hacer esto, digo yo. Además de ser vidente, porque el tío ya sabía que avión iba a coger Jodie, y además sabía que viajaría con su hija, a la que él utilizaría como gancho. ¿Como secuestrarla? Compro a una tripulante, que ella se encargue de todo. Es decir, que la esconda justo cuando su madre no esté, sin que ninguno de los 400 tripulantes del avión sea testigo de eso, y que la borre de todas las listas de embarque. Una vez hecho esto, ya está el plan trazado.

Todo ello es tan complejo, requiere de tal comprensión, que no me alcanzó. El tío ya descendía la escalerilla del avión. Tenía el plan resuelto, una culpable de todo, Jodie, y 50 kilos en el banco. Pero le pareció demasiado fácil. Tenía que volver a subirse al avión. Mano a mano con Jodie. Allí jugarían al escondite y tal hasta que ella encontrara a su hija, le robara el detonador al malo, e hiciera explotar el avión con ella y su hija dentro. Obviamente, ni ella ni su hija mueren. Sólo lo hace él.

Esta película es una tortura. Un “sinsentido”. Una gilipollez con letras mayúsculas. Una obra que estaba destinada para que fuera interpretada por gente como Jessica Alba o similares (sin despreciar), pero no para que lo hiciera una de las mejores actrices que ha parido Hollywood en los últimos 30 años. ¿Por qué Jodie?

‘París je t’aime’. Homenaje al amor parisino.

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Dicen de París que es la ciudad del amor. También lo dicen de muchas otras ciudades, pero en especial, de París. Las historias, anécdotas y recuerdos humanos en cuanto a este tema, el amor y París, son infinitas. Menos infinitas, pero también numerosas son las veces en las que el cine nos las ha reflejado.

En esta ocasión, Paris je t’aime, está conformada por un conjunto de historias, dieciocho, independientes entre sí y con el nexo de que cada historia ocurre en uno de los distritos de París. El film es un homenaje irregular, con cortos que destilan originalidad y maestría, y otros un tanto mediocres.

‘Loin du 16eme’. Walter Salles y Daniela Thomas. (9)

Esta historia se centra en el amor entre una madre y una hija. Ella, Catalina Sandino Moreno, es una inmigrante que ya desde madrugada debe dejar a su bebé en una guarderia para recorrer todo París hasta llegar a un barrio de lujo donde ocuparse del bebé de una ricachona. Es un triste retrato de la situación por la que tienen que atravesar millones y millones de mujeres. Y pese a lo idílico de París, aquí también ocurre. Historia real y dura.

‘Place des Victories’. Nobuhiro Suwa. (9).

Si en una historia aparecen Dafoe y Binoche, difícilmente será mala. Esta es muy buena. La pobre Binoche perdió a su hijo, a quién decía que los cowboys existían. En un sueño de una noche, el cowboy, Dafoe, se aparecerá y le dejará durante unos momentos disfrutar por última vez de su hijo. Una historia de amor melancólica, dura y desesperante la que tiene la triste madre con su desaparecido hijo.

‘Montparnasse’. Alexander Payne. (8.5)

Una turista estadoudinense visita París. Lo hace sola. Preguntándose el por qué de dicha soledad. A través de su visita a la ciudad francesa, escucharemos sus reflexiones y en un gran final, su confesión. Su visita le sirve para comprenderse a ella misma. Todo ello gracias a París, la ciudad que le abrió los ojos y a la que, desde ese momento, amará.

‘Tour eiffel’. Sylvain Chomet. (8.5).

En esta historia nos relatan como un mimo tocanarices disfruta en los aledaños de la Torre Eiffel jugueteando con los turistas. Tanto jugar, al final acaba detenido, con la casualidad de que allí hay otra mimo, su alma gemela y la que resultará ser su amor. Todo ello contado por un niño, el hijo de mimo, al que sus padres le piden que sonría ante la vida. También muy divertida y original esta historia de amor.

‘Tulleries’. Joel y Ethan Coen. (8)

Un turista americano, Steve Buscemi, espera su metro en el andén. Pero pecado, en la Vieja Europa es desconsiderado mirar fíjamente a los ojos. Y él se ha cebado con una pareja de jovenes franceses. A partir de ahí, delirio. Divertida y muy original historia de amor. También violenta.

‘Place des Fêtes’. Oliver Schmitz. (8)

Un pobre hombre ha recibido una puñalada. En su socorro acude una chica a la que le pide que tome un café con él. A través de un flashback, Schmitz nos relata el por qué de la puñalada. Todo tiene un principio y un final, y esta historia está marcada por el amor que siente ese hombre ensangrentado hacia la mujer de sus sueños. Bonita historia de amor.

‘Parc Monceau’. Alfonso Cuaron. (7.5)

Un señor mayor, Nick Nolte, llega tarde a su cita. Le espera una joven. En el transcurso a pie que realizan por la calle sufren una discusión acalorada. Ella se siente agobiada por alguien, necesita refugio en los brazos de un hombre con experiencia. Cuaron nos hace creer que estamos presenciando una infidelidad, cuando realmente el hombre con experiencia no es más que el padre de la chica, la cual le pide que cuide a la persona que le agobia tanto y no le deja tiempo libre, su nieto. Divertida historia, y todo ocurre en la misma calle.

‘Bastille’. Isabel Coixet. (7).

Él tiene una amante. Ella un secreto. Ambos se citan en un restaurante con las intenciones de abrir la veda. Ella lo hace primero. Él nunca lo dirá. Su esposa tiene una enfermedad terminal y el estará a la altura de las circunstancias. Bonita historia que relata el lado perenne del amor.

‘Père-Lachaise’. Wes Craven. (6.5).

Una romántica mujer pasea con su pareja por el cementerio de París. Allí descubre que su futuro marido no es el hombre que ella anhela, y decide abandonarlo. Pero al pobre chico, se le aparece la figura de Oscar Wilder, allí enterrado, para aconsejarle en cómo recuperar a su amada. Entretenida y original.

‘Quartier Latin’. Gérard Depardieu y Frédéric Auburtin. (6.5).

En un buen restaurante se citan dos viejos conocidos. En juego, la firma de los papeles del divorcio. El sarcasmo y el rencor pronto entrarán en juego para estos dos protagonistas de una historia de amor tan dañina como rencorosa.

‘Quais de Seine’. Gurinder Chadha. (6).

Tres chavales pasan el rato a la orilla del Sena piropeando a las atractivas chicas que por allí pasan. Pero a uno de ellos no le gusta en exceso el juego. Cuando una chica árabe pase delante de ellos y tropiece, él pese a las risas y demás acudirá en su ayuda. Historia de amor la que vive un chicho occidental con una chica árabe. Se deja ver, aunque no perdura. 

‘Pigalle’. Richard LaGravenese. (6)

En el barrio parisino donde la prostitución alcanza su máxima expresión, un anciano pasea en busca de sexo. Allí se encontrará seducida por una mujer madura. Juegos de seducción y atracción entre un par de ancianos que buscan reactivar una relación pasional ya desgastada por el tiempo. Del montón.

‘Quarties des enfants rouges’. Olivier Assayas. (5.5).

Una actriz americana esta rodando una película. Mientras espera su momento, quiere colocarse. Llama a un tipo que le trae la mercancía. Él parece desearla. Ella se siente a gusto en ese papel. Al cabo del tiempo, ella se decide y le llama para que vuelva con más mercancía, y así volver a verle. No volverá, llamará a otro camello para hacer el trato, el cuál robará a la inocente actriz. No está mal esta historia, pero tampoco es para tirar cohetes una historia en la que un par de delincuentes acaban desvalijando el amor y alguna joya de una actriz extranjera.

‘Montmartre’. Bruno Podalydès. (4)

La primera historia del film. Qué mal comienzo. Aburrida. Un tipo trata de aparcar. Después de un buen rato, lo consigue. Mientras disfruta de su aparcamiento, reflexiona acerca de por qué no encuentra el amor de su vida. De repente una mujer se desploma al lado de su coche. Él la rescata. Es el amor de su vida. No me ha gustado, ni me ha emocionado.

‘Faubourg-Saint Dennis’. Tom Tykwer. (4)

Una aspirante a actriz se enamora de un chaval ciego. Un día, ella le llama para decirle que se terminó. Él reflexiona acerca de todo lo que han vivido durante ese tiempo, de cómo se fue apagando la relación y de qué ha hecho mal para entender este abandono. Al día siguiente, ella vuelve a llamar para decirle si era creíble. Es decir, todo era un ensayo de su nuevo papel. Nadie abandona a nadie. El eje, la reflexión del chaval. Una historia estúpida e innecesaria, además está rodada como si de un videoclip se tratase.

‘Porte de Choisy’. Christopher Doyle. (3.5)

Que me perdone el encargado de la fotografía en las películas de Kar-Wai, Christopher Doyle, pero no le acabo de coger el truco a esta historia. Me desengancho a los treinta segundos de comenzar. Será que soy demasiado tradicional para entender el surrealismo de esta historia de amor entre una peluquera china y un maduro Barbet Schroeder. Quizás necesite de un nuevo visionado para disfrutar de este corto.

‘Quartier de la Madeleine’. Vincenzo Natali. (3.5)

Historia de amor entre una vampiresa y un inocente chaval que quedará prendado de ella mientras la contempla desangrar a una pobre víctima. Él se convertirá y ambos se unirán en su amor. Mala. Parece un anuncio de publicidad.

‘Le Marais’. Gus Van Sant. (3.5)

Un chaval que está trabajando acude a una fábrica para realizar un negocio. Allí mientras espera, inicia conversación con otro tío. Después de un sermón aburido, de cortejo, él se despide y espera su contacto. Con la sorpresa de que el tipo al que le estaba hablando no entendía ni papa de francés. Absurda historia de homosexuales o lo que quiera que sean. Mala.

‘La rosa púrpura de El Cairo’. El cine como motivo de vida.

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Cecilia está ahogada en su miserable vida. Son los años de la Gran Depresión en el New Jersey de los años 30. A ella le toca trabajar en una cafetería donde su jefe y los clientes no la soportan. Por otra parte, tiene que soportar al golfo de su marido, un tipo que pasa el tiempo que le ha concedido el cierre de la fábrica de juerga con sus amigos y sus golfas.

Menos mal que Cecilia tiene un cine cerca de casa para refugiarse. Y ahora echan ‘La rosa púrpura de El Cairo’, una historia romántica que transcurre por diversos lugares del mundo. Cecilia, como siempre, irá a verla. Y esta vez quedará enamorada del film y de su personaje, Tom Baxter, un explorador y poeta muy romántico. Le prendarán las escenas llenas de champagne, baile, vestidos elegantes y aventuras amorosas. Quedará tan enamorada, que es lo único que le motivará para dar una alegría a su vida. El cine será el refugio a su gris existencia en la realidad. No le queda nada, ningún motivo para seguir adelante. Pero ahí está el cine, como vía de escape, como salvación.

El delirio de Allen llegará cuando Baxter salte de la pantalla, prendado por Cecilia, para vivir una aventura de amor con ella. El ingenio, la gracia, los grandes diálogos y las carcajadas inundarán a partir de entonces el film. Woody Allen deambulará entre la ficción y la realidad, creará dos mundos contrapuestos, uno idílico, el ficticio, otro nefasto, el real. Dos mundos contrapuestos, pero a la vez compatibles. ¿Quién no ha encontrado refugio en algún momento de su vida en el cine? Esta película es un canto a la vida ficticia, esa vida que tantos admiramos. Un canto al cine. Porque la vida real, al fin y al cabo, no es tan idílica. La pobre Cecilia lo ha comprobado en más de una ocasión. Pero a ella siempre le quedará en el recuerdo aquella inolvidable noche en el cine con Tom Baxter. Le hará más llevadera su mísera vida.

‘Vidas rebeldes’. Cuando la vida te deja de lado.

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Marilyn aparece en Reno, ciudad de Nevada, huyendo de su marido, de quién piensa divorciarse. Es una chica inocente sí, pero a la que la vida no ha tratado muy bien. Su falta de cariño en la juventud por parte de sus padres ha sido un lastre que ha arrastrado durante toda la vida. Una losa en lo emocional que no le permite encontrar a nadie que esté dispuesto a atender todas sus necesidades sentimentales, toda su sensibilidad. Es una fugitiva crónica.

En Reno conocerá a tres tipos dispuestos a ocupar su corazón fugitivo. Uno es Gay, interpretado por Clark Gable. Gay es un tipo solitario. Un vaquero al que no le gusta que nadie le indique por donde debe andar. Detesta los trabajos a sueldo. No tiene relación con sus hijos. Y no ha echado lazos amorosos con ninguna mujer desde que su último amor se marchara.

Otro aspirante es Guido, Eli Wallach. Un antiguo piloto de aviación que combatió en la guerra. Ahora deambula por Reno en busca de cualquier cosa que le permita seguir hacia adelante. La llegada de la más famosa rubia de Hollywood a Reno, provocará un vuelco en su corazón. El poso de amargura dejado en su corazón por la muerte de su esposa, podría desaparecer si se enrolara en un nuevo sendero del amor.

Por último, está Perce, interpretado éste por Montgomery Clift. Perce es un chaval que no ha encontrado el rumbo en su vida. Ni siquiera imagina que el alcohol y los rodeos pueden acabar con su vida. Tampoco le importaría. Es un hombre lleno de tristeza por la muerte de su padre y el posterior esposamiento de su madre con un nuevo tipo que le ha desbancado en su posición de legítimo heredero del rancho de su padre. Perce huye. No tiene a nadie, ni siquiera a su familia. Alegrar su corazón con la rubia no le vendría mal.

Y con todo ello llega la caza de caballos. Los cuatro ponen rumbo a la montaña. Allí estallarán las emociones que cada uno lleva por dentro. Guido, se lanzará en los brazos de la rubia, traicionando a uno de sus mejores amigos, Gay. Pero como Marilyn le dice, es una persona que estaría dispuesta a hundir el mundo para luego sólo pensar en su sentimiento de culpa, no en el daño que ha hecho. Perce, sentirá aún más tristeza de la que sentía antes de la caza. Su insatisfacción le hará posicionarse de parte de Marilyn, desentenderse de esa caza. Será en vano. Perce seguirá ahogado en su mar de tristeza, muriendo posiblemente en cualquier rodeo o en cualquier taberna harto de alcohol. El más expresivo de todos sera Gay. Reflejará una crueldad que aterrará a Marilyn. Capturará a toda la manada. Y ante la liberación de ésta, luchará con sus propias manos contra la yegua para, después de una terrible batalla, soltarla. Ya dijo que no le gusta que nadie decida por él. Posiblemente moriría sólo, con su soledad y su autonomía. Y en último lugar está la rubia. Una mujer tan sensible que no es capaza de soportar la muerte de un conejo. Ni mucho menos ver el sufrimiento de la pobre manada de caballos a manos de los rudos vaqueros. Su sensibilidad estallará. El odio hacia ese mundo tan cruel, tan tiránico, tan falto de cariño se reflejará en esas montañas. Su aventura en Reno terminará. Huirá una vez más. Posiblemente acabará en cualquier otra parte del mapa, viviendo una aventura similar, para finalmente acabar huyendo. No es un mundo hecho a su medida.

Como anécdota histórica podríamos decir que Vidas Rebeldes fue la última película de Marilyn Monroe y Clark Gable. Éste último incluso murió antes de su estreno. Montgomery Clift sólo la sobreviviría seis años más. Los tres encontraron una muerte joven. No se si fueron seleccionados por otras circunstancias para la película, pero creo que ninguno de ellos tuvo que actuar mucho, no les hacía falta crear un personaje. Les bastaba con ser ellos mismos.

‘Broken blossoms’. Amor en Limehouse.

El hombre amarillo es un hombre muy bondadoso en su China natal. Rinde culto a Buda y actúa conforme a sus imperativos. Poseedor de los impulsos inherentes a la juventud, el hombre amarillo quiere recorrer kilómetros, ver mundo y arreglarlo. Harto del universalismo belicoso de Occidente, sobre todo de Gran Bretaña, el hombre amarillo quiere propugnar su mensaje espiritual y pacífico.

En Londres, el hombre amarillo no tendrá fortuna. Se topará con la realidad en Limehouse, un barrio humilde por aquel entonces. Será, despectivamente, un chino más. Con su opio, su té y su comercio.

Lucy no ha recorrido mundo. Es más, parece poco probable que haya salido alguna vez de Limehouse. Tiene una atormentada vida a causa de los malos tratos a los que la somete el tirano alcohólico de su padre. Su vida es un deambular por el barrio de manera pública, y una esclavitud y subordinación espectacular en la esfera privada, en su casa.

Estas dos almas en pena de Limehouse, se conocerán fortuitamente y se enamorarán. Sus corazones gélidos y oscuros, como nos relata Griffin, buscarán en los rincones más profundos para encontrar algo de calor. Será un amor puro, un amor que nadie podrá borrar, un amor que rescatará a sus poseedores, porque aunque la vida sea dura, se hace más llevadera con amor.

Sin embargo, el tirano de su padre entrará de nuevo en escena. Un chino con su hija es una ofensa imperdonable. Una ofensa que se paga con la vida de Lucy. Una vida que vengará el hombre amarillo. Un sentimiento de culpa, el del hombre amarillo, que le conducirá hacia el más allá. El pobre hombre amarillo que llegaba con todas sus buenas intenciones, a propugnar la vida espiritual, alejada de la violencia física y verbal, caerá en las trampas, en las redes del juego. Ya nada se podrá hacer. Era un amor destinado a perecer. Sin embargo, este tipo de amores siempre perduran. Griffin nos lo ha recordado brindándonos una de las más bonitas historias de amor que yo haya visto en el mundo del cine.

8/10

‘Event horizon’. Prometía, pero…

Es cierto que no empieza mal. En sí, el argumento incluso atrae. Una nave espacial, la “Event Horizon”, se pierde en mitad del espacio y, obviamente, otra nave, la “Lewis & Clark”, irá en su búsqueda y rescate.

En esa tarea, comenzarán a suceder cosas extrañas entre los tripulantes, principalmente pesadillas que les aterrarán, captarán un mensaje siniestro de la nave que buscan y, finalmente, la encontrarán. Abandonada, lúgubre, oscura. Uno, tensionado, metido de lleno en el por qué, en el qué habrá pasado, busca que le materialicen la promesa de terror que le había hecho el tal Paul Anderson, y que hasta el momento no andaba desencaminado.

Pero, a partir de ahí, se acabó. Ni terror, ni ciencia-ficción, ni nada de nada. La tensión narrativa que mantenía el film pese a lo ilógico de sus bases matemáticas con la historia de un motor que abre un agujero negro que transporta la nave a más velocidad que la de la luz, se desvanece. Volverán las pesadillas, haciéndose, esta vez, cansinas. Y, bueno, habrá muertes y tal en la nave. Pero miedo y terror no son las sensaciones que siente el espectador viendo esto. La película comienza a fallar.

La primera parte del film es digna de ver. Tampoco para tirar cohetes, pero, al menos, te mantiene ahí. La segunda, mala. El final, parece improvisado, ni hecho a propósito se hubiese rematado la faena de una manera tan resultista. De lo más ilógico y cargante.

Valga como resumen, como pincelada de ello, la escena en la que un tripulante se pierde él sólo en el espacio exterior, pero a través de sus propulsores consigue volver a la nave y montar allí un San Quintín de cuidado. Innecesaria.

‘Bangkok Dangerous’. De alopecias e injertos.

Hubo un tiempo, los 80, en el que el cine de acción se convirtió en el principal referente, en cuanto a producción, de Hollywood. Eran malas películas, sí. Pero, al menos, tenían algo de encanto, o será la nostalgia de aquellos años.

Hoy en día, no hay nostalgia. Son malas, sí. Pero aún más malas que entonces. Cuando estaban en forma, los referentes de este tipo de cine eran los Schwarzenegger, Stallone o Willis. Ahora, hasta el mejor actor de la Tierra, ha interpretado un truño de este tipo de cine. Pero el que más méritos está haciendo en la carrera de caer más bajo en calidad y más alto en lo verde del dólar, es un maduro ya de Hollywood, Nicolas Cage. Sí, aquel que comenzó con Coppola y demás y al que dieron un oscar por su papelón en Leaving Las Vegas. Ese mismo al que no reconocerías certeramente debido a las veintisiete operaciones de cirugía estética que se ha hecho en la cara de no ser porque sale su nombre en los títulos de crédito. Sí, el mismo que pese a sufrir alopecia, se resiste a envejecer dejando su cabeza como una bola de billar y no para de realizarse injertos de pelo que le dan una imagen un tanto juvenil y lamentable para un tío que rondará ya la cincuentena. Ese mismo, es el actor de esta película.

Bueno, en Bangkok dangerous, Cage hace de un tío muy duro, muy duro. Un tío que es tan duro que sólo vive él con su dureza. Jamás establece contactos, ni muestra sentimientos con nadie. Y, por supuesto, se liquida a todo aquel que se le ponga por medio a cambio de cierta cantidad económica. Vamos, que el tío mataría hasta a su madre si se lo retribuyeran. Pero todo eso desaparece al llegar a Bangkok. Allí se vuelve un hombre de lo más tierno, se enamora de una sordomuda, ejerce de maestro de un pobre muchacho y hasta decide no liquidarse a un político que miraba por los intereses del pueblo. Todo ese derroche de encanto y sentimientos a flor de piel provienen de un tío que hasta la fecha sólo conocía la compañía de sus pistolas y rifles.

No hace falta decir, que el cocktail se completa con una buena dosis de música a toda hostia, chicas guapas desnudas o semidesnudas, tiros y explosiones por doquier, y unos cuantos bostezos durante su visionado.  ¿Por qué Nicolas?.