‘In Bruges’. Tan graciosa como hiriente, tan idílica como tenebrosa.

Mientras escribo estas líneas, me asomo por la ventana y veo el cielo nublado, gris y melancólico de la preciosa Brujas. A mí, como a Ralph Fiennes (Harry Waters), esta ciudad me parece un placer para los sentidos. Es una ciudad de “cuento de hadas, con su esencia medieval, sus calles adoquinadas, sus palacios, sus canales, su arquitectura gótica”. Todo, muy de postal.

El caso es que a élla han ido a parar dos sicarios de poca monta. Son Ken (Brendan Gleeson) y Ray (Colin Farrell). Un trabajo les salió mal, y Harry (el jefe) los mandó a las sinuosas calles de Brujas a encontrar refugio, alejándolos de la caótica London. Ken está encantado con la ciudad, le parece idílica. A Ray le parece un estercolero, pues es de esas ciudades en que la diversión es sumisa a la cultura, y eso no va con él. Lo que ambos no saben es que ni bonita ni aburrida, pues pronto, Brujas, se convertirá en tinieblas.

A partir de esta premisa, comienza el recital de Martin McDonagh (no es de la tourist info de aquí, sino director de cine). La cinta tiene un buen perfil de personajes, gavitando en torno a dos almas errantes que comienzan ahogarse en sus penurias, desorientados por esa vida que ellos eligieron (o que les tocó elegir). Se establece una relación, de estilo paternal, entre el matón veterano y el inexperto que enciende la empatía del espectador para con estos dos refugiados, condimentándose todo con un trasfondo idílico (Brujas), determinados personajes secundarios (amiguita, enanos y demás), así como por una voz llegada a través del teléfono que dinamitará la historia: “hazlo”, dijo Harry.

La asfixia de estos náufragos es relatada de un modo excepcional por Martin McDonagh. Se sirve de una brillante factura técnica (gran fotografía, pues la ciudad se presta para ello), así como de unas interpretaciones brindadas en estado de gracia por actores de peso. Pero, sobre todo, del ingenio y la originalidad que rezuma su historia. Alternando humor, acción y drama, el cineasta consigue un cocktail que le da vigor y pulso a su narrativa, no perdiendo nunca el norte de vista: Brujas es un regalo, algo que ver… antes de morir.

8/10 

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