‘The insider’. Dramática lucha en la inmensidad del sistema.

Apenas unas pocas palabras le bastan a Michael Mann para dar vigor e impulso a su narración: “la nicotina crea adicción”. Una frase que escupe Jeffrey Wigand, antiguo directivo de Brown & Williamson, durante la grabación del programa 60 Minutos de la cadena CBS, producido por Lowell Bergman. ¿Dónde está el problema? Pues que “los siete enanitos”, es decir los siete jefazos de las grandes tabacaleras, andan con la mosca detrás de la oreja, en especial los de la susodicha compañía, sabedores de que afirmaron, bajo juramento constitucional, todo lo contrario. “No, qué va. La nicotina no crea adicción”.

Esta es la premisa de la que parte esta película. Un David contra Goliat que no tiene desperdicio. La ardua y dolorosa batalla, tanto psicológica como legal, emprendida por nuestro protagonista nos tiene cautivados. Quedamos así hipnotizados frente a la calamitosa existencia de un tipo que desayunará paranoia, comerá presión y cenará sospechas. El bienestar se reduce de este modo hasta niveles mínimos, viviendo en un estado de terror permanente que acaba por dinamitar todo atisbo de normalidad en la vida personal de uno mismo. La tranquilidad de la conciencia se enfrenta a la intranquilidad de la guillotina, y en medio aparece la voz incitadora de ese tipo que anda entre mercader y juez, el periodista.

El punto fuerte del film reside en la historia que nos cuenta y, sobre todo, en cómo nos la cuenta. Michael Mann elabora junto con Eric Roth un guión poderoso, tan inteligente como preciso, consiguiendo atrapar al espectador en una densa nebulosa, donde el agobio y la asfixia del protagonista se dan de la mano con la incredulidad de presenciar cuán inocuos son los arrebatos cívicos en contra de los puntos oscuros del sistema, especialmente a través de la excepcional radiografía aquí brindada acerca del mundo televisivo y la mercantilización del periodismo, aspirante a cuarto poder.

Sin duda que ayuda tener en el frente de batalla a gente como Russell Crowe y Al Pacino, dos grandes actores que aquí acometen una lucha de titanes, un recital interpretativo que sirve para dar viveza, empuje y dramatismo a una historia que así lo requería. El apartado técnico es deslumbrante, destacando el oficio de Mann y la clase de Dante Spinotti. Una puesta en escena elegante, melancólica y sombría, vehículo idóneo para contar una historia  tan dolorosa como necesaria.

9/10 

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