‘Dark blue’. Se deja ver.

El film es una denuncia del cuerpo represor del Estado. Más que de él en sí mismo, se pone el acento en su funcionamiento, en su dinámica interior. Mentiras, sobornos, mafioseo, corrupción, asesinatos a sangre fría. Ron Shelton lo combina todo para sacar a la luz el aroma a putrefacto del cuerpo policial, y brindarnos un film que pasa sin pena ni gloria por la retina de uno.

Pese a que en el guión se encuentra David Ayer, el hombre que parió ‘Training day’, y la historia, en su origen, es de James Ellroy (éste no necesita presentación), ‘Dark blue’ ni que decir tiene que no está al nivel ni de Training day, ni de L.A. Confidential (suena a insulto esta comparación). Le falta algo de chispa, alguna barita mágica que la saque de la mediocridad cinematográfica que transmite desde el primer minuto. Pese a todo, su visionado tampoco desagrada. Se deja ver con facilidad. Además, la protagoniza uno de mis actores favoritos: el gran Kurt Russell.

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‘La ley del silencio’. La inmortal historia de Terry Malloy.

A Elia Kazan se le criticó, se le crucificó en su día por su declaración ante el tribunal McCarthy. Fue el chivato que delató a sus colegas de profesión comunistas, ante la caza de brujas del susodicho senador. Un acto deleznable. No sé si tratando de excusarse se inventó esta obra maestra. La película, si hacemos el símil de comunistas con mafiosos de los muelles, es de muy mal gusto. Puede que sea conservadora y rancia (comunistas aparte), pues tampoco hay que olvidar el papel preponderante del cura y el cristianismo en la misma. Pero, olvidándonos de todo ello, uno no puede más que disfrutar, que apasionarse, que inmiscuirse en esta lírica historia en la que Marlon Brando ejerce de mártir ante sus compañeros, de chivato. Pero un chivato que no quiere sino otra cosa que hacer el bien, acabar con el gángster de turno.

‘La ley del silencio’ es una obra cargada de reflexión y sentimiento. La interpretación de Marlon Brando es magistral, de las mejores de la historia. Ese hombre paradigma del fracaso, de la derrota, de lo que pudo haber sido y no fue. Un hombre duro, de esos que no teme a nadie. Ni siquiera al capo. Un hombre que prefiere no escuchar, como le dicen sus cercanos, su propia conciencia, prefiere no sentir, pues lo sentimientos no sirven para nada. Sin embargo aparecerá Edie, una excepcional Eva Marie Saint. Una mujer que hará florecer en el interior del rudo estibador el sentimiento, el amor. Terry Malloy se encaminará por el buen camino, más por amor que por convicción, más por dolor y resentimiento que por el ideal de justicia, en su odisea personal, en su venganza, en su ira, contra Johnny.

Una obra poética, preciosa. Una obra, que fuera prejuicios, merece el reconocimiento por ese fresco pintado sobre un paisaje tan demoledor.  La lucha interior y exterior de cada personaje. El amor entre Brando y la joven rubia. Y el contexto gangsteril cargado de dolor, pesadumbre y desasosiego. Un film que habla, por encima de todo, de personas jodidas, vacías. Y de alguien que luchó, en su afán de darle un puñetazo a su miserable vida.

‘Secuestrada’. Un mal rato.

Un profesor totalmente grillado, un genial Jeff Bridges, está en los preparativos. Cloroformo, cabaña, aislamiento, el coche, las pulsaciones. Lo tiene todo preparado para el secuestro, únicamente falta la víctima. Una pareja de tortolitos, el rubiales de Kiefer y una jovencita Sandra Bullock, está de vacaciones por los parajes de Seattle. De pronto, se quedan sin gasolina y se ven obligados a detenerse en una estación de servicio. El azar ha escogido a la víctima.

‘Secuestrada’ es un film al que su director, George Sluizer, en la manufactura de su propio remake (no he visto la original), ha dotado con una estructura (preparativos, búsqueda, resolución) bastante novedosa que nos lleva primero a centrarnos en el secuestrador, luego en el amargado y desolado novio, y, por fin, en el choque final entre ambos. Es cierto que el guión posee algunas imposiciones que parecen mermar el conjunto y le impiden ser una buena película, pero lo que sí garantiza es un entretenimiento muy digno gracias a sus porciones de locura, crudeza y asfixia. Es un thriller psicológico conseguido que, como mayor mérito a atribuirle, te hace pasar un mal rato, deseando no verte inmerso jamás en una paranoia de tal calibre.

‘Killing me softly’. Heather, luce tu cuerpo serrano.

Película ramplona en la que una joven estadounidense afincada en Londres se enamora de una manera loca de un extraño al que conoce en la calle. La pasión desatada inundará su relación, una relación basada en el sexo duro, en el sometimiento, en cuerpo y alma, de la joven ante el hombre. Un hombre del que, cada vez más, ella sospechará, hugando en un pasado turbio.

‘Suavemente me mata’ es un thriller pasional que cojea por los cuatro costados. Desde un inicio ya compruebas que la pasión (y sus correspondientes escenas) está cargada de presuntuosidad.  El guión es tramposo e incongruente, aún así, uno puede captar por donde se va a encaminar la trama argumentativa sin ningún tipo de problema. De los diálogos y las actuaciones  sería mejor no hablar, pues son tan horteras, cargantes, cursis y, por momentos, irrisorios, que parecen fuera de lugar, pues serían más propias de una película porno que de una cinta con cierta dignidad hollywoodense.

En esencia, el film parece entregado, más allá de pasión, intriga y demás, a la causa del lucimiento físico, que no artístico, de Heather Graham. Sus tetas, captadas sin tapujo alguno en repetidas ocasiones por ese gran cineasta llamado Ken Chaige, son el punto fuerte del film. Al pobre Fiennes, en cambio, el guión no le deparó ningún tipo de lucimiento más allá del de poner cara de chico atractivo e interesante durante toda la santa película. Mala.

‘Stanno tutti bene’. Un viaggio desolatore.

Giuseppe Tornatore nos brindaba aquí un drama familiar sustentado en la figura del nono, el anciano abuelo que se recorría la geografía italiana para poder honrar la buena vida de sus hijos. Es una película con una historia sencilla, pero apasionante, profunda y de gran carga psicológica. Es triste ver la soledad de ese hombre que vive en un mundo irreal, imaginario, cargado de nostalgia y melancolía. Sin una esposa presente, y con unos hijos que ya abandonaron el nicho familiar hace años para buscarse un futuro mejor (hay que tener en cuenta que en Italia hay una fuerte emigración del sur al norte).

A través de Matteo Scuro, interpretado de una manera fabulosa por Marcello Mastroianni, recorreremos las sporche strade de Napoli, la ancestral Roma, la renacentista Firenze o las opulosas e industriales Milano y Torino. Ciudades en las que sus hijos podrán recrear la farsa de esa vida anhelada por su padre para ellos, vivir en el sueño de ese hombre que saca pecho, en un país tan tradicional, acerca de su familia. Un famoso político, una modelo de pasarela, una importante ejecutiva o un gran percusionista. Eso es lo que piensa él, pero, poco a poco, va dándose cuenta de la realidad. Es una película desmitificadora, dura. Cargada de soledad y dolor que nos muestra, en gran medida, el cambio de valores en una sociedad occidental como Italia. La familia ya no es lo que era debió pensar Matteo, un hombre que dedicó, junto a su mujer, toda su vida a la felicidad de sus hijos. Tornatore toca la fibra sensible gracias a este desolador y melancólico viaje. Un viaje que concluye con un “stanno tutti bene” del anciano dirigiéndose a la lápida de su mujer, como acogiéndose en los días que le restan a ese mundo, el suyo, con el que creció, ya en decadencia.

‘Seven’. 7 razones para entrar al club de las inolvidables.

‘Se7en’ posee una dirección magistral, a cargo de David Fincher, que nos mete de lleno en la adrenalínica y desapacible investigación, con ese toque lúgubre y sombrío que nos acompaña durante todo el film, con una potencia y un poderío visual que hablan por sí solos del peculiar carácter y la personalidad única del cineasta que firma la cinta. En el guión, encontramos a Andrew Kevin Walker, un guionista raso, pero que, sin embargo, podrá contarle a sus nietecitos que él escribió esta brutalidad de joya escrita. Combina los 7 pecados capitales con los 7 días de la semana, narrando una investigación peliaguda, detallista y muy inteligente, en la que todas las piezas encajan de una manera excepcional. El juego psicológico que establece entre ambos detectives crea una atmósfera duelista, entre el joven y ambicioso Brad Pitt, con un temperamento muy fuerte y movido por sus impulsos, frente a un Morgan Freeman calculador, frío, distante y minucioso.

Toda la obra se enmarca dentro de la esencia que transmite la cita de Hemingway incluida al final del film “el mundo es un buen lugar por el que merece la pena luchar“. A lo que Freeman, pensativo, como siempre, replica “estoy de acuerdo sólo con la segunda parte de la frase“. Es decir, ‘Se7en’ se sirve de nuestra desalmada civilización, centrándose en las cloacas de Nueva York (supongo que será esa ciudad, aunque podría ser cualquier otra), en la insensibilidad imperante allí (que acabó por arruinar al pobre Morgan Freeman), en lo atroz de nuestra existencia a ojos de cualquiera. Atrocidades, que por comunes, dejan de serlo, convirtiéndose en normas imperantes. Los 7 pecados capitales (gula, avaricia, pereza, soberbia, lujuria, envidia, ira) alcanzan su máxima expresión en esta cinta, temiendo a ese moralizante justiciero divino, un magistral Kevin Spacey, quedándote una sensación desasogante, perturbadora.

El final es magistral, de lo mejor que he visto. La guinda a una obra totalmente redonda. Una película en la que el guión te contagia y la dirección se te impregna, captándote durante cada uno de sus minutos, transmitiéndote una agonía crónica desde el primer minuto hasta el último. A ello también ayuda el reparto, en estado de gracia y con un derroche interpretativo descomunal. Probablemente, estamos ante uno de los mejores papeles de Brad Pitt. También ante un Morgan Freeman sensacional, sacándole todo el jugo posible a su personaje. Y, por último, qué decir de Kevin Spacey, un hombre que bordó los papeles secundarios en varios films de los 90 (ojo con Sospechosos habituales). En definitiva, uno de los mejores thrillers de todos los tiempos. Una película que, vista ahora, 15 años después de su estreno, sigue pareciendo igual de buena que en su día (aunque de nano no se percibe todo). Es una de esas cintas que lucha contra el paso del tiempo, que se resiste a caer en el olvido. Y ello es así por méritos propios (pues ha creado escuela). Una auténtica obra maestra con la que, por fortuna para nosotros, Fincher se hizo un nombre en Hollywood .

 

“Marcó y marca una época, si “El silencio de los corderos” es el Antiguo Testamento del cine de asesinos en serie, “Seven” es el Nuevo. Se llevan haciendo decenas y decenas de películas –peores- desde entonces que la imitan”.  Cita de una crítica de Filmaffinity que me ha parecido oportuna para el caso.

‘Zabriskie point’. Retratando el espíritu juvenil del 68.

Son tiempos de revolución estudiantil en los Estados Unidos. Son los años finales de la década de los 60. Mark, un joven inconformista, harto de tanta asamblea revolucionaria cargada de palabrería y ausente de hechos, decide, pistola en mano, hacer su revolución asesinando a un policía. No le quedará otra que huir, huir en una avioneta robada, la Lily7, por el desierto californiano que se encamina hacia Arizona.

Daria, por su parte, es una joven secretaria, hastiada de su autómata empleo. Busca reflexionar, encaminar de otro modo su vida. Se tomará un tiempo de descanso, de meditación al volante, huyendo por esa línea de asfalto impuesta sobre el desierto, desafiando a su jefe, ese que la halaga, él que la cita en Phoenix para una reunión de negocios.

En medio de ambas encrucijadas, Mark y Daria, acabarán por encontrarse, por conocerse. Será en Zabriskie Point, un paraje, en apariencia, muerto, levantado en medio del desierto de California. Ambos le darán rienda suelta al amor y la pasión, algo con lo que evadirse de tan materialista existencia, acogiéndose al “haz el amor y no la guerra”, encontrando cobijo así frente a tanto consumismo, frente a tanta avaricia, refugiándose en ese punto arenoso que les aparte de ese mundo emergente de electrodomésticos, violencia y desigualdades. Poco durará la excitación, pues, como todos sabemos, todo ello tendrá un final trágico. Un final en el que morir dentro de una sudorosa avioneta, o en el que llorar amargamente en un chalet lujoso lleno de magnates mangantes. Daria deseará hacerlo explosionar todo.

Michelangelo Antonioni, en su única, creo, inmersión (hablando de cine) en los Estados Unidos, nos brindaba una película idealista, soñadora, que retrata ese espíritu juvenil que se contagió de joven en joven (y los no tan jóvenes) en medio mundo occidental. Un espíritu que buscaba y luchaba, nada más y nada menos, que por cambiar el mundo. Parece que el cineasta la realizará desde la nostalgia, desde el dolor de la oportunidad perdida. Deja un poso de amargura. Dentro de la temática, es de lo mejor que he visto. Ah, la banda sonora corre a cargo de Pink Floyd.

‘Alice in Wonderland’. Fascinante aventura onírica.

Era vox populi que al friki gótico de Burton lo echaron a patadas de la Disney ya hace un tiempo. No acababa de entrar dentro del esquema de los jefazos de la productora. Sin embargo, aquel chaval con un talento descomunal acabó abriéndose un camino dentro del mundo del cine, y qué camino! Suyas son algunas obras que están entre mis favoritas (véase Eduardo Manostijeras). Su universo es suyo, es decir, tiene algo de propio, de peculiar. En pocas palabras, es un genio. Hasta tal punto lo será, que hoy vuelve por la puerta grande (y al parecer con sus condiciones, puesto que esta Alicia no es, en ciertos puntos, la típica Disney) a aquella productora que, en su día, lo puso de patitas en la calle.

Tim Burton nos deleita a través de su recreación de ese fascinante País de las maravillas. Un submundo totalmente onírico, en el que Alicia soñará con un imposible, con ser una salvadora, con acabar cortando la cabeza del Galimatazo empuñando una espada muy especial, trayendo el día Gloricioso con ello y permitiendo a todos sus amigos vivir en paz, armonía y amor, liberados de la malvada Reina Roja. De todo ello, de todo ese derroche visual con el que Burton ha acompañado a esta historia, queda uno prendado desde el primer plano. Visualmente es muy poderosa, te sumerges en la magia del sueño al mismo tiempo que Alicia, porque aunque la historia no está mal, es el envoltorio con el que se nos presenta ésta, con el peculiar toque burtoniano, lo que acaba deslumbrando y encadilando a uno.

Como complemento de todo, y dentro de la temática Disney, Tim Burton (o la guionista del film, o los jefazos de la productora) incluyen el mensaje propio de estas cintas. Un mensaje que, en esta ocasión, glorifica la majadería, pero la sana. Ésa que se plasma en el “seamos realistas, pidamos lo imposible”. Y lo hace, sin embargo, a través de un ingrato alegato en pro de la colonización, eufemísticamente llamada, desde Occidente, apertura del comercio. Salvando este desvergonzado final, seamos realistas y quedémonos con el mundo onírico, el de verdad, el del sombrerero y la Reina Roja, el que atormentaba los sueños de Alicia.

‘F/X’. Curiosa.

‘Rollie’ Tyler es un experto en la creación de efectos especiales para las películas chabacaneras de Hollywood. Ahora, ha recibido un encargo un tanto peculiar, y no ha sido de parte de ningún productor de cine, sino del Departamento de Justicia de los Estados Unidos. La misión no es otra que la de simular el asesinato de un capo mafioso que está dispuesto a colaborar para minar el tinglado del crimen organizado. Sin embargo, pronto descubrirá que detrás de todo ello se esconde un oscuro y sangriento interés.

‘F/X’ es un producto en la línea estándar de los 80, cine comercial para el público de masas, pero realizado con algo más de dignidad que el que se realiza actualmente. En esencia, es una película de acción pura, con un actor principal, Bryan Brown, obstinado en salvar su pellejo a base de trampas con los efectos especiales (con ellos es capaz de cepillarse a media Nueva York), pero, eso sí, con un guión entregado a la innovación dentro del rudo género, deparándonos algun que otro alocado giro en el devenir de los acontecimientos.  En definitiva, un film curioso que, al menos, combina dentro del contexto de hostias, explosiones y fiambres, una trama original (efectos especiales, engaños y supervivencia) que sirve, exclusivamente, para entretenerte. Las hay mucho peores.

‘The cooler’. Las entrañas de Las Vegas.

‘The cooler’ es una película que nos lleva a las entrañas de la ciudad de Las Vegas, una ciudad multicolor. Una ciudad donde no se distingue la noche del día, donde no hay relojes en las paredes. Una ciudad cargada de hoteles de lujo y casinos. Uno de éstos últimos, el Shangri-La, servirá para sumergirnos en su dinámica interna, con un director, un gran Alec Baldwin, que renuncia a que los tiempos cambien, a anclarse en el pasado, en aquella Las Vegas dorada de antaño. En medio de su obstinación, mezcla de nostalgia, despotismo y ambición, encontramos a un hombre que es todo lo contrario, un gran William H. Macy que borda el papel de gafe, de eterno derrotado. Luego vendrá la puta redimida, Maria Bello.

Un triángulo. Tres personas. Una historia de amor entre dos perdedores, el gafe y la furcia, vigilada, dede arriba, por un mafioso mamón empeñado en despedazarla. Todo ello en un contexto cargado de pasión, de fortuna y rachas, de engaños, de mentiras y crudezas, de palizas y sinsabores. Todo será retratado por Wayne Kramer a través de una historia sencilla que, sin embargo, encandila al espectador. Capta tu atención desde el primer momento, esperando acontecimientos en tan devastador paraíso. Es una película amarga y derrotista, pero que da un halo de esperanza, como encomiándose a la buena fortuna, la representada por el amor. Veánla, aunque sólo sea por el derroche de arte de Alec Baldwin, H. Macy o Maria Bello, tres actorazos que mantienen en pie una historia tan sencilla como cautivadora.