‘La ley del silencio’. La inmortal historia de Terry Malloy.

A Elia Kazan se le criticó, se le crucificó en su día por su declaración ante el tribunal McCarthy. Fue el chivato que delató a sus colegas de profesión comunistas, ante la caza de brujas del susodicho senador. Un acto deleznable. No sé si tratando de excusarse se inventó esta obra maestra. La película, si hacemos el símil de comunistas con mafiosos de los muelles, es de muy mal gusto. Puede que sea conservadora y rancia (comunistas aparte), pues tampoco hay que olvidar el papel preponderante del cura y el cristianismo en la misma. Pero, olvidándonos de todo ello, uno no puede más que disfrutar, que apasionarse, que inmiscuirse en esta lírica historia en la que Marlon Brando ejerce de mártir ante sus compañeros, de chivato. Pero un chivato que no quiere sino otra cosa que hacer el bien, acabar con el gángster de turno.

‘La ley del silencio’ es una obra cargada de reflexión y sentimiento. La interpretación de Marlon Brando es magistral, de las mejores de la historia. Ese hombre paradigma del fracaso, de la derrota, de lo que pudo haber sido y no fue. Un hombre duro, de esos que no teme a nadie. Ni siquiera al capo. Un hombre que prefiere no escuchar, como le dicen sus cercanos, su propia conciencia, prefiere no sentir, pues lo sentimientos no sirven para nada. Sin embargo aparecerá Edie, una excepcional Eva Marie Saint. Una mujer que hará florecer en el interior del rudo estibador el sentimiento, el amor. Terry Malloy se encaminará por el buen camino, más por amor que por convicción, más por dolor y resentimiento que por el ideal de justicia, en su odisea personal, en su venganza, en su ira, contra Johnny.

Una obra poética, preciosa. Una obra, que fuera prejuicios, merece el reconocimiento por ese fresco pintado sobre un paisaje tan demoledor.  La lucha interior y exterior de cada personaje. El amor entre Brando y la joven rubia. Y el contexto gangsteril cargado de dolor, pesadumbre y desasosiego. Un film que habla, por encima de todo, de personas jodidas, vacías. Y de alguien que luchó, en su afán de darle un puñetazo a su miserable vida.

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