‘Haute tension’. Genial, pedante y absurda.

Reconoce que si te dispones a ver ‘Haute tension’ es porque te va, en cierta medida, el sado. La afirmación se puede extrapolar al género en sí, el de terror digo. Ponerse una peli de miedo es un ejercicio de autoflagelación, buscando perturbar nuestra mente con las ¿horripilantes? sensaciones derivadas de la barbaridad (del subgénero que sea) que nos aventuramos a visionar. Sería conveniente resaltar, a su vez, que es un género lleno de bazofia. Ni siquiera me apetece recordar toda la basura que he digerido. Digamos que encontrar algo potable, es difícil, como un oasis en el desierto.

Ello lo digo porque ‘Haute tension’ tiene algo de oasis. Al menos, en su inicio. Es oscura, camuflándose en la noche para así meternos el susto en el cuerpo. No obstante, hay que decir que también tiene algo de contradictoria, porque el asesino aquí no se esconde, sino que va de frente (sorpresa!). No hay sustos baratos (bueno sí, el típico del espejito). Algo de terror psicológico podríamos decir que hay por ahí. Pero más que nada, resaltando sobre el resto, está la figura del slasher, el carnicero que sin cortarse un pelo desata tal panorama de hostias, hemoglobina y tijeretazos que acabamos por escalofriarnos, de puro repelús, con unos prolegómenos tan impactantes. Aquí, te frotas las manos, pues al parecer estás ante algo bueno.

Tampoco se me ilusionen en demasía, que el tal Alexandre Aja no es el nuevo Sam Raimi. Porque luego la cosa ya anda por otros derroteros. Un más de lo mismo. La fuerza y el vigor inicial se van perdiendo, desinflándose poco a poco en una trama que de modo muy “coherente” (tiene bemoles lo de los guionistas) nos va sirviendo en bandeja el (!guau¡) sorprendente final. Acaba por autodefinirse como una gilipollez absurda, y de las grandes.

Spoiler

¿Alguien me explica la escena de los coches? ¿O la del interior del furgón entre las dos chicas? ¿Quién conducía pues? ¿Lo achacamos todo a los delirios de Cécile De France? Barato, barato.

‘Léon’. Ni mujeres ni niños.

A ‘Léon’ hay que enjuiciarla atendiendo a lo que es: una película de acción. Si partimos de esa base, podemos llegar a decir que sí, que es posible hacer, dentro de este manido género, pelis que huyan de clichés como son las explosiones, los tiros y el ritmo frenético durante todo el santo metraje.

Luc Besson, cineasta irregular donde los haya, alcanzaba aquí el cúlmen de su filmografía, tejiendo una historia tan sencilla como emotiva. Ésta se sitúa en un bloque de viviendas de uno de los suburbios de New York. Allí viven Léon, “limpiador” de profesión, y Mathilda, una muchacha castigada por la vida desde el día en que nació. Un tipo llamado Stan, corrupto agente de la DEA, decidirá, sin saberlo, juntar el destino de ambos dos cuando irrumpa en la vivienda de Mathilda con fúsil en mano. A partir de aquí, y a pesar de no tener ningún misterio su cinta, Luc Besson nos cautiva. Desamparados en la Gran Ciudad, se encontrarán el uno al otro. Huíran de sus miserables existencias, comenzarán a sentir (en toda la magnitud de esta palabra). Sin embargo, nadie escapa tan fácilmente de su destino, menos aún cuando te lanzas de cabeza hacia el mismo, buscando ajustar las cuentas con el tipo, que curiosamente, los unió. Todo quedará reservado para los minutos finales del metraje, donde la relación entre ambos deberá resolverse en medio de fuego cruzado y sangre.

En fin, entretenimiento de gran calidad. Jean Reno está bien, Gary Oldman está muy bien (como casi siempre), y Natalie Portman… qué decir de ella! Aquí comenzaba a labrarse su futuro cinematográfico, presentándose al mundo con una brillante actuación en la que soportaba el peso principal del film (y de qué manera!), pues gracias a ella ‘Léon’ es hoy lo que es: una brillante película de acción que le debe mucho al feeling que logran transmitirnos el singular dúo Reno/Portman. Mítica.

‘Pineapple express’. Parodia del colocón.

Veámos, Dale Denton (Seth Rogen) es un pringao de primera. Tiene un curro mediocre, una novia adolescente y es un porrero de categoría especial. No muy lejos de él, anda Saul (James Franco), camello de profesión, hippie de vocación. Dos ilustres personajes evocados por la factoría Apatow para amenizarnos la velada con una gamberra, atípica y desternillante historia que brinda como plato fuerte unos diálogos dignos de elogio y más de un gag/ecena realmente conseguido.

‘Pineapple express’,  he de reconocerlo, me hace gracia, incluso satisfacción por momentos. Todo acaba, eso sí, un poco pasado de vueltas, como recreándose demasiado, difuminándose un tanto la esencia y perdiendo el norte, finalmente, entre tiros y explosiones baratas. No obstante, esta parodia caricaturesca acerca del fumeta de a pie, así como del camello de a pie, le echa ingenio, sarcasmo e ironía al asunto, quedando envueltos los protagonistas en una especie de “aventuras en la gran ciudad” pero en clave marihuanera. En fin, para echarse unas risas.

‘Padre nuestro’. La gran despedida.

Rodrigo Sepúlveda nos transporte a un mundo decrépito. Un mundo vivido por alguien que sabe que apenas le queda tiempo. Ese es Caco, enfermo terminal que tiene una última ilusión: morir junto a sus hijos y la mujer que representa el amor de su vida.

Sin embargo, no acaba ahí. Además de eso, tiene una lista de planes: emborracharse, contemplar Valparaíso de noche, irse de putas y volver a sentir la brisa del mar. Todo ello con la complicidad de su familia, esa a la que debe decir adiós. En fin, sentimental historia que aunque no emociona plenamente, al menos sí logra sacarle a uno esa sonsira de complicidad, deseando una despedida tan digna.

‘Stagecoach’. Mítica e inolvidable historia.

Esta es la historia de Ringo Kid, un cowboy que se perdió en los salvajes parajes del oeste americano. Es la historia de Dallas, una mujer que comienza a sufrir en sus propias carnes esa cosa llamada “prejuicio social”. Es la historia de Hatfield, un galán hecho jugador de póker, buen amante y mejor “confederado”. También es la historia de Buck, un peculiar guía renegado del ambiente hogareño. No olvidemos al entrañable ‘Doc’ Boone, brillante médico, mejor alcohólico e increíble conocedor de los entresijos humanos. Ahí está también Lucy Mallory, una dama de primera en busca de su añorado esposo. Nos queda Curley Wilcox, un recto hombre de ley. Samuel Peacock, un buen cristiano, y Henry Gatewood, un codicioso banquero. En definitiva, estas nueve personas, cuando decidan cruzar conjuntamente el desierto de Arizona por una u otra razón, exponiéndose a los peligros de Gerónimo y enfrentándose a los avatares del recorrido, acabarán por conformar una historia mítica, la historia de la Diligencia.

‘Stagecoach’es una obra impagable. Manufacturada por John Ford, su narrativa roza la genialidad. Nos adentramos en los inhóspitos parajes del far west, impregnándonos con la esencia de cada uno de los personajes, aterrándonos además por la sombra latente del ataque apache. Sólo por el personaje de Ringo Kid, esta película ya merece la pena. Pero súmenle unas brillantes escenas finales, con una tensión y un poderío visual difícil de lograr. No olviden a Dudley Nichols, quien nos brinda unos diálogos cargados de ingenio, envenenados por una sutil ironía que inevitablemente, para los amantes de esta, provoca carcajadas por doquier.  Sin obviar un detalle importantísimo, pues ‘Stagecoach’ es uno de los mejores retratos existentes de la sociedad estadounidense del siglo XIX. Un western inolvidable.

‘Luftslottet som sprängdes’. El día del juicio final.

Todos sabíamos que el estrambótico personaje ideado por Stieg Larsson había sido azotado por las mil y una inclemencias. Desde el maltrato físico y psíquico en su niñez hasta una reclusión en un hospital dirigido por un inmoral médico, para terminar con una vida tutelada por abogados sádicos y violadores. Una vida de mierda, basada en palizas, vejaciones y abusos a tutiplén. 

En esta última historia, de largo la más pausada y farragosa de la saga, se trata de hacer justicia a la calamitosa existencia de Lisbeth Salander. El día del juicio final ha llegado. Para ello, Daniel Alfredson decide remontarse hasta los orígenes de la barbarie. Un viaje hacia al pasado, un viaje doloroso pero redentor. Es la hora de atar cabos sueltos, de limpiar el nombre de Salander.

La trama es salpicada por la lucha entre ambos bandos. De un lado, “La Sección”. Del otro, Blomkvist y Salander, como siempre. Queda el gigantón como cabo suelto. Es una historia más elaborada, no tan violenta, que decide centrarse ya más por la vía de lo legal, en lugar de lo criminal. Liberación o reclusión, he ahí la cuestión. Sea cual sea su destino, hay que estarle agradecido por habernos entretenido la velada.

‘Flickan som lekte med elden’. Justicia, fuego, infierno.

Nueva incursión en el universo de violencia exasperante ideado por Stieg Larsson y adaptado para la gran pantalla, en esta ocasión, de la mano de Daniel Alfredson, quien nos vuelve a zambullir en los fríos y gélidos parajes cercanos a Stockholm.

La trama argumentativa, ya iniciada la acción en la primera parte, se concentra en torno a la figura de Lisbeth Salander. Una red de trata de blancas  a punto de ser destapada por la revista Millennium (editada por Blomkvist), provocará que salte la liebre en forma de triple asesinato (uno de ellos, el antiguo tutor de la susodicha). La Fiscalía apunta hacia Lisbeth. Pero Blomkvist (y nosotros) sabe(mos) que andan en pistas falsas. Se trata ahora de sacar a relucir la verdad*.

Las andanzas de nuestros dos protagonistas siguen siendo gustosas de ver. ‘La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina’ es una cinta adrenalínica, sigue manteniéndote en tensión durante las dos horas (se pasa volando) que dura su metraje comercial. Baja un punto el nivel respecto a su predecesora, pues la trama está aquí un poco más forzada, además de ser un tanto caótica (un tanto ecléctica). Salander sigue teniendo ese magnetismo tan peculiar, focalizándose en ella buena parte de la atención. Se trata de recordar el hiriente pasado para redimirlo con el presente. Echo de menos el feeling entre Salander y Blomkvist que se daba en ‘Millennium’, pues éste parece aquí más un pegote que otra cosa. Negativamente nombrar que la trama criminal que sirve como contexto tampoco acaba de estar, como ya se ha dicho, muy bien sujeta (a pesar del blanquecino gigantón).

No tiene el punch de la primera, pero esa manifiesta violencia (hilo conductor de la atormentada existencia de Salander) que nos azota como espectadores, sigue teniendo un poder de adicción, frescura y sadismo, digno de ver.

Spoiler

*En principio hay una trata de blancas, luego se dan unos asesinatos, un misterioso gigantón del norte aterrando,  Lisbeth perseguida, Blomkvist haciendo de séptimo de caballería, para finalmente entrar en venganzas personales/familiares.

‘El sur’. La historia de la Gaviota.

‘El sur’ es sombría, oscura y fúnebre. Es la gelidez del Norte. Son fantasmas venidos del pasado para conquistar el presente. Un presente tan triste, tan desalentador, tan hiriente, que acaba por destriparte las entrañas del alma. También es magia y fantasía, derivado de ese mundo que camina entre lo pueril y lo juvenil. La calidez del Sur evocada en recuerdos y postales.  Es la esperenza de un mañana mejor. Pero, sobre todo, ‘El sur’ es la incerteza del péndulo, oscilando siempre entre la alegría y la melancolía.

El misterio de Estrella por averiguar el pasado de su padre sirve para que Víctor Erice, apoyándose en su particular mundo visual y en el gran trabajo de fotografía de José Luis Alcaine, nos emocione con esta poética y lírica historia acerca del mundo de los sentimientos.

‘Buda az sharm foru rikht’. Necesaria.

Apenas dieciocho primaveras parecía tener Hana Makhmalbaf cuando se sacó del corazón esta joya de título tan explosivo. La película se vertebra en torno a una historia del todo sencilla: el afán de una muchachita en poder ir a la escuela para aprender a leer historias.

Las andanzas de nuestra protagonista nos tocarán la fibra sensible. El excesivo paternalismo de su sociedad, las desigualdades sociales ya existentes (increíble la compra del cuaderno y los huevos) y, sobre todo, el contexto tan radicalizado en el que parecen situarse esas cuevas con forma de hogar (desgarradores juegos de niños), sirven como pretexto para que la autora iraní realice un auténtico alegato en pro de la transformación, en pro de una mejora de vida para las mujeres de estas sociedades (no ya sólo la Afganistán de los talibanes). Pone claramente en el punto de mira a los fundamentalistas, y no duda en dispararles entre ceja y ceja. Arriesgada y necesaria película.

‘The tourist’. Americanada.

Cuando Florian Henckel-Donnersmarck recogía, hará unos tres años en Los Angeles, la estatuilla a la mejor película de habla no inglesa por ‘Das leben der anderen’ (2006), pocos imaginábamos que su siguiente trabajo presentaría un tufillo tan exagerado a eso que conocemos por “americanada”.

Al fin y al cabo, ‘The tourist’ no es más que eso, una “americanada”. Remake de ‘Anthony Zimmer’ (2005), dos caras bonitas en el cartel (Jolie y Depp) y una ciudad que encandile a la gran multiud, Venezia. Ingredientes suficientes para dar con la tecla del negocio, en detrimento, eso sí, de cualquier atisbo de maestría (esa que se le intuía al tal Florian en su primera obra).

En fin, thriller rutinario que te sumerge en un juego de trampas y engaños, de identidades esquivas con mafiosos, policías y enamorados. El feeling entre los protagonistas no desentona ni empalaga, y la sorpresa final (aunque muy esperada) no disgusta. No obstante, cuando lo mejor del film es el contexto (Venezia) y no la historia, es porque algo falla.