‘El baile de la Victoria’. Mugre.

El querubín es Ángel Santiago (Abel Ayala), un pequeño hombre que acaba de salir del penal pensando ya en cómo volver a entrar. La chica es Victoria (Miranda Bodenhofer),  a quien la atrocidad de la sombra de Pinochet dejó sin habla, muda, pudiendo expresarse únicamente mediante el baile, el ballet. El viejo es Nicolás Vergara Grey (Ricardo Darín), un tipo que anhelaba, como nada en el mundo, a su mujer y su hijo durante el tiempo que pasó a la sombra. Sin embargo, alguien como él siempre necesita de un último golpe, adrenalina no encontrada en la placidez de la familia.

El gris parece teñir la realidad de los tres personajes de ‘El baile de la Victoria’. La soledad les hará sentir algo en común.  Nicolás se la ganó (la soledad) a pulso por su empecinamiento con las cajas fuertes. Ángel simplemente no entendió este mundo, se perdió entre refinados bigotes señoriales, nobles caballos y desvergonzadas prisiones. Victoria no tuvo la oportunidad siquiera de entenderlo, aterrada por recuerdos de inimaginable dolor. El caso es que ahora tienen la oportunidad de volver a empezar, gracias a un formidable plan.

Historia tejida en los bajos fondos del Chile de los noventa. Fernando Trueba nos ilumina con una llama, la llama de la esperanza. Ilusión por olvidar. Sin embargo, los fantasmas del pasado buscan sembrar la oscuridad mediante la venganza, el dolor. Todo acaba por acompasarnos la velada, haciéndonos cómplices con las penurias de estas almas errantes que tan sólo buscan una vida mejor.

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