‘En la ciudad sin límites’. El amor de un moribundo.

Antonio Hernández nos lleva a París, al corazón de una familia de la industria farmacéutica que está a punto de conocer la muerte del patriarca. Hasta allí ha llegado Sbaraglia, Víctor, el hijo menor, desentendido por muchos años del negocio familiar y sus dinámicas diarias. Con él, precisamente el personaje peor interpretado, nos sumergiremos en una trama de intriga y drama familiar que ocultará una preciosa, a la vez que dolorosa, verdad.

El drama sentimental inundará la pantalla. Los vaivenes familiares serán la constante, habrá líos de falda entre hermanos, cuñados y amantes. La relación de Víctor con su novia argentina, tambaleada por Ana Fernández, también quedará retratada de manera bastante superficial (no sé si se buscaba un símil con su padre) . Además, se mezclará el tema crispante de negocio y dinero dentro de la familia industrial. Conformando todo el tapete perfecto con el que complementar (a veces resta excesivo protagonismo) la verdadera historia del film: la pérdida de razón de Max, y el cariño, en forma de ayuda, de su hijo Víctor en sus últimos días.

Una pérdida de razón que no es tal. Más bien es un salto desde la cobardía al atrevimiento del que sabe que le quedan pocos días en vida. Las andanzas de Max y Víctor nos llevarán a recorrer la ciudad de París en busca de la verdad. Cautivados e intrigados por esa conspiración imaginaria que avanza a base de golpe mortal en la cabeza de Max. Anhelando la resolución. Sin embargo, ahí estará la mamá. El gran límite, una gran Geraldine Chaplin, para obstaculizarlo todo.

‘En la ciudad sin límites’ esconde una desgarradora historia de amor. Un amor clandestino forjado en un  un cuarto piso parisino. En la cafetería La fontaine. Entre literatura, ideales y libertad. Un amor que nunca dejó de ser, pero al que atraparon la cobardía y el despotismo. Ahora que la muerte acecha y la razón se va, ha vuelto a aflorar. Bonita película, de las que emocionan. Por desgracia, no es perfecta. Está lastrada, en parte, por la interpretación de Sbaraglia (de chiste ciertas escenas), así como por el excesivo protagonismo, en contadas ocasiones, del drama sentimental familiar (niñeras, negocios, novias argentinas y demás). Pese a todo, película para guardar en la filmoteca personal.

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