‘The newsroom’. La trastienda de la televisión.

newsroom_xxlgTodavía no he terminado de ver la primera temporada de ‘The newsroom’, pues apenas llevo siete episodios de la misma, y ya sé que estoy frente a una obra maestra. Es Aaron Sorkin de nuevo, demostrando una y otra vez a todos que su mordaz escritura sigue en plena forma.

HBO tuvo un ojo clínico cuando decidió apostar por este proyecto. El día a día en la trastienda de un informativo televisivo de noticias estadounidenses es la clave de bóveda de una serie, ‘The newsroom’, que derrocha calidad, estilo y personalidad. Sin duda, el reputado guionista (y creador) de la misma tiene la forma más astuta, brillante y elocuente de retratar a la actual sociedad estadounidense, empapando al relato con el punto crítico que siempre debe acompañar a temas de actualidad política, económica y social. 

La inteligencia de Sorkin, escudada por su marcado espíritu liberal, despliega una mordaz crítica que no deja títere con cabeza, encontrando, además, en Jeff Daniels al socio perfecto para humanizar toda su genialidad. Los dilemas personales y enredos sentimentales tampoco faltarán, pues son el complemento indispensable en toda historia digna de ser contada.

Una combinación magistral, en definitiva. Un relato veraz, actual y endiablado sobre el universo que rodea a las televisiones de primer nivel. Es decir, el cuarto poder puesto a disposición de Sorkin. Cada episodio es una obra de arte. Una nueva joya, y ya van unas cuantas, de la cadena HBO.

9/10 

‘The Parallax view’. Conspiraciones políticas (I).

Alan J. Pakula se inmiscuía en el género de las teorías conspirativas, del cuál fué uno de los mayores exponentes,   con ‘The Parallax view’ (1974), una inquietante intriga que se zambullía en un mundo, el de la política, donde la ambición y la codicia imperaban a sus anchas, haciendo valer, en su máxima expresión, aquello que decía “el fin justifica los medios”.

El guión, potentísimo, contiene una historia tan rica en matices que uno puede acabar desorientado entre senadores abatidos, asesinatos misteriosos, multinacionales corrompidas, tejemanejes políticos y, sin duda alguna, una estoica investigación periodística. A la calidad escrita de Giler y Semple Jr. se le suma la frugal y poderosa narrativa con que Pakula nos mantiene del todo cautivos, presenciando, sin más remedio, el discurrir de los acontecimientos, viendo cómo se mete en el fango un fabuloso Warren Beaty.

Con todo, esta cinta esconde una notable intriga con tintes políticos que hará las delicias de más de uno. Será Pakula, manufacturando historias de espíritu crítico. Será un Warren Beaty en mejor forma que nunca. O, simplemente, será que me gusta ver cómo señalan con el dedo, aún siendo de modo ficticio y no real, a esos trajeados y pulcros criminales que no son más que sombras a las que es imposible atrapar. En fin, un clásico de los setenta al que no se debe perder de vista, pues refleja, como pocos, el sentir (paranoico) de una sociedad como la estadounidense.

8.5/10 

‘Citizen Kane’. La construcción de un imperio.

Rosebud. Palabra clave en la historia del cine, pues es el impulso que mueve la trama de ‘Ciudadano Kane’ (1941), esa magna película cuyo eje se centra en torno a las aventuras y desventuras de Charles Foster Kane, desde su niñez hasta su crepúsculo. Conviene resaltar que la obra está considerada, casi unánimente y según los entendidos, como una de las mejores a la hora de situarla en las cimas de esos entretenidos y a la vez estúpidos rankings cinematográficos que se montan anualmente. También considerar la pronta edad con la que Orson Welles manufacturó tal obra, pues tan sólo contaba con 24 años de edad en dicho momento. La crítica no la acogió, probablemente, como se merecía, siendo una película trangresora, innovadora y rompedora con todo lo hecho anteriormente. No obstante, el despliegue técnico que el novel Welles realizó aquí con el uso de flashbacks, el detallismo extremo, la simbología de las imágenes, su innovación visual (luz, profundidad, etcétera) y una puesta en escena tan “moderna”, marcó un antes y un después en el mundo del celuloide.

Curiosidades y anécdotas aparte, centrémonos en el aspecto verdaderamente importante de una película: su historia. El guión del film adapta la vida del magnate William Randolph Hearst a la gran pantalla, cobrando éste vida en ella bajo el nombre ficticio de Charles Foster Kane. En su narración, centrándose en el aspecto profesional (público) del personaje, Orson Welles introduce ciertos puntos resaltables, como la aparición del sensacionalismo (pongan títulos grandes!), el nacimiento de la prensa amarilla o el uso de recursos “periodísticos” con el fin de manipular a la opinión pública. En estos aspectos, ‘Ciudadano Kane’ es perfecta. Un magnate del mundo del periodismo que controla los canales de comunicación y que, incluso, se permite el lujo (al más puro estilo berlusconiano) de ganar unas elecciones (¡vaya no! un asunto de faldas lo jode todo). Además de regocijarse en los entresijos que permiten la creación del imperio (como se dice en el film, “un imperio sobre un imperio”, en clara referencia al control de la prensa sobre la opinión pública y, consecuencia, sobre las élites políticas. P.ej. la guerra de Cuba). Tampoco conviene desdeñar la asociación del concepto “ciudadano” (soy la voz del ciudadano) con la defensa de ese tipo de prensa (ya hemos dicho, sensacionalismo y amarillismo), envuelto ello bajo el lema “ni fascista, ni comunista, soy un verdadero americano”, resquebrajando los cimientos de una democracia pura y sana (cómo se manipula al pueblo con tanta facilidad). Además de éste, tiene muchos guiños ácidos dedicados al mundo de la política y el poder.

La historia también se centra en los aspectos personales del personaje (los cuáles, a su vez, influyen en sus tareas profesionales), resaltando en él la osadía, la ambición, el despotismo. Características todas ellas ligadas a un punto de rebeldía, de enfrentamiento con el mundo. En el tema sentimental, el tema del amor, Kane no podrá jugar las mismas cartas que con el gran público. Ni una ópera a la medida de su amante, ni un castillo en Xanadú, ni todos los lujos del mundo. Nada hará que Kane muera en soledad, agarrándose a esa bola que le transportaba a su infancia y vocalizando esa palabra tan inmortal: “rosebud”. Teoría aceptada, Rosebud se refiere al nombre del trineo con el que el niño Kane jugaba antes de que su madre firmara su pasaporte hacia las escuelas de élite, hacia universidades como Yale o Harvard, hacia el control de empresas de un lucro inimaginable. Antes de que todo eso sucediera, él disfrutaba jugando con su trineo en la nieve, en compañía del calor de su madre, apartado del mundo, en felicidad. Así murió, apartado del mundo, pero esta vez, contra su voluntad, en soledad, rodeado tan sólo de materialismo vacuo que luego ardería en llamas.

Es la historia de Charles Foster Kane, una historia inmortal. Su vida pública y privada narradas de manera deslumbrante, entrelazadas casi en simbiosis, con una casuística perfecta que sirve para pulir finamente al personaje. Una terrible lección moral. Es la balanza que sitúa en un peso la felicidad, la calidez, la bondad. En el otro, la avaricia, la pomposidad, el despotismo. Está claro, atendiendo a ese amargo final, atendiendo a rosebud, porque lado de la balanza se decanta el cineasta. Cuánto daría el infeliz de Kane por volver a ser un niño.