‘Final destination 3’. Montaña rusa y muerte: combinación explosiva.

La gracia de ‘Destino final 3’, cuando el argumento está tan trillado (muerte inquietante a manos de un destino sanguinario), no es otra que el tipo de originalidad en el accidente inicial (aéreo en la 1, de tráfico en la 2) y la retahila de muertes varias elegidas para deleite del personal. En este caso, esa gigantesca montaña rusa asusta como ninguna, estando realmente conseguido este punto del film. Luego, las muertes no están mal (principalmente la de la taladradora y rayos uva). Y poco más que comentar, salvo que la saga volvía a sus inicios (tal vez porque estaba a los mandos James Wong), después de una segunda parte que varió un tanto, siendo las víctimas, de nuevo, estrictamente adolescentes. Está un escalón por debajo de la primera y uno por encima de la segunda. En fin, que entretiene.

‘I know what you did the last summer’. Los gritos de la Hewitt.

En Southport, un pequeño pueblo costero, cuatro jóvenes, Julie, Ray, Barry y Helen, celebran, como cada año, la festividad del 4 de Julio. Sin embargo, este año es especial para ellos, pues todos están ante el último verano de su adolescencia antes de partir rumbo hacia la universidad. La mezcolanza de alegría y tristeza de esa noche pronto se convertirá en un auténtico mal sueño cuando accidentalmente atropellen a un hombre salido de la oscuridad y decidan lanzar el cuerpo al mar.

Un año después de aquello, el terrible secreto llegaría del pasado en forma de nota (I know what you did last summer) para atormentar la existencia de nuestros aterrados protagonistas. Caras bonitas y conocidas (Jennifer Love Hewitt, Sarah Michelle Gellar, Ryan Philippe, Freddie Prinze Jr.) acaparaban el cartel para deleite del público adolescente, quien disfrutó como ninguno con ese tenebroso pueblo pesquero, las andanzas de ese terrible pescador sanguinario o los gritos de la Hewitt. En fin, un par de cachondas y dos guaperas juveniles se lanzaban a un producto cargado de sustos, hormonas y más sustos para convertirse, sin duda alguna, en uno de los pilares del terror juvenil de los 90 junto con la mítica Scream (1996). Un slasher realmente conseguido, sembrado ni más ni menos que por Kevin Williamson (calidad garantizada) en labores de guión. Forma parte del club.

‘Toy story 2’. El dilema de Woody (Aventuras en la gran ciudad).

Segunda entrega de la saga Toy Story que nos transportaba, en esta ocasión, a una nueva aventura en la que poner a prueba conceptos tan toystoryanos como la amistad, la lealtad y la camaradería. El resultado de la misma es sensacional, impregnándonos nuevamente del carisma de esos juguetitos, volviendo a disfrutar gracias a esta repetida pero mágica y grandiosa fórmula que tenían guardada en su chistera John Lasseter y la Pixar.

Historia que ahonda, principalmente, en el personaje de Woody, nuestro entrañable sheriff, quién, tras descubrir su pasado, conocer su presente y meditar su futuro, deberá decidir si marcharse a un museo de Tokio con sus amigos del Rodeo (nuevos personajes en la secuela), o volver a casa con Andy, a sabiendas de que a éste ya le quedan pocos años de niñez. A este nudo principal le acompañará una serie de aventuras por la gran ciudad del resto de nuestros amigos (Buzz, Potato, Rex, Slinky y los marcianitos) en busca de rescatar a uno de los suyos, a Woody. En definitiva, trepidantes aventuras al ritmo de un guión ágil, divertido y chisposo que hace nacer en nosotros una empatía especial hacia esos muñequitos tan simpáticos, levantando entre nosotros un ánimo de complicidad ciertamente conseguido. La receta mágica de la primera entrega se repite de nuevo (aunque puede que sea la más “floja” de la trilogía).

‘Día y noche’. Bella estética, precioso mensaje.

Día es sonriente, cálido y feliz. Noche es más apagado, calmado y tímido. Ambos se toparán para su sorpresa y comenzarán un rodeo tan extraordinario y divertido como lucido. Original propuesta visual que esconde en sus adentros un mensaje fraternal y humano, el de aproximarse a lo extraño, alejándose del sentido peyorativo de éste para perder el miedo inicial hacia el otro, creando lazos mutuos y recíprocos, conociéndonos mejor los unos a los otros, porque en el fondo todos somos iguales (como evoca esa preciosa imagen en la que el atardecer y amanecer se tocan entre sí). Una joya instructiva para los más pequeños (y los no tan pequeños) que acompañó a ‘Toy story 3’ en las salas de cine.

‘Toy story’. Marcó una época.

En 1995, la Pixar decidía revolucionar el mundo de la animación en el cine gracias a ‘Toy Story’, una película que pasaría a los anales de la historia por ser la primera en ser rodada vía digitalización. Pero además de la transgresora puesta en escena, la cinta de John Lasseter suponía una delicia para los espectadores más jóvenes, gracias a esas aventuras de unos compañeros tan fieles como sufridos, nuestros queridos juguetes.

Y es que en esta historia… ¡los juguetes cobran vida! Es decir, el sueño de todo niño se hacía realidad, encandilándonos por aquel entonces con los riesgos y aventuras que conllevaban para Woody y nuestros amigos una fiesta de cumpleaños (introducción al film), la salida al mundo exterior y sus peligros (la acción principal, cuando Buzz toma conciencia de lo que es), o la mudanza y la inolvidable carrera final (un grandioso colofón). La piedra angular de la historia no es otra que esa cosa llamada amistad. La amistad como motor de combustión. La amistad incipiente entre Woody y Buzz, desde sus enfrentamientos iniciales hasta su posterior hermanamiento. La amistad pegadiza a la que evocaba el popular estribillo “hay un amigo en mí”. Una amistad plagada de camaradería entre todos los juguetes. Y una amistad trasladada todavía a un escalón por encima, la de los juguetes hacia los niños, y viceversa, inmortalizado ello en una suela grabada con el nombre de Andy.

Woody, Buzz, Mr. Potato, Slinky dog, Rex, el Cerdo o la pastora Betty eran los protagonistas de una historia que ensalzaba a ese mágico mundo en el que todos hemos vivido, el mundo de los juguetes. Una historia que supone una guía de buen comportamiento por parte de los niños hacia los adorables muñequitos, contraponiendo las dos caras de la moneda, a través del bondadoso Andy y del malévolo Sid. En definitiva, maravillosa historia que suponía el inicio de una saga que volaría… ¡hasta el infinito y más allá!

‘Toy story 3’. Homenaje a los juguetes.

Casi por sorpresa, sin que los fieles seguidores antaño de Woody y Buzz lo esperáramos, llegaba a los cines la tercera parte de Toy Story en este 2010 a manos de Lee Unkrich (Buscando a Nemo), once años después del estreno de Toy Story 2 (1999) y quince años ya de aquella original y sencilla historia de John Lasseter (entre otros) que tenía por protagonistas a una serie de juguetes que cobraban vida cuando nadie los observaba.

En esta ocasión, Woody, Buzz y sus amigos acabarán por un infortunio del destino siendo donados a una guardería, “Sunny side”, un aparante reino celestial de los juguetes, pero que esconderá tras de sí una auténtica red de juguetes gangsteriles que no se lo pondrán nada fácil a nuestros amigos. La receta nuevamente vuelve a ser similar a la empleada en anteriores ocasiones, deparándonos aventuras por un tubo, de principio a fin, con una buena dosis de acción y en una línea trepidante todavía más conseguida si cabe que en las anteriores cintas, además de contar con un guión ágil, ingenioso y divertido. Aspectos como la camaradería y la complicidad entre los miembros del grupo tampoco serán dejados de lado, pues son marca de la casa, así como el sentimiento de fidelidad y lealtad recíproco entre nuestros amigos y los niños, simbolizados éstos en la figura de ese mítico niño al que hemos visto crecer, de nombre Andy.

El fresco de animación se cierra con un sentido homenaje al mundo del juguete, resaltando ese vínculo especial imperenne que existe entre los niños y sus juguetes a través de la mirada nostálgica de un chaval que comienza a despedirse de su niñez para embarcarse en la aventura de la juventud, legando pues su particular colección de tiernos recuerdos y sentimientos a las futuras generaciones (a Molly, una adorable niña). Ese punto de sirope final cierra de una magistral manera el círculo que se iniciara allá por 1995, habiéndonos regalado la Pixar una trilogía que, desde ya, pasará a los anales del cine de animación. Un precioso homenaje a los juguetes, y a la saga, a través de un final tan sonriente y feliz como nostálgico. Obra maestra.

‘8 MM’. Una intriga tan repulsiva como atractiva.

El infalible, dentro del mercado cinematográfico puramente comercial, Joel Schumacher y un guionista de cierta reputación como Andrew Kevin Walker (Seven) nos deleitaban en 1999 con esta sombría, turbia y atroz historia acerca de ese peligroso, sanguinario y repugnante mundo que envuelve a las snuff movies. Todo se desencadenará cuando una ricachona viuda solicite los servicios de un detective privado, tras haber encontrado ésta en la caja fuerte de su difunto esposo una cinta de 8mm que contenía el asesinato a sangre fría de una joven adolescente.

A través de Nicolas Cage, ofreciendo una correcta interpretación, y un, como casi siempre, excepcional Joaquin Phoenix, nos adentraremos en un submundo altamente repulsivo, incoherente, despojado de cualquier atisbo de humanidad y con cierto halo a leyenda urbana. La intriga nos mantendrá en estado de máxima alerta, cautivados por los oscuros rincones encontrados por Cage a través de ese guía del inframundo que es Joaquin Phoenix. Los pasos dados por este dúo irán poco a poco revolviendo nuestros estómagos y mentes a medida que avance la investigación, a medida que observemos esos mugrosos escondites, a medida que veamos las caras de esos colgados y desquiciados personajes que deambulan por ese salvaje mundo. Meritable intriga que puede noquear a más de un inocente espectador, despertando en él las más terribles pesadillas.

‘Rounders’. Así es el juego.

 “Escuchad, así es el juego: si no distingues al primo en la primera media hora de partida, es que el primo eres tú“.

De ritmo intenso y vibrante,  ‘Rounders’ no da un respiro al espectador, asomándonos, a través de ella, al borde del abismo ( y a su vez, de la gloria) con el personaje interpretado por Matt Damon, un tipo dispuesto a dejar de lado una vida normal (licenciado, novia formal, empleo y demás) por la ambición de tratar de ser el rey del póker, por el amor hacia ese juego. Pronto descubriremos que las malas compañías, en concreto la de Ratón, un leal amigo recién salido de prisión, le harán adentrarse por los callejones más sucios y mugrosos de la Gran Manzana, poniendo en peligro su propia integridad, entrando en esa espiral de dinero rápido, deudas, trampas y presiones asfixiantes que azotan a los perdedores del juego.

Acertadísima película que gravita su historia en torno al mundo del póker, narrándonos las aventuras y desventuras de un ludópata empedernido de las cartas como es Mike McDermott, un chaval con un intelecto brillante, romántico de las habilidades psicológicas y renegado del azar. Una puesta en escena fresca la llevada a cabo por John Dahl, muchas caras conocidas (Damon, Norton, Gretchen Mol, Turturro, Malkovich, Famke Janssen, Landau) y una historia cargada de mesas de tapiz verde, montones de fichas, dólares sucios y garitos que desprenden humo por los cuatro costados. Un paseo a medio camino entre el cielo y el infierno que desemboca en una escena final de gran calibre, con un mano a mano que sirve de colofón a un digno producto. Comercial paseo por los entresijos de este juego, nunca está de más echarle un vistazo a Rounders. Buena.

 

‘The wire’. Un paseo por las calles de Baltimore.

Por fortuna para los amantes de esta cosa llamada cine, en el año 2002, David Simon creaba una de las mejores series de televisión de la historia. Hablo, cómo no, de ‘The wire’ (2002-2008), una joya cinematográfica, un tesoro que contenía cinco temporadas que han supuesto un veritable ejercicio de disfrute para mí y mi hermano, dos feligreses de las andanzas de nuestros intrépidos agentes.

Cinco temporadas a través de los cuales hemos recorrido los entresijos más recónditos y oscuros de la ciudad de Baltimore. El cuerpo policial servía como detonante para que gente como McNulty, Bunk, Kima, Lester, Rhonda, Prez, Sydnor, Daniels, Herc, Carver y tantos otros se entregaran, en cuerpo y alma, a la lucha del crimen organizado. Una lucha encaminada en diversos frentes, aunque, todo sea dicho, los guionistas se amparaban más en las calles, en los barrios marginales, en el tráfico de drogas que tanto juego daba. Allí encontramos a Omar Little, un sanguinario criminal independiente que azotaba el negocio del capo de turno. También a gente como Avon Barksdale y Stringer Bell, quienes nos amenizaron la velada en dos excepcionales temporadas (la 1 y 3, en la 2 se alternó), o Marlo Stanfield, Chris y Snoop (4 y 5). Ellos tenían en común que eran de la calle, gente que luchaba por abrirse un camino, por labrarse un nombre. La lucha por el poder era sanguinaria, despótica y terrible. Así fue, también, en la segunda temporada, cuando ‘The wire’ se marchó al puerto de Baltimore, al mundo de los estibadores, sin perder de vista nunca el negocio del narcotráfico, auténtico nexo entre todas las temporadas (referente el Griego).

En la primera temporada, Avon Barksdale y Stringer Bell, trataban de hacerse con el negocio de la droga, con su hegemonía en Baltimore Oeste. Controlaban las baratas y las dos torres. A base de sangre y pólvora llegaron allí. En la segunda, con Avon enchironado, decidieron, los guionistas, cambiar el escenario dentro de lo posible, sin perder la referencia jamás de Stringer Bell, Barksdale u Omar. Pero, esta vez, nos transportábamos a los astilleros, para deleitarnos con la temporada más inusual de la serie. En la tercera, Avon volvía a la calle. Y lo hacía para explotar con Stringer, un hombre que se había vuelto más calculado, frío, con esa mentalidad que busca más el negocio que la sangre. Mucho más académico que callejero. Lucha de titanes, al tiempo que Omar y el Hermano buscaban venganza, y Marlo se apoderaba. Entre tanto, también comprobamos los intereses políticos tergiversado con lo policial en Jamsterdam. Fue en la cuarta y quinta temporada cuando el imperio de Marlo se consolidaba. Sus matones sembraban el terror en las calles, y chicos como Michael abandonaban las clases para alistarse al frente. Temporada amarga con esa despedida previsible de Boddie, un tipo de la calle dispuesto a reconciliarse con su vida. Los guionistas también aprovecharon para poner el dedo en la llaga del sistema educativo, con sus estadísticas, exámenes y mentiras. La última temporada nos llevaba a la caza de Marlo, a la pérdida de ética en gran parte de nuestros chicos y a supervisar, de un modo más superficial, como funciona el negocio periodístico.

Es conveniente citar, a pesar del juego que daba la calle, y puestos a tirar del hilo, los entramados de corrupción instaurada en las altas esferas. También los intereses ocultos de los políticos, dando por buena la magna obra de Anthony Downs acerca del estudio económico de la política. En esta vía se lució como ninguno el pesonaje de Carcetti para destaparnos el funcionamiento perfecto de lo que es Política. Otros como Burrell, Rawles, Clay Davis o el antiguo alcalde, también nos ayudaban a materializar en imágenes toda la telaraña de corruptelas tejida, sin olvidar a los abogados defensores de los grandes magnates de la droga.

En definitiva, gran obra la compuesta por esos 60 episodios que componen el total de ‘The Wire’. Se pueden escribir muchas palabras acerca de ella. Sin embargo, como esencia de la misma, yo establecería que es la mejor anatomía que se ha hecho nunca jamás acerca del negocio de las drogas, acerca de todo lo que éste conlleva, desde el soldado hasta el jefe pasando por el agente que requisa el menudeo. Complementándolo ello con la parte de los criminales pulcros y trajeados. Todo en un envoltorio de marginalidad, de derrota, el de los miserables de la ciudad, gente como Bubbles o Duquan, cuyos sufrimientos y penurias tampoco fueron olvidados por los guionistas, dando esa sensación de haber nacido en el lugar equivocado.  Repito, su visionado es un gozoso disfrute, además de un choque duro y directo con la realidad de nuestros días. Imprescindible OBRA MAESTRA. Véanla.

‘Cidade de Deus’. Fotografiando el horror.

Buscapé creció en los 60 viendo como su hermano, Marreco, y dos chavales más, Cabeleira y Alicate, conformaban el trío ternura, un trío de delincuentes de poca monta, admirados por los niños de la favela, sobre todo por Bené y Dadinho, y temidos por los mayores. Su vida no estaba hecha para el trabajo, ellos querían vivir a costa de los demás. Su aventura acabó como acaban todas las de este palo: mal. Lo único positivo para Buscapé fue la llegada a la zona de los sensacionalistas periodistas con sus cámaras y flashes inmortalizando a la difunta esposa de Paraíba. Entre robos, atracos, fugas y disparos se socializaba un chaval de no más de cinco años de edad. Sin embargo, algo lo sacó de aquella espiral: las cámaras fotográficas.

En los 70 la cosa no había cambiado mucho. Buscapé, por fortuna para él, se había dado cuenta de que no tenía madera de criminal. Se juntaba con chavales decentes, alternando su tiempo libre entre las espectaculares playas de Rio, la hierba y las inquietudes sexuales propias de la adolescencia. Con la cámara más barata del mercado perpetuaba sus livianas andanzas. No muy lejos de allí había crecido Dadinho junto con Bené. Uno era sanguinario y atroz. El otro era tranquilo y pacífico. Uno se siguió llamando Bené. El otro dejó de ser Dadinho para hacerse llamar Zé Pequeño. Ambos ambicionaron controlar el mundo de las drogas en Cidade de Deus, y lo consiguieron. Lo consiguieron a base de sembrar el terror, a base de disparos a sangre fría. No obstante, Bené encontró refugio, para desgracia de la virginidad de Buscapé, entre las piernas de Angelica, también dentro de su corazón. Bondadoso como ninguno chocaba con la tiranía de Zé Pequeño. No lo soportó, quiso salir de ese mundo, pero el Mundo pudo con él en mitad de una fiesta. Dejó como legado una cámara para Buscapé.

Los años posteriores, los 80, siguieron con la misma línea en Cidade de Deus. Sin embargo, el despotismo de Zé Pequeño acabó por volverse en su contra cuando Mané Galinha, un honrado trabajador de la línea de autobuses de Rio, presenció como aquél violaba a su novia y asesinaba a su tío y hermano. No pudo con ello, se juntó con Zenoura, el único rival dentro del negocio de Zé Pequeño, y se llenó de sed de venganza. Dos asesinos creados por un contexto nada halagüeño. Dos bandos armados hasta los dientes. Una guerra por disputar. Un camino de sangre y cuerpos muertos que abrir. Algo imposible de presenciar, de inmortalizar. Salvo para Buscapé, un tranquilo chaval de la favela que soñaba con ser fotógrafo, el fotógrafo de la favela. El tipo que inmortalizó el horror a lo largo de su vida.

‘Cidade de Deus’ es la historia de Buscapé, un chaval nacido y criado en una favela de Rio de Janeiro portadora del mismo nombre. Una zona marginal hasta el extremo, cargada de pobreza y delincuencia, un lugar para los oprimidos y donde los ricos no se atrevían a entrar más que para reprimir mediante la violencia de una corrupta policía. Es una historia dura, impactante, dolorosa pero necesaria. Es una realidad, no es ficción. Los ojos de Buscapé se acostumbraron desde pequeño a todo ese mundo desesperanzador. Él sobrevivió y lo superó, pudo con todo. Pero muchos otros, no. Gente como Zé Pequeño, Marreco o Cabeleira no pudieron salir de esa bolsa de marginalidad. Da horror pensar en esos llamados raterillos, niños desamparados que sólo encuentran refugio en las armas y la violencia. Es una historia jodida y veraz. Una historia que arde como ninguna. Una película para reflexionar sobre lo que hemos sido capaces de engendrar.