‘Training day’. Alonzo.

Esto es un paseo por la selva, por el corazón de la selva. Un paseo que se dará Jake, un policía novato de estupefacientes, que tiene, en su primer día de trabajo, como instructor a Alonzo, un hombre de la ley, por decirlo de alguna manera, peculiar. Pronto, el inocente y bonachón agente de policía descubrirá las oscuras rutinas de ese tipo que le instruirá durante las siguientes 24 horas.

El guión de David Ayer (acompañado por la dirección) te sumerge en la adrenalínica trama del film. ‘Training day’ es nervio puro. Un thriller trepidante que recorre a ritmo galopante los bajos fondos de una ciudad como Los Angeles. Te adentras en lo profundo de la selva, en barrios tan peligrosos como Imperial Courts. La dinámica diaria de los nigger se te impregna en la mente. También los tatuajes y las leyes de los chicanos. Sudoroso, te aterras ante tal infierno real, ante la pesadilla de imaginarte en una de esas calles. La ambientación es brutal.

La historia aunque sencilla en su fondo, tiene un planteamiento ciertamente peculiar. Su ritmo in crescendo te va cautivando (ya lo hace desde el primer plano) cada vez más. Su propuesta es original, pues tan sólo presenciamos un día en la vida de Jake Hoyt. En esencia, es de esas pelis que mete el dedo en la llaga y hurga a base de bien. Las corruptelas de la policía y la ética de uno mismo (como parte del cuerpo policial) se combinan con la delincuencia y el mundo de las bandas de zonas marginales. El resultado de todo ello no anda muy alejado de lo sanguinoliento, de lo violento. Aquí no hay moraleja, o si la hay, es violenta. La sangre y el fuego cruzado te podrán aliviar, podrán hacer justicia, pero la conciencia no descansará tranquila. Corrupción y ética nunca andaron de la mano.

Bien, hemos dicho que tiene un formidable guión, una trepidante dirección y una ambientación más que lograda. Pero si por algo me gusta tanto ‘Training day’ es por Alonzo, ese policía corrupto, traicionero, malvado y despiadado al que da vida un soberbio y magistral Denzel Washington. Es de largo lo mejor del film. Sus poses de chico duro, su desparpajo en la forma de tratar a las hienas de la ciudad, su verborrea manipuladora y chulesca. Borda el papel, sin duda. No lo hace mal tampoco Ethan Hawke, quién cumple con nota en su interpretación de policía bondadoso y honrado, contrapuesto totalmente al talante de Alonzo. Todo en ‘Training day’ es perfecto (incluso la sensual Eva Mendes), pero Denzel Washington se sitúa en un escalón por encima, al borde de la deidad. Gracias David Ayer por haber creado a Alonzo. Gracias Denzel por tan inolvidable interpretación. Recital.

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‘Réquiem por un sueño’. Yonquis.

Sara Goldfarb tiene un sueño. Su sueño es ir a la televisión. Una llamada de un estafante de tres al cuarto así se lo hará creer. Gracias a ese sueño podra evadirse de su triste existencia. Tendrá que ponerse de gala para acudir al plató, volviendo a engalanarse con aquel vestido rojo que tanto le gusta. Pero ha cogido peso y ya no le entra. Tendrá que adelgazar, visitar a un nutricionista que le quite ese kilitos de más. La receta: drogas legales. Ya forma parte del club, es yonqui.

Marion tiene un sueño. Su sueño es ser modista, crear su propia marca. Dibuja, maqueta, cose. De verás cree que triunfará en ese negocio. Además, cuenta con la ayuda de su novio, del que está profundamente enamorada. Sin embargo, tiene un problema: ella y su novio son yonquis.

Harry y Tyrone tienen un sueño. Su sueño es colocarse en las esquinas, empezar a traficar y hacer dinero. Con ese dinero que ganarán, cogerán mercancía pura. Es el camino directo a la gloria. Dejarán de ser unos pringados cuando todo vaya rodado. Harry podrá así visitar más asiduamente a su madre. También dedicará todas sus energías para su gran amor: Marion. No obstante, tienen un problema: no tienen dinero, el negocio de la droga es altamente inestable y, principalmente, son yonquis.

Película que habla de sueños rotos, sueños desvanecidos. Sueños que se van a través de una aguja, a través de unas pastillas, a través de unas rayas. La droga los echó a perder. Carcomió sus vidas, se las fue arrebantando poco a poco, casi sin que se dieran cuenta. Cayeron al foso y difícilmente podrán salir.  Una película dura, impactante. Cuando he terminado de verla, he quedado descolocado. Te rompe.

Con tal hostiazo recibido, a uno casi se le pasan por alto los aspectos técnicos o artísticos del film (para mí, aquí eso es lo de menos). La moderna y, a ratos, cargante puesta en escena de Aronofsky te pide a gritos que dejes de ver el film. No obstante, tozudo yo, aguanto. Aguanto hasta el final (menos mal). Aguanto porque la Connelly lo borda. Aguanto porque también lo borda Ellen Burstyn. Aguanto porque quiero saber cómo acabará la aventura de Wayans y Leto. Aguanto porque es un film que retrata ciertos puntos negros de nuestra sociedad (TV, soledad, depresión, etc.). Aguanto porque el ritmo in crescendo del film te va encadilando, cambiando tu parecer en torno a la cuestión de darle al stop. Una película en la que el plato fuerte, historia aparte, es el papel de las mujeres: sensacionales ambas dos. Nada más.

‘Duel’. Me llamo Steven Spielberg y soy director de cine.

Receta: Primero, un hombre al volante de un Dodge Dart. Segundo, un camión cisterna. Tercero y a modo de condimento: asfalto y desierto. Cuarto y como salsa acompañante: un adelantamiento que supone toda una ofensa. A partir de esos pocos ingredientes, ‘El diablo sobre ruedas’, era capaz de mantenernos en vilo gracias a ese duelo tan agónico y obsesivo como atractivo. Uno se sentía identificado con el dolor de cabeza de ese tipo que buscaba en las miradas de la gente a su verdugo. El corazón se aceleraba con la misma velocidad en que lo hacían las revoluciones del automóvil. El polvo, el sol, la persecución. Todo en ella recreaba una atmósfera verdaderamente inquietante, convirtiendo un tranquilo regreso al hogar en una terrible pesadilla.

Hay bastantes méritos en el film, aunque yo apuntaría tres. El primero es Dennis Weaver realizando una gran interpretación. El segundo se encuentra en su guión, escrito por Richard Mattheson, gran novelista y guionista. Una magistral historia de terror, siendo ese camión uno de los malvados más peculiares del susodicho género. El tercero, puede que sea su principal mérito, es la capacidad de haber sabido plasmar esa historia de una manera tan trepidante, tan poderosa, con tanto brío. Puede que, en manos de cualquier otro, la cosa hubiese resultado nefasta. Sin embargo, el cineasta en cuestión, un tal Steven Spielberg, impregnaba la historia con su buen hacer narrativo. Es decir, sacaba tanto de tan poco (no olvidemos, de nuevo, la importancia de Mattheson) para sumergirnos en una pesadilla plasmada como tal. Es creíble, es agónica, es sudorosa. Fue una importante carta de presentación. Se llamaba Steven Spielberg y contaba con veinticinco años. Por aquel entonces todavía no era conocido. Hoy es el Rey de Hollywood. Aquí, con este film, nació la leyenda.

* Tiene películas anteriores, pero ésta fue la primera que se estrenó en cines.

‘Supersalidos’. Qué tiempos aquellos.

Dos chavales están a punto de finalizar su período por el high school. Con la graduación en el bolsillo y un futuro universitario por delante, ahora sólo les queda una cosa relativamente importante: cepillarse a alguna chavalilla antes de poner tierra de por medio con todo ese mundo. Sin embargo, la cosa no será nada fácil, pues tanto Evan como Seth (por no hablar de Fogell) están en las antípodas del estrellato social. Es más, los pobres todavía no saben si quiera lo que es una fiesta estudiantil.

El film es un viaje directo de vuelta a la adolescencia. Cuenta, para ello, con un guión agilísimo (qué grandes diálogos), chispeante (tiene momentos del todo alocados) y terriblemente nostálgico. Conviene recordar que detrás de la máscara de film soez que le puso el marketing a modo de cebo (los chavales acudirían más al cine si en el trailer veían tías cachondas y escuchaban la palabra “polla” diecisiete veces), se esconde una película seria y calibrada (vale, por momentos sí es soez en su lenguaje… pero, ¿qué queréis?) que habla sobre la adolescencia. Es decir, habla sobre el valor de la amistad (muy buena la recreación de esa amistad entre los dos protagonistas). Habla sobre el instituto y sus entresijos (ser o no popular, he ahí la cuestión). Habla sobre las chicas, sobre cómo ligarlas, sobre cómo uno sueña con ellas. Y si tienes amigos, estás en época de instituto y buscas chicas, lo lógico es que el film también hable de las fiestas. Bueno, de la fiesta. Porque, al fin y al cabo, a esas edades una fiesta podía suponer toda una aventura, pero también toda una forma de vida (pues gravitaban en torno a ella gran parte de tus preocupaciones e inquietudes).

‘Supersalidos’ es un periplo por el mundo y ambiente juvenil. Es un canto lleno de nostalgia por aquellos años de tu vida. Es una joya que confirma a Greg Mottola como el nuevo John Hughes de nuestro tiempo, después de haber parido las sensacionales ‘Adventureland’ (2009) y la propia ‘Supersalidos’ (2007). Aunque conviene aclarar que a diferencia de aquélla, en ésta no es él quien se encuentra en las labores de guión (ese trabajo corresponde a Seth Rogen y Evan Goldberg). Curioso que los personajes del film y los dos guionistas se llamen de la misma forma. Eso me suena a relato “autobiográfico”. Un relato realmente conseguido, pues en el fondo (a diferencia de otras películas de corte similar) todo en ella suena a verdadero. Esa es su gran virtud: retratar la adolescencia desde la sinceridad, desde la morriña por aquellos tiempos.

Spoiler

Puede que el papel de los dos policías sea el claro reflejo de “la eterna adolescencia”. Gente que quedó anclada en ella. Los guionistas le han dando un puntito ácido a la idea insertando a estos tipos en el papel de hombre de la ley (un guiño muy gamberro).

Genial la relación entre Evan y Becca. Me la creo, suena a verdadera.

La adolescencia. En esencia, vendría reflejada en un carné falso de ciudadano mayor de edad de la isla de Hawai y de nombre McLovin. Ingenio puesto al servicio de la búsqueda de una botella de alcohol que tan sólo podría venir de la mente de un adolescente hipersalido.

Y la amistad a esas edades, la amistad de los dos protagonistas. También suena a verdadera. Ya lo creo que sí.

‘Inventing the Abbotts’. Romántica y cautivadora.

‘El secreto de los Abbott’ es una historia de amor. Una historia de amores trágicos. De dramas y tristezas. De secretos y mentiras. También, de amor del verdadero. Hablo, por supuesto, de ese inocente, tontorrón y puro cosquilleo que sienten Doug (Phoenix) y Pam (Tyler) cada vez que cruzan sus miradas. También es (principalmente) la historia de una obsesión, o de una rivalidad. La que sienten entre sí los Holt y los Abbott. Los primeros son ricos, populares y presumidos. Sus fiestas recuerdan a las de la alta aristocracia. Los segundos son pobres y trabajadores. No lucen mansión ni buenos coches. Sin embargo, la línea que los separó en su futuro destino fue muy fina. Un secreto que marcó el devenir de unos y de otros, marcando a fuego la rivalidad entre sí, emulando a los mismísimos Capuleto y Montesco.

Pat O’Connor recrea una historia de corazones en pugna. Una batalla magistral movida por los recovecos del corazón. Está narrada de una manera sencilla pero atractiva. Puede que en sí la historia sea bastante plana, pero es una historia tan conmovedora, tan sentimental, tan romantica, que uno consigue meterse de lleno en las mentes de cada uno de los personajes. Entiendes el rencor, plasmado en su actitud de Casanova, del mayor de los Holt. Entiendes la sencillez de Pam y Doug. También la rebeldía de Eleanor, enclaustrada en un tiempo que no es el suyo. Te repudia el convencionalismo social que conduce a Alice a su eterna amargura. Te metes de lleno en los entresijos de esa ciudad perdida por los parajes de Ilinois. Todo es almibarado (se nota la mano de Ron Howard) con una brillante puesta en escena, elegante y detallista. En fin, que le pese a quien le pese, me gusta ‘El secreto de los Abbott’.

‘Las vírgenes suicidas’. La hijísima rompía el hielo.

Este film suponía el debut en la dirección de Sofia Coppola. La hijísima del Gran Maestro (Francis Ford). Lo hacía adaptando para la gran pantalla una novela ya publicada bajo el mismo título. Con guión (adaptado) y dirección propias, la Coppola nos lanzaba a un residencial barrio estadounidense, en las proximerías de los años 70. Allí, cinco adorables jovencitas de entre 13 y 17 años de edad, hijas de los Lisbon, suponían el gran atractivo para los jovenzuelos del barrio, ilusionados ante la posibilidad de tener un romance alguna de ellas.

En su primera obra, Sofia Coppola era capaz de recrear una atmósfera singular y especial. Sin embargo, su historia no era capaz de impregnarse en nuestras conciencias. Me explico, ‘Las vírgenes suicidas’ vuela alto en el momento de describir la particular idiosincrasia del Sr. y la Sra. Lisbon, paradigma, éllos, del pensamiento retrógrado, conservador y mezquino de aquellos tiempos. Unos tiempos que suponían una fractura en el pensar de la sociedad. El 68 había irrumpido con fuerzas, las panteras negras bramaban, los Kennedy todavía seguían vivos en las mentes del personal, el fúsil del ‘Che’ todavía era recordado. Fue una década que descolocó a los Lisbon. No lo aceptaron, se anclaron en el pasado. En sus costumbres, rituales y convenciones sociales. Castigaron, sin saberlo, el existir de sus hijas.

De largo, esa recreación histórica, esa confrontación entre los distintos pensamientos (padres vs hijas), es el punto fuerte del film. Flojea, en cambio, en el momento de plasmar el supuesto amor de los chavales que reviven aquellos días. Su amor por las Lisbon no se nos contagia. No lo capto, fallando Coppola en la habilidad de saber narrar una buena historia. Luego ya, los tics en la cámara de la cineasta serán juzgados a gusto del espectador. Personalmente, sus “cositas” no me desagradan. En fin, película que suponía el desembarco de una Coppola en el mundo del cine. Palabras mayores.

‘La isla’. Filósofo Bay.

Michael Bay. Él es el tipo que anda detrás de esta megamacroproducción hollywoodense. Ésas que tanto le gustan realizar al cineasta (aficionado a inflar los bolsillos de los productores y, ya de paso, los suyos). Debo reconocer que en su trabajo es muy bueno. Es decir, los peñazos que tiene como filmografía sabe envolverlos muy bien para que el gran público acuda en masa a ver sus cintas. Algo tendrá si consigue estar dentro de la realeza del planeta Hollywood, príncipe él dentro del cine puramente comercial.

El caso es que ‘La isla’ hay que cogerla con muchas reservas. Hay que cogerla como una película manufacturada por el susodicho cineasta. Por tanto, y dentro de esa estricta premisa, se la debe valorar como tal. Y como tal, el veredicto es el del puro entretenimiento. Un entretenimiento que, al menos, no ofende ni a los ojos ni al coco de los espectadores (como sí ofendían algunas de sus obras, p.ej. la infame Pearl Harbor). Es obvio que con esta cinta ha querido jugar a filósofo. Ha acudido a clásicos futuristas como ‘Blade runner’, ‘Matrix’ o ‘Gattaca’ para tratar de buscar la reflexión en el espectador, sacudir su conciencia. Pero eso en su cine es imposible. Se le fue la mano otra vez. Que si explosiones. Que si tiros. Que si persecuciones trepidantes. Que si Scarlett Johansson con la misma cara de rubia tonta durante todo el fim (que desaprovechada está). Que si un guión que va de más a muchísimo menos. Que si un papel vergonzoso e incoherente para Djimon Hounsou. Que si happy end. Que sí, que es una castaña de película. Al menos, entretiene.

‘Persecución mortal’. Culebrón policial (entre otras cosas).

Una de Bruce Willis, como a mí me gusta llamarlas. No obstante, ‘Persecución mortal’ tiene ciertas peculiaridades. No lo digo por el papel interpretado por el gran Bruce (mantiene los mismos tics que en una decena más de films), sino por la historia que su representante escogió para él. Y es que no le he acabado nunca de coger el truco a la obra de Rowdy Herrington (cineasta raso de profesión). Tiene cosas de cinta pura de acción, pues hay buenas escenas con explosiones y demás (gran persecución, emulando a la mismísima Bullitt). También tiene algo de thriller convencional. Éste es, sin duda, el punto fuerte del film. El asesino en serie, los cuerpos flotando, el coche de policía en miniatura, la lancha de Bruce, la cabaña, el río Ohio. Pero además de todo eso, no conviene obviar el drama familiar con aire a culebrón venezolano que ocupa gran parte del metraje (qué cansino se hace!). Tampoco dejen de lado los dilemas del cuerpo policial (chivato, chivato!). Ni el sex appeal de Sarah Jessica Parker! (luciendo su cuerpo serrano).

Híbrido, a grandes rasgos, con el que ciertamente acabas un tanto despistado, sin acabar de entregarte del todo y que aguarda como colofón un final horrendo (la escena era interminaaable). A todo esto, seguimos hablando de Bruce Willis. Es él quien sale en escena, palabras mayores pues (no va con ironía). En fin, entretiene.

 

‘A.I. Artificial intelligence’. Fastuosa.

Fastuosa obra en clave futurista esbozada antaño por Stanley Kubrick y materializada finalmente por el Rey de Hollywood: Steven Spielberg. Con ‘AI’ viajamos a un futuro, no muy lejano, en el que las multinacionales de la electrónica han conseguido insertar en nuestra sociedad a los “meca”, robots diseñados a imagen y semejanza de sus creadores. A través de la figura de David, una joya científica pues es el primer niño meca, el cineasta nos cautiva con una sencilla, en el buen sentido de la palabra, historia de amor. El amor que siente ese robot por su madre, expresado en una fidelidad eterna que conlleva consigo una explosión mezcla de sentimientos a flor de piel, ternura y pena. Un amor que supone una aventura para el entrañable David en busca de esa hada azul que sea capaz de convertirlo en un niño de verdad, un niño al que su madre pueda amar de la misma forma con la que él lo hace.

Esta lacrimógena historia se ubicará en un contexto magistral. En él encontraremos una sociedad que sienta sus bases en lo artificial, en los avances tecnológicos. La sociedad descrita por Spielberg está desalmada, desarraigada. Los humanos buscan acomodo entre los meca, despejando en ellos su vacío sentimental (la figura de Jude Law como amante, o la del propio David como niño adorable). Además, también comprobamos como los propios individuos se vuelven contra su creación, contra las máquinas. Son perseguidas, torturadas y aniquiladas. Tiene su punto de conexión con la célebre ‘Blade runner’. Si allí los androides luchaban por alargar su vida al tiempo que huían de sus cazadores, aquí lo que mueve a David  no es la inmortalidad (pues ya la posee), sino el poder conseguir el cariño de su madre, huyendo también él, al igual que los androides de ‘Blade runner’, de la cruel y miserable caza humana. En cualquier caso, la empatía del espectador hacia los róbots resalta en ambas dos, poniendo pues el dedo en la llaga e incitando a la reflexión, pues la comparativa entre máquinas (como esclavos del sistema que son) y cualquier otro sector marginal de nuestra sociedad no resulta descabellada ni lejana.

La historia de ese niño-androide, mezcla ella de Marco y Pinocchio, es acompañada con un contexto futurista veritablemente logrado, con una fastuosidad y calidad visual que suponen todo un derroche creativo del artesano que se encuentra tras la cámara. Además, a través de él podemos alejarnos un tanto del centro de la trama para gravitar por su entorno y captar la reflexión a la que trata de incitar el cineasta con tal magna creación. Sin duda, ‘AI’ es una joya del cine, una maravilla visual puesta al servicio de una gran historia. Eso sí, le sobran los últimos veinte minutos. El final debía estar en esa noria, en esa nave sumergida, en esas aguas oceánicas. Nada mejor que eso representaba la amarga sensación de ese niño que quiere pero no puede. El dolor perpetuo de quien se sabe esclavo de su propia condición, incapaz él de alcanzar la condición humana. Sin embargo, Steven Spielberg (quizás auspiciado por los grandes bolsillos hollywoodenses) derrochó sirope a mansalva, endulzando con éste tan amargo trago.

Spoiler

A pesar de todo, el trago es amargo. Se le da la oportunidad de pasar un día con su madre, de disfrutar con su compañía y poder dormir plácidamente junto a su lado de una manera eterna (con la paradoja de que nunca más ya volverá a despertar). Es decir, el cameo con unos extraterrestres que están de más en esta película, no sirve para alejar a David de su triste destino. Sí que sirve, en cambio, para darle un toque colorido final al film, un happy end ciertamente peculiar. Sobraba.

‘Pulp fiction’. Tarantino.

Pulp Fiction es Tarantino. Es un “te quiero, Honney Bunny”. Es Vincent Vega y Jules. Es un masaje en los pies y una ventana. Es una hamburguesa Big Kahoona acompañada por un refrescante Sprite. Es un ¿qué?. Es Ezequiel 25-17. Es un espectacular baile de twist. Es Mia Wallace empolvándose la nariz. Es una jeringa punzada en pleno corazón. Es Butch en busca de su reloj de oro. Es Vincent Vega cagando. Es el Tarado. Es Marsellus Wallace sodomizado. Es una katana. Es un bache y una pistola. Es un resto de seso en la oreja de Jules. Es un café de gourmet servido por Jimmy, y una toalla ensangrentada. Es el Señor Lobo. Es un par de gángsters en playeras. Es una cartera marcada con algo así como “hijo de puta peligroso”. Es un guión repleto de diálogos memorables e inolvidables. Es ingenio puesto al servicio de los bajos fondos de una ciudad como Los Angeles. Es un montón de situaciones tan atípicas como geniales. Es sarcasmo y humor negro. Es un film inclasificable, sin argumento. Es una obra maestra. Es una BSO espectacular. Es Tarantino. Es la hostia.