‘Halloween’. Michael Myers.

En la víspera de todos los santos, por razones inherentes a la mcdonalización cultural, nos da por celebrar (aún no está del todo propagado) la noche de Halloween. Disfrazarse, pedir caramelos, hacer farolillos de calabaza y, cómo no, ¡ver una peli de terror! En fecha tan señalada (nótese la ironía) la cinta más conveniente pudiera ser la imperecedera ‘Halloween’ (1978) (mal traducida aquí, casi siempre sucede, como ‘La noche de Halloween’), segunda cinta (seria) en la filmografía de un ilustre del género como es John Carpenter, quién se zambullía en labores de dirección, guión (juntamente con Debra Hill) y música, como habitualmente ha sido en su carrera cinematográfica.

Un presupuesto austero era suplantado por la brillantez del susodicho cineasta, regalándonos uno de los inicios más inquietantes, escalofriantes y terroríficos que yo haya visto dentro del género, con esa cámara al hombro que nos mete casi en primera persona en el pellejo del asesino, una música tan truculenta como nostálgica e inolvidable acompañándonos en tan macabro asunto, y una revelación, la de la identidad del asesino, tan sobrecogedora como punzante: un niño llamado Michael Myers, la maldad hecha persona. Peculiar e ingeniosa era la forma de plasmar en pantalla el mundo que Carpenter tenía idealizado, brindándonos una película de terror en la que, váya, casi todo era luz del sol, juegos de apariciones (introduciendo lo paranormal) y una ausencia (casi) absoluta de hemoglobina. La atmósfera paranoica y aterradora se cernía sobre un residencial barrio a plena luz del día. La pulcritud del killer nos asombraba.

Nacía así una de los asesinos en serie más populares en la historia del cine. Acompañábamos a Jamie Lee Curtis y sus amigas en una noche de Halloween verdaderamente taquicárdica para nosotros, una noche que pasaría a los anales del cine convirtiéndose en una película de culto imposible de olvidar. Cierto es que tampoco se olvidaron de ella los productores (sí lo hizo al menos John Carpenter), quiénes se cebaron en explotar a la gallina de los huevos de oro brindándonos la friolera de nueve (han leído bien, nueve) secuelas. Algo así no es fruto del azar. Todo surgió de la mente de John Carpenter y Debra Hill (volvieron a formar dúo en ‘La niebla’). Lo dicho, un clásico.

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