‘Scream’. Terror y nostalgia se daban de la mano para crear escuela.

 En 1996 el género de terror volvía a ponerse de gala gracias a la irrupción en cartel de ‘Scream’, una película que ahondaba en los films ochenteros del subgénero slasher, añadiendo a ellos ciertos condimentos que daban como resultado una historia que gravitaba en un pequeño pueblo que trataba de olvidar el dolor de un asesinato anterior, centrándose ésta en el instituto local donde los jóvenes (siempre destaca una jovencita: Sidney) comenzaban a aterrarse por la presencia de un asesino en serie que siempre aparece con una vestimenta peculiar (la máscara creó sensación), entrando éste en escena siempre mediante un efecto sonoro contundente y un susto previo que te daba un vuelco al corazón. No obstante, la tensión y agobio quedaban descafeinadas gracias a un punto de comicidad materializado en la cantidad de hostias y trompazos que recibía el psicótico sanguinario. A ello, Scream, le añadió un final intrigante en el que averiguar la identidad del asesino, además de poseer unos diálogos ágiles y divertidos (de largo uno de los puntos fuertes de la peli), repletos de guiños cinéfilos a un género que se merecía  un homenaje de esta talla.

El preámbulo inicial es antológico, pues el film alcanza su zenit en él. La joven interpretada por Drew Barrymore responde al teléfono. Parece ser que el tipo que está al otro lado de la línea se ha equivocado, así que cuelga. Vuelve a sonar, lo coge y se crea cierta complicidad hasta que ella decide volver a colgar. Se acabó la calma, irrumpe la tensión y asfixia (esa derivada del “quiero saber cual es el nombre de la persona que estoy viendo“), los ventanales nos parecen la peor elección en el momento de decorar tu hogar, tener un porche se convierte en una pesadilla, la oscuridad nos atenaza y el timbre del teléfono se nos clava como un punzón. La aterrada joven se somete a un juego en el que se decide su vida, un juego divertidísimo (el único respiro de la escena) en plan trivial del terror de serie B. Errar en la respuesta (era la madre de Jason) provoca el estallido máximo, ese momento en el que nos muestran hasta donde son capaces de llegar (aterrar) si se lo proponen. Lo de la Barrymore colgada en el árbol ya es parte de la historia del cine. Por suerte (o no), los creadores (Weinstein, Williamson, Craven) suavizaron el tono de este encomiable prólogo.

Mítico film que marcaba el inicio de una saga, además de crear escuela dentro del género de terror, volviendo a poner de moda aquellos nostálgicos slashers de finales de los 70 y 80 que resucitaban más vivos que nunca gracias a una pareja que pasó a la posteridad (Kevin Williamson y Wes Craven), a una productora que a mí, personalmente, me encanta (Dimension Films, los Weinstein), y a un reparto joven, eficaz y que se alejaba de los prototipos que suelen moverse en este género (tetas, culos y guaperas) gracias a gente como Neve Campbell (emulando a Heather Langenkamp, la Nancy de Elm Street), Courteney Cox, David Arquette o Skeet Ulrich (con cierto aire a Johnny Depp). La retahíla de films que siguieron a esta cinta fue finita, pero extensa. Es un clásico de la década. 

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