‘The wire’. Un paseo por las calles de Baltimore.

Por fortuna para los amantes de esta cosa llamada cine, en el año 2002, David Simon creaba una de las mejores series de televisión de la historia. Hablo, cómo no, de ‘The wire’ (2002-2008), una joya cinematográfica, un tesoro que contenía cinco temporadas que han supuesto un veritable ejercicio de disfrute para mí y mi hermano, dos feligreses de las andanzas de nuestros intrépidos agentes.

Cinco temporadas a través de los cuales hemos recorrido los entresijos más recónditos y oscuros de la ciudad de Baltimore. El cuerpo policial servía como detonante para que gente como McNulty, Bunk, Kima, Lester, Rhonda, Prez, Sydnor, Daniels, Herc, Carver y tantos otros se entregaran, en cuerpo y alma, a la lucha del crimen organizado. Una lucha encaminada en diversos frentes, aunque, todo sea dicho, los guionistas se amparaban más en las calles, en los barrios marginales, en el tráfico de drogas que tanto juego daba. Allí encontramos a Omar Little, un sanguinario criminal independiente que azotaba el negocio del capo de turno. También a gente como Avon Barksdale y Stringer Bell, quienes nos amenizaron la velada en dos excepcionales temporadas (la 1 y 3, en la 2 se alternó), o Marlo Stanfield, Chris y Snoop (4 y 5). Ellos tenían en común que eran de la calle, gente que luchaba por abrirse un camino, por labrarse un nombre. La lucha por el poder era sanguinaria, despótica y terrible. Así fue, también, en la segunda temporada, cuando ‘The wire’ se marchó al puerto de Baltimore, al mundo de los estibadores, sin perder de vista nunca el negocio del narcotráfico, auténtico nexo entre todas las temporadas (referente el Griego).

En la primera temporada, Avon Barksdale y Stringer Bell, trataban de hacerse con el negocio de la droga, con su hegemonía en Baltimore Oeste. Controlaban las baratas y las dos torres. A base de sangre y pólvora llegaron allí. En la segunda, con Avon enchironado, decidieron, los guionistas, cambiar el escenario dentro de lo posible, sin perder la referencia jamás de Stringer Bell, Barksdale u Omar. Pero, esta vez, nos transportábamos a los astilleros, para deleitarnos con la temporada más inusual de la serie. En la tercera, Avon volvía a la calle. Y lo hacía para explotar con Stringer, un hombre que se había vuelto más calculado, frío, con esa mentalidad que busca más el negocio que la sangre. Mucho más académico que callejero. Lucha de titanes, al tiempo que Omar y el Hermano buscaban venganza, y Marlo se apoderaba. Entre tanto, también comprobamos los intereses políticos tergiversado con lo policial en Jamsterdam. Fue en la cuarta y quinta temporada cuando el imperio de Marlo se consolidaba. Sus matones sembraban el terror en las calles, y chicos como Michael abandonaban las clases para alistarse al frente. Temporada amarga con esa despedida previsible de Boddie, un tipo de la calle dispuesto a reconciliarse con su vida. Los guionistas también aprovecharon para poner el dedo en la llaga del sistema educativo, con sus estadísticas, exámenes y mentiras. La última temporada nos llevaba a la caza de Marlo, a la pérdida de ética en gran parte de nuestros chicos y a supervisar, de un modo más superficial, como funciona el negocio periodístico.

Es conveniente citar, a pesar del juego que daba la calle, y puestos a tirar del hilo, los entramados de corrupción instaurada en las altas esferas. También los intereses ocultos de los políticos, dando por buena la magna obra de Anthony Downs acerca del estudio económico de la política. En esta vía se lució como ninguno el pesonaje de Carcetti para destaparnos el funcionamiento perfecto de lo que es Política. Otros como Burrell, Rawles, Clay Davis o el antiguo alcalde, también nos ayudaban a materializar en imágenes toda la telaraña de corruptelas tejida, sin olvidar a los abogados defensores de los grandes magnates de la droga.

En definitiva, gran obra la compuesta por esos 60 episodios que componen el total de ‘The Wire’. Se pueden escribir muchas palabras acerca de ella. Sin embargo, como esencia de la misma, yo establecería que es la mejor anatomía que se ha hecho nunca jamás acerca del negocio de las drogas, acerca de todo lo que éste conlleva, desde el soldado hasta el jefe pasando por el agente que requisa el menudeo. Complementándolo ello con la parte de los criminales pulcros y trajeados. Todo en un envoltorio de marginalidad, de derrota, el de los miserables de la ciudad, gente como Bubbles o Duquan, cuyos sufrimientos y penurias tampoco fueron olvidados por los guionistas, dando esa sensación de haber nacido en el lugar equivocado.  Repito, su visionado es un gozoso disfrute, además de un choque duro y directo con la realidad de nuestros días. Imprescindible OBRA MAESTRA. Véanla.

3 pensamientos en “‘The wire’. Un paseo por las calles de Baltimore.

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