‘The United States of Leland’. Dolor, brutalidad, redención.

Tan densa como sencilla es la historia aquí expuesta por Matthew Ryan Hoge. Paradójico. El cineasta pone su punto de mira en la controvertida figura de Leland, un adolescente que asesinó brutalmente a un niño autista. ¿Qué le rondaba por la cabeza para cometer tal barbarie? Parece ser la cuestión que le quita el sueño a Pearl Madison, profesor de Leland en el centro de detención de menores en el que cumple condena.

La génesis de tan macabro suceso es mostrada vía destellos, sutilmente. El foco central del film son los hechos posteriores. ¿Cómo lo viven las respectivas familias? Padres y hermanos. Tristes, errantes y pesarosos. Y, sobre todo, el choque de estilos introducido con el personaje de Pearl. El optimismo y la vitalidad del profesor, enfrentada a la más profunda melancolía de Leland. Dos maneras de afrontar la vida del todo dispares que parecen impregnarse, a su vez, en los personajes que pululan (Chris Klein, Kevin Spacey, Michelle Williams, Jena Malone, Lena Olin y demás) en torno al taciturno chaval. Una batalla que deberá resolverse más pronto que tarde. 

En esencia, Ryan Hoge busca desentrañar los complejos, imprevisibles y misteriosos universos que habitan en nuestras mentes. Leland, estrella del cartel, hiere al espectador sólo con su sufrida expresión. Una visión pesimista y grisácea de su entorno, plasmada en esa tristeza que parecen transmitirle los ojos de todo el mundo, un mundo deprimido, vacío y decrépito, es la chispa que enciende la mecha de esta historia. ¿No hay humanidad en ese muchacho? Del dolor saldrá la brutalidad, y de ella derivará la redención.

En fin, la película se salva de la quema. Tan sólo por el impresionante reparto aquí presentado, énfasis en Gosling, Malone y Spacey, el film ya merece la pena. Pero además, la historia, arriesgada inicialmente, está bien solventada, siendo narrada de un modo habilidoso y sutil, suficiente para que el espectador no decaiga en su atención y capte las intenciones de la misma. ¿Qué hay detrás de tan aberrante injusticia? Pues quizás, no tanto como uno podría llegar a pensar. Imperial Ryan Gosling.

7.5/10   

‘Rolling thunder’. El sucio aroma de la venganza.

Paul Schrader, en compañía de Heywood Gould, daba vida, en ‘Rolling thunder’ (nefastamente traducida aquí como “El expreso de Corea”, cuando, en realidad, el tipo vuelve de Vietnam), al Major Charles Rane, una suerte de Travis Bickle, que después de volver como un héroe de Vietnam, vivirá únicamente oculto bajo unas gafas de sol.  El regreso al hogar, en la texana San Antonio, no será el más idóneo. Con una esposa que le engañó con uno de los policías del pueblo, su único ápice sentimental va dirigido a su hijo, ese al que casi no conoce. Todo empeorará cuando unos mexicanos asalten su casa en busca de dólares de plata… y liquiden a su bien amado hijo.   

Frío y duro como el hierro, el Major, en compañía de una explosiva rubia y un antiguo compañero de combate, un jovencísimo Tommy Lee Jones, no tendrá otro remedio que vengar esta muerte, borrar del mapa a todos esos tipos que hundieron la vida de su familia. Dice Paul Schrader que la historia no debía ser así, pues se trataba de enfatizar una crítica al racismo profundo, acentuado además en Vietnam, que pudiese existir en una zona fronteriza como Texas. Sin embargo, poco de eso hay aquí. La crítica no se capta por ningún lado. El simple y conciso mensaje conservador (venganza, venganza, venganza) se apodera de la pantalla, viendo como los mexicanos, sucios y miserables, deben morir a manos de esos cowboys texanos. La violencia de ‘Rolling thunder’ impresionó a Quentin Tarantino, cómo algo de impresionados parecían estar, del mismo modo, Schrader y Heywood Gould con Peckinpah, pues hay aquí ciertas reminiscencias hacia su cine.

Con todo, cabía exigirle algo más a esta cinta. La reflexión y la crítica desaparecen en manos de Jonathan Flynn, perdiendo la esencia primigenia de la historia, sustituyéndose esa especie de violencia moral que ataba a Bickle por un garfio y un par de rifles que sólo buscan matar, con la coartada ya mentada de la venganza. Aceptándola tal como es, la película es más que digna, deparándonos varias escenas (el asalto a la casa, la conversación sobre violencia con la rubia, el garfio, y el mítico final) de altos vuelos. Destaca un extraordinario, seco y plenamente perturbado, Tommy Lee Jones. Curiosa.

7/10

‘Scarface’. Tony Montana.

En la primavera de 1980, el puerto de Mariel Harbor fue abierto, zarpando miles de cubanos hacia los Estados Unidos. Ellos venían buscando el sueño americano. Uno de ellos encontró en las bañadas y soleadas avenidas de Miami… una riqueza, una fuerza y una pasión, que estaban por encima de sus sueños más salvajes. El era Tony Montana. El mundo lo recordará con otro nombre: Scarface. Un tipo que amó el sueño americano… con una venganza que cobrar“.

Hablar de ‘Scarface’, es hablar de cine del bueno. Lo es, a pesar de lo excesivo de su metraje y la complejidad de su montaje. Tosca como pocas, la cinta avanza, no obstante, de un modo vertiginoso, sin dar respiro ni pausa al espectador. Presenciamos con gusto, admiración y gozo, el auge y la caída de esa pequeña hormiga que soñaba con levantar un imperio tras de sí.

Un Brian De Palma en estado de gracia, conseguía plasmar en imágenes lo que Oliver Stone había ingeniado en papel a partir del referente de 1932, ajustándolo todo en clave cubana. Aquí hay una referencia clave, alguien sobre el que recae el peso principal del film: Tony Montana. Un delincuente cubano. Inmigrante en Miami, pronto supo que la vida de friegaplatos no estaba hecha para él. Quería tener el mundo a sus pies. Trajes caros, buenos coches, una esposa elegante, puros cubanos y una mansión en la que vivir. Ése era el mundo que quería conseguir. Con acierto se tradujo el título en España: ‘El precio del poder’. Algo premonitorio de lo que íbamos a presenciar, pues nada es gratis en la vida que había escogido nuestro protagonista.

En fin, mítica historia de los años 80 que nos entregó, gracias al dúo ya mencionado, De Palma & Stone, pero, sobre todo, gracias a Al Pacino, a uno de los narcotraficantes más carismáticos de la historia del cine. Una vida errante marcada por la ambición y la codicia, serpenteando caminos poco placenteros de recorrer, cargados estos de traiciones, vanidades enfrentadas, despotismos, sangre a borbotones y, cómo no, soledad. La soledad del que todo lo quiso, y todo lo perdió.

9.5/10 

Spoiler

El camino al triunfo es el del narcotráfico. La ambición por construir su imperio valió para sacar del mercado a mafiosos mediocres y sicarios de tres al cuarto. Lo tenía todo. Sin embargo, su corazón estaba dividido en tres: su familia (madre y hermana), su esposa y su mejor amigo. Excesivamente protector con unos, malhablado y grosero con otros, déspota con todos, el poder le nubló sus pensamientos y conducta. Acabó perdido en medio del laberinto.

Sólo, sin nadie a su lado, fue devorado por ese mundo agreste y salvaje en el que se había metido de lleno, y que encarnaba mejor que nadie Alejandro Sosa, un narcotraficante del tal magnitud que era capaz de controlar por medio de la droga a un Estado entero, Bolivia. Se despidió del mundo en compañía del calor que da una ametralladora y atiborrado, hasta las cejas, de cocaína. Abrió fuego hasta el último momento, sudando dolor, rencor e ira, incluso en el momento justo de su muerte. 

‘Malice’. Entre la satisfacción y la decepción.

Bill Pullman, Alec Baldwin y Nicole Kidman (cuando todavía era natural y atractiva) en el cartel, ahí es nada. ¿La historia? Una joven pareja de tortolitos, justita de dinero, decide alquilar una habitación a un antiguo compañero de instituto, cirujano, ahora, de profesión. Todo, en medio de un trasfondo brutal, con un asesino en serie suelto en mitad de la ciudad.

Espesa historia de indentidades esquivas la aquí propuesta por Aaron Sorkin y Scott Frank, materializada en pantalla por Harold Becker. Tiene en su haber una tensión manifiesta que no decae en ningún momento. A uno le intriga saber qué hay detrás de este complejo juego, cuáles son las piezas y cómo se han movido. Picas el cebo y sigues con inquietud cada paso dado en la trama, pensando que estás a puntito de presenciar una atractiva intriga que posiblemente acabe por lastimar tus sufridas uñas.

¿El problema? Pues que el film va adentrándose, poco a poco, en el lodo. Es decir, conociendo el trabajo de Aaron Sorkin, supongo que el guión no tendrá laguna alguna, quedando todo bien hilado. No obstante, una cosa no quita la otra, así que la idea de enlazar el misterio de un asesino en serie con las interacciones de la tríada protagonista, no acaba de casar muy bien. La pujanza incial va aminorando progresivamente, y lo mucho del principio acaba por convertirse en lo poco del final. ¿En medio? Pues sí, un gozoso entretenimiento (la finalidad del film) debido a una trama compacta, pero rebuscada.

Con todo, cinta correcta que no pasará a la historia del cine, pero sí, al menos, entretendrá la velada. A pesar de que se permite el lujo de poner en nómina a gente con el caché de Kidman, Pullman o Sorkin, no busquen aquí una obra maestra, porque, básicamente, no la hay. Entiéndanla como una intriga comercial cuya historia busca abarcar más de lo que se puede permitir, quizás con la idea de obtener esa impronta de calidad innecesaria para con este tipo de productos, dejando como resultado final un extraña sensación, mezcla ésta de satisfacción y decepción.

6.5/10

‘Goodfellas’. Gángsters.

‘Uno de los nuestros’ supone la obra cúlmen de Martin Scorsese dentro de la temática del costumbrismo gangsteril que tanto le gustaba tratar. Aquí, el cineasta disecciona al completo el mundo que envuelve al crimen organizado, y lo hace comenzando desde la niñez, desde los orígenes en el barrio.

A los cinco minutos de comenzar, uno ya ha entrado en el mundo de Scorsese. Ése en el que se relata la fascinación por el hampa, representada por Henry Hill, un muchacho criado en Brooklyn socializado en un contexto bastante directo: el éxito, amigo, viene dado por el crimen organizado. Él no quería ser un mediocre más, uno de esos que se pasa la vida trabajando y trabajando para malvivir. Su ilusión era ser gángster. Y lo consiguió, pasando de ser el chico de los recados de Poli Cicero, el capo local, a un auténtico soldado, ya adulto, puesto al servicio de la familia.

El inicio de ‘Goodfellas’ es demoledor, brava exposición de cómo en la periferia (cargada de inmigrantes), allá por los 70, el sistema democrático (con una oferta de bienestar de corte liberal) era derrotado por un sistema alternativo, el de la mafia, en el que la protección (previo pago obligatorio) la daba el capo (untando a policías y jueces) y el negocio venía dado por la extorsión y el robo a gran escala, principalmente. Nunca daban duro por peseta (genial la historieta del dueño del restaurante desplumado). Ése era el negocio. Y bien que lo sabían Henry Hill (un correcto Ray Liotta), Jimmy Conway (simplemente, Robert De Niro) y Tommy DeVito (magno Joes Pesci).

Eran los buenos chicos, aquellos que sabían cómo estaba montado el tinglado y qué reglas de juego existían, lucrándose y levantado su personal imperio gangsteril, rodeados de dinero sucio, buenos coches, pulcros trajes, vicios por doquier y chicas fáciles a su servicio. Pero también, casi siempre, de una formal y modosa esposa. Aquí ese papel lo ejerce Karen, una fabulosa Lorraine Bracco. A través de su mirada logramos empatizar con el mundo desconocido pero atractivo que nos presenta el cineasta. Un mundo de lujos fáciles, pero con una turbiedad manifiesta envolviéndolos. Es el auge del gángster. Un auge que puede acompañarse de prisión, riesgo inherente. Pero qué prisión, siendo amos y señores del correccional. Scorsese los escenifica a la perfección, con su peculiar ritmo narrativo, tan sutil como directo, trazando su obra sin olvidar las dinámicas internas y las interacciones que pueden darse al vivir rodeado de maleantes como Jimmy, genial ladrón, o Tommy, un sanguinario enano (le va que ni pintado el papel). Brutales son las andanzas diarias de ambos dos, acompañados siempre por Henry, rallando la perfección, como paradigma de todo, el atraco a Lufthansa ideado por Jimmy.

La caída viene dada por la droga. Un negocio mal visto por los hombres tradicionales. Extorsiona, roba, asesina, pero no trafiques con droga. Es una de las premisas básicas de la familia. Una directriz no respetada por nuestros chicos, quiénes ven en este mundo una vía de hacer dinero fácil a espaldas de la familia (y el consiguiente tributo). A ello se le suma el pago de cuentas del pasado todavía pendientes, señalizadas, casi siempre, por la violencia desmedida con la que actuaba la camarilla, a iniciativa siempre de Tommy. Mucho hándicaps en contra del trío protagonista, logrando Scorsese, en su narración, un desplome veraz y angustioso. Porque caer en el mundo del hampa, no es como caer en cualquier otro lado. Aquí, el tipo que te liquida no discute, ni empuja ni bravucona. Simplemente te sonríe, y antes de que te des cuenta, ya te ha liquidado. Es la paranoia que azota al coco de Henry, siempre exagerada por la sombra alargada y latente de la ley. Gran escena, como ejemplo de esta parte, la escena entre Karen y Jimmy.

Con todo, Martin Scorsese nos brindaba en 1990 un placer desmedido gracia a ‘Uno de los nuestros’. Es una obra impagable, hecha con pasión y esmero, siempre partiendo de la fascinación del cineasta por ese mundo de hombres trajeados, puros caros, violencia a tutiplén, dinero fácil y fuego cruzado. Posee todas las grandes cualidades que caracterizan al costumbrismo gangsteril de Scorsese, combinando el detallismo con la algarabía, y el caos con la armonía.  Como ya hemos dicho, ‘Goodfellas’ supone la madurez narrativa y argumental del cineasta para con este tipo de cine. Obra maestra.

9.5/10

‘Boardwalk empire’. Palabras mayores.

La socarrona traducción del título original, “El Imperio del Paseo Entablado”, ya nos esencializa a esta magna serie a través de un concreto y específico lugar dentro del universo del hampa en los años 20: Atlantic City. Ciudad de playa y mar, diversión y casinos, lujos y vedettes, pero también, ciudad de mafioseo y contrabando, de corruptelas y narcisismo desatado. Es la época de la ley seca, auspiciada por el Partido Republicano para mejorar la salud y moral de la población. Qué bondadosa y caritativa alma tiene Nucky Thompson, el Tesorero de la ciudad, republicano de pro y ferviente dévoto del club de las abstemias. No dice, en cambio, ni a sus votantes ni a sus súbditos, que es él quien controla el mercadeo y contrabando del alcohol en la ciudad, tejiendo oscuras redes de intereses hasta las vecinas New Jersey y New York, o la lejana Chicago, donde comienza a labrarse un futuro el déspota y atrevido Al Capone.

El imperio diseñado por Terence Winter, con la mano al fondo de Martin Scorsese, me tiene alucinado. No es sólo la gran factura técnica que porta. Tampoco es que el reparto alcance un nivel de excelencia poco habitual gracias a la labor de gente como Steve Buscemi, Michael Pitt (impresionante), Kelly Macdonald, Aleksa Palladino o Michal Shannon. Simplemente, creo que es porque he encontrado un nuevo filón, una joya oculta (o no tanto) en la que congenian dos de mis grandes amores: el cine gangsteril y la HBO (cuánto le debemos a los trajeados y forrados ejecutivos de esta productora). Es un retrato severo de la mafia en aquellos años, pero también de la política, aunque a fin de cuentas viene a ser casi lo mismo. Si la democracia se articulaba para defender los intereses del individuo como fin, entonces Nucky Thompson ha calcado el modelo primigenio de John Locke, introduciendo una diminuta variante: en lugar de una democracia puesta al pie de los intereses generales, fundamentales y naturales de la sociedad, él la instrumentaliza al servicio de sus turbios negocios, números ensangrentados y la corrupción tiránica, alcanzando un poder desmedido que anhela ser un Mesías moderno que todo lo tiene y todo lo puede.

Además de ofrecer un gran protagonista como es Nucky Thompson, a imagen y semajanza, con aire retro, del Tony Soprano que el propio Terence Winter ayudó a  diseñar diez años atrás, se nos presente un importante elenco de secundarios que llenan de calidad el contenido y minutos de esta serie. Hablo de: la señorita Margaret Schroeder, representando de manera lacerante esa eterna lucha entre el bien y el mal; Jimmy Darmody, el gran secundario, un excepcional muchacho que se aleja de la bondad para caer en el pecado, en la maldad del poder codicioso y déspota, representando esa herencia temporal de la figura cesaropapista propia de los años 20 que bien podríamos denominar como la de político gangsteril; Lucky Luciano, Chalky White, Al Capone, Arnold Rothstein o Johnny Torrio, capos y matones por excelencia; Angela Darmody como la bella dama que, en la línea de Kay Adams en ‘El Padrino’ (1972), ve nacer al monstruo, al diablo terrenal, en la figura de su marido, sin poder escapar del mismo; Agente Nelson Van Alden, a ratos representando la cólera de Dios en la tierra, a ratos cayendo en el pecado, pero siempre moviéndose entre las aguas sagradas de la palabra de Dios, entra la salvación, la redención y la condena.

Al fin y al cabo, todos se mueven por un mismo patrón común, que no es otro que el de la lucha entre el bien y el mal, entre esa balanza titubeante que no sabe por qué lado decantarse, aunque tratándose de Atlantic City en los años 20, parece obvio quién vencerá la partida.

9.5/10

‘Sherlock’. Elemental.

London. Pleno siglo XXI. Los pisos son caros. Existe la telefonía móvil. También Internet y el mundo blogger. Ya no hay carruajes ni caballos. Hay asfalto, y las humeantes industrias parecen haber dado paso a imponentes rascacielos modernistas de alma financiera. Tampoco está Jack ‘El Destripador’. Pero sí otras almas depravadas. Sin embargo, una cosa parece no cambiar, hablo, cómo no, del perspicaz, excéntrico y sociópata, entre otros muchos calificativos, Sherlock Holmes, y de su fiel y sagaz ayudante, John Watson.

‘Estudio en rosa’, ‘El banquero ciego’ y ‘El gran juego’, son la excusa perfecta para que la BBC, entre otras, decidiera amenizar nuestros ratos libres con esta cautivadora, cómica y adictiva reinvención del popular detective asesor. Un lujo.

‘The killer inside me’. Luces y tinieblas.

La historia diseñada por Michael Winterbottom se zambulle en un tema tan espinoso como atractivo: el retrato de un perturbado mental. El escenario elegido para ambientar el tema no podía ser mejor, pues se opta aquí por enclavarse en los años 50 del pasado siglo, rodeados de un halo sureño que transmite ese pequeño pueblo, Central City, perdido en medio de Texas. Uno de esos lugares donde todavía habitan señoras y caballeros, con marcada jerarquía social en la que ser prostituta no significa estar en la cúspide de la misma. Bien lo sabe el sheriff local, Bob, quién encargará a su ayudante, el afable Lou Ford (Affleck), la tarea de invitar a la atrevida mujer a abandonar la localidad.

Es la introducción. Pronto se atormentará la trama con la aparición en escena de Jessica Alba, quien borda el papel, pues le viene como anillo al dedo, incendiando la corrompida mente de Lou Ford. La serenidad del retrógrado pueblo se tornará tempestad. La historia comenzará a impregnarse de un pasado turbio marcado por rencillas no olvidadas, con crímenes sin esclarecer y asuntos personales por resolver. Además, la presencia de una figura símil al cacique español en la localidad y el affaire sexual del hijo de éste con la prostituta, agitarán más si cabe el cocktail de intriga y suspense, esperando a que el bueno de Affleck ponga la guinda al pastel.

La mecha ya está encendida cuando Michael Winterbottom decide echar más gasolina al asunto, perfilando al personaje principal, interpretado de manera acertadísima, como casi siempre, por Cassey Affleck. El retroceso macabro a los tiempos pasados del protagonista se alternará con un presente escabroso y sanguinario, concretándose éste en un sucedáneo de asesinatos, el punto álgido del cual se concretará en la figura de Kate Hudson.

‘The killer inside me’, en definitiva, es una cinta irregular en su desarrollo. Tiene como lastre principal un final de historia que menoscaba un tanto al conjunto. Pese a todo, la interpretación de Cassey Affleck, así como de secundarios de auténtico lujo (Alba, Hudson, Koteas), dan vigor y viveza a una narración que trata de ahondar en los recovecos de un enfermo mental, entre las luces y tinieblas que acompañan a la figura de un asesino. A mí gusto, lo consigue. Además la película tiene un toque refinado, de una pulcritud adecuada derivada de una ambientación más que lograda. Lástima un final así.

‘Criminal minds’. McCrimen.

Estructurada de manera muy simple, todo comienza con el crimen. Luego llega nuestro equipo de análisis del comportamiento del FBI. Aquí, véamos, lección magistral dada de forma muy sintética, alternada ésta con los toques justos de terror, intriga, angustia, claustrofobia, tensión o misterio. Esta parte va a gusto del capítulo. Para terminar, pasamos el nudo para llegar a la conclusión del mismo, siempre explícita y terminantemente resolutiva.

Hay capítulos mejores y peores. Los hay buenos, decentes, malos y aburridos. Pero, en líneas generales, la criminología de cafetería propuesta por Jeff Davis me gusta. Me gusta el momento en el que dan el perfil. Me cae bien la pose enigmática de Gideon. También la cita periódica de cada capítulo. Las conversaciones en el lujoso avión. El sex-appeal de Lola Glaudini. Reid con su manual de sabelotodo. En fin, que ‘Criminal minds’ supone un chute de entretenimiento metido en vena de manera directa. Una píldora perfecta para ocupar los tiempos muertos.